ADELANTE LA FE

La Verdad nos hace libres

Yo Soy el camino la verdad y la vida, nadie viene al Padre sino por mi (Jn. 14, 5).

Queridos hermanos, ¿han meditado seriamente en estas divinas palabras del Salvador? Las han repetido muchas veces, las han leído en las Sagrada Escrituras, forman parte, a menudo, de sus conversaciones piadosas con otras personas. Pero, les insisto, ¿las han meditado? ¿Han comprendido su insondable profundidad y el compromiso que comportan para la salvación de su propia alma?

Mi gran y grave responsabilidad como sacerdote es salvar almas, llevarlas a Dios iluminándolas con las palabras de Verdad del Señor y con las enseñanzas de la Iglesia, a las que me debo en conciencia por ser la Verdad inspirada por el Espíritu Santo a lo largo de la tradición milenaria de la Iglesia y transmitidas en el depósito de la fe. Su propia responsabilidad es salvar su propia alma.

El Señor gobierna a Su Iglesia, el Espíritu Santo no deja de inspirar a los que  escuchan y siguen Su inspiración; el Padre Eterno y Todopoderoso espera día a día Su gloria en el Santo Sacrificio de Su Hijo. Los Mandatos del Señor están dichos y consignados en las Sagradas Escrituras y confirmados por el Espíritu Santo en la Tradición de la Iglesia. La fe que nos vincula a la persona y mandatos del Señor es una fe recibida y atestiguada por los siglos de tradición. La fe católica que se manifiesta en unas costumbres determinadas, en una expresión litúrgica concreta, en una moral característica que nos obliga a una forma de actuar, so pena de separarnos de la Voluntad divina y desviarnos del plan de salvación eterna.

Los Mandamientos de la Ley de Dios siguen inalterables en la Iglesia, las verdades de fe que hemos recibido siguen vigentes como el primer día, porque así es nuestra fe católica. Profesamos el Credo establecido en el siglo IV, creemos firmemente en la maternidad divina de María definida dogmáticamente en el siglo V, así podríamos seguir. Las verdades de fe se definen para que siendo inamovibles no puedan ser cambiadas por la debilidad del hombre, o por la traición del hombre al Señor. Las verdades de fe nos obligan, estamos sujetos a ellas si queremos confesar la fe católica. La Verdad permanece. Los Mandamientos del Dios son intocables e invariables; las verdades de fe definidas dogmáticamente son intocables e invariables; también las costumbres que de forma secular hemos recibido no pueden reformarse a gusto de nadie. ¿Se puede suprimir las procesiones, el rezo del santo rosario antes de la santa misa, la devoción a los santos, las imágenes en las iglesias? ¿Se puede suprimir el celibato sacerdotal? No, respondemos.

Los Pastores de la Iglesia hemos de dar testimonio de la Verdad, cada uno según su responsabilidad y cargo. Cada uno en el lugar que el Señor lo ha colocado para ser ejemplo y testigo de la Verdad. Es una realidad que muchos quienes tienen el mandato de ser testigo de la Verdad de Cristo, de Su enseñanza, de la Verdad de la Iglesia, no lo son, actuando más bien como lobos hambrientos, y causando estupor entre los fieles, que queriendo santificar sus vidas para salvar sus almas están desconcertados al ver que se cuestiona, se pone entredicho y se enseña lo contrario de la enseñanza y doctrina católica recibida, practicada y vivida secularmente.

Los Mandamientos son profanados al pie del altar.

Continuamente oímos palabras y vemos gestos del Papa que son contrarios a la fe católica, que escandalizan a los pequeños y humildes, que perturban los corazones sencillos y devotos, que contrarían a quienes tienen la obligación de testimoniar la fe en su integridad. Son gestos y palabras que confirman en su pecado a los enemigos de Dios y de la Iglesia. Son gestos y palabras que estrechan lazos con los pecadores públicos, que ven a la Iglesia cómo abraza su pecado, que no lo condena y que los acepta como son. Son gestos y palabras del Papa que contradicen la fe y costumbres que hemos recibido y que parece que  él se atribuye la potestad, que no tiene, de subvertirla.

Continuamente oímos palabras y vemos gestos de Cardenales, Obispos, sacerdotes, que son propios de nuevos Judas Iscariote; que son propias de los nuevos verdugos de nuestro Señor Jesucristo, que sin misericordia escupen golpean, empujan y flagelan Su purísimo Cuerpo. Son los que ensalzan a la Masonería, la sodomía, el adulterio, que no condenan el aborto porque lo ven como un derecho, son los nuevos lujuriosos falsos pastores que profanan los Mandamientos al pie del altar. Son los profanadores del Cuerpo de Cristo. Ese es su orgulloso cargo.

