1. La supuesta “canonización” de Pablo VI provoca muchos problemas para la conciencia de los católicos. El menor de ellos no es la concepción que este papa tuvo sobre la unidad de la Iglesia. El testimonio de esto lo da su primera encíclica. Ecclesiam suam, publicada el 6 de agosto de 1964. Allí está escrito que los bautizados no católicos –entendemos por esto los heréticos protestantes y los cismáticos ortodoxos- aunque separados de la comunión con la Sede Apostólica, se hallan animados de un ardor espiritual, que permite presagiar una progresión cierta del movimiento ecuménico, cuyo objetivo es que todos los cristianos se unan en una sola y misma Iglesia de Cristo.[1]Estas palabras del Papa anuncian las formulaciones decisivas del decreto Unitatis redintegratio sobre el ecumenismo, que iba a ser adoptado algunos meses después, durante la tercera sesión del concilio Vaticano II, el 21 de noviembre de 1964. “Entre los elementos o bienes para el conjunto de los cuales la Iglesia se construyó y es vivificada”, se dice en el nº 3 de este decreto, “varios e incluso muchos, y de gran valor, pueden existir fuera de los límites visibles de la Iglesia Católica […]. Incluso, en las iglesias de nuestros hermanos separados se cumplen muchas de las acciones sagradas de la religión cristiana que, de maneras diferentes según la situación diversa de cada iglesia o comunidad, pueden, ciertamente, producir la vida de gracia, y se debe reconocer que dan acceso a la comunión de la salvación. En consecuencia, estas Iglesias y comunidades separadas, aunque creamos que sufren de deficiencias, no están desprovistas de significación y de valor en el misterio de la salvación de Cristo, en efecto, quien no se cansa de servirse de ellas como medios de salvación, cuya virtud deriva de la plenitud de gracia y de verdad que ha sido confiada a la Iglesia Católica”. 

2. ¿Se puede decir aún, como hasta aquí, que la unidad de la Iglesia de Cristo es una unidad católica, es decir que coincide exclusivamente con la unidad de la Iglesia católica romana? Después de Pablo VI y el Concilio, el ecumenismo presupone una nueva definición de la unidad de la Iglesia. En efecto, tal y como la definió Juan Pablo II en la encíclica Ut unum sint “el ecumenismo consiste precisamente en hacer progresar la comunión parcial existente entre los cristianos, para llegar a la plena comunión en la verdad y la caridad”. Según el Vaticano II, la unidad de la Iglesia de Cristo sería distinto de la unidad de la Iglesia Católica, ya que abarcaría no sólo la unidad en la plena comunión de los católicos, sino una comunión parcial entre los católicos y los no católicos. La unidad propiamente católica de la Iglesia romana se encontraría sobrepasada por otra unidad, en grados variables y por llegar, que sería precisamente la unidad “ecuménica”.  

3. Esto último es imposible, ya que se halla condenada como tal por el Magisterio pontificio anterior al Vaticano II. El texto de referencia que nos debe dar el verdadero conocimiento sobre la unidad de la Iglesia es una acta del papa León XIII, la carta Encíclica Satis cognitum, del 21 de Junio de 1896[2]. Este texto representa un acto del Magisterio vivo de la Iglesia católica, y constituye para el teólogo la “regla inmediata y universal de verdad en materia de fe y costumbres”[3]. Condena como una idea falsa y contraria a los dones divinamente revelados la noción de una comunión eclesial parcial entre católicos y no católicos. 

4. Esta enseñanza de León XIII interviene en un contexto muy preciso. El mismo año 1896 sale a la luz el 29 de Junio la Carta Encíclica Satis cognitum consagrada a la unidad de la Iglesia y el 13 de septiembre la Carta Apostólica Apostolicae curae condenando las ordenaciones anglicanas. Estos dos actos del Papa aparecen en el mismo momento para denunciar los mismos errores. A continuación de Pío IX (1846-1878), León XIII denuncia como contraria a la doctrina revelada por Dios el principio mismo del ecumenismo. 

