ADELANTE LA FE

Como lobo con vestidos de oveja

Queridos hermanos, cuando me revisto para el Santo Sacrificio rezo las oraciones tradicionales que me ayudan a considerar las virtudes que designan místicamente cada paramento litúrgico. Estas oraciones tienen el fin de que el sacerdote se dé cuenta de la santidad e integridad de vida que le han de adornar, recordando lo escrito: Sacerdotes tui induantur iustitiam. “Vístanse tus sacerdotes de justicia”, es decir, que posean todas las virtudes que las Sagradas Escrituras designan muchas veces con el nombre genérico de justicia.

Rezadas las anteriores oraciones, y ya revestido para empezar la Santa Misa, una venerable y piadosa tradición le recuerda al sacerdote en ese momento al sacerdote que ha de considerarse como lobo con vestidos de oveja, y lleno de vergüenza, solicitará de Dios ansiosamente el perdón.

Así es como me siento cuando me dirijo al altar. Cuando me dirijo de Getsemaní al Calvario, de la sacristía al altar.

Cuando situado ante el altar empiezo las oraciones, oigo el griterío de los judíos cuando Pilato presenta al Señor y a Barrabás para que decidieran cuál querían que fuese librado de la muerte.

¿A quién de los dos queréis que os suelte? Ellos respondieron: A Barrabás. Pilato les dijo: ¿Y qué haré con Jesús, el llamado el Cristo? Todos contestaron: ¡Sea crucificado! Les  preguntó: Pues ¿qué mal ha hecho? Pero ellos gritaban más fuerte: ¡Sea crucificado! Mt. 27, 21.23.

Es entonces cuando sorprendido y avergonzado distingo entre el griterío enfurecido mi voz. Distingo mi voz entre tantos que gritan. Sé a ciencia cierta que mi voz está entre los que piden la muerte del Señor. Con el alma compungida de dolor y arrepentimiento, rezo las oraciones al pie del altar con verdadero dolor de mis pecados, con verdadero dolor de contrición, pidiendo al Señor que nunca más vuelva a sonar mi voz en aquel momento. Subo al altar y beso las reliquias del mártir con ferviente deseo de no volver a ofender al Señor, pidiéndole que me purifique para tal gran Sacrificio que indignamente voy a ofrecer.

Empiezo a rezar el Introito, y veo a los soldados del procurador llevar a Jesús al Pretorio. Veo como lo desnudan, lo atan a una columna y lo flagelan despiadadamente.

Pilato queriendo contentar a la muchedumbre, les soltó a Barrabás, y a Jesús, después de haberlo hecho azotar, lo entregó para que fuera crucificado. Mc. 15, 15.

Con viva impresión observo claramente que uno de los brazos que azotan la purísima carne del Salvador es el mío. Soy yo quien le está flagelando, y con hondo dolor continuo las ceremonias de la Santa Misa procurando realizarlas gran unción y reverencia, pidiendo una vez más al Señor perdón y misericordia por mis pecados y traición. Me esfuerzo más en todo cuanto hago exteriormente, lo procuro hacer con la máxima fidelidad posible a lo establecido por las rúbricas, con cuidado y suma reverencia, mientras interiormente no ceso de suplicar perdón por mis pecados y por mi infidelidad.

Me esfuerzo para que  todo en mi persona, exterior e interior, sea del agrado de la Corte Celestial que me observa; del Padre Eterno que no deja de contemplar al Cordero de Dios en el altar del sacrificio; del Hijo, Sumo y eterno Sacerdote, quien ofrece Su propio sacrificio; del Espíritu Santo que santifica toda la sagrada ceremonia.

Comienzo el rezo del canon romano, y en ese momento cuando ya pensaba no ver más, contemplo al Señor con la cruz a cuestas.

Cuando le llevaban echaron mano de un tal Simón de Cirene, que venía del campo, y le cargaron la cruz para que la llevara detrás de Jesús. Lc. 23, 26.

Pensaba que sería yo el nuevo cirineo, pero perplejo y consternado veo que no; no sólo no soy el cirineo, sino que soy de los que le insultan al Señor, de los que le escupen, de los que… Es entonces cuando suplico al Señor que nunca más sea de estos traidores, que ha escondidas le escupen y golpean; le empujan y tiran piedras. Le suplico y ruego que sea, desde ese momento, su cirineo, quien le ayude a llevar Su cruz, llevando yo la mía en la fidelidad a mi ministerio sacerdotal, a la fe recibida por la tradición, en el estricto cumplimiento de Su Ley divina, en la predicación de la única y verdadera fe y del  único y verdadero Dios.

Me inclino profundamente al inicio del canon romano, y con gran devoción pido al Señor ser digno del ministerio para el que me elegido, y le sea fiel todos los días de mi vida.

Llega el momento sublime de la consagración, de la transubstanciación, donde el pan y el vino se transubstanciarán en el Cuerpo y Sangre de Cristo. Al inclinarme respetuosamente para pronunciar las palabras sagradas, y ya casi sosegado mi interior, contemplo con lágrimas en los ojos la crucifixión del  Señor.

Cuando llegaron al lugar llamado del  Calvario, le crucificaron allí a él y a los ladrones, uno a la derecha y otro a la izquierda. Y Jesús decía: Padre, perdónales porque no saben lo que hacen. Lc. 23, 33-34.

Cuando voy a pronunciar atenta y devotamente las palabras de la consagración, le suplico al Señor que no esté yo entre los sayones que le crucifican. Que no sea mi mano una de las que le clavan los clavos en sus benditos pies y manos.

Con inusitado gozo siento que el Señor me dice que no, que no soy de los verdugos que le crucifican. Que soy de los que están al pie de la cruz consolándole con Su Santísima Madre y el apóstol amado. Que la reparación que he realizado a lo largo del Santo Sacrificio de la Misa ha sido de Su agrado.

El reconocerme como lobo con vestidos de oveja ha salvado mi alma del pecado, por haber honrado, dignificado y santificado el Santo Sacrificio de la Misa.

Ave María Purísima.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa

Padre J.M Rodríguez de la Rosa

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa. Nació en Palamós (Gerona) en 1956, y se ordenó sacerdote en 12 de octubre del 2007 en la catedral de Getafe. Es licenciado en Estudios Eclesiásticos y en Derecho Canónico. Preside una Asociación privada de fieles de vida de oración contemplativa. En la actualidad es capellán de una residencia de ancianos de Madrid. Es autor del vídeo "Mysterium Fidei" sobre la Misa tradicional.