Pero el camino de salvación lo ha establecido Dios Todopoderoso, y el hombre no lo cambiará, sólo podrá traicionar a Dios pero no cambiar el camino de salvación: El cumplimiento exacto y fiel de los Mandamientos de la Ley de Dios, que nos dice entre otros mandatos, No adulterarás, y no dice nada más, porque todo lo que se diga de más es por cuenta del hombre, no de Dios. El mandato es explícito y tajante. No cometerás actos impuros, las relaciones homosexuales es un pecado grandísimo que atenta contra la misma Ley natural y la Ley de Dios. Las relaciones sexuales fuera del matrimonio son pecado mortal por in contra los mandatos divinos. Los medios anticonceptivos, sin excepción, son pecado mortal por atentar contra la procreación. Y así podíamos seguir en cada mandamiento, todos se han de cumplir para alcanzar la vida eterna.

También hemos de creer lo que cree la Iglesia, esto es el caso de las herejías. Cuando la Iglesia define que tal o cual expresión como herética, ya no puede cambiarse, hemos de desviarnos de la mentira y de quienes la propagan. El verdadero ecumenismo sólo puede ser aquel que suponga que los que viven en la herejía, en el error, reconozcan la verdad de la fe católica y la acepten y renuncien a sus errores. No puede  haber unión con quienes viven en la herejía y perseveran en ella; esto es contrario al Espíritu Santo, atenta contra Él.

No se cambia nuestra fe católica, apostólica y romana por decreto, no se cambia por un deseo personal del Papa. No porque este Obispo o Cardenal bendiga las relaciones  homosexuales dejan de ser un pecado mortal que condena alma; y aunque callen muchos Obispos, la Verdad no es menos Verdad.

Si eres Rey de Israel baja de la Cruz.

Si es el rey de Israel, que baje ahora de la cruz y creeremos en él (Mt. 17, 42). Estas palabras le decían a nuestro Señor Jesucristo al mismo tiempo que se burlaban de Él. No era bastante verle desnudo y crucificado, callado y en silencio, humilde y manso. No tenían suficiente, aún las burlas y mofas. Jesús callaba debía terminar perfectísimamente la misión que el Padre le encomendó. Debía apurar el cáliz hasta la última gota. Debía consumar la obra de Redención.

El Señor podía haber bajado de la Cruz, pero permaneció en ella satisfaciendo al Padre por nosotros, por los que hoy le traicionan, traicionando su obligación de decir la Verdad, por los que callan incumpliendo su obligación de guiar a las almas, por los que desprecian la Verdad, por los que ya no condenan el pecado y acogen al pecador y a su pecado, por los que despreciando la salvación del alma se echan en brazos del mundo, demonio y carne.

Era ya como la hora sexta, y las tinieblas cubrieron toda la tierra hasta la hora nona, se oscureció el sol y el velo del templo se rasgó por medio (Lc. 23, 44-45). Los judíos quedaron en la oscuridad y siguen en ella si querer ser iluminado por el Sol de Justicia, nuestro Señor Jesucristo. Y con ellos todos los que no Le reconocen como único y verdadero Dios. Todos están en las tinieblas del Calvario que permanecen en sus almas y entendimientos. He aquí la verdad: Dios murió en la Cruz. Escándalo para judíos y necedad para paganos. He aquí la Verdad que ya no predican nuestros Pastores.

La verdad nos hace libres.

Las verdades  de fe que hemos recibido en el depósito de la fe, la fe y costumbres que la tradición nos ha dejado para que continuáramos con ellas para la salvación de nuestras almas, es la verdad que nos hace libres, si de verdad creemos en ellas, las vivimos y predicamos. No hay don más grande que la libertad, la verdadera libertad que proporciona la verdadera e inalterable fe católica que la tradición nos ha legado, es la libertad que los enemigos de Dios y de su Iglesia no pueden arrebatar a los mártires, ni los falsos pastores a los fieles hijos de Dios y de su Iglesia.

Ave María Purísima.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa.

Padre J.M Rodríguez de la Rosa

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa. Nació en Palamós (Gerona) en 1956, y se ordenó sacerdote en 12 de octubre del 2007 en la catedral de Getafe. Es licenciado en Estudios Eclesiásticos y en Derecho Canónico. Preside una Asociación privada de fieles de vida de oración contemplativa. En la actualidad es capellán de una residencia de ancianos de Madrid. Es autor del vídeo "Mysterium Fidei" sobre la Misa tradicional.