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Libertad para dañar

Quizá porque la ingenuidad se empeña en permanecer en mi corazón, como estatuada, y sigue dando paso a la sorpresa, aún cierto visaje de repeluzno se me coloca en el rostro cada vez que escucho cómo, transidos de esa falsa autoridad moral que han ido arrogándose, los progres de la Izquierda española manipulan la realidad a su antojo, sueltan mentiras y dicterios por doquier y justifican por cochinos intereses aquello que a cualquier persona de bien causaría pasmo, asco e indignación —aunque el pasmo, el asco y la indignación terminarán por ser recluidos en alguna de esas celdas sociales que esta sociedad nuestra, tan vacía y mentecata, va construyendo, para arrumbar en ellas a quienes no se amoldan a sus premisas.

Así me ha sucedido estos últimos días, tras la muy abyecta representación titiritera con que el Ayuntamiento de Madrid nos ha insultado a muchos, al financiar una obra donde una monja es acuchillada con un crucifijo, a un juez se le unce un dogal y se le ahorca, se mancilla la memoria de las víctimas del terrorismo con la vergonzante exhibición de una cartela en que se proclaman vivas a ETA, o una mujer es violada; o, por ejemplo, con la hórrida y blasfema versión del Padrenuestro que una poetisa execrable defecó en los premios Ciudad de Barcelona, ciscándose en la Palabra que nuestro Padre nos regaló. Pues estos progres de la Izquierda, digo, en lugar de pedir perdón —¡horreur, eso nunca, que es cosa de cristianos y ha de recluirse al ámbito privado!— han optado por trastocar la realidad, subirse a lomos de ese Sistema enloquecido donde lo réprobo termina por encomiarse y asegurar, sin rebozo alguno, que tales actos han de ser amparados por la libertad de expresión, a la que imagino como el lodazal cochino donde se rebozan los más pérfidos, para endilgarnos sus vilezas.

Pues sólo una mente envilecida por el odio, anegada por la rabia, enferma por las ansias de revancha, puede incurrir en esta clase de abyectas tropelías o proferir las declaraciones que estos tíos han regurgitado. Y, así, temulentos o emborrachaditos por ese odio que los envilece —y que les impele al vómito y a la defecación—, los progres de la Izquierda española defienden que la libertad de expresión ha de salvaguardarse por sobre todo; cubrirse con un manto protector e impenetrable, bajo el que pueda acurrucarse para expender sus miasmas de rabia; y otorgársele un prestigio cuasi divino, como a todos aquellos principios erráticos y empodrecidos que antaño alumbró la proterva Revolución francesa, que todavía hoy nos entierra entre tinieblas democráticas.

Pero hete aquí, sin embargo —¡Oh, extrañas paradojas en que incurren estos prebostes de la democracia!—, que esa libertad que postulan y defienden para sí como absoluta, la conciben ellos, los muy sinvergonzones, quizá porque la impudicia se les ha avecindado en el alma, un tanto estrábica o amputada de universalidad; pues no a todos ha de amparar por igual —como en puridad corresponde a derechos y libertades ciertas—, sino tan solo a quienes defienden las aseveraciones que a ellos les interesa propalar por el orbe todo, como una suerte de virus criminal o de mortífera pandemia. Pues, sépanlo ustedes, queridos lectores, esa tan fabulosa libertad de expresión no me servirá a mí de égida si, por ejemplo, repudio las prácticas sexuales de los amantes de la retambufa y esa suerte de colonización a la que intentan someternos; defiendo el sagrado derecho de los padres a educar a sus hijos, y no ese mefítico intento del Estado de adoctrinar a los infantes, para trocarlos en seres tontos y desarraigados; me horrorizo ante el genocidio del aborto y el aplauso general a la eutanasia, a la que pintan embadurnada de una falsa misericordia; o me cisco en las esquizofrénicas premisas que lubrican la ideología de género, con la que un constructivismo sexual disparatado pretende malbaratar la naturaleza humana y convertirla en su remedo guarro, urdido por la locura. Pero es que, en realidad, la libertad no es para ellos más que un ardid; algo con lo que hincharse los carrillos, para hacerla trizas y lanzarnos un gargajo. Pues lo que en verdad desean es un embeleco con el que enceguecernos, un trampantojo con el que anegar esta sociedad de una tolerancia absurda, donde poder dañar sin pena, blasfemar libremente, sin recato, y erradicar de la faz social a quienes no creen lo que ellos, hasta que al fin consigan que la agresión a lo cristiano y a lo tradicional sea norma de gobierno aceptada por todos. Pues ya estamos viendo cómo, en aras de esa libertad maltrecha y estrábica, pretenden los muy progres impedir la presencia sacerdotal en los hospitales públicos, para privarnos del acceso a los sagrados sacramentos en momentos de gran tribulación; conculcar los acuerdos Iglesia-Estado —mientras se mantienen privilegios y subvenciones a instituciones de pacotilla—; desahuciar a la Religión de los planes de estudio —al tiempo que a nuestros hijos les inoculan la basura ideológica que hogaño nos permea, como también ha hecho, por supuesto, el blandito e hipócrita centroderecha español—; asaltar capillas universitarias y despelotarse ante el Sagrario, al albur de no sé qué pretendida legitimidad; y hasta negar la libertad de conciencia, para que todos seamos un gurruño inane que el poder político pueda amasar a su antojo.

Olvidan estos botarates, sin embargo, que siempre habrá quien se erija ante este Estado democrático que se nos ha vuelto enfermo y dictatorial y clame la Verdad; quien niegue este constructivismo salvaje y enloquecido; quien agarre un flagelo cuando los paganos y los fariseos ensucien la Casa de Dios; quien jamás permitirá  ser convertido en un gurruño inane al que se puede moldear; y quien, por ejemplo, abrace la cruz con fuerza, la estreche contra su pecho dañado y luche por ella. Basta, para ello, apegarse a la verdad. Apenas nada, si se quiere.

Gervasio López




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