5. Esto ya había surgido a mediados del siglo XIX en Inglaterra, en los ambientes del Movimiento de Oxford. Nacido en la Alta Iglesia, entre los intelectuales deseosos de reformar la confesión anglicana, y al mismo tiempo contra la dejadez de los clérigos de la Baja Iglesia y contra el liberalismo de la Iglesia, este movimiento fue una ocasión para las conversiones al catolicismo. Aparte de una de éstas, bien conocida, de John Henry Newman (1801-1890), conviene mencionar las conversiones  de Georges Spencer (1799-1864)[4] y la de Ambrose March Phillips (1809-1878)[5]. Tras la restauración de la jerarquía católica en Inglaterra, después de 1850, por el Papa Pío IX, Phillips será uno de los primeros fundadores de la l’Association for the Promotion of the Union of Christedom (APUC), en concierto con el padre Lockhart, rosminiano; el padre Collins, cisterciense; un sacerdote ruso cismático ortodoxo y diez anglicanos. El principio de su nuevo Credo era que las tres confesiones– romana, anglicana y ortodoxa– serían tres ramas de la única Iglesia de Cristo. Su asociación se ponía por meta realizar la unión de esta Iglesia de Cristo. La APUC fue condenada por Pío IX, por la Carta Ad omnes episcopos Angliae del 16 de septiembre de 1864[6]. “El fundamento sobre el que se apoya esta asociación”, dice el Papa, “es tal que se opone a la constitución divina de la Iglesia […]. Que los fieles y los eclesiásticos recen por la unidad cristiana bajo la conducción de los heréticos y, peor aún, con una intención profundamente infectada por la herejía, no puede ser tolerado bajo ninguna circunstancia […]. No existe otra Iglesia más que la católica, construida sobre Pedro únicamente, en un solo cuerpo unido (Ef, IV, 16) en la fe y la caridad”. 

6. Apenas tres décadas más tarde, el ecumenismo renace por iniciativa del sacerdote lazarista, padre Ferdinand Portal (1855-1926)[7]. Éste fue, junto al anglicano Lord Halifax (1875-1934), el origen de una tentativa ecuménica que se desarrolló entre 1921 y 1926, y que pasó a la historia bajo el nombre de “Conversaciones de Malines”[8]. Esta tentativa representa de una forma más precisa la segunda etapa de una iniciativa que se inicia en el periodo 1889-1895. Si bien el Papa Pío IX intervino con la Encíclica Mortalium animos del 6 de enero de 1928 para condenar el principio mismo de este tipo de reuniones ecuménicas, es en la encíclica Satis cognitum de 1896 que el Papa León XIII condena ya definitivamente el falso principio de la unidad de la Iglesia gracias al cual el padre Portal pensaba justificar su empresa. La gran idea de éste último era la de trabajar en lo que él llamaba “la unión de las iglesias”[9], los acuerdos institucionales y hacer posibles las conversiones individuales. 

7. Para contrarrestar esta falsa y funesta idea, León XIII hace valer un principio fundamental, extraído de la Revelación Divina, que es el único conocimiento posible de los designios de Dios[10]. La Iglesia se compara a un cuerpo [11]. Esto significa de entrada que la Iglesia es una realidad esencialmente visible perfectamente reconocible gracias a sus notas y no por un misterio indiscernible [12]. Esto significa por tanto que la Iglesia se compone de los estrechos vínculos de una sociedad, gracias a los cuales los hombres se unen a la vez a Cristo y los unos a los otros en la dependencia de Cristo.[13]. Estos vínculos son de tal naturaleza que la unidad que resulta de ellos es una verdadera sociedad, en el sentido más propio del término. La sociedad se define como una forma ordenada de vida humana, según la cual los hombres obtienen una misma perfección común actuando solidariamente, los unos con los otros, por y para los otros, bajo la égida de una misma autoridad. La sociedad eclesiástica se define, por tanto, como una sociedad perfecta en el orden sobrenatural. El Papa León XIII lo afirma aquí, en la Encíclica Satis cognitum. Pero lo había subrayado antes con fuerza en la Encíclica Sapientiae christianae del 10 de enero de 1890. En ella se dice que la Iglesia es  “una sociedad perfecta, muy superior a cualquier otra sociedad”, que ha recibido de su autor el mandato de combatir por la salvación del género humano como un ejército en orden de batalla”.[14], y sobre todo, que no “una asociación establecida fortuitamente entre cristianos” [“ non est christianorum, ut fors tulit, nexa communio]   , sino que se trata más bien de “una sociedad divinamente constituida y organizada de una manera admirable” [“escellenti temperatione divinitus constituta societas”][15]. León XIII contrapone aquí la “communio”, o asociación, a la verdadera “societas”, o sociedad. En la Encíclica Mystici corporis del 29 de junio de 1943, el Papa Pío XII se hará eco de esta enseñanza de su predecesor, afirmando que “la Iglesia debe [debet] ser considerada como una sociedad perfecta en su género”[16]. 

8. El vínculo esencial, de naturaleza social, que definió como tal a la Iglesia de Cristo es, por tanto, comparable al vínculo que une la cabeza al cuerpo. “Dos miembros separados y dispersos”, dice León XIII, “no pueden en absoluto reunirse a una sola y misma cabeza para formar un solo cuerpo” […] “Para mostrar mejor la unidad de su Iglesia, Dios nos la presenta bajo la imagen de un cuerpo animado, cuyos miembros no pueden vivir a no ser que permanezcan unidos con la cabeza y de pedir prestado sin cesar a la misma cabeza su fuerza vital; separados, no pueden por menos que morir ´´[…]” Búsquese entonces otra cabeza parecida a la de Cristo, búsquese otro Cristo, si se quiere imaginar otra Iglesia diferente de la que es su cuerpo.”[17]. La unidad de la Iglesia depende esencialmente de un vínculo que liga a los hombres a Cristo, pero la metáfora del cuerpo debe tomar aquí un significado muy preciso, ya que el vínculo no es uno cualquiera. Se trata de una ligazón de una naturaleza única: una atadura de naturaleza social, es decir, un vínculo que une a los hombres a Cristo como jefe de la Iglesia, es decir, como a una autoridad bajo el mando de la cual los hombres actúan de manera ordenada para obtener la perfección sobrenatural.

9. Por ser de naturaleza social, este vínculo reclama la presencia física y visible, del jefe de la sociedad. En efecto, la Iglesia, siendo una sociedad propiamente dicha, debe depender de una autoridad que la haga homogénea. Ahora bien, la autoridad humana es la que es ejercida por un hombre vivo en medio de sus semejantes. Cristo, ascendido a los Cielos se halla, sin embargo, en un estado glorioso, incompatible con esta presencia continua en medio de los hombres. No podría ejercer la autoridad en la Iglesia como una autoridad propiamente dicha, homogénea en la Iglesia. Por eso, antes de su Ascensión, eligió un vicario, encargado de cubrir su puesto y de ser, aquí abajo, el jefe supremo próximo y visible de la Iglesia, dependiente de su jefe supremo alejado e invisible. Tal situación se verifica en el caso único de Cristo y de la Iglesia. Ésta tiene, en efecto, un jefe invisible en la persona divina del Verbo Encarnado, que permanece en la gloria del más allá como jefe supremo lejano, según su humanidad. De tal manera, la autoridad permanece en la Iglesia homogénea a ella misma, ya que en todas las cosas, es el principio cercano el que es homogéneo respecto a lo que es el principio, no el principio lejano. León XIII lo remarca aún más: “Dios, sin duda, puede operar, por ËL mismo y por su sola virtud, todo lo que hacen los seres creados; sin embargo, por un consejo misericordioso de su Providencia, ha preferido, para ayudar a los hombres, servirse de los mismos hombres. Es por intermediación y ministerio de los hombres, que da a cada uno habitualmente, dentro del orden natural, la perfección que le es debida; igualmente actúa de la misma manera dentro del orden sobrenatural para conferirle la santidad y la salvación [18] “. El vínculo esencial que hace la unidad en la Iglesia es, como en toda sociedad, el vínculo social de dependencia respecto a la autoridad; pero en la Iglesia, este vínculo está establecido respecto a la autoridad de Cristo y tal como se expresa a través de la de su vicario. Este vicario no es otro sino san Pedro y cada uno de sus sucesores, los obispos de Roma. Este vínculo que hace de la Iglesia una sociedad atándola a la autoridad divina de Cristo y de su vicario es descrita mediante la metáfora de la piedra, en el versículo 18 del capítulo XVI, en el Evangelio de san Mateo. En ese pasaje, Cristo promete en efecto a san Pedro y a cada uno de sus sucesores el mantener constantemente a la Iglesia en su ser y en su unidad como sociedad, haciéndola siempre permanecer bajo la autoridad de su vicario, principio y fundamento próximo del orden social en la Iglesia.

10. Nunca se subrayará lo suficiente que esta autoridad de san Pedro y de cada uno de sus sucesores desempeña el papel de tal principio – dicho de otra forma, que ella es, metafóricamente hablando, la piedra sobre la que Cristo construyó incesantemente su Iglesia- en la medida precisa en la que ella se definió como una autoridad vicaria. Ya que, por esta sola y única condición, absolutamente necesaria, ella puede definirse como la autoridad misma de Cristo, por participación, según la expresión misma de san León el Grande[19]. León XIII afirma también, en Satis cognitum, citando a san Basilio, cuando remarca que san Pedro es la piedra, sobre la que Cristo construyó la Iglesia, “ no como Cristo es la piedra, sino como Pedro puede ser la piedra; pues Cristo es esencialmente la piedra inquebrantable, y es por eso que Pedro es la piedra”[20]. Esta idea de la participación es idéntica a la de la naturaleza vicaria de la autoridad prometida y dada a san Pedro, y a todos sus sucesores. Y esta idea equivale a un principio teológico, ya que dimana de las fuentes mismas de la Revelación divina, es decir, de la santa Escritura y de la Tradición, y propuesta como tal por el Magisterio de la Iglesia.

11. Es precisamente porque es la autoridad vicaria de Cristo que esta autoridad de San Pedro y de cada uno de sus sucesores es por siempre inquebrantable. León XIII subraya esta consecuencia citando a san Agustín en un pasaje de Satis cognitum que parece estar escrito ex profeso para nuestra época: “La Iglesia se tambaleará si su fundamento se tambalea; pero ¿cómo podrá tambalearse Cristo? Así como nunca se tambaleará Cristo la Iglesia no se doblegará jamás hasta el final de los tiempos. ¿Dónde están los que dicen: “La Iglesia ha desaparecido del mundo”, puesto que ella no puede ni tan siquiera doblegarse?[21]”. Esto manifiesta bien que el fundamento de la Iglesia es idéntico al de Cristo y la de su vicario. 

12. Si la Iglesia debe definirse como un cuerpo cuyo jefe visible aquí en la Tierra es el Vicario de Cristo, si su unidad descansa esencialmente en el vínculo de dependencia que la une a ese jefe visible, todo va a depender de la identidad de ese vicario. ¿Quién es?. Y, por tanto, ¿Cuál es la Iglesia de Cristo?. Estas dos cuestiones se hallan íntimamente ligadas, y los Padres de la Iglesia[22] han manifestado este vínculo recurriendo a una fórmula convertida en clásico: Ubi Petris ubi Ecclesia . Allá donde esté Pedro, allá está la Iglesia. La Única Iglesia cuyo jefe visible en la Tierra es el vicario de Cristo es la Iglesia Católica Romana, puesto que el único Vicario de Cristo, sucesor de San Pedro, es el Obispo de Roma. Es por esto que la Iglesia de Cristo es idéntica a la Iglesia Católica Romana, como así lo ha recordado siempre el Magisterio de la Iglesia.[23]. Y esta identidad es absolutamente exclusiva. Las otras agrupaciones o comunidades a las que se quiere considerar como “cristianas” sin que sean “católicas” no tienen nada de cristianas por el hecho mismo que no tienen nada de católicas y no sabrían corresponder en todo o en partea la Iglesia de Cristo. Ya que la unidad de esta Iglesia de Cristo coincide adecuada y exclusivamente con la unidad de la Iglesia Católica Romana, fuera de la cual no existiría ninguna presencia ni acción de la Iglesia de Cristo. He aquí por qué exactamente no podría darse ninguna “comunión”, parcial o imperfecta entre los cristianos. No se podría ser cristiano sin el Papa.

13. Todo se explica porque la Iglesia implica en su definición de sociedad la relación que existe entre sus miembros y su jefe, el Papa, Vicario de Cristo[24]. Si se cambian los términos de la relación, se cambia la definición; la relación que existe entre los creyentes y un  jefe distinto al sucesor de san Pedro ya no sería la relación que define la Iglesia. Aquí está la razón precisa por la que la unidad de la Iglesia no sabría ser una unidad ecuménica, en el sentido indicado por el Vaticano II y Juan Pablo II. Esta razón se encuentra en el hecho divinamente revelado que la unidad de la Iglesia es de naturaleza social, y descansa sobre el vínculo de dependencia respecto a la autoridad divina de Cristo, cuyo vicario es el Papa. Tal es la idea central de Satis cognitum . Contradice y condena esta eclesiología de nuevo cuño, que habría querido, en la época de la APUC, del padre Portal y de Lord Halifax, servir de fundamento a las tentativas de acercamiento entre católicos y anglicanos. Condena también, por anticipado, la nueva eclesiología de Pablo VI, que salió a la luz con Lumen Gentium y Unitatis redintegratio . La unidad de la Iglesia no podría ser ecuménica por el hecho mismo de que descansa sobre Pedro.

