Tras la genuflexión después de la consagración, se levantó el sacerdote y, como siempre, alzó el Sagrado Cuerpo de Cristo con suma devoción hasta alcanzar la línea de visión con la Llaga del costado del crucifijo del retablo. Y en esta posición se mantuvo unos instantes. Contemplaba al Señor bajo la Sacratísima Llaga de su costado.

Fue entonces cuando con estupor la Sagrada Hostia se manchaba de sangre y unas gotas se derramaban por entre sus dedos. No había salido de su asombro cuando desapareciendo la sangre, ve brotar del centro de la Sagrada Hostia una blanca y hermosa azucena.

Pero esta visión desparece como la sangre, y ve transformarse la Sagrada Hostia en fuego. Pero no se quemaba, el sacerdote permanecía inmóvil. Volviendo la Sagrada Forma a su aspecto normal, pero transformándose, ahora, en una rosa roja, sin tallo, que se abrió dejando caer sus pétalos, por entre los dedos del sacerdote, sobre el altar. Por último, desaparece la rosa y aparecen en la Sagrada Hostia las Cinco Llagas de Cristo.

Pero aún el asombro del sacerdote no había acabado. Cuál sería su sorpresa y asombro cuando observa que sus manos se vuelven de alabastro, hermosas, primorosamente esculpidas, perfectas sin defecto alguno y teniendo al Señor entre ellas.

Finalizado el Santo Sacrificio preguntó al Señor la explicación de lo que había acontecido. Y recibió esta explicación:

Hijo mío predilecto, la sangre que has visto es Mi propia Sangre derramada en el Sacrificio del Altar por la gloria del Padre eterno en acción de gracias, satisfacción y reparación. Y es la sangre de tantos sacerdotes que como Yo la han derramado, y la tuya que has de estar dispuesto a derramar.

La azucena que has visto brota de mi divino Cuerpo sacramentado, muestra cómo Yo sacramentado soy fuente y principio de toda virginidad auténtica y pureza. Tú, hijo mío, participas y debes participar de mi divina virginidad. Tú, por ser otro Cristo, debes vivir en esta misma virginidad divina, debes estar sumergido en ella, empapado de ella, vivirla, pues tocas con tus manos Mi Virginidad, Mi pureza.

El fuego es Mi Amor divino, que es ardiente como un brasero infinito. Es la caridad divina de la cual tú debes participar de un modo especial. Tú sólo, hijo mío, puedes tocar, con tus manos consagradas, este fuego sin quemarte. Nadie como tú puede participar en plenitud de este fuego. Déjate abrasar y consumir por este fuego, y luego comunícaselo a las almas, para que también ellas se abrasen en Mi Amor divino.

La rosa roja, sin tallo, abriéndose hasta dejar caer todos sus pétalos entre tus dedos es el amor a los sufrimientos en los sacrificios ofrecidos de cada día. Cada pétalo simboliza estos sacrificios. Debes unir tus sacrificios a los Míos, y el de tus fieles, y ofrecerme como Víctima inmaculada de agradable olor a Mi Padre. Esta rosa, que se abre entre tus manos esparciendo todos sus pétalos, representa mi Holocausto dispuesto en el Altar. ¿Te das cuenta, hijo mío, de la grandeza del ministerio al que te he llamado y de tu grandísima responsabilidad? Comprendes el misterio de mi Sacrifico en la Santa Misa.

Mis Cinco Llagas que has contemplado es para que nunca te olvides que es Mi sacrificio lo que tiene lugar en el altar, el Calvario que se renueva en cada Santa Misa. Es Mi Pasión, que has de meditar y tener siempre presente. Nunca te olvides de ella.

Señor, ¿y mis manos de alabastro?

Tus manos de alabastro significan que todo en ti ha de ser íntegro. De cuerpo y alma. Debes ser íntegro de la misma pureza de Mi Padre, sin mancha deliberada, santo. El alabastro simboliza esta integridad que quiero en ti.

Debes, hijo mío, ser frío como el alabastro ante las tentaciones y sugestiones del enemigo infernal y los apetitos desordenados de tu naturaleza. Del mismo modo que el alabastro, una vez trabajado permite formas lisas, hermosas y perfectas, de igual forma debes ser prefecto en santidad. Tu perfección debe participar de la Mía y de la de Mi Padre.

Nunca olvides, hijo mío muy querido, que lo que te es imposible por tu naturaleza, es posible por mi gracia. Yo mismo te transformaré en Mí, si te dejas.

El sacerdote salió de su concentración cuando fue requerido por el sacristán. Y mientras se dirigía a su despacho pensó en la venerable costumbre de besar las manos del sacerdote, que la bendita tradición de la Iglesia nos ha enseñado.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa