ADELANTE LA FE

Los doce actos heroicos de humildad de la Santísima Virgen

Queridos hermanos, la proximidad del bendito día de la festividad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María, es provechoso para el alma meditar estas hermosísimas consideraciones sobre los actos de humildad, verdaderamente heroicos, de Nuestra Madre. Estos doce actos de humildad los trae el venerable padre jesuita Luis de la Puente (1554-1624) en su libro de Meditaciones (meditación 37, parte V), con el nombre de: De la heroica humildad de la Virgen Nuestra Señora por la cual fue elevada sobre todos los coros de los ángeles.

Dice al autor que de la misma forma que Nuestro Señor Jesucristo fue el que descendió para subir luego al Cielos y llenar todas las cosas (Ef. 4, 9-10), así mismo se puede aplicar a la Santísima Virgen; Ella subió sobre todas la criaturas, porque se humilló más que todas ellas, y la corona gloriosísima de doce estrellas que tiene en el Cielo se la dio Dios por doce actos heroicos de humildad que ejerció en la tierra. Como hay actos de humildad para con Dios y humildad para con los hombres, en ambas la Virgen fue excelente. Los doce actos de humildad los reduce el autor a tres grupos: Actos de humildad respecto de los dones que recibió del Señor; Actos de humildad en cuanto a la sujeción a Dios Nuestro Señor, y a los hombres, por su amor; y, por último, Actos de humildad que mostró en las humillaciones y en las injurias que vienen por mano ajena.

Actos de humildad, 1º, 2º y 3º, respecto a los dones que recibió de Nuestro Señor.

  1. El primer acto es encubrir estos dones con gran silencio, sin descubrirlos por medio de palabras o señales externas, por ningún respeto humano ni por necesidad aparente de glorificar a Dios o para provecho del prójimo, excepto los casos en que expresamente Nuestro Señor quiere y ordena que se descubran. Este acto lo realizó la Virgen ocultando la revelación del ángel y en el misterio de su embarazo, sin descubrir ni siquiera a San José, a quien amaba tiernamente (Mt.1, 19).
  2. El segundo acto es aborrecer sus alabanzas y oírlas de mala gana, con desazón y aflicción. Este acto lo ejerció la Virgen cuando el ángel la saludó con palabras de tan grande alabanza al llamarla “llena de gracia” y “bendita entre las mujeres” (Lc. 1, 28); porque como humilde, se turbó y ruborizó, pareciéndole de tal grandeza que no cabían en su pequeñez, por la baja estima que de sí tenía.
  3. El tercer acto de humildad es cuando Dios quiere que sus dones sean conocidos, o Él los descubre por algún camino, y entonces, darle luego la gloria de todo y alabarle y bendecirle. Esto hizo la Virgen cuando vio que Nuestro Señor había revelado a Santa Isabel el misterio secreto de que era Madre de Dios, y cuando oyó las grandezas que de Ella decía, porque al instante dio la gloria de todo sólo a Dios, diciendo (Lc. 1, 46 y ss.): Se alegra mi alma en Dios mi Salvador, porque se dignó mirar la pequeñez de su sierva; por eso me llamarán bienaventurada todas las generaciones.

Actos de humildad, 4º, 5º, 6º, 7º y 8º, en cuanto a la sujeción a Dios, y a los hombres por su amor.

  1. El cuarto acto de humildad es escoger el último lugar aunque Dios le dio el primero. Así lo hizo la Virgen, cuando vio que Dios la quería poner en el lugar más alto de su casa, después de su Hijo, haciéndola Madre suya, tomando el último lugar y llamándose a sí misma: esclava del Señor (Lc. 1, 38).
  2. El quinto acto de humildad es sujetarse y obedecer todas las leyes y obligaciones de Dios y de sus ministros, sin querer admitir privilegios ni excepciones, aunque tenga razón para ello; a imitación de Cristo Nuestro Señor, que se humilló a la ley de la circuncisión (Lc. 2, 21) y se hizo obediente hasta la muerte en la cruz (Flp. 2, 8). La Virgen cumplió puntualmente guardando la ley de la purificación, aunque no la obligaba y aunque era con algún detrimento de su honor, por ser ley dada a mujeres no limpias, que habían concebido por obra de varón (Lv. 12, 2), conformándose en esto a las demás mujeres que habían dado a luz, como si fuera una de ellas.
  3. El sexto acto de humildad es sujetarse y humillarse, no solamente a los mayores y a los iguales, sino también a los menores, dando a todos el primer lugar, y tratándolos a todos con cortesía y amabilidad. Así lo hizo la Virgen cuando fue a visitar a su prima Santa Isabel, y la saludó primero (Lc. 1, 40); la mayor en dignidad se humilló ante la menor y se ocupó en servirla.
  4. El séptimo acto de humildad es servir a otros en trabajos bajos y humildes, y hacerlo con gusto, como quien nació, no para ser servido, sino para servir, al modo que dijo el Señor (Mt, 20, 28; Mc. 10, 45): No vine para que otros me sirvieran, sino para servir. Lo que cumplió, Nuestro Señor, exactamente en su oficio de carpintero. Esto mismo ejercitó la Virgen, porque como humilde mujer de un carpintero, se ocupaba en todos los oficios humildes de su casa, y ayudaba a ganar su comida con el trabajo de sus manos, atendiendo siempre a servir a los demás en casa.
  5. El octavo acto de humildad va parejo con el anterior, que es rehusar cuanto es de su parte oficios y cargos honrosos, y ministerios que son muy estimados por los hombres, o por no juzgarse digno de ellos, o por huir de la honra que llevan consigo, o por no dejar su estado de humildad. Esto lo guardó la Virgen, la cual, como dice Santo Tomás de Aquino, no hizo en su vida milagro alguno, ni quiso predicar en público, y si enseñaba a  los Apóstoles y a otros fieles los misterios de la fe, era en secreto, dejando esa honra a los Apóstoles y discípulos.

