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Lo puntos de ruptura del Concilio Vaticano II permanecen

N. de la R.: Reproducimos a continuación la respuesta del profesor Paolo Pasqualucci a algunas críticas a su artículo anterior, Puntos de ruptura entre el Concilio Vaticano II y la Tradicion

La crítica señala:

1. «Los artículos como éste, escritos en momentos de gran confusión, sólo contribuyen a generar más incertidumbre y ansiedad entre los fieles».

2. El autor emplea con tanta frecuencia expresiones como «parece»,  «pareciera» o «susceptible de interpretación» que sus razonamientos resultan endebles.

3. La supuesta ruptura con el concepto tradicional del sacerdocio no está demostrada. El autor confunde la labor del sacerdote con la función sacerdotal.

4. El autor no ha entendido el concepto de divinización del hombre implícito en Gaudium et Spes22,2: «El Hijo de Dios con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre [Ipse enim, Filius Dei, incarnatione sua cum omne homine quodammodo Se univit]» La sobreentendida elevación del hombre a la naturaleza divina es teológicamente correcta (como presuntamente se demuestra con una larga lista de citas de las Escrituras y los Padres).

Éstas son mis respuestas:

1. A mí me parece que todos tenemos una desesperante sensación de incertidumbre y ansiedad por el futuro de nuestra civilización y nuestra religión católica. Lo que más nos aflige es la inequívoca y generalizada percepción de que la crisis tan terrible que atravesamos es obra notoria de la propia jerarquía católica. El árbol se va pudriendo desde el interior. ¿Podemos cerrar los ojos a este hecho innegable, absteniéndonos de participar en el buen combate por el restablecimiento de la verdadera doctrina? Todos los católicos hemos sido confirmados como milites Christi, soldados de Cristo, y nuestro deber principal es defender el honor y la gloria de Nuestro Señor, cada uno según su capacidad, como nos enseña la parábola de los talentos (Lc. 19). El combate, espiritual y práctico, en defensa del dogma de la Fe, enfrentados a todas las potencias anticristianas del mundo es, por esencia, sobrenatural, y su galardón máximo y perdurable, la vida eterna.

Seamos, pues, valientes, y no perdamos jamás la fe en la ayuda del Espíritu Santo, «Nuestra tribulación momentánea y ligera va labrándonos un eterno peso de gloria cada vez más inmensamente; por donde no ponemos nosotros la mirada en las cosas que se ven, sino en las que no se ven; porque las que se ven son temporales, mas las que no se ven eternas» (2Cor. 4,17-18).

2. El uso frecuente de expresiones como «parece», «pareciera » y otras por el estilo, ¿hace por ello que mis razonamientos sean incoherentes o endebles?

Yo creo que los laicos tenemos autoridad (CIC c.212  §3) para exponer y sacar a la luz afirmaciones ambiguas (o erróneas) de una autoridad legítima de la Iglesia. En lo que se refiere a doctrina católica, no hay ambigüedad que sea admisible, no hay posibilidad de equívocos que pueda conducir de forma directa o indirecta a doctrina erróneas o heréticas. Y al mismo tiempo, quien escribe debe dejar lugar a los lectores para que evalúen por sí mismos si la ambigüedad expuesta oculta o no un error de fe. Es decir, si la afirmación ambigua parece conforme con la enseñanza tradicional de la Iglesia.

El análisis debido de las ambigüedades que aparecen en el frecuentemente complejo lenguaje de los documentos del Concilio se plantea en el plano espiritual al juicio de las autoridades eclesiásticas, que son quienes deben tener la última palabra en cuestiones tan vitales. Es decir, las que deben dejar sentado oficialmente y de una vez para siempre si las ambigüedades expuestas se ajustan a la doctrina perenne de la Iglesia.

Como queda manifiesto por la historia de la Iglesia, las ambigüedades suelen aparecer cuando se introducen nuevas doctrinas (nova). Generalmente se proponen como si siempre hubieran estado de acuerdo con la doctrina tradicional, la cual supuestamente explicarían mejor mediante nuevos argumentos   (nove). Pero las nuevas doctrinas que se introducen acostumbran ser perniciosas para la fe. Por eso se suelen camuflar con un lenguaje retorcido y ambiguo.

