ADELANTE LA FE

La Tradición que nunca se perdió

Este verano, como todos los años, he ido con mi familia a la casa de mi madre en Francia. Allí he tenido la dicha de convivir otra vez con gente de la Fraternidad San Pío X que nos dan una lección a los tradis de España. Se podría decir que allí viven la Tradición con naturalidad, de forma orgánica, porque es algo que nunca se perdió. Continúan con las costumbres y la forma de vida de sus ancestros, como si el Concilio Vaticano II nunca hubiera ocurrido, como si el mundo moderno no se hubiera vuelto loco. Desconozco si en otros lugares del mundo hay comunidades similares. Lo que sé es que no hay nada parecido en España.

En España una de las características de los grupos de la Misa tradicional es una actitud beligerante frente a todos los que piensan de otro modo. Es comprensible que esto sea así, porque cuando la gente vive en minoría, rodeada por la incomprensión y a menudo se convierte en el blanco del escarnio de los demás, es difícil mantener una disposición amable. Es comprensible pero lamentable, porque cuando una persona de buena voluntad se acerca a la Misa tradicional y recibe un rebufo de algún exaltado tradi, es muy posible que nunca vuelva. Si tuviéramos en cuenta que lo importante es salvar almas, no ganar discusiones, seríamos mucho más pacientes y amables. Conozco a católicos que sienten repulsión hacía la Tradición por culpa del recibimiento de algunos tradicionalistas. Deberíamos estar más abiertos a gente nueva, más hospitalarios en nuestros lugares de culto. Por prudencia no deberíamos hablar de temas polémicos a la salida de Misa. ¿Por qué no podemos ser “normales”, y hablar de lo que todo el mundo habla: el trabajo, la familia, la salud, el tiempo, etc? Dejemos los debates sobre las conspiraciones judeo-masónicas para reuniones privadas en casa de amigos. No ayuda a salvar almas el típico tradi que se pone a vociferar sobre “el usurpador Francisco” delante de fieles que han asistido por primera vez a una Misa tradicional.

Otra característica desagradable de algunos grupos tradicionales es la falta de sentido de comunidad. Deberíamos cultivar más los lazos de caridad entre nuestros hermanos en la fe, ayudar a los que tienen dificultades, acompañarles cuando se les muere un ser querido, estar pendientes de ellos. Así, tal y como escribe San Juan, viendo el amor que nos tenemos, las almas que buscan la Verdad se quedarían entre nosotros y la Tradición tendría cada día más seguidores. Incluso recuerdo a una familia que me dijo que iban a la Misa tradicional A PESAR de los fieles tradicionalistas, que en cuatro años nunca se dignaron a aceptarles en su círculo, ni invitarles a sus eventos. Eso no es caritativo; eso no es católico.

Naturalmente los grupos tradicionalistas en España tienen cosas buenas, no todo es negativo. Lo que escribo va dirigido a mí mismo también; todos tenemos que esforzarnos por ser mejores. Pero las veces que he hablado de este tema con los españoles, lo suelen achacar a diferencias culturales y temperamentales entre los países. “Los españoles somos así”, dicen. No lo creo. La razón por la que en España la Tradición se vive con poca naturalidad, por la que las capillas tradicionalistas a menudo parecen cuevas de friquis, es porque hubo una interrupción. Algo murió. Es como si un hermoso bosque de robles centenarios se taló de un día para otro, y ahora en ese páramo sólo hay tocones y unos pocos retoños. Precisamente son estos retoños que nos permiten albergar la esperanza de que un día volveremos a ver un bosque, pero nos toca sufrir durante muchos años las consecuencias de tan catastrófica tala.

En Francia nunca se perdió la Tradición. Miles de familias, siguiendo a Monseñor Lefebvre, se aliaron durante y después del Concilio para preservar la liturgia y la doctrina católicas. Al separarse de la iglesia modernista, también lograron preservar un modo de vida que en otros lugares ha muerto. Allí he visto como familias enteras, abuelos, hijos y nietos, viven con perfecta naturalidad la Tradición Católica, porque NO HAN CONOCIDO OTRA COSA. Para ellos es tan natural como respirar. Parecen hobbits que continúan viviendo en sus aldeas idílicas, como si Sauron no existiera, protegidos de los orcos del Vaticano que destruyen todo lo que tocan.

Para que el lector entienda de lo que hablo, pintaré un par de escenas. Una familia de la Fraternidad que vive en el mismo pueblo que mi madre nos invita a merendar en su casa. Su jardín nos indica que se alimentan en gran parte de lo que cultivan; tienen árboles frutales y un huerto amplio y se oyen gallinas. Nos recibe el padre que está fuera cortando leña para el invierno. Al entrar en su casa vemos que no hay lugar para lujos ni ostentación. Es un hogar muy humilde, decorado con cuadros y estatuas religiosas. La gran mesa del salón está cubierta de libros abiertos; la madre nos explica que estaba preparando las clases del curso siguiente. Todos los niños son educados en casa, porque el colegio de la Fraternidad está lejos y no tienen dinero para pagar gastos de transporte y alojamiento. Nos ofrecen una deliciosa tarta hecha con las frambuesas de su huerto y nos regalan un tarro de miel hecha con sus abejas. La madre nos dicen que el domingo no nos verán en Misa porque se van de vacaciones a visitar a sus dos hijas. Preguntamos donde viven y la respuesta nos sorprende gratamente: son monjas que viven en una casa de retiros espirituales. Las niñas van vestidas de una forma muy simple pero modesta. Una de ellas está estudiando costura y hace su propia ropa y la de sus hermanas y sobrinas pequeñas.

La segunda escena es del día de la Asunción. Tras la Misa los fieles nos trasladamos a una capilla perdida en el campo, propiedad de la Fraternidad. Allí, en los jardines aledaños, se ponen mesas para un picnic, pero antes de sentarse a comer se ofrece a los adultos un aperitivo, el Pineau, una bebida derivada de la uva del Cognac. Tras el picnic todos entramos a la capilla para cantar vísperas y luego tiene lugar una procesión solemne por los campos de trigo en honor de la Virgen. Al volver a la capilla, para finalizar los actos, el sacerdote hace la bendición con el Santísimo. Todos, niños, padres y ancianos, cantan, procesan, se arrodillan y a pesar del calor sofocante no se oye una sola queja. Al ser un país laico tienen que hacer la procesión en medio de ninguna parte, porque saben que las autoridades nunca les darían permiso. Sin embargo, la enemistad del estado ha podido incluso beneficiar a la Tradición, si comparamos su situación con la de España. Aquí todos los políticos salen en procesión en Semana Santa y ninguno quiere perderse las fiestas patronales en honor del santo de turno. La experiencia nos ha enseñado que tener un estado que finge neutralidad, que “colabora” con la Iglesia, cuando legisla en contra de Dios con cada oportunidad, adormece a muchos católicos.

El peligro de los tradicionalistas franceses es la complacencia. Los hobbits que viven a gusto en su aldea pueden pensar que su bosque está eternamente a salvo de los orcos. De hecho, algunos me hablaron de una cierta relajación entre las familias tradicionalistas en Francia. Al menos en España, al ser tan pocos, es muy difícil relajarse. ¡Desesperarse sí, pero relajarse no! Personalmente, lo más valioso de mis vivencias en Francia es ver como se debería vivir la Tradición. Nosotros estamos intentando resucitar una lengua muerta para utilizarla en nuestro día a día. Es una tarea ardua y estamos aún aprendiendo a dominarla, como el que se apunta a una academia de idiomas con 30 años. Los tradicionalistas franceses nunca dejaron de hablar la lengua de la Tradición, y la hablan como un niño habla su lengua materna.

Christopher Fleming

De nacionalidad británica. Casado con tres hijos. Profesor de piano y organista. Vive en Murcia, España. Converso del ateísmo y del protestantismo-modernismo. Católico hasta la muerte, por la gracia de Dios.
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