ADELANTE LA FE

Las astillas de la Cruz y la división de la Iglesia

Queridos hermanos, meditando en la Sagrada Pasión, siendo todos los momentos de pavoroso dolor e inmenso por el Amor de Dios, encuentro uno especial, poco meditado, me refiero el momento en que Nuestro Señor, con la espalda abierta por los latigazos, sangrando y con la carne desprendida, en tal estado de encarnizamiento, es echado con violencia sobre el madero de la Cruz. Cómo describir ese momento en que  la espalda tan sensible al menor contacto, incluido el de la túnica, es atravesada por la multitud de astillas del madero. ¿Qué decir?  Es simplemente impensable aquel momento de dolor atroz, vivo y lacerante. ¿Cómo responder a tanto Amor? ¿No podemos, al menos, ya que somos incapaces de responder a Su divino Amor intentar no pecar, ser santos, vivir con pureza, honestidad, fidelidad a la fe?

Ha aparecido la noticia de unos indignos obispos brasileños que han oficiado la santa misa en unión varias mujeres que se han unido a ellos en la consagración. Me surge la misma pregunta que la referente al dolor de la espalda del Señor: ¿Qué decir? En el Calvario es la  pregunta sobre el dolor infinito de Jesucristo infringido por los sayones sobre su espalda. En esta “misa” es también la pregunta sobre el dolor de Jesucristo infringido sobre su espalda, pero, por los nuevos sayones, que se renuevan para no dejar sin dolor al Redentor de la humanidad. No quieren que el amorosísimo Jesús tenga un rato de alivio. ¿Por qué?

Ante la situación que vive la Iglesia de  la más absoluta división, la más espantosa ofuscación de la fe, de  desprecio  a lo más sagrado, a la misma Palabra de Dios, de división encarnizada entre la misma jerarquía católica, prelados contra prelados, clero contra clero,  sólo pienso en la miseria del hombre, en su bajeza, en su podredumbre interior. ¿Podrán decir los ajenos a la Iglesia aquello de: Mira como se aman? Los enemigos de la Iglesia sólo ven con verdadera alegría la más espantosa división de la Iglesia de Cristo. Una Iglesia donde la confusión se ha adueñado de ella, donde ya dejó de escucharse la voz del Pastor que la confirma en la fe. Pero aún más, la misma incredulidad tiene su lugar en la Iglesia, la incredulidad que se mofa de la Verdad, y que impunemente expande sus errores y falsedades. La incredulidad, que todo lo cuestiona; es sólo  oposición y negación de la Verdad, nada busca, sólo la aniquilación de lo santo, que guía al alma a la salvación.

De lo que sale del interior del hombre, así es la calidad de su obra. Del sentimiento que inspira el obrar del hombre, así es el valor de la acción. ¿Qué hay en el corazón se esos obispos, sucesores de los Apóstoles? No está la luz de la Verdad, sino la oscuridad de la incredulidad. Es la confusión, la falta de autoridad, la falta del Pastor que guíe, lo que les permite su atrevimiento, dar rienda suelta a lo que albergan sus corazones. La maldad, el error, el pecado, se envalentonan en la oscuridad de la confusión y del desorden; así como el corazón soberbio huye de la luz de la Verdad, se regodea y envalentona en la oscuridad de la mentira y el error.

De Judas se puede decir que fue un lobo oculto y rabioso en medio del grupo de las ovejas. De igual modo puede decirse de estos obispos,  y de tantos clérigos indignos: Eres un lobo oculto en medio  de las ovejas. ¿Qué será de los pequeños, de los humildes, de los sencillos que quieran aprender de sus “pastores”, que dirijan su mirada y su corazón hacia ellos, para ser enseñados en la Palabra de Dios, confortados en sus aflicciones, para ser guiados por la senda de la santidad y salvación de sus almas?

¿Qué puede ser más espantoso para el temeroso de Dios que recibir la facultad de consumar  la maldad y no sentir ninguna inquietud al perpetrar sus delitos? ¡Qué espanto par el temeroso de Dios! Pero para el soberbio, con qué facilidad realiza sus delitos sin temor de Dios. A éstos hay que decirles: Lo que vas a hacer, hazlo pronto (Mt. 13, 27). “Lo que decides en tu mente llévalo a cabo, no tendrás obstáculo alguno; sin oposición de nadie, serás dueño de tu propósito”. Y así fue, y así llevaron a cabo su sacrilegio los indignos obispos brasileños.

¿Qué tiene la Verdad, que los que tienen que defenderla y vivirla la ofenden? La Verdad hace violencia al corazón duro, soberbio, orgulloso y vanidoso. El corazón, por el contrario, del humilde y sencillo, desconfía de sí mismo y es temeroso de Dios. Quien no ha guardado la pureza e inocencia  de su corazón en el santo temor de Dios, dejándose engañar por el mundo, termina con un corazón endurecido y soberbio. El demonio puede tentar y sugerir todo tipo de tentaciones, pero si la voluntad del hombre está firme y decidida a combatir, con la gracia de Dios, nada podrá el tentador. Pero cuando la voluntad del hombre se rinde al mundo y sus falsos y pecaminosos destellos, entonces sólo cabe esperar lo peor de ese corazón.

¿Dónde resplandece la Verdad? En el Calvario. En el dolor lacerante de la espalda de Nuestro Señor Jesucristo. En el dolor, asumido con infinito Amor por nuestra salvación eterna. Es el Amor del Padre Eterno que nos entrega a Su Primogénito por la salvación del hombre caído. ¿Dónde resplandece la verdad? En la tradición perenne e inmutable de la Iglesia, que nos ha legado de generación en generación.

Más es la división en la Iglesia, más es la afirmación en la tradición; más es la confusión de la fe, más es la firmeza en la enseñanza tradicional. Más es el dolor infringido al Cuerpo místico de Cristo, más es deseo de reparar con la oración, sacrificio y penitencia. Los nuevos sayones nos permiten redoblar nuestro amor al Señor y a Su santa Iglesia, nos confirman en la fe que la tradición nos ha legado, y a ella nos sujetamos firmemente para salvar nuestras almas, y las de los que podamos.

Sólo en la enseñanza tradicional de la Iglesia encontrará el alma la paz, la seguridad, la  esperanza de saber que se haya en el buen camino del combate, en la buena dirección de la carrera hasta la meta, en el “refugio” seguro contra los enemigos del alma, que buscan su perdición eterna.

¿Qué más decir? Quizá aún mucho, pero, por ahora,  orar más, sacrificarse más y amar más. Y meditar mucho más la Sagrada Pasión de Nuestro Señor Jesucristo.

Ave María Purísima.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa

Padre J.M Rodríguez de la Rosa

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa. Nació en Palamós (Gerona) en 1956, y se ordenó sacerdote en 12 de octubre del 2007 en la catedral de Getafe. Es licenciado en Estudios Eclesiásticos y en Derecho Canónico. Preside una Asociación privada de fieles de vida de oración contemplativa. En la actualidad es capellán de una residencia de ancianos de Madrid. Es autor del vídeo "Mysterium Fidei" sobre la Misa tradicional.
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