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Las almas del Purgatorio y nuestra esperanza

El mes de noviembre nos recuerda una verdad importante de nuestra fe: la existencia del Purgatorio. El Purgatorio es el lugar donde se encuentran las almas de los justos que han muerto sin haber cumplido totalmente en la Tierra las penas correspondientes a sus pecados y que no pueden por tanto ser admitidas ante el Trono de Dios. En el Cielo no puede entrar nada que esté manchado; es necesaria una purificación que elimine cuanto impida la visión beatífica de la Santísima Trinidad.

« pena principal del Purgatorio es el aplazamiento o dilación de la visión beatífica de que gozan los santos en el Cielo (…). Para darnos bien cuenta de esto, hay que considerar que las almas del Purgatorio aprehenden más claramente que nosotros el valor desmedido de la visión inmediata de Dios (…). (El alma) tiene verdadera hambre de Dios, hambre que no había tenido en la Tierra. Ve por tanto que ha faltado por su culpa a la cita con Dios; y porque no le ha buscado bastante, ahora Él se le oculta» (P. Réginald Garrigou-Lagrange, La vida eterna y la profundidad del alma, Patmos 1950, p. 233, 238-239).

A la pena de la privación de Dios se agrega la de sentido, por medio de un fuego que atormenta el alma. Según los teólogos, el fuego que quema las almas en del Purgatorio es de la misma naturaleza que el del Infierno, y sólo se diferencia en que es temporal y no eterno. En su Comentario a las Sentencias, dice Santo Tomás de Aquino que «la menor de las penas del Purgatorio supera a la mayor de la vida presente» (Super Sent., IV, d. 21, q. 1, a. 1). No obstante, este terrible padecimiento va unido, misteriosamente, a una alegría infinita.

Se ha calificado al Purgatorio como la obra maestra del Corazón de Dios; es un lugar donde las almas experimentan simultáneamente un inmenso sufrimiento, porque no hay en el mundo pena que se pueda comparar a la más leve del Purgatorio, pero también una extrema felicidad, porque no hay goce en la Tierra comparable a la certeza de que se irá al Paraíso.

Precisamente la incertidumbre en cuanto a nuestro destino eterno debería ser la mayor aflicción de quien vive en este valle de lágrimas. Pero las almas del Purgatorio poseen, por el contrario, en grado sumo la virtud de la esperanza: tienen la certeza de que un día poseerán el bien que anhelan: «Una alegría indecible –dice San Roberto Belarmino– que va en aumento a medida que se acerca el fin del exilio» (De Purgatorio, l. II, cap. 14). Las almas del Purgatorio aman la voluntad de Dios, lo aman en grado sumo, se arrepienten a fondo de sus pecados y está impacientes por deshacer el último de los obstáculos que las privan de la visión beatífica.

Una de las principales causas del sufrimiento de las almas en pena es la de saber que sus penas son meramente expiatorias; no pueden aumentar sus méritos. Esto debería hacernos reflexionar. Quien sufre en la Tierra se acorta el Purgatorio si acepta su mal y lo ofrece a Dios; en cambio, aunque en el Purgatorio las penas son mucho mayores, no pueden abreviar sus penas.

Esta doctrina de la ganancia de mérito en la vida terrena es válida para el dolor, pero también para el amor. Quien ama a Dios en la Tierra aumenta su gloria en el Cielo, porque obtiene mérito de ese amor, mientras que las almas del Purgatorio aman a Dios más de lo que jamás lo amaremos en este mundo, pero el amor de Dios no disminuye su pena, sino que la aumenta, porque el tiempo del mérito ha pasado y no queda sino el de la purificación (cf. P. Réginald Garrigou-Lagrange, La vida eterna, p. 241).

La regla máxima del cristiano es el amor a Dios. Para amarle profundamente, tenemos que odiar con igual intensidad el pecado, que se opone a Él. Pero no se puede odiar el pecado si no se habla de éste, del mismo modo que no es posible amar a Dios si en vez de Él y de lo divino se habla sólo de los problemas terrenales sin alzar los ojos al Cielo. Por desgracia, esa mentalidad secularizada es frecuente en buena parte del clero.

La doctrina del Purgatorio fue definida como verdad de fe en el concilio II de Lyon, el de Florencia y el de Trento, y fue negada por los herejes albigenses, los valdenses y los protestantes, y hoy en día lo es por los modernistas que ocupan la Iglesia. Pero el Cuerpo Místico de Cristo comprende la Iglesia purgante del Purgatorio y la triunfante del Paraíso. Las almas del Purgatorio, que no pueden abreviar sus padecimientos, pueden no obstante ayudar a las que sufren y combaten en la Tierra, y las de la Iglesia militante pueden a su vez ayudar  mediante sus oraciones y padecimientos a las almas en pena que anhelan vivamente la unión inmediata y transformadora con Dios.

Son muchísimas las almas queridas del Purgatorio, porque no sólo comprenden aquellas a las que hemos conocido, sino todas las que han amado y servido a la Iglesia a lo largo de los siglos. Una hermosa devoción que aconsejo para rezar en sufragio de ellas es la de los cien réquiems, que consiste en recitar cien veces el Requiem aeternam desgranando dos veces seguidas cada una de las cuentas del Rosario.

Esta devoción ayuda a las almas del Purgatorio a llegar más pronto a la meta que tanto ansían y reporta grandes gracias de orden espiritual y temporal a quien la practica con confianza. Tener confianza en las adversidades de la vida es la primera gracia que nos dan las almas del Purgatorio, porque la poseen en grado extremo: a pesar de lo que padecen, tienen plena certeza de que serán felices por la eternidad en el Paraíso. Esa certidumbre que hace dichosas a las almas que purgan ha de hacer felices en la Tierra a todas las almas que confían en obtener de Dios el cumplimiento del fin para el que fueron creadas, y precisamente porque esa gracia sólo la espera de Dios, tiene la certeza de alcanzarla.

Traducido por Bruno de la Inmaculada

Roberto de Matteihttp://www.robertodemattei.it/
Roberto de Mattei enseña Historia Moderna e Historia del Cristianismo en la Universidad Europea de Roma, en la que dirige el área de Ciencias Históricas. Es Presidente de la “Fondazione Lepanto” (http://www.fondazionelepanto.org/); miembro de los Consejos Directivos del “Instituto Histórico Italiano para la Edad Moderna y Contemporánea” y de la “Sociedad Geográfica Italiana”. De 2003 a 2011 ha ocupado el cargo de vice-Presidente del “Consejo Nacional de Investigaciones” italiano, con delega para las áreas de Ciencias Humanas. Entre 2002 y 2006 fue Consejero para los asuntos internacionales del Gobierno de Italia. Y, entre 2005 y 2011, fue también miembro del “Board of Guarantees della Italian Academy” de la Columbia University de Nueva York. Dirige las revistas “Radici Cristiane” (http://www.radicicristiane.it/) y “Nova Historia”, y la Agencia de Información “Corrispondenza Romana” (http://www.corrispondenzaromana.it/). Es autor de muchas obras traducidas a varios idiomas, entre las que recordamos las últimas:La dittatura del relativismo traducido al portugués, polaco y francés), La Turchia in Europa. Beneficio o catastrofe? (traducido al inglés, alemán y polaco), Il Concilio Vaticano II. Una storia mai scritta (traducido al alemán, portugués y próximamente también al español) y Apologia della tradizione.

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