Sentidos espirituales. Sentidos naturales

Se argumenta que recibir la Sagrada Comunión en la mano es igual de digno que en la boca. Las manos no son menos dignas que la boca, no lo cuestionamos. Pero, queremos argumentar que no estamos ante una cuestión de dignidad del medio en que se recibe la sagrada Hostia. No es ese el tema. Nos equivocamos si planteamos la cuestión de la forma de recibir la Comunión en esa dirección.

Quiero centrar la cuestión en los sentidos espirituales y los naturales al ir a comulgar. En primer lugar, los sentidos naturales indican que lo que tenemos ante nosotros es un trozo de pan, de color blanco, con un sabor determinado; es decir, algo físico, pan con una forma especial, color y sabor, algo tangible con unas dimensiones físicas determinadas; algo que es común en la naturaleza –pan-, que es común para mí en el mundo en que me desenvuelvo.

10857717_1571924236376793_1858557719420488893_nPor el contrario, los sentidos espirituales, la fe, me está indicando una realidad totalmente diferente a la que me indican los sentidos naturales. La fe me traslada a una realidad espiritual desconocida por el mundo de los sentidos físicos, desconocida y absolutamente inaccesible. Sólo la fe puede atisbar la realidad que sólo el sentido del oído puede alcanzar: Esto es mi Cuerpo. La fe me sitúa ante la realidad de Dios y su Omnipotencia y Misericordia infinitas.

Esta realidad es la presencia de Cristo. La fe me dice con absoluta certeza que lo que mis sentidos me indican es falso, es pura apariencia, me engañan, no es pan lo que el sacerdote mantiene en la mano para ofrecerme. Es más, he de responder “Amén” a su “Cuerpo de Cristo”. El sacerdote me está recordando una verdad de fe a la que yo he de asentir con mi respuesta; mi respuesta manifiesta, o ha de manifestar, mi fe plena de que lo que recibo es el Cuerpo de Cristo.

Dicho lo anterior, hemos de recordar que en el momento de la Comunión nos situamos ante una realidad que el “mundo” desconoce, ese mundo a donde vino la “Luz”, y la Luz fue rechazada. Esto es importante tenerlo muy en cuenta. Y es importante porque nuestra actitud no debe ser la actitud que tendríamos en el “mundo”.

¿Cuál es esta actitud? Veamos. Cuando alguien nos da, por ejemplo, algo para comer, un pastel, un trozo de pan, naturalmente lo recibimos en la mano. Esta es la forma natural de recibir lo que nos dan. Después nos echamos ese pastel o trozo de pan a la boca. Nadie, en su sano juicio, abriría la boca para que le introdujeran el pastel. Luego, no hay la menor duda que es con la mano con que recibimos aquello que nos dan. Así es como en el “mundo” actuamos, y el “mundo” espera que actuemos.

Al recibir la Sagrada Comunión en la mano estamos haciendo lo que haríamos en el “mundo”; estamos trasladando lo que haríamos en el “mundo” a una situación totalmente distinta, celestial, divina, mistérica. Nos situamos ante un divino misterio, ante el milagro más grande, incluso que la misma Creación operada por Dios nuestro Señor, con un gesto que es gesto del mundo, que el mundo reconoce para sí.

Creo que es lógica y necesaria la pregunta: Ante una realidad divina, ¿no he de tomar una actitud distinta a la que tomaría en el mundo? ¿Una actitud nueva? ¿Mis gestos no han de ser gestos que el mundo no entiende?

De rodillas o de pie.

Seguimos en el importantísimo mundo de los gestos, de los signos sensibles. ¿No es igual de digno recibir la Sagrada Comunión de pie que de rodillas? ¿No es acaso lo que siente el corazón lo verdaderamente importante?

Aquí, al igual que en el tema de la boca y de la mano, plantear la cuestión en cuanto a dignidad no sería la vía más efectiva. Aunque a lo que queremos llegar es que sí, si es mucho más digna la postura de hincar las rodillas que la de estar de pie.

Iniciamos el planteamiento con la importancia del simbolismo de los gestos. Nos situamos en la realidad del mundo, en la realidad de nuestra vida diaria. Esta realidad ignora, o bien rechaza simplemente, gestos que indican, hacen referencia a Dios. Tal es el caso de hacer la señal de la cruz al pasar por delante de una Iglesia, o rezar el santo rosario en el autobús o por la calle. Y es tan grande ese rechazo que una inmensa mayoría de católicos les da literalmente vergüenza signarse al pasar por una Iglesia, o sacar el santo rosario y rezarlo por la calle.

¿Cuándo se pone de rodillas alguien? Sólo en situaciones límites y no deseadas. Ante el lecho de dolor del hijo moribundo, el padre o la madre se arrodillan para llorar por él o suplicarle al Señor por su recuperación.

También, quien ante una situación límite se humilla para suplicar a un superior un beneficio, un perdón, una nueva oportunidad.

Luego, el gesto de arrodillarse no es un gesto querido por el “mundo”, no se identifica con él. Es más, todo lo contrario, lo desprecia. No forma parte de sus signos de identidad.

Pero ante el Señor, en la Sagrada Comunión, estamos ante una realidad distinta a la del mundo, porque estamos ante Alguien. No estamos ante una realidad inanimada, una “cosa”. Nos situamos ante la presencia real de Dios, del Creador, del Todopoderoso. De nuestro Creador, a quien debemos la vida, lo que somos. Estamos en presencia de Alguien, y esto nos obliga a un gesto acorde a la situación. No puedo tener los pensamientos del mundo y actuar según él; el mundo rechaza arrodillarse, porque rechaza la Luz.

Arrodillarse es el gesto de reconocimiento de la presencia real de Cristo eucarístico; es el gesto que humanamente reconoce la Majestad de Dios y nosotros nos reconocemos hijos suyos; es el gesto, en definitiva, de quien antepone a Dios por encima de todo, sin miedo a ese mundo que da la espalda de Dios, porque si lo miraran de frente comprenderían la vaciedad y lo pecaminosos de sus vidas.

Podemos resumir: no en la mano porque es un gesto del mundo, si de rodillas porque es un gesto que rechaza el mundo.

La Sagrada Comunión de rodillas y en la boca

Sí, de rodillas y en la boca, porque es la actitud de quien se sitúa ante una realidad divina sin precedentes, ante un momento en nuestras vidas único; es la actitud que nos indica nuestra pequeñez y dependencia de nuestro Padre que nos alimenta con el verdadero alimento del Cielo, el verdadero sustento para seguir adelante en un mundo de tanto sufrimiento y que tanto nos hace sufrir.

De rodillas y en la boca, porque reconocemos la Majestad de la Persona ante quien nos situamos, y, por tanto, le damos reverencia con nuestras rodillas en el suelo; le reconocemos como nuestro Rey, el único y verdadero. Reconocemos nuestra indignidad y miseria, pero también nuestra grandeza pues todo un Dios se “abaja” en el milagro majestuoso de la Eucaristía para darse como alimento.

Si Dios Todopoderoso ha sido capaz, por su Amor infinito a su criatura, abajarse hasta el punto de hacerse “comida”, ¿no debe la criatura de corresponderle, en sus posibilidades, con gestos reconociendo a tan grande Amor? La Comunión en la boca y de rodillas son esos gestos sensibles que han de notar el ardor de corazón de la criatura por su Creador.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa.