Los estigmas que Dios Padre permite en personas elegidas, en almas de elevada vida espiritual y experiencia contemplativa,  causan la admiración de quien las contempla, y hace que el mundo se pare y diga, ¿por qué? Cada uno dará su versión. La persona estigmatizada es de Dios, es testimonio de la realidad y poder de Dios, de su presencia entre nosotros, y de sus inescrutables designios. Pero la persona con los estigmas del Señor también será difamada y criticada, lo sabemos por la vida del Padre Pío. Si el Señor, su Santa Cruz, sigue siendo signo de contradicción, también lo son sus manifestaciones.

La sotana es como un estigma en el sacerdote. Basta comprobar lo que ha de sufrir en silencio ante la incomprensión, indiferencia y desprecio manifiesto por parte de quienes más tendrían que valorarla y apreciarla, o al menos respetarla.  Digámoslos claramente: quien en la Iglesia desprecia  la sotana tiene su alma ennegrecida.

El Señor propone y el Padre Eterno dispone. El Señor ha propuesto la sotana a su Iglesia, al sacerdote, porque así lo ha dispuesto el Padre. La sotana es por excelencia, y siempre lo será, el hábito eclesiástico del sacerdote católico, sin merma que la Iglesia con su autoridad disponga otra prenda eclesiástica. Pero siempre la sotana será la excelencia.

La sotana es estigma. Ofender a un sacerdote con sotana es ofender a un consagrado de Dios, por tanto es ofender al mismo Dios. Otros no ofenden directamente, pero por cobardía se separan de quien lleva sotana, como si se estuviera ante un “apestado”; éstos, no hacen más que escudarse en su mediocridad y falta de hombría, son anónimos que deambulan sin criterio propio.

La sotana levanta “ampollas” sin que ella tenga “culpa” de nada. La sotana es únicamente para ayuda del sacerdote, es signo hermosísimo de identificación con Cristo, es estímulo para quien la lleva, es constante recordatorio de “quien es” quien la lleva.

La sotana no es “responsable” de que quien la lleva, en ocasiones no es digno de ella, de su significado. Y si esto ocurre, en nada afecta a la santa sotana, ni merma en lo más mínimo su utilidad y eficacia, su sentido religioso y sacerdotal.

La sotana obliga a bien llevarla, con humildad y gallardía, con orgullo y valentía, con alegría espiritual y sacerdotal, y desprecio a las vanidades del mundo.

La sotana al ser un estigma, lo es porque así Dios lo ha dispuesto. ¿Cómo rechazar algo venido de Dios? Bendito estigma es mi sotana.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa