La verdadera apertura de la Iglesia al mundo solamente puede entenderse como una apertura para transformar el mundo. La verdadera actualización de la Iglesia sólo puede ser una actualización en virtudes, en la santidad de sus miembros. De no ser así, cualquier otra apertura o actualización sería contraria al Espíritu Santo que anima a la Iglesia.

La Iglesia es luz para el mundo, por esta razón su mensaje ha de ser el mensaje de Jesucristo, Luz del mundo. Y el mensaje de Nuestro Señor es el mensaje contenido en el depósito de la fe, que la Iglesia tiene el santo deber de custodiarlo íntegro y transmitirlo en su pureza de generación en generación. Si la Iglesia quiere mostrar mejor el mensaje de Cristo al mundo actual, entonces es necesario que ella se diferencie profundamente del ambiente humano en el cual vive y al cual se aproxima. Y, para cumplir su misión deberá tomar distancias del ambiente humano en el cual vive y al cual se aproxima (Beato Pablo VI. Carta Encícilica Ecclesiam suam, 24).

¡Tomar distancias del ambiente humano en el cual vive y al cual se aproxima! Pero no porque no quiera implicarse en las cosas del mundo, sino porque ha de purificar las cosas del mundo. La Iglesia ha de señalar el pecado y mostrar el remedio. La Iglesia anuncia un mensaje de salvación al mundo: Cristo es el camino, la verdad y la vida. Y fuera de Él no encontramos más confusión, oscuridad y vacío.

Es un gravísimo error “mundanizar” la Iglesia, secularizarla en sus manifestaciones. Debe estar abierta a Dios, sólo a Dios; y, por tanto, debe desprenderse de toda secularización y mostrar al mundo el esplendor de lo sagrado, la necesidad de los sacramentos y la belleza de la Cruz.

La Iglesia se abre al mundo para atraer al mundo hacia la Verdad, para hacer ver al hombre que nada es y nada llegará a ser sino reconoce la supremacía de Quien es el que Es. Cómo podría hacerlo si su mensaje está velado por la secularización.

Lo sabemos, hoy como ayer, la Cruz es necedad para unos y escándalo para otros. Pero la verdad de la Cruz no puede ocultarla Iglesia e favor de un falso acercamiento al hombre de hoy, eso sería traicionar al Redentor. La Iglesia debe desprenderse con valor y firmeza de lo mundano, distanciarse del mundo lo suficiente para mostrar en todo su esplendor y belleza el mensaje de Salvación al mundo.

Abrir para transformar. Esta es la verdadera apertura de la Iglesia al mundo de hoy.

P. Juan Manuel Rodríguez de la Rosa