HEMOS VISTO

Leído para Ud. “Apología de la Tradición”, de Roberto de Mattei.

En el año 2016 tuvimos la oportunidad de entrevistar en Roma al Profesor Roberto De Mattei, catedrático de historia de la Iglesia y reconocido escritor católico. Por entonces, no había salido a la luz la edición española de su libro “Apología de la Tradición”, que acabamos de leer con fruición.

¿De qué trata este librito de apenas ciento cincuenta páginas?

Pensado como post-scriptum al libro “El Concilio Vaticano II – Una historia nunca escrita” (aún en prensa en español), posee dos partes bien marcadas: una dedicada a los avatares y crisis que la Iglesia ha pasado en sus miembros a lo largo de los siglos y, otra a analizar lo que en verdad son el Magisterio y la Tradición de la Iglesia (dos términos hoy en zona sísmica).

“¿Vale la pena leerlo?”. Pues sí.

En primer lugar por ese estado de ignorancia bestial en el cual nos encontramos sumidos los bautizados respecto a nuestro pasado y, en segundo por el delicado tema de lo que es o no “doctrina de la Iglesia”. En efecto, la falta de conocimientos históricos por parte de los católicos hace que no sólo no sepamos defender nuestra Fe, sino también que nos desesperemos en tiempos de crisis –ya lo decía Don Bosco.

Es verdad que negar los turbulentos tiempos en que vivimos sería necedad; es verdad que la Barca de Pedro parece haberse transformado en un submarino, pero creer siempre, y sin matices, que “todo tiempo pasado fue mejor”, significaría tomarse demasiado a pecho las coplas manriquianas.

¿Cómo debemos adentrarnos, entonces, en el estudio de la historia de nuestra Madre, la Iglesia? Ante todo, nos señala el autor siguiendo a León XIII, sin disimular sus yerros ni opacar sus aciertos:

“El historiador de la Iglesia será tanto más eficaz al destacar su origen divino, superior a todos los conceptos de orden puramente terrenal y natural, cuanto más leal haya sido en no disimular ninguno de los sufrimientos que los errores de sus hijos y, a veces, también de sus ministros, causaron a lo largo de los siglos a esta esposa de Cristo. Así estudiada la historia de la Iglesia, ella es, de suyo, una magnífica y convincente demostración de la verdad y de la divinidad del Cristianismo”[1].

Porque es como le dijo el cardenal Consalvi a Napoleón, cuando éste amenazaba con “destruir a la Iglesia”: “No se gaste, General: ni siquiera nosotros los curas hemos podido en 2000 años”.

Pero…“¿Dónde estaba la Iglesia en tiempos difíciles?”.

Esta es la pregunta que el autor se hace una y otra vez como recurso retorico (o no tanto…). “¿Dónde estaba la Iglesia?”.

“En el año 357, el Papa Liberio, vencido por los sufrimientos del exilio y por la insistencia de sus amigos (…) firmó la fórmula semiarriana de Sirmio[2] y rompió la comunión con San Atanasio declarándolo separado de la Iglesia de Roma por el uso del término “consubstancial” (…). Bajo el pontificado del mismo Liberio, los concilios de Rímini (359) y de Seleucia (359) (…) abandonaron el término “consubstancial” de Nicea y establecieron una equívoca “tercera vía” entre los arrianos y san Atanasio. Parecía que la inundación de esta herejía había vencido en la Iglesia (…). ‘Los perseguidores de la Iglesia –escribe Hergenröther– no eran más enemigos externos, sino sus secuaces, sus hijos. La apariencia oficial contrastaba en todo con la realidad. Fue entonces que San Jerónimo acuñó la expresión según la cual “el mundo se despertó un día y gimió al verse arriano’ (…). Sólo el Concilio de Constantinopla, convocado por el Emperador Teodosio el Grande en el año 381, bajo el papa san Dámaso (367–384), marcó el fin del arrianismo en el Imperio. San Ambrosio había enunciado el sacrosanto principio Ubi Petrus, ibi Ecclesia, pero quien hubiera querido seguir este principio al pie de la letra, habría en aquella época seguido el error de Liberio y abandonado la ortodoxia. ‘Pedro’ es la institución inmutable, no el hombre que puede equivocarse. En el espacio de los sesenta años transcurridos entre el Concilio de Nicea y el Concilio de Constantinopla, el Magisterio vivo de la Iglesia cesó de reafirmar con claridad la verdad católica, pero sin jamás caer en una herejía formal. ¿Cesó por esto el Espíritu Santo de asistir a la Iglesia? No, porque la fe fue mantenida por una minoría de santos e indómitos obispos, como Atanasio de Alejandría, Hilario de Poitiers, Eusebio de Vercelli y sobre todo por el pueblo fiel, que no acompañaba las diatribas teológicas sino que conservaba, por simple sensus fidei, la buena doctrina”[3].

Fue más bien la Iglesia docta (con pocos jerarcas), es decir, el pueblo fiel, quien mantuvo la Fe en tiempos de tempestad.

“En aquel tiempo de inmensa confusión el divino dogma de la divinidad de Nuestro Señor fue proclamado, inculcado, mantenido y (humanamente hablando) preservado mucho más por la Ecclesia docta que por la Ecclesia docens (…). Ora el Papa, ora las sedes patriarcales y metropolitanas y otras de gran importancia, a veces los concilios generales, dijeron aquello que no debían decir o hicieron cosas que comprometieron u obscurecieron la verdad revelada; mientras, por otra parte, fue el pueblo cristiano que bajo la protección de la Providencia, constituyó la fuerza eclesiástica de Atanasio, Hilario, Eusebio de Vercelli y de otros grandes y solitarios confesores que sin eso habrían fallado”[4].

Y añade nuestro autor:

“Existe un sensus fidei que abraza a toda la fe viviente y vivida de la Iglesia, la que está compuesta por una parte que enseña (docens) y por otra que es enseñada (discens). Sólo a la Iglesia docens le compete enseñar de modo infalible la verdad revelada, mientras la Iglesia discens recibe y conserva esa verdad. Sin embargo, como lo enseñan los teólogos, junto con la infalibilidad en el enseñar existe también una infalibilidad en el creer. El juicio del simple fiel no es obviamente infalible: pero el conjunto de los fieles no puede equivocarse en el creer. Si de hecho los fieles, en su conjunto, pudieran equivocarse, creyendo como Revelación aquello que no lo es frustraría la promesa de la divina asistencia a la Iglesia. En efecto, ¿de qué serviría la proclamación de un dogma tan solo creído por el Romano Pontífice que lo ha proclamado? Durante los sesenta años de la crisis arriana no hubo una declaración infalible de la Iglesia docente, la cual, a menudo, pareció estar insegura y perdida, pero el sensus fidelium conservó la integridad de la fe”[5].

Son varios los casos que trae a colación el autor: el de Pelagio[6] y Nestorio[7], por ejemplo, donde no fue “la jerarquía” sino los simples fieles los que sacaron el agua de la Barca que parecía hundirse por completo, como señalaba el gran Dom Géranger:

Cuando el pastor se transforma en lobo, cabe sobre todo a la grey, defenderse. Como regla, sin duda, la doctrina desciende de los obispos a los fieles; y no deben los súbditos juzgar en el campo de la fe a los superiores. Pero en el tesoro de la revelación hay puntos esenciales de los cuales cada cristiano, por el hecho mismo de ser cristiano, debe tener el necesario conocimiento y la debida custodia”[8].

Fue siguiendo este mismo “instinto de la Fe” el que hizo a la Iglesia mantenerse en pie cuando los tiempos del famoso Papa Honorio quien, en el año 634 “aprobó el compromiso entre la ortodoxia católica y el monofisismo, ideado por el Patriarca Sergio de Constantinopla: Cristo, según esa nueva herejía denominada monotelismo, habría tenido una única voluntad, pero dos naturalezas (…). Llamado a juzgar la causa, se pronunció a favor del hereje Sergio contra Sofronio y avaló al monotelismo”[9]. La cosa no terminó allí, pues el II Concilio de Constantinopla (Concilio Trullano), pronunció un anatema, corroborado por León II, contra Honorio, su predecesor, por haber aceptado “los impíos dogmas de Sergio” y afirmando que,

“no iluminó esta iglesia apostólica con la doctrina de la tradición apostólica, sino que intentó subvertir la inmaculada fe con profana traición”.

Acá entramos, entonces en el terreno de la posibilidad de un Papa hereje, que también analiza el autor a la luz del caso de Honorio:

“Hoy, muchos historiadores de la Iglesia no lo consideran un hereje sino, a la manera de los papas Zósimo y Vigilio, ‘fautor de la herejía’. El problema no nace, sin embargo, de la censura teológica reservada a su conducta sino del hecho de que un pontífice sea considerado hereje por un Papa posterior y por un concilio ecuménico a él unido. Si un concilio ecuménico es siempre infalible cuando, en unión con el romano Pontífice promulga decretos en materia de fe o de moral, se debe concluir que fue infaliblemente definida por parte del III Concilio de Constantinopla, cuyos actos fueron aprobados por el papa León II, la herejía de Honorio y que, no obstante, es posible, como lo admitieron en aquel tiempo casi unánimemente los teólogos, que un Papa pueda caer en herejía. En un discurso dirigido al VIII Concilio ecuménico, Adriano II (687–872) afirma: ‘Es verdad que después de su muerte Honorio fue alcanzado por el anatema de los Orientales. Pero no se puede olvidar que él era acusado de herejía, único delito que legitima la resistencia de los inferiores a los superiores, como también el rechazo a su perniciosa doctrina’”[10].

Y añade:

“La regla Prima sedes non judicabitur (la primera sede no puede ser juzgada) admite una sola excepción: el pecado de herejía. La posibilidad de juzgar al papa, si se hace culpable de herejía, fue, como dan testimonio de ello las grandes colecciones canónicas, una máxima incontestable en el Medioevo. Pero ¿quién puede juzgar al Papa si nadie le es superior? Los estudiosos de los decretos medievales explican que, cayendo en el error contra la fe, el Papa deja de ser la cabeza de la Iglesia, se auto-excluye de la jerarquía y, por lo tanto, cada católico puede, en rigor, acusarlo, conforme las palabras del evangelista Juan: ‘Quien no cree, ya está juzgado’ (3, 18). La sentencia de la Iglesia no es sino la constatación de un hecho[11]. No se trata, pues, de deponer a un Papa, sino de constatar que un Papa pierde su función por culpa de herejía”[12].

El tema fue tratado, hace años, por el hoy olvidado Abbé de Nantes; pero no entremos en este tema. Pasa revista también De Mattei al saeculum obscurum (entre los años 888 y 1046) donde existieron 45 papas y antipapas, de los cuales 15 fueron depuestos y 14 asesinados, aprisionados o exiliados.

Claro: aún no había llegado la “primavera de la Iglesia”… Pero antes era distinto:

“Cuando, el 5 de abril de 1058, fue elegido Papa el obispo Juan Mincio de Velletri con el nombre de Benedicto X (1058-1059), san Pedro Damián y la mayor parte de los cardenales lo acusaron de simonía y lanzaron un anatema contra los participantes de esa elección. El grupo de reformadores (…) eligió otro Papa en la persona de Nicolás II (1059–1061). Benedicto X fue procesado y depuesto en Letrán en abril de 1060, bajo la acusación de perjurio y simonía, se le despojó de toda dignidad eclesiástica y fue declarado antipapa. Así se lo considera hoy aunque durante mucho tiempo fue reconocido como Papa legítimo e incluido en el catálogo de los Romanos Pontífices, al punto que Niccolo Boccasini, elegido para el solio pontificio en el 1303, quiso llamarse Benedicto XI”[13].

“¿Dónde estaba el Espíritu Santo en esta época en la cual, para la Iglesia, el estado de cosas era desastroso?” se pregunta el autor. Pues ciertamente no en gran parte de la jerarquía sino en los santos que iluminaron por entonces a sus hermanos porque, como dice el cardenal Journet,

“el axioma donde está el Papa, está la Iglesia vale cuando el Papa se comporta como Papa y jefe de la Iglesia: caso contrario, ni la Iglesia está en él ni él en la Iglesia[14].

¿Y por qué? Porque la Iglesia no es del Papa, sino de Cristo.

“El término Vicario de Cristo no expresa únicamente el supremo poder de jurisdicción del Papa, sino también los límites de esa jurisdicción, derivados de aquello que esa palabra expresa. El Papa no es el “sucesor” de Cristo sino únicamente su Vicario porque Cristo es solo Él, Fundador, Cabeza y Señor de la Iglesia”[15].

¿Y hoy? ¿Cómo andamos?

Historiador como es, De Mattei no nos deja en ascuas:

“Cincuenta años después del Concilio Vaticano II, la Iglesia católica sufre una de las crisis más terribles de su historia. No se trata sólo de la persecución creciente a la cual, en todos los rincones de la tierra, son sometidos los cristianos. Las notas distintivas de la Iglesia, que la muestran al mundo una, santa, católica y apostólica, como la profesamos en el Credo, parecen estar obscurecidas, al punto de tornarla irreconocible a sus mismos hijos (…). Hoy la Iglesia aparece al mundo ya no más una, sino fragmentada en su doctrina, dividida en su interior en corrientes y grupos que se combaten uno al otro; su figura no parece pura y sin mancha, sino cubierta de aquel hollín que Benedicto XVI ha definido como “basura”. Ella parece haber renunciado a su catolicidad, en nombre de un ecumenismo que olvida el mensaje de salvación universal; la única nota que aún sobrevive con evidencia es la apostolicidad (…), pero la amenaza de ruptura y contradicciones, como ocurrió en el Gran Cisma de Occidente, se cierne sobre la nave de san Pedro que, sin embargo, según la promesa de su Fundador, nunca será sumergida por las olas”[16].

Para no quedarse meramente en un problema histórico e intentar dar una respuesta a la enorme confusión en la que se encuentran muchos bautizados, el autor pasa revista a un tema olvidado hoy incluso en los ambientes de estudios eclesiásticos; nos referimos a los famosos “lugares teológicos” que otrora se estudiaban en los seminarios, cuando aún eran casas de estudio.

Fue el gran teólogo de la Contra-reforma, Melchor Cano, quien acuñó el criterio de discernimiento que hoy se conoce como los “Lugares teológicos” (una especie de listado criterioso para analizar si algo es o no doctrina de la Iglesia). El desconocimiento de lo que aquí De Mattei plantea lleva, como consecuencia, a que curas, laicos y hasta obispos, muchas veces crean que, porque un Papa dice algo, entonces eso es “palabra santa” y, por ende, indebatible, a la manera de Luis XIV: “la Iglesia soy yo”. Pamplinas.

Ni un discurso en un avión, ni un llamado telefónico papal, ni una carta privada, ni una interpretación contra la doctrina de siempre es “magisterio”. El tema es que, por no conocerse hoy este punto hay en la actualidad una “tendencia a identificar inapropiadamente el Magisterio con la Tradición”[17] cuando, en realidad, “el Magisterio es un instrumento del cual se sirve la Iglesia, que es, a su vez, el verdadero sujeto de la Tradición”[18], de allí que entonces, “el sensus fidei puede llevar a los fieles, en casos excepcionales, a negar su asentimiento a algunos documentos eclesiásticos y aún incluso a colocarse, frente a la suprema autoridad, en una situación de resistencia o de aparente desobediencia”[19].

En fin, un libro ampliamente recomendable que sirve para avivar el seso y para,

Que no te la cuenten…

Javier Olivera Ravasi

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(Fuente: Que no te lo cuenten)

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[1] Roberto de Mattei, Apología de la Tradición, s/e, Bs.As. 2018, 12 (Cfr. León XIII, Encíclica Depuis le Jour, a los Obispos y al Clero de Francia, del 8 de septiembre de 1899, in Insegnamenti Pontifici, La Chiesa, I, pp. 481-482).

[2] Ídem, 68.

[3] Ídem, 30-32.

[4] Ídem, 33-34.

[5] Ídem.

[6] Ídem, 36.

[7] Ídem, 37 (cfr. Jean Marie Hervé, Manuale Theologiae Dogmaticae, Berche et Pagis, París, 1953, III, p. 305).

[8] Ídem, 38 (Cfr. Dom Prosper Guéranger, Année liturgique, Mame, Tours 1922, XV, ed., pp. 340–341).

[9] Ídem, 41.

[10] Ídem, 43 (cfr. Cit. in card. Louis Billot, Tractatus de Ecclesia Christi, sive Continuatio Theologiae de verbo incarnato: tomo 1: De credibilitate ecclesiae et de intima eius constitutione, Universitas Gregoriana, Roma, 1921, t. I, p. 611).

[11] Ídem, 129.

[12] Ídem, 44-45.

[13] Ídem, 49.

[14] Ídem, 50.

[15] Ídem, 20-21.

[16] Ídem, 89-90.

[17] Ídem, 96.

[18] Ídem, 97.

[19] Ídem, 125.

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