“El ansia de novedades, que ha comenzado desde hace mucho tiempo a agitar a los pueblos”, escribe León XIII, “debía naturalmente pasar del orden político al orden económico/social. En efecto, los nuevos métodos de la industria, las relaciones transformadas entre patrones y obreros, la riqueza que se ha acumulado en pocas manos y la pobreza que se ha extendido enormemente, la conciencia de las propias fuerzas vuelta más viva en las clases trabajadoras, todo este conjunto de cosas ha hecho estallar el conflicto social” (León XIII, Encíclica Rerum novarum, en Tutte le Encicliche dei Sommi Pontefici, Milano, Dall’Oglio Editore, ed. V, 1959, 1º vol., p. 433).

En pocas palabras, el socialismo colectivista y el liberalismo individualista, enfrentados entre sí primero en el orden doctrinal y político, con el paso del tiempo se han confrontado y han entrado en conflicto también a nivel práctico y socio/económico. En efecto, por una parte, la revolución industrial ha enriquecido todavía más a una pequeña parte de dadores de trabajo y, por otra, ha empobrecido ulteriormente a la vasta clase obrera, que era ya muy mísera. Además, con el paso del tiempo, la clase trabajadora ha adquirido conciencia de su poder dada su gran cantidad no organizada todavía. Por tanto, ha nacido un enfrentamiento práctico, social y económico entre patrones y obreros. El Papa – con la ayuda de la doctrina cristiana – se propone resolver este conflicto, que las solas ideologías políticas o económicas (liberales y socialistas) no pueden resolver, sino que, en cambio, agudizan cada vez más, enseñando – el socialismo – a los pobres el odio de clase y – el liberalismo – a los ricos la sola mejora de sus condiciones económicas (como fin último suyo) incluso en perjuicio de los trabajadores.

Es necesario, por tanto, establecer los justos confines y la sana convivencia entre capital y trabajo, sin convertir la cuestión obrera en revolución o en explotación.

Con el debilitarse del espíritu cristiano, recuerda el papa Pecci, murieron las Corporaciones, que defendían los intereses de las clases sociales particulares, no poniéndolas una contra otra, sino intentando hacer que cooperaran entre ellas al bien común. Por eso los obreros se han encontrado en manos de sus patrones más instruidos y mejor organizados. De esta situación han nacido dos errores contrapuestos: 1º) el socialismo, que incita a los obreros a la revolución, al odio y a la lucha de clases; 2º) el liberalismo económico, que concede al individuo el poder de enriquecerse cada vez más, pensando sólo en sus intereses individuales e incluso explotando a los obreros. Por tanto, por un lado se ha formado un pequeño ejército, pero bastante fuerte, de pocos extremadamente ricos y “usureros”; por otro una enorme masa, mal organizada al inicio, de obreros extremadamente pobres y mal pagados.

El Papa advierte que para llegar a la paz y a la colaboración entre las dos clases sociales es necesario actuar de manera que también los obreros puedan convertirse en pequeños propietarios, invirtiendo en la propiedad privada la ganancia del justo salario (cuyo fraude es un “pecado que clama a Dios”) debido a su trabajo. El fin no es, por tanto, la abolición de la propiedad privada, como querría el socialismo, sino la extensión a todos de ella, al menos en una pequeña parte. El socialismo, en cambio, acumulando la propiedad sólo en manos del Estado, quita a los obreros la libertad y la voluntad de invertir su ganancia para mejorar su estado social. Más aún, incluso en los Países socialistas, los obreros se vuelven más esclavos de un único extraordinariamente rico, que es el Estado patrón de todo bien, por lo que quien no obedece al Estado socialista ni siquiera come.

Por lo que respecta al derecho natural a la propiedad privada, el Papa recuerda la sana doctrina sobre ella: el animal bruto, que no es una persona inteligente y libre, no tiene un derecho estable a la propiedad, sino que usa de ella libremente aprovechando los medios que encuentra a su alrededor, comiendo y reproduciéndose. En cambio, el hombre, que es una persona inteligente y libre, no sólo usa temporalmente y consume los bienes materiales que están a su alrededor, sino que la racionalidad le concede además del uso también el derecho estable a poseer una propiedad suya, que no se consume con el simple uso (como sucede con los animales brutos). Así, el hombre provee a su manutención, a su futuro y al de su familia (siendo los hijos una continuación en el tiempo y en el espacio de sus padres). La tierra tiene un valor enorme, ya que proporciona al hombre los bienes estables que satisfacen las necesidades futuras de la vida humana y sin los cuales sería verdaderamente miserable; por este motivo los verdaderos amigos del pueblo y de los pobres son los cristianos, que proveen a sus necesidades y a su desarrollo y no los revolucionarios socialistas, que lo matan de hambre y lo hacen esclavo del Estado Leviatán.

