La mayoría de los católicos ya estarán enterados de los comentarios del papa Francisco en su conferencia de prensa aérea en el sentido de que los colegios tienen que impartir educación sexual a los niños. Tengo que reconocer que estos últimos seis años me han curtido para que pueda escuchar y digerir malas noticias. Aun así, de vez en cuando este papa de las sorpresas me deja tan boquiabierto que casi se me desencaja la mandíbula.

Una de dos: o bien Francisco no tiene ni idea de cómo son los textos actuales de educación sexual, en cuyo caso no debería haber dicho nada del tema, o sí sabe cómo son, en cuyo casó recomendó medios de propagar el pecado.

No se puede decir que el Magisterio de la Iglesia no haya brindado una orientación considerable en esta cuestión, siempre recalcando la prudencia, el recato, la discreción y, sobre todo, la castidad. En los años veinte, cuando el concepto de educación sexual para matrimonios comenzaba a ganar terreno, S.S. Pío XI dijo estas palabras memorables en su gran encíclica Casti connubii de 1930:

«Esta saludable instrucción y educación religiosa sobre el matrimonio cristiano dista mucho de aquella exagerada educación fisiológica, por medio de la cual algunos reformadores de la vida conyugal pretenden hoy auxiliar a los esposos, hablándoles de aquellas materias fisiológicas con las cuales, sin embargo, aprenden más bien el arte de pecar con refinamiento que la virtud de vivir castamente» (nº 41).

Más de propósito, en la encíclica Divini illius magistri de 1929, que ha sido llamada la Carta Magna de la educación juvenil cristiana, el mismo pontífice aborda expresamente la cuestión. Llama la atención, porque es como si Pío XI respondiera precisamente a los peligros y errores contenidos en las palabras de quien es su sucesor. Y es innegable que a la luz de esta acreditada exposición son en efecto peligros y errores:

«49. Peligroso en sumo grado es, además, ese naturalismo que en nuestros días invade el campo educativo en una materia tan delicada como es la moral y la castidad. Está muy difundido actualmente el error de quienes, con una peligrosa pretensión e indecorosa terminología, fomentan la llamada educación sexual, pensando falsamente que podrán inmunizar a los jóvenes contra los peligros de la carne con medios puramente naturales y sin ayuda religiosa alguna; acudiendo para ello a una temeraria, indiscriminada e incluso pública iniciación e instrucción preventiva en materia sexual, y, lo que es peor todavía, exponiéndolos prematuramente a las ocasiones, para acostumbrarlos, como ellos dicen, y para curtir su espíritu contra los peligros de la pubertad.

50. Grave error el de estos hombres, porque no reconocen la nativa fragilidad de la naturaleza humana ni la ley de que habla el Apóstol, contraria a la ley del espíritu (cf. Rom 7,23), y porque olvidan una gran lección de la experiencia diaria, esto es, que en la juventud, más que en otra edad cualquiera, los pecados contra la castidad son efecto no tanto de la ignorancia intelectual cuanto de la debilidad de una voluntad expuesta a las ocasiones y no sostenida por los medios de la gracia divina.

51. En esta materia tan delicada, si, atendidas todas las circunstancias, parece necesaria alguna instrucción individual, dada oportunamente por quien ha recibido de Dios la misión educativa y la gracia de estado, han de observarse todas las cautelas tradicionales de la educación cristiana, que el ya citado Antoniano acertadamente describe con las siguientes palabras: “Es tan grande nuestra miseria y nuestra inclinación al pecado, que muchas veces los mismos consejos que se dan para remedio del pecado constituyen una ocasión y un estímulo para cometer este pecado. Es, por tanto, de suma importancia que, cuando un padre prudente habla a su hijo de esta materia tan resbaladiza, esté muy sobre aviso y no descienda a detallar particularmente los diversos medios de que se sirve esta hidra infernal para envenenar una parte tan grande del mundo, a fin de evitar que, en lugar de apagar este fuego, lo excite y lo reavive imprudentemente en el pecho sencillo y tierno del niño. Generalmente hablando, en la educación de los niños bastará usar los remedios que al mismo tiempo fomentan la virtud de la castidad e impiden la entrada del vicio”».

Tal vez, el papa Francisco o uno de sus defensores replicaría: «Ah, bueno, pero eso era en 1929. Hoy las cosas han cambiado.» Podría jugar una vez más la baza de la novedad, como hizo en su discurso del 11 de octubre de 2017 contra la pena de muerte, en que empleó 14 veces el adjetivo nuevo, para remachar la idea de que la Iglesia no sólo debe enseñar lo antiguo, sino también lo novedoso, lo inédito, lo nunca visto…

La naturaleza humana no cambia. Las exigencias de la virtud tampoco. Los perjuicios de dar a conocer de forma prematura e indebida los temas sexuales fuera de la familia siguen siendo los mismos. El daño irreparable que causan los pecados de impureza en las almas, las amistades, las familias y la sociedad en general son los mismos de siempre. Nada ha cambiado sustancialmente entre 1929 y 2019. Lo único que ha cambiado es que el mundo en que vivimos se ha vuelto rabiosamente promiscuo, empantanado en tristes deleites enviciado con los placeres carnales y empapado en iniquidades que debilitan la fuerza de voluntad y ciegan la razón. Todos esos efectos los conocían los Padres del Desierto en la cristiandad antigua, los cuales previeron todas las consecuencias de la intemperancia. En vez de querer actualizaciones, sería mucho más prudente volver la mirada atrás y recuperar la cordura.

Lo siento, pero como padre de familia y como amigo de muchos buenos padres de familia católicos, y habiendo dedicado la vida a la educación de la juventud, respondo con toda firmeza: «Las enseñanzas de Pío XI en Casti connubii y Divini illius magistri trata de modo suficiente el tema de la educación sexual». Estoy satisfecho con las verdades de siempre, que alimentan, y no me hacen falta opiniones novedosas que son tóxicas.

(Traducido por Bruno de la Inmaculada. Artículo original)

Peter Kwasniewski
El Dr. Peter Kwasniewski es teólogo tomista, especialista en liturgia y compositor de música coral, titulado por el Thomas Aquinas College de California y por la Catholic University of America de Washington, D.C. Ha impartrido clases en el International Theological Institute de Austria, los cursos de la Universidad Franciscana de Steubenville en Austria y el Wyoming Catholic College, en cuya fundación participó en 2006. Escribe habitualmente para New Liturgical Movement, OnePeterFive, Rorate Caeli y LifeSite News, y ha publicado seis libros, el último de ellos, Noble Beauty, Transcendent Holiness: Why the Modern Age Needs the Mass of Ages (Angelico, 2017).