Padre Jean Michel Gleize

(Traducido por Duque de las Llaves/Adelante la Fe. Artículo original: L´Unité de l´Église (Courrier de Rome; année LII; nº 616; décembre 2018)

___

[1] Acta Apostolicoe Sedis [AAS], T. LVI (1964), p. 656-657.

[2] Acta Sanctæ Sedis [ASS], T. XXVIII (1895-1896), p. 708-

739.

[3] Pie XII, Humani generis del 12 agosto 1950 dans AAS, T. XLII,

  1. 567 : «… hoc sacrum Magisterium, in rebus fidei et morum,

cuilibet theologo proxima et universalis veritatis norma esse

debet… ».

[4] Georges Spencer recibió las órdenes anglicanas en 1824; se convirtió al catolicismo en 1830 y fue ordenado sacerdote en Roma en 1832. Trabajó en Inglaterra por la conversión de sus compatriotas; se encargó de la parroquia de West Bronwick de 1832 a 1839, profesor de en Oscott de 1839 a 1846 y luego misionero pasionista a partir de 1848, con el nombre de Fray Ignacio de san Pablo.

[5] Convertido en 1825, Ambrose March Philipps quiso consagrar su vida a una triple restauración: restauración de la vida monástica, del canto gregoriano y de la unidad católica. En 1838, organizó con Spencer la Asociación de Oración Universal para la Conversión de Inglaterra. Este será el primer fruto del movimiento de Oxford.

[6] DS 2885-2888

[7] Cf. le livre de RÉGIS LADOUS, Monsieur Portal et les siens,

Cerf, 1985.

[8] Cf. Para mayor detalle de los hechos del artículo de Roger Aubert “Malines (Conversaciones de)” en la Enciclopedia Catolicismo de ayer hoy y siempre. TVIII, Letouzey y Ané, 1979.col 266-267. El autor del artículo es favorable al ecumenismo.

[9] Cf. le livre de CHARLES JOURNET, L’Union des églises, 1921

[10] ASS, T. XXVIII, p. 711.

[11] Éph, I, 22-23 ; Col, I, 18 ; Éph, V, 29 ; I Cor, XII, 27 ; Rm,

XII, 5 ; Éph, IV, 4.

[12] ASS, T. XXVIII, p. 710.

[13] ASS, T. XXVIII, p. 713-714.

[14] ASS, T. XXII, p. 392

[15] ASS, T. XXII, p. 395.

[16] AAS, T. XXXV, p. 222

[17] ASS, T. XXVIII, p. 714.

[18] ASS, T. XXVIII, p. 708-709.

[19] San León el Grande. Sermón IV sobre su consagración, capítulo II en Migne latin, T LIV, col 150 “Aunque yo sea la piedra indestructible” es preciso decir a Cristo “yo, la piedra angular que de los dos hace uno solo, aunque yo sea el fundamento fuera del cual no se puede poner otro, a pesar de todo tú eres piedra, pues mi fuerza de da fortaleza, en calidad de lo que me pertenece por mi poder te sea común conmigo por participación”.

[20] ASS, T. XXVIII, p. 728-729.

[21] ASS, T. XXVIII, p. 711

[22] San Ambrosio. Comentario del Salmo XL, versículo 30. En Migne latin, T. XIV, col. 1082, citado por Pío IX en la Encíclica

Qui pluribus de 9 noviembre 1846 (DS 2781).

[23] Bonifacio VIII Bula  Unam sanctam de 13 de noviembre de 1302

(DS 870) : el Cuerpo místico del que Cristo es el jefe es idéntico a la Iglesia jerárquica católica romana; los miembros son aquellos que pertenecen a ella. Concilio de Florencia, Bula Exsultate

Deo de 22 noviembre 1439 (DS 1314) : la Iglesia jerárquica católica romana es idéntica al Cuerpo místico de Cristo.

Concilio de Trento, sesión 14 de 25 noviembre 1551, decreto sobre

el sacramento de penitencia, capítulo II (DS 1671) : Hay  identidad

entre el Cuerpo místico y la Iglesia jerárquica instituida en el Nuevo Testamento Pio XI, Mortalium animos y Pio XII, Mystici

corporis : el Cuerpo místico de Jesucristo es la Iglesia católica romana.

[24] Cf. Santo Tomás de Aquino, Somme théologique, 2a2æ,

cuestión 26, articulo 1 ; y Louis Billot, L’Église : II – Sa constitution

intime, question 13, n° 775, Courrier de Rome, 2010,

  1. 337.