Acto de humildad, 9º, 10º, 11º, 12º, que mostró en las humillaciones y en las injurias que vienen por mano ajena.

  1. El noveno acto de humildad es gustar de ser pobre y ejercitar todo lo que pertenece a la pobreza, y a las humillaciones que de ella preceden. Esta humildad la ejerció  la Virgen con gran gusto en todas las ocasiones que se le presentaron. En Belén tuvo que recogerse en un establo. En la purificación no quiso ofrecer el cordero, sino un par de tórtolas o palomas, como pobre (Lc. 2, 24). En Egipto, y después de su vuelta a Nazaret, siempre abrazó los desprecios de su pobreza, gustando de que la tratasen como suelen ser tratadas las mujeres pobres, como Ella era.
  2.  El décimo acto heroico de humildad es llevar con paciencia y silencio las afrentas que le suceden contra su honra y buena fama, no excusándose, ni quejándose del agravio que se le hace, sino callando y aceptando la afrenta y humillación con mucho gusto por amor a Dios. Y en esto hay grados. El primero es sufrir con paciencia las injurias y desprecios que nacen de nuestras culpas. El segundo, y mayor, es sufrir estas injurias sin tener culpa de ellas, callando incluso ante falsos testimonios. El tercero, muy superior, es sufrirlas cuando nos suceden por ocasión de alguna buena obra, por la que mereceríamos gloria y alabanza. El cuarto, mucho mayor, es sufrir todo esto, no sólo de enemigos y extraños, sino de sus mismos hermanos, deudos y amigos.

Tal fue la humildad de Nuestro Señor ante las injurias y desprecios que padeció en su vida, y la misma que ejercitó su Madre santísima cuando su esposo San José la quiso dejar al saber de su embarazo; pero Ella sufrió y calló en silencio, y nada reclamó para sí misma. Y es de creer que no sería esta sola vez la que padeció la Virgen tal modo de injurias, como salpicándole los muchos falsos testimonios que levantaban contra su Hijo; y cuando iban a por su Hijo y querían prenderle, también se volverían contra su Madre; pero Ella sufría y callaba, gozándose mejor que los Apóstoles (Hech. 5, 41) de padecer injurias por el nombre de Jesús.

  1. El undécimo acto de humildad, que anda parejo con el anterior, es llevar con serenidad y paz de corazón las reprensiones y desaires, las respuestas desabridas y secas, así las interiores que sentimos tratando con Dios cuando no recibimos consuelo o no nos da  lo que le pedimos, como las exteriores que nos dan los demás, aunque sean sin nuestra culpa, y se desprenda algún desprecio; en tales casos, sufrir y no excusarse, ni quejarse, ni indignarse, es un acto de heroica humildad, que agrada mucho a Nuestro Señor.

Esta humildad la ejerció la Virgen muchas veces en varias ocasiones, cuando su Hijo, con doce años, se dirigió a Ella y a San José con aspereza en el templo (Lc. 2, 49), Y en las bodas de Caná, el Señor le dio muestras de sequedad: Mujer, ¿Qué tienes que ver conmigo? (Jn. 2, 4). Y cuando dijeron al Señor que ahí estaban su Madre y sus hermanos (Mt. 12, 47), contestó desabridamente.

  1. El duodécimo acto de humildad es no huir de las afrentas y desprecios de quienes los hacen, sino al contrario aceptarlos estando presente. Así lo ejercitó valerosamente la Virgen hallándose presente ante los desprecios y afrentas que sufrió su Hijo, estando al  pie de la cruz, no importándole que todos supieran que era la Madre de aquel Hombre ajusticiado y crucificado en medio de dos ladrones, y allí padeció muchas injurias, con hambre y deseo de padecerlas mucho mayores.

Estos son los doce actos de humildad que resplandecieron en la Virgen, cumpliendo lo que dice el Espíritu Santo: Cuando fueres mayor, tanto más humíllate en todas las cosas, y hallarás gracia delante de Dios (Ecle. 3, 20; Flp. 2, 3); y así la halló la Virgen en eta vida (Lc. 1, 30); y después fue coronada con doce estrellas resplandecientes, premiándola sus doce géneros de humillaciones y levantándola a un trono altísimo de gloria, a donde con su Hijo, más dignamente que los Apóstoles, juzgue las doce tribus de Israel (Mt, 19, 28).

Ave María Purísima.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa

Padre J.M Rodríguez de la Rosa

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa. Nació en Palamós (Gerona) en 1956, y se ordenó sacerdote en 12 de octubre del 2007 en la catedral de Getafe. Es licenciado en Estudios Eclesiásticos y en Derecho Canónico. Preside una Asociación privada de fieles de vida de oración contemplativa. En la actualidad es capellán de una residencia de ancianos de Madrid. Es autor del vídeo “Mysterium Fidei” sobre la Misa tradicional.