León XIII pasa después a explicar el “Principio de subsidiariedad”, o sea, la doctrina según la cual el Estado interviene en la vida de los particulares y de las familias sólo allí donde ellos no consiguen obtener con sus solas fuerzas su fin y su bien. Por tanto, lo que el hombre puede hacer solo debe hacerlo por sí mismo y no como sujeto y súbdito de un Estado absoluto, que interviene en todos los aspectos de la vida de los ciudadanos particulares, sofocando toda su libre y espontánea iniciativa.

A la objeción socialista según la cual la Naturaleza (o sea Dios) da la tierra para uso de todos los hombres y, por tanto, la propiedad privada sería un hurto, el Papa responde: 1º) esto no significa que todos deban tener un uso y un dominio común y promiscuo de toda la tierra, sería la anarquía y la guerra perpetua; 2º) no significa tampoco que sea asignada una parte de territorio a Ticio y una parte a Cayo y así sucesivamente a todos; 3º) quiere decir sólo que Dios (o la Naturaleza, como la llaman los socialistas) deja a la industria de los hombres el dominio sobre el territorio que consiguen conquistar con su trabajo. Y esto no daña a nadie, ya que también la tierra de un privado beneficia a los demás, que reciben alimento de ella. Por tanto, si los hombres trabajan la tierra con sus fuerzas y con el sano uso de su razón, ella les mantiene. Pues bien, la tierra cultivada ha recibido la impronta de la personalidad de quien la posee en primer lugar y la cultiva. Por tanto, el hombre que la posee y la cultiva en primer lugar puede considerarla suya sin robar o hacer daño a nadie. En efecto, los frutos de la tierra trabajada son el efecto combinado de la propiedad y del trabajo de la tierra. Por tanto, el hombre que la trabaja en primer lugar tiene su propiedad y no sólo su uso. Una vez que él se ha convertido en propietario, puede llamar a otros hombres a trabajar sometidos a él, dándoles un justo salario, que les permita vivir de él convenientemente sin que se conviertan a su vez en propietarios de ella. La Ley natural y divina recuerda el derecho a la propiedad privada con el Séptimo Mandamiento: “No desearás las cosas ajenas”, que es, en cambio, negado por los socialitas.

El Papa pasa ahora a explicar la doctrina católica sobre la familia, que es una “sociedad imperfecta, pequeña, pero verdadera y anterior a la Sociedad civil” (ib., p. 438) o Estado, Sociedad perfecta de orden temporal. El padre tiene un derecho natural a proveer a sus hijos en las necesidades de su vida mediante la adquisición de bienes que fructifican y que puede dejar libremente a sus hijos como herencia. El Estado no debe contraponerse a la patria potestad y aniquilarla, convirtiéndose en el patrón absoluto de las familias y de los hijos, antes bien, debe permitir a los padres educar libremente a sus hijos y proveer a sus necesidades, interviniendo sólo en casos extraordinarios y excepcionales, o sea, allí donde la familia no consigue procurar el bien común de los que pertenecen a ella. Sólo así, el Estado es un subsidio o una ayuda válida para las familias.

Por tanto, sólo la religión cristiana y la Iglesia de Cristo pueden, con su doctrina y sus costumbres, resolver positivamente, sin revoluciones ni explotaciones, la cuestión social u obrera. Ciertamente necesita para el buen éxito de su misión social de la ayuda del Estado, que no debe estar separado y contrapuesto a la Iglesia (“una Iglesia libre en un Estado libre”), sino diferenciado de ella pero subordinado a ella (como el cuerpo es distinto, pero subordinado al alma). También los patrones y los obreros están llamados a ayudar a la Iglesia a la solución del problema social obrero/patronal (ib., p. 439).

En efecto, “sólo la Iglesia es la que extrae del Evangelio doctrinas aptas para resolver o para hacer bastante menos áspero el conflicto de clases: ella, con un gran número de instituciones benéficas, mejora las condiciones del proletariado y además quiere que las fuerzas de todas las clases sociales cooperen juntas” (ib., p. 440).

El Papa plantea ahora un principio del cual hacer derivar la acción social en vista de la futura paz y entendimiento entre las diferentes clases sociales: “es necesario soportar la condición propia de la humanidad: quitar del mundo las diferencias sociales es algo imposible” (ivi). Los socialistas lo querrían, pero todo intento realizado contra la naturaleza de las cosas se vuelve inútil. Pues bien, en los hombres, por naturaleza, existe una gran variedad y muchas diferencias accidentales: no todos tienen la misma inteligencia, la misma diligencia, la misma salud, las mismas fuerzas. Por eso, de estas diferencias inevitables nace la diferencia de las condiciones sociales: el más sano, inteligente, diligente, trabajará más y mejor y, normalmente, será más rico. Lo que es necesario hacer es dar a todos lo mínimo suficiente y también lo conveniente para vivir sin querer nivelar a todos al mismo grado. El Papa cita el apólogo de Agripa Menenio y San Pablo: “Una vez los miembros del hombre, constatando que el estómago estaba ocioso, rompieron los acuerdos con él y conspiraron diciendo que las manos no llevarían comida a la boca y que la boca no lo aceptara, ni los dientes lo masticaran como es debido. Pero, mientras intentaban domar al estómago, se debilitaron también ellas y el cuerpo entero se consumió. De aquí se ve cómo la función del estómago no es la de un perezoso, sino que distribuye el alimento a todos los órganos. Fue así como los distintos miembros del cuerpo recuperaron la amistad entre ellos y con el estómago. Así, Senado y Pueblo, como si fueran un único cuerpo, se consumen con la discordia, mientras que con la concordia permanecen en buena salud” (Tito Livio, Ab Urbe condita, II, 32). San Pablo, divinamente inspirado, retomó la doctrina social de Agripa Menenio narrada por Tito Livio y la aplicó a la sociedad religiosa, o sea, a la Iglesia: “Muchos son los miembros, pero uno solo es el cuerpo. Ni el ojo puede decir a la mano: “No te necesito”; ni la cabeza a los pies […]. Antes bien, los miembros que parecen más humildes son los más necesarios. […]. Dios compuso el cuerpo para que no hubiera división en él, sino, antes bien, los diferentes miembros cuidaran unos de otros. Por tanto, si un miembro sufre, todos los miembros sufren juntos; y si un miembro está bien, todos los demás se alegran con él” (1 Cor., XII, 4-20).

Después, León XIII explica que antes del pecado original el trabajo para el hombre era una recreación, pero tras el pecado original se volvió una fatiga, que necesita afrontar para poder vivir bien y no todos lo afrontan con la misma alegría. Esta diferencia de disposiciones explica la diferencia de condiciones sociales, que no pueden y no deben ser eliminadas. Ciertamente los más ricos deben ayudar a los pobres con caridad sobrenatural y todo ello no debe llevar a caer en la trampa del odio de clase, que “es el inconveniente más grande de la cuestión obrera” (ivi) fomentado por los socialistas, que exacerban las malas inclinaciones de las concupiscencias y de los vicios capitales presentes en todo hombre y que mueven a envidiar a quien está mejor. Según la doctrina católica, las clases sociales deben armonizarse entre ellas, ya que una está hecha para la otra (como los diferentes miembros del cuerpo). En efecto, “el capital no puede subsistir sin trabajo, ni el trabajo puede subsistir sin el capital” (ib., p. 441).

El Papa explica, por tanto, cómo el cristianismo puede pacificar a patrones y obreros. Les recuerda los deberes que tienen ambos. Por lo que respecta al proletariado: debe trabajar bien; no debe ofender ni a la persona ni la propiedad de los patrones; debe abstenerse de la violencia al defender sus derechos. Mientras que los deberes de los patrones son los siguientes: los obreros no son esclavos y deben ser tratados por los patrones como personas humanas y amados como cristianos; los patrones deben pensar en la salvación de las almas de los obreros, la deben facilitar y no obstaculizar; deben dar a cada obrero la justa paga (después veremos en qué consiste); no deben oprimir a los necesitados, sino aliviarlos; no deben dañar los ahorros de los obreros.

Además, la Iglesia quiere hacer recíprocamente amigas y sobrenaturalmente caritativas a las dos clases de patrones y obreros. Para hacerlo, debe decirles que 1º) el hombre es creado por Dios; 2º) la tierra no es la patria sino el exilio; 3º) ser rico no es esencial para salvar la propia alma; 4º) los sufrimientos humanos son ocasión de mérito y deben ser aceptados; 5º) las riquezas no libran a nadie del dolor; 6º) los ricos deberán rendir cuentas a Dios del uso de sus bienes.

Por lo que respecta a la riqueza, se debe distinguir la posesión o la propiedad de los bienes de su uso. Se poseen los bienes para sí y se usan para sí y para los demás. Lo necesario y lo conveniente para la propia manutención se tiene para sí, pero lo superfluo es debido darlo como limosna caritativa a los necesitados. Lo necesario es lo que es estrictamente necesario para vivir, lo conveniente es lo que es debido al decoro del propio estado social y lo superfluo es lo que sobra después de haber provisto al decoro conveniente del propio estado. Dar lo superfluo es un deber de caridad y no de justicia, por tanto no obliga con grave incomodo y no puede ser convertido en obligatorio por el Estado mediante leyes, o sea, la caridad no puede ser impuesta por ley por el Estado, de otro modo dejaría de ser caridad.

El Papa insiste todavía en que el único remedio verdadero y definitivo a los males del mundo es el cristianismo, que transforma la sociedad pagana y le da el verdadero progreso moral. Es necesario, por tanto, volver a la vida verdaderamente cristiana para reformar una sociedad en estos momentos decadente, volviendo a los principios que tienden a la consecución del bien común. La Iglesia cuida ante todo y sobre todo a las almas, pero no descuida la vida terrena e intenta mejorar también esta, ya sea indirectamente, incitando al hombre a la vida virtuosa y animándolo a la consecución del bienestar común temporal; ya sea directamente, promoviendo obras sociales de alivio y de beneficencia hacia las clases más necesitadas. El bien social es puesto radicalmente en la virtud, que a su vez necesita de la ayuda de los bienes corporales y temporales para ser ejercitada tranquilamente. La masonería critica la caridad ejercitada por la Iglesia e intenta sustituirla por la filantropía legalizada.

El Estado debe tutelar los intereses de todos, pero especialmente de los pobres, que son los más necesitados de ayuda. Sin embargo, al defender la propiedad privada, es necesario que el Estado frene la codicia de los pobres, los cuales son empujados por el socialismo a invadir la propiedad ajena y a apoderarse de ella; pero el obrero debe participar en la riqueza que produce como brazo bajo la cabeza, que es el patrón. La huelga normalmente debe ser evitada porque hace daño tanto a los patrones como a los obreros, queda como extrema ratio para resolver los problemas laborales surgidos entre patrones y obreros. Es necesario, por tanto, eliminar las causas que hacen estallar las huelgas. Además, el Estado, con sus leyes, debe proteger también el alma del obrero, no impidiendo su vida virtuosa y la práctica religiosa. El trabajo de los niños debe ser prohibido porque es superior a sus fuerzas y las mujeres deben poder desarrollar trabajos domésticos para poder ocuparse de la buena marcha del hogar doméstico.

El Papa toca ahora la cuestión del justo salario de manera específica, enseñando que debe ser regulado por el estricto libre consenso de las dos clases sociales (obreros y patrones), pero, a la luz de la justicia natural. El justo salario es el que hace vivir convenientemente al obrero y a su familia, sin deber empujar a la mujer y a los hijos a trabajar también. Con el justo salario el obrero ahorrador y parsimonioso debe poder adquirir por sí mismo para su familia una casa propia con un pequeño trozo de tierra. Si el obrero por necesidad se ve obligado a aceptar una paga más estrecha de la conveniente y justa impuesta por el diktat del patrón, nos encontramos frente a una violación de la justicia natural. La revolución socialista opone a las dos clases (de los propietarios y de los proletarios) la una contra la otra, mientras que el derecho de propiedad quita dicha contraposición incluso para los obreros y evita el enfrentamiento y el odio de clases.

El Pontífice recuerda que es necesario evitar la plaga de la emigración, que desarraiga a los obreros de sus raíces religiosas, culturales, económicas y sociales y los echa en pasto de la revolución. Por tanto, es necesario promover el apego y el amor al propio lugar natal.

Los impuestos deben ser justos, o sea, no deben superar el 20% de lo que se gana, de otro modo empujan a los peor tratados a evadir el fisco mientras que es un deber de conciencia pagar los impuestos justos al Estado, que se sirve de ellos para las obras de utilidad pública.

Las Corporaciones, que ayudan a los oficios particulares a defender sus intereses allí donde el ciudadano individual no lo conseguiría dejado solo y en manos de un Estado Leviatán, deben sera favorecidas por el poder público. El hombre es por naturaleza un animal social. Por tanto, debe tener sociedades imperfectas o privadas (Corporaciones) que persiguen el bien privado de sus socios. El hombre tiene derecho a poder reunirse en Sociedades privadas e imperfectas en el interior del Estado, que debe defender los derechos naturales y no obstaculizarlos. Las Corporaciones tradicionales son órganos intermedios entre el individuo y el Estado, protegiendo al primero de la mayor fuerza del segundo, y no tienen nada que ver con el Corporativismo de Estado, que sería un subrogado del Sindicato único del Estado Leviatán.

El Pontífice recomienda al Estado favorecer la educación y la instrucción religiosa, ya que la religión debe ser el principio y fundamento de un Estado bien constituido.

Joseph

(Traducido por Marianus el eremita)

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