La más alta cima al que ha llegado la luz del Evangelio en este mundo fue la Cristiandad. Como escribió el Papa León XIII: «Hubo un tiempo en que la filosofía del Evangelio gobernaba los Estados. En aquella época la eficacia propia de la sabiduría cristiana y su virtud divina habían penetrado en las leyes, en las instituciones, en la moral de los pueblos, infiltrándose en todas las clases y relaciones de la sociedad. La religión fundada por Jesucristo se veía colocada firmemente en el grado de honor que le corresponde y florecía en todas partes gracias a la adhesión benévola de los gobernantes y a la tutela legítima de los magistrados. El sacerdocio y el imperio vivían unidos en mutua concordia y amistoso consorcio de voluntades. Organizado de este modo, el Estado produjo bienes superiores a toda esperanza. Todavía subsiste la memoria de estos beneficios y quedará vigente en innumerables monumentos históricos que ninguna corruptora habilidad de los adversarios podrá desvirtuar u oscurecer. Si la Europa cristiana domó las naciones bárbaras y las hizo pasar de la fiereza a la mansedumbre y de la superstición a la verdad; si rechazó victoriosa las invasiones musulmanas; si ha conservado el cetro de la civilización y se ha mantenido como maestra y guía del mundo en el descubrimiento y en la enseñanza de todo cuanto podía redundar en pro de la cultura humana; si ha procurado a los pueblos el bien de la verdadera libertad en sus más variadas formas; si con una sabia providencia ha creado tan numerosas y heroicas instituciones para aliviar las desgracias de los hombres, no hay que dudarlo: Europa tiene por todo ello una enorme deuda de gratitud con la religión, en la cual encontró siempre una inspiradora de sus grandes empresas y una eficaz auxiliadora en sus realizaciones. Habríamos conservado también hoy todos estos mismos bienes si la concordia entre ambos poderes se hubiera conservado. Podríamos incluso esperar fundadamente mayores bienes si el poder civil hubiese obedecido con mayor fidelidad y perseverancia a la autoridad, al magisterio y a los consejos de la Iglesia. Las palabras que Yves de Chartres escribió al papa Pascual II merecen ser consideradas como formulación de una ley imprescindible: “Cuando el imperio y el sacerdocio viven en plena armonía, el mundo está bien gobernado y la Iglesia florece y fructifica. Pero cuando surge entre ellos la discordia, no sólo no crecen los pequeños brotes, sino que incluso las mismas grandes instituciones perecen miserablemente”.»[1]

Esos bienes, superiores a toda esperanza humana, son los que se lograron en la Cristiandad, llamada peyorativamente Edad Media. La Ley de Dios, que es la Ley de la Iglesia, había impregnado toda la sociedad. El mundo hoy sigue viviendo del resto de esta filosofía de vida que le queda, y que, sin embargo, por el proceso de renuncia a Dios y a la Santa Fe en la cual estamos inmersos, se esfuerza sin cesar por combatir y destruir.

¿Cómo se dio este proceso de destrucción? Nada mejor que escuchar un discurso, muy actual, del Papa Pío XII, para tener noción de lo que ha sucedido.

«No nos preguntéis cuál es el “enemigo”, ni cuáles vestimentas usa. Él se encuentra en todas partes y en medio de todos; sabe ser violento y furtivo. En estos últimos siglos ha tratado de realizar la disgregación intelectual, moral y social de la unidad en el organismo misterioso de Cristo. Ha querido la naturaleza sin la gracia; la razón sin la fe; la libertad sin la autoridad; a veces la autoridad sin la libertad. Es un “enemigo” vuelto cada vez más concreto, con una falta de escrúpulos que deja todavía atónito: Cristo sí, Iglesia no. Después: Dios sí, Cristo no. Finalmente el grito impío: Dios ha muerto; más bien: Dios nunca ha existido. Y he aquí el intento de edificar la estructura del mundo sobre fundamentos que Nos no dudamos en señalar como principales responsables de la amenaza que se cierne sobre la humanidad: una economía sin Dios, un derecho sin Dios, una política sin Dios. El “enemigo” se ha esforzado y se esfuerza para que Cristo sea un extraño en la Universidad, en la escuela, en la familia, en la administración de justicia, en la actividad legislativa, en el consenso de las naciones, allí donde se determina la paz o la guerra. Él está corrompiendo el mundo con una prensa y con espectáculos que matan el pudor en los jóvenes y las jóvenes y destruyen el amor entre los esposos; inculca un nacionalismo que conduce a la guerra.»[2]

En estas palabras de S. S. Pío XII, podemos ver una triple negación en la historia de la humanidad, vista desde la óptica de la teología de la historia, tal como lo hiciera San Agustín[3]. Ellas son: « Cristo sí, Iglesia no. Después: Dios sí, Cristo no. Finalmente el grito impío: Dios ha muerto; más bien: Dios nunca ha existido.»

Profundizando en esta idea, el p. Julio Meinvielle escribió: «Tres y sólo tres son las revoluciones posibles, a saber:

Que lo natural se rebele contra lo sobrenatural, o la aristocracia contra el sacerdocio, o la política contra la teología; he aquí la primera rebelión.

Que lo animal se rebele contra lo natural o la burguesía contra la aristocracia, o la economía contra la política; he aquí la segunda rebelión.

Que lo algo se rebele contra lo animal, o el artesanado contra la burguesía. He aquí la tercera rebelión.»[4]

La primer apostasía de la historia es la que dice el Papa: “Cristo sí, Iglesia no”. Esta es la Reforma Protestante. Lutero y los otros heresiarcas del siglo XVI creían en Cristo, pero se oponían a la Iglesia en sus enseñanzas magisteriales, en particular al Papa, al que llamaban el anticristo. Aunque afirmaban creer en Cristo, en definitiva no tenían fe, porque al negar una verdad divinamente revelada se oponen a Dios, que es la autoridad del que revela, y éste es su elemento más formal en el acto de creer, como enseñan San Agustín y Santo Tomás, y por ende niegan todo el orden sobrenatural.

La reforma se terminó imponiendo por obra del poder civil. Los príncipes alemanes vieron en el protestantismo una forma de quitarle poder al Emperador Carlos V. Otras naciones, tal como la actual Holanda, lograron su independencia de la España católica volcándose hacia la revolución religiosa. Aquí la clase dirigente se rebeló contra la fe, o la política contra la teología. Como gran parte de la población seguía siendo católica, por eso estos movimientos revolucionarios se impusieron por el terror. Recordemos la inmensa multitud de mártires que hubo en Ginebra, por la persecución de Calvino, y en Inglaterra, por obra de Enrique VIII y de Isabel I, la sanguinaria[5].

La segunda apostasía, siguiendo a Pío XII, es: “Dios sí, Cristo no”. Esta fue la Revolución Francesa. Lejos de pensar que fue un estado de adultez de la humanidad, lo cierto es que fue un plan armado maliciosamente por la masonería para destruir la Fe y quien se ponía a su servicio, tal como fue la monarquía cristiana.

Por eso se luchó por reinventar los Diez Mandamientos, con los “Derechos del Hombre y del Ciudadano”, y se terminó ejecutando a Luis XVI, el Rey de la única monarquía europea consagrada a Dios. La mencionada revolución masónica fue exportada a toda Europa mediante las guerras napoleónicas. Tarde o temprano, se extendió incluso a Italia, con la desaparición de los Estados Pontificios.

Estos falsos ideales se exportaron fuera de Europa, con la independencia de Estados Unidos, por ejemplo, fundado directamente por la masonería. Impregnaron el accionar de muchos de nuestros compatriotas argentinos, tal como Mariano Moreno, Bernardino Rivadavia y Domingo Sarmiento, entre otros.

De esta forma, al quitar la Fe, eliminaron los principios y el saber arquitectónico de la realidad, para quedarse sólo con los “valores”, resignificados. Por eso desde entonces se proclama la libertad, la igualdad y la fraternidad. Éstas eran ideas cristianas. La auténtica libertad es elegir los medios en orden al fin. La verdadera igualdad surge del santo Bautismo en el orden sobrenatural y de la común dignidad humana en el orden natural. La fraternidad correcta es la hermandad de todos los bautizados bajo la paternidad de Dios y la maternidad de la Iglesia, pues «nadie tiene a Dios por Padre si no tiene la Iglesia por Madre», en palabras de San Cipriano[6].

Los masones, por el contrario, proclamaron una libertad masónica, donde cada uno realiza lo que se le ocurre, según los deseos del momento; una igualdad masónica, destruyendo las jerarquías naturales, tanto en la familia como en la sociedad, e intentándolo en la jerarquía sobrenatural de la Iglesia; y una fraternidad masónica, proclamando las “bondades” de la filantropía y de la solidaridad, sin la visión sapiencial de la caridad.

De esta forma, se rebela lo animal contra lo natural, dado que el hombre queda a merced de sus impulsos, puesto que lo natural para el hombre es obrar conforme a su razón. También se rebela lo burgués contra la aristocracia, o la economía contra la política; dado que desde la revolución industrial, que ocurrió en ese momento, los mercados terminarán controlando a los Estados.

La tercer revolución es la que afirma Pío XII: “el grito impío: Dios ha muerto; más bien: Dios nunca ha existido”. El comunismo es, como afirma el Papa Pío XI en la Enc. Divini Redemptoris, «intrínsecamente malo»[7], porque «pretende derrumbar radicalmente el orden social y socavar los fundamentos mismos de la civilización cristiana»[8]. Es esencialmente violento, por enfrentar a proletarios con los burgueses, con el orden político y la Fe católica. Entienden que la lucha de clases es el motor de la historia. La persona es cosificada, porque la persona queda reducida a un engranaje de la gran dictadura del proletariado. Por otra parte, su visión del mundo es endiosada, pues mientras sostiene que la religión es el opio de los pueblos, espera el paraíso en la tierra, donde se acaben los enfrentamientos gracias a su reinado en el mundo. En definitiva, el comunismo no sólo es un movimiento ateo, sino antiteo, porque lucha contra Dios y la religión católica, única fundada por Él.

Por esta razón la Santísima Virgen pidió en Fátima que el Santo Padre le consagre Rusia a su Inmaculado Corazón, en unión con todos los Obispos del mundo, para evitar que los errores de Rusia sigan difundiéndose; acto que ningún Sumo Pontífice aún ha realizado, según el pedido de Nuestra Señora. Por esa razón los errores de Rusia siguen difuminándose por el mundo.

Por eso el Papa Pío XI enseñaba, al condenar este sistema: «No se puede admitir que colaboren con el comunismo, en terreno alguno, los que quieren salvar de la ruina la civilización cristiana»[9]. No cabe ninguna colaboración posible con una visión radicalmente opuesta. Aquí se condena, de antemano, los principios de la teología de la liberación y de la teología del pueblo, el sincretismo que bajo capa de humanismo quiere colaborar con el socialismo, la lucha de clases, la ideología de género, el feminismo, la teoría queer, el indigenismo, el inmigracionismo, el ecologismo, etc., dado que el marxismo cultural mantiene los principios dialécticos fundamentales del comunismo, adaptándolos a la actualidad, según la visión de Gramsci y de la Escuela de Frankfurt.

Cada revolución ha puesto la piedra fundamental de la siguiente. En efecto, Lutero, al proclamar obsoleta la Tradición y el Magisterio católicos, hace de la libertad, mal entendida, la opción fundamental de su existencia, colocando las bases para la Revolución Francesa. Ésta, a su vez, al proclamar que el “tercer estado” tendría más derechos, coloca la antesala de la “dictadura del proletariado” del supuesto paraíso bolchevique. Por todo ello, se debe decir que el mundo, desde el Protestantismo, ha entrado en una escala descendente, hacia su autodestrucción, luchando contra el Señor y su Mesías, y su Reinado en el mundo. Pero, como sigue diciendo el salmo 2: «El que habita en los cielos ríe, el Señor se burla de ellos. A su tiempo les hablará en su ira, y en su indignación los aterrará: “Pues bien, Yo soy quien he constituido a mi Rey sobre Sión, mi santo monte.”» (Ps. 2, 4-6)