El Concilio Vaticano II reconoce haber introducido nuevas doctrinas, aunque (por supuesto) en armonía (congruentia) con las anteriores:

«Secundando con diligencia estos anhelos [de dignidad y libertad] de los espíritus y proponiéndose declarar cuán conformes son con la verdad y con la justicia, este Concilio Vaticano estudia la sagrada tradición y la doctrina de la Iglesia, de las cuales saca a la luz cosas nuevas [nova], de acuerdo siempre con las antiguas» [sacram Ecclesiae traditionem doctrinamque scrutatur, ex quibus nova semper cum veteribus congruentia profert]. — Declaración Dignitatis humanae sobre la libertad religiosa, 1.1)

El concepto de tradición y doctrina que aparece en este texto no me parece correcto: la Iglesia no tiene por cometido «sacar a la luz cosas nuevas» del Depósito de la Fe, aunque (en teoría) «de acuerdo siempre con las antiguas». ¿Qué «cosas nuevas»? ¿Las «anheladas por los espíritus» de hombres que profesan los valores profanos de nuestra secularizada época?

En todo caso, esa afirmación manifiesta un sentido evolutivo de la tradición, incompatible con conceptos como el Depósito de la Fe y la Verdad revelada. Estos conceptos dan a entender que la Iglesia puede explicar mejor las «cosas antiguas» con argumentos nuevos (nove), como hizo por ejemplo el Concilio dogmático de Trento, pero no tiene la menor autoridad para introducir doctrinas nuevas (nova).

3. ¿Dije que, según el Concilio, predicar fuese la misión primordial del sacerdocio, que deba ocupar el lugar primordial entre todas las tareas sacerdotales, cuando, por ser una simple tarea, no debe incluirse entre funciones sacerdotales? ¿Pasé por alto que la primacía entre dichas funciones le está atribuida por el decreto Presbyterorum ordinis sobre la celebración de la Santa Misa?

Desde luego que no. No entiendo de dónde sale la palabra tarea,  ya que en la traducción de mi sinopsis se expone:

«Entre las funciones del sacerdocio debe darse precedencia a la predicación (“anunciar a todos el Evangelio de Cristo”, Presbyterorum ordinis 4,1)». En realidad, si consultamos el texto del decreto, observaremos que al enumerar las funciones sacerdotales (presbyterorum munera), el Concilio declara: «Los presbíteros, como cooperadores de los obispos, tienen como obligación principal el anunciar a todos el Evangelio». Por tanto, la predicación no se considera una labor secundaria ni mucho menos; se pone de relieve que es la obligación principal de los presbíteros. En su análisis de las  funciones sacerdotales, es significativo que el decreto comience por la predicatio sacerdotalis.

Aquí no hay la menor ambigüedad. El cambio de perspectiva es evidente.

4. ¿Por qué motivo la divinización (impropia) del hombre dada a entender por Gaudium et spes 2,2 puede considerarse un concepto legítimo?

Porque, según mi detractor,  «es plenamente ortodoxo afirmar que los bautizados somos por la gracia lo que Cristo es por naturaleza».

Respondo:

4.1 La gracia puede hacernos «hijos adoptivos de Dios», como explicó San Pablo (Rm.8,14). Esto quiere decir que, en este mundo, podemos hacernos semejantes a él (nuestro Maestro), pero nunca de la misma naturaleza. La adopción se concede «si es que sufrimos juntamente con Él, para ser también glorificados en Él»  Rm.8,17). Esto es, únicamente si somos capaces de santificarnos, regenerándonos con la ayuda de Dios. La adopción divina está condicionada por la cooperación de nuestro libre albedrío, o sea, por nuestro ejercicio eficaz de las virtudes cristianas. Es un estado que sólo podemos alcanzar venciéndonos a nosotros mismos.

