ADELANTE LA FE

La santidad del sacerdote empieza por la mañana

Es preciso orar en todo tiempo y no desfallecer (Lc. 18, 1).

Queridos hermanos, no hay obra más perfecta en el sacerdote que la oración, pues de su vida de oración va a depender todo su ministerio. El Señor pasaba la noche en oración para que sus sacerdotes oraran sin cesar. Él nos dio ejemplo, vino a hacer la voluntad del Padre Eterno, y en la oración mantenía su unión con Él, al tiempo que nos dejaba el ejemplo de cuál debería ser nuestra vida sacerdotal: una vida de oración para poder hacer la voluntad del Señor, para poder vivir en su santa voluntad, para alimentarnos del alimento celestial y atraer la fuerza del Espíritu Santo. Siempre la mente del sacerdote debe estar elevada hacia al Padre que habita en el Cielo, y hacia el Hijo que está sentado a su diestra; pues de allí nos viene el auxilio para fortalecernos, para asumir las penas con santa resignación, los fracasos con esperanza, y vivir gozosos el ministerio sacerdotal, que es el ministerio de Jesucristo a quien representamos y debemos emular, a pesar de nuestras miserias, debilidades y traiciones.

Dice el Salmo (62, 7): In matutinis meditabor in te – En ti pienso en las vigilias. Qué utilidad y cuánto fruto la cotidiana meditación del sacerdote: así te bendeciré toda mi vida y en tu nombre alzaré ms manos (v.5). Quien reza asiduamente adquiere el espíritu de oración, su vida de frutos abundantes –quizá no demasiado para los hombres, pero sí indudablemente para el Cielo-. ¡Cómo te contemplaba en tu santuario, ponderando tu grandeza y tu gloria! (v.3). De los frutos más grandes, provechosos y santos, es la celebración digna y santa del Santo Sacrificio. De la vida de oración, de meditación asidua, profunda, el alma sacerdotal vuela gozosa al misterio de los misterios; del trato del alma con Dios, corre al trato del tú a Tú en el altar. Mi alma está apegada a ti, y tu diestra me sostiene (v.9). Sólo el pecado mortal puede separar al sacerdote de Dios, no lo quiera que llegue ese momento de ignominia y desolación. El alma del sacerdote debe estar pegada a Ti, porque su diestra la sostiene. Mi alma se saciará de medula y de grosura, y mi boca te cantará con labios jubilosos (v.6). ¡Cuánta unción del Espíritu Santo en el alma del sacerdote que medita! Sus labios cantarán con júbilo la alegría que alberga su corazón. Pues tú eres mi asilo, y canto gozo a la sombra de tus alas (v.8). No hay mayor seguridad para el sacerdote que la que la que le proporciona su meditación, pues en ella el Espíritu Santo va obrando en la medida que la oración es más constante, firme, querida, profunda; la oración es el verdadero descanso del sacerdote. Pero los que tienden acechanzas a mi vida, bajarán a lo profundo de la tierra (10).  Sólo con la ferviente oración el sacerdote podrá hacer frente a todas las tentaciones; la oración constante mantiene alerta al sacerdote, lo previene, lo fortalece y evita que el entendimiento de ciegue y la voluntad se debilite.

Cuando se llega a encontrar el tesoro de la meditación diaria, del encuentro íntimo entre el alma y Dios, meditando los misterios de la divinidad, de sus perfecciones, del Verbo encarnado, de su vida y obra; de su sagrada Pasión, de su Resurrección y subida a los Cielos; los misterios de nuestra fe…, entonces el alma ha hallado el gozo de su vida. De la oración el alma sacerdotal vuela, ya no anda lánguida arrastrando los pies; es el alma fuerte que el Espíritu Santo guía y mantiene.

La santidad empieza por la mañana.

La oración de meditación por la mañana, cuando el silencio y la oscuridad son los compañeros del sacerdote, es la oración que da vida al alma. Es el momento en que todos los sentidos están serenos, apaciguados de cualquier turbulencia del mundo. Los ojos están descansados, la mente tranquila, el pensamiento aquietado, todo inspira paz y serenidad. Es el momento en que el sacerdote  puede recogerse mejor  en la intimidad de Dios; es el momento adecuado para que el alma se llene de Dios en la meditación, al tiempo que es iluminada por el Espíritu Santo. Es en ese silencio y esa soledad en los que el Señor espera a su sacerdote, es el momento exclusivo por excelencia donde el Maestro puede instruir al alumno, darle luces allí donde lo necesite, responderle a las preguntas, fortalecerle en las dudas,  en fin, realizar la obra suprema de la santificación del sacerdote.

Por la mañana el alma está más dispuesta a escuchar, a sincerarse; está más receptiva, menos perezosa, todo lo contrario, más viva, más expectante, más deseosa del momento de meditación. Quien no gusta de la meditación no puede entender el gran regalo de Dios que es la oración mental. No puede haber santidad en el sacerdote sin la meditación asidua y perseverante, es más, si no gusta de la oración, si no la desea y busca; si no forma parte esencial de su vida sacerdotal, está abocado a ceder ante las tentaciones de todo tipo, no tendrá la fortaleza para enfrentarse a las argucias del maligno, que muy bien conoce al sacerdote y sus debilidades. Sin la vida de  oración el sacerdote no estará fortalecido en la fe, y buscará siempre la protección de los demás, y la duda será su inseparable compañero. Además, y es lo importante, no gustará de Dios.

Por la mañana meditaré en Ti, en tu misterio, en tu grandeza, en tu infinitud, en tus perfecciones,  en tu amor que te hizo dar tu vida por nuestra Redención; por la mañana meditaré en esa divinidad que quiere divinizarme santificando mi vida, que quiere transformarme en verdadero sacerdote Tuyo, porque ya nada me pertenece. Es por la mañana cuando el sacerdote puede acercarse de una manera especial al Señor, solos están los dos; el silencio y la oscuridad los acompañan. Es el silencio del alma que está toda abierta a la escucha de Dios; es la oscuridad que prepara al alma para ser iluminada por el fulgor de la Santidad de Dios.

Por la mañana empieza mi santidad, empieza la santidad del sacerdote; empieza el trato intimo y secreto del alma con las Tres Divinas Personas. Cuando el día se alza y la jornada empieza, el sacerdote ya está dispuesto para la tarea, ya está fortalecido para la lucha del día, para enfrentarse a los enemigos del alma. El sacerdote ya está listo para su Santa Misa.

Ave María Purísima.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa

Padre J.M Rodríguez de la Rosa

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa. Nació en Palamós (Gerona) en 1956, y se ordenó sacerdote en 12 de octubre del 2007 en la catedral de Getafe. Es licenciado en Estudios Eclesiásticos y en Derecho Canónico. Preside una Asociación privada de fieles de vida de oración contemplativa. En la actualidad es capellán de una residencia de ancianos de Madrid. Es autor del vídeo “Mysterium Fidei” sobre la Misa tradicional.