Digamos, entonces, con San Pío X: «No se edificará la ciudad de otro modo del que Dios la ha edificado; no se edificará la sociedad si la Iglesia no pone los cimientos y dirige los trabajos; no, la civilización no se inventará ni la ciudad nueva se edificará en las nubes. Ha sido y es: es la civilización cristiana, es la ciudad católica. No se trata más que de restaurarla, y de hacerlo con ahínco, sobre los cimientos naturales y divinos contra los ataques siempre renovados de la utopía malsana, de la protesta y de la impiedad: Omnia instaurare in Christo[10]

Como escribió el Papa Pío XII: «Mientras los impíos siguen difundiendo los gérmenes del odio, mientras gritan aún: “No queremos que Jesús reine sobre nosotros”: «nolumus hunc regnare super nos» (Lucas 19,15), otro canto se elevará, un canto de amor y de liberación, que exhala firmeza y coraje. Él se elevará en los campos y en las oficinas, en las casas y en las calles, en los parlamentos y en los tribunales, en las familias y en la escuela. […] Christus vincit! Christus regnat! Christus imperat! [¡Cristo vence! ¡Cristo reina! ¡Cristo impera!]»[11]


[1] León XIII, Enc. Immortale Dei, 1 nov. 1885, n. 9.

[2] Pío XII, Discurso 12 oct. 1952, a la Acción Católica. Este importante discurso se encuentra en la página oficial del Vaticano sólo en italiano. Hay silencios elocuentes…

[3] Según la visión de la historia del Hiponense, presente ante todo en De Civitate Dei, la historia debe ser vista desde el punto de vista teológico. «Dos amores han dado origen a dos ciudades: el amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios, la terrena; y el amor de Dios hasta el desprecio de sí, la celestial. La primera se gloría en sí misma; la segunda se gloría en el Señor. Aquélla solicita de los hombres la gloria; la mayor gloria de ésta se cifra en tener a Dios como testigo de su conciencia.» (L. XIV, n. 28)

Según lo que cada uno ame, es la ciudad a la que contribuye: la de Dios o la del mundo.

[4] P. Julio Meinvielle, El comunismo en la revolución anticristiana, Buenos Aires, 1974, Cruz y Fierro Editores, p. 55. Recomendamos vivamente la lectura íntegra de esta obra.

[5] La sanguinaria fue Isabel I, apóstata de la Fe Católica, no María Tudor, como dicen los ingleses protestantizados.

[6] San Cipriano de Cartago, De Ecclesiae catholicae unitate, 6: PL 4,503ª.

[7] Pío XI, Enc. Divini Redemptoris, 19 mar. 1937, n. 60.

[8] Idem, n. 3.

[9] Idem, n. 60.

[10] S. Pío X, Enc. Notre charge apostolique, 25 ag. 1910.

[11] Pío XII, Discurso citado.

Padre Jorge Luis Hidalgo
Nació en la ciudad de la Santísima Trinidad, el día de la primera aparición de la Virgen de Fátima, durante la guerra justa que Argentina libró contra Inglaterra por las Islas Malvinas. Estudió en Ingeniero Luiggi, La Pampa, Argentina. Ingresó al Seminario San Miguel Arcángel, de "El Volcán", San Luis. Fue ordenado sacerdote el día 20 de marzo de 2009, por cercanía a la fiesta de San José. Luego de distintos destinos como sacerdote, actualmente es vicario parroquial en la parroquia San Juan Bosco, de Colonia Veinticinco de Mayo, La Pampa, desde el 6 de mayo de 2017. Desde el día de la Virgen de Guadalupe, Emperatriz de América, del año 2017 es Licenciado en Educación Religiosa, por la Universidad de FASTA