4.2  No nos convertimos en hijos de Dios o en semejantes a Dios o coherederos de Cristo porque nos hayamos divinizado por el simple hecho de ser cristianos, sino porque para «nacer de nuevo del agua y del espíritu» (Jn. 3,3ss), convertirnos en personas que demuestran ser discípulos  eficaces de Cristo.

4.3 Para apoyar su tesis, mi detractor acumula cinco citas de las Escrituras, una del Catecismo nuevo y nueve de los Padres de la Iglesia.

Como han observado algunos lectores, la condición de hijos de Dios sólo se aplica a los elegidos en el Reino de Dios. No tiene nada que ver con el tema que se está debatiendo. Es más, semejante condición, cuando tiene que ver con el hombre en este mundo, las fuentes arriba mencionadas no lo relacionan en  ningún momento con la Encarnación de Nuestro Señor. Esta es una novedad introducida por el Concilio. A decir verdad, no tiene nada de novedoso; ese error ya fue refutado por San Juan Damasceno († 749) y por Santo Tomás de Aquino (Summa Theologiae, q. IV a.5). La divinización es por adopción, y no mediante una unión generada en la Encarnación.

4.4  Si no me equivoco, la noción de que nos hemos convertido en dioses evoca el concepto de teosis, típico de la patrística griega. Pero en general, ¿no suele entenderse así en el sentido de hacerse semejantes a Dios, no iguales a Dios? Semejantes a Dios por la acción del Espíritu Santo, que hace obrar a Dios en los fieles que lo reciben. Esta parece ser la acción sobrenatural revelada por Jesús en Juan 14,23: «Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él, y en él haremos morada»  Aquí vemos una hermosa ilustración de la inefable acción trinitaria de la gracia divina en nosotros. Está claro que dicha acción no tiene nada que ver con una supuesta unión de Cristo con nosotros por el mero hecho de que se ha encarnado.

4.5 Por el contrario, Gaudium et spes 2,2 parece indicar que por el solo hecho de encarnarse el Hijo de Dios ha hecho su morada con todos los hombres (!). No sólo con los fieles que aman a Cristo, sino con todos los humanos simplemente por ser hombre. El hombre no tiene, entonces, que hacer nada para lograr el extraordinario benefició de la unión con el Hijo de Dios. La unión con Cristo se convierte en una cualidad ontológica del hombre, y hay que entender por ello que el hombre se ha divinizado (ontológico es lo relativo al ser [on, ontos en griego]). Es decir, la naturaleza humana como tal, sin más matizaciones.

Esta nueva doctrina tiene por objeto dotar de cimientos sobrenaturales al concepto de la dignidad humana, propuesto en el mismo artículo.

La sección 22 de Gaudium et spes afirma que Cristo vino a este mundo para «manifestar plenamente el hombre al propio hombre y descubrirle la sublimidad de su vocación» (idea tomada de la turbulenta teología de Henri de Lubac, SJ). El Salvador no vino para hacernos creer en Él, que nos arrepintamos y nos salvemos de la condenación eterna (Mc. 2,17); vino para revelar al hombre «la sublimidad de su vocación». ¿Será esto una llamada a la vida eterna? Nada de eso; consiste, según se nos dice, en cobrar conciencia de la dignidad divina de nuestra naturaleza: «En Él, la naturaleza humana asumida, no absorbida, ha sido elevada también en nosotros a dignidad sin igual» (Gaudium et spes 22,2). En conclusión: ¡odo hombre, por serlo, posee dignidad divina por la sencilla razón de que el Hijo de Dios al encarnarse «se ha unido con todo hombre»!

4.6 ¿Cómo puede darse esta unión tan extraordinaria? ¿Tiene que ser un concepto claro? La expresión «en cierto modo» (quodammodo), agrava la confusión. A ver qué querrá decir eso.

4.7 Este insólito capítulo 22 y sus diversas interpretaciones ameritarían más comentarios. Concluyo mi breve réplica señalando que la mencionada unión ontológica destruye el dogma del pecado original, que en todo caso se ha volatilizado (al igual que otros dogmas) en las enseñanzas de la jerarquía católica después del Concilio.

Paolo Pasqualucci

(Traducido por Bruno de la Inmaculada. Artículo original)




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