En Summa Theologiae III, q. 85, a. 5, Santo Tomás de Aquino subraya que hay seis principios de la penitencia. Según él, estos principios son los “actos con los que nosotros cooperamos con Dios, que actúa en la penitencia.” (III, q. 85, a. 5, corpus). Puede resultarnos útil reflexionar sobre estos principios durante la Cuaresma, para prepararnos para el Triduo Sacro.

¿Cómo estuvimos haciendo uso de nuestro tiempo en esta Cuaresma? ¿Hemos estado realmente arrepentidos por nuestros pecados, o estamos perdiendo el tiempo tontamente en pos de fines u objetivos mundanos? ¿Con cuánto empeño nos hemos estado purgando de apegos terrenales, malos hábitos, y comportamientos pecaminosos? ¿Hemos luchado por acercarnos a Dios en la oración? Estas son las preguntas que tenemos que hacernos cuando leemos y reflexionamos sobre estos principios presentados por Aquino.

Primero, una observación sobre la penitencia en general: en I-II, q. 113, a. 5, Tomás señala que la tristeza es señal de amor. La penitencia es tristeza por nuestros pecados; nos arrepentimos del mal que cometimos y resolvemos no volver a cometer los mismos pecados. Por lo tanto, cuando nos entristecen nuestros pecados, debiéramos estar tristes por haber ofendido a Dios que es Amor, que nos amó tanto, y que sufrió y murió por nosotros en la cruz.

Como veremos luego, a veces nuestra penitencia es imperfecta; estamos arrepentidos por nuestros pecados solamente por temor al castigo del infierno. Sin embargo, la perfección de nuestra penitencia se encuentra en la tristeza por haber ofendido al Dios del Universo, Quien nos creó por Su infinita bondad y amor, y a Quien amamos con todo el corazón.

El primer principio de penitencia según Aquino es la operación de Dios que dirige nuestros corazones hacia Él. Aquino cita a Lamentaciones 5:21, “Conviértenos a ti, Señor, y nos convertiremos.” Este principio nos recuerda que es el mismo Dios quien siempre nos llama a la penitencia y a una conversión más profunda; este llamado es siempre una gracia entregada a nosotros por la misericordia de Dios.

Nos convertimos hacia Dios solo porque primero Él nos ofrece Su gracia: como dice la escritura antes citada, pedimos a Dios su invitación para que nos convirtamos. De esta manera el acto de conversión siempre tiene un comienzo divino, porque es siempre Dios quien nos acerca a Él.

El segundo principio es un movimiento de fe. Una vez que regresamos a Dios por Su gracia, debemos creer en Su poder para salvarnos de nuestros pecados. Debemos expresar nuestra fe en que Jesús realmente sufrió, murió, y resucitó al tercer día por nosotros. Sin duda, nuestra caída en el pecado es un acto contra la fe, porque no nos confiamos al amor redentor de Dios y negamos el poder el misterio pascual. En cierto sentido, nuestro pecado es un latigazo más en la flagelación de Jesús, un golpe más del clavo en el madero de la cruz.

Por lo tanto, una vez que realizamos un acto de fe, ya no podemos aferrarnos a nuestros ídolos del pecado, porque hemos profesado que Dios es el único que merece nuestro amor y adoración. El acto de fe es por tanto doble: debemos profesar nuestra creencia en que Dios nos redime de nuestros pecados, y debemos negar los ídolos que nos hicimos con el pecado, porque nos comprometimos a regresar a Dios.

El tercer principio de la penitencia es un movimiento de temor servil, a través del cual el hombre se aleja del pecado por miedo al castigo. Según los grandes autores espirituales, este es el camino de los principiantes en la vida espiritual. Son aquellos que recién comienzan a arrepentirse de sus pecados por temor al castigo del infierno; por lo tanto hay de nuevo un movimiento del alma hacia Dios, pero por temor, no por amor. Sin embargo, debemos regocijarnos en tal movimiento porque, si bien es producto del temor, aún estamos regresando al Señor después de haber vivido en pecado. Los más experimentados no observarán este principio de la penitencia, porque han superado el arrepentimiento por temor.

El cuarto principio de la penitencia es el movimiento de la esperanza, en el que el hombre realiza un propósito de enmienda con la esperanza de alcanzar el perdón de su pecado. Este movimiento se relaciona con el movimiento de la fe. Una parte de arrepentirse por los pecados es tener la esperanza de que Dios nos dará su perdón; debemos creer y confiar en lo que Él dice en las escrituras. Ciertamente, repetidamente, Dios dice que tendrá misericordia de quienes regresen a Él con un corazón contrito.

Esta esperanza se expresa hermosamente en el Salmo 51, en el que David le suplica a Dios que tenga misericordia de él, porque está verdaderamente arrepentido de sus pecados y tiene un corazón contrito. David expresa su esperanza en la misericordia de Dios, en que le otorgue el perdón a pesar de la naturaleza horrible de su pecado. Sin dudas, es por esto que este principio se arraiga en la esperanza. Dios no nos necesita, y ciertamente no tiene razones para perdonar nuestros pecados—un pecado contra un Creador infinito merece un castigo infinito. Sin embargo, esperamos en el amor eterno y la misericordia de Dios por la humanidad, para que nos ofrezca su perdón aunque no lo merezcamos en absoluto.

El quinto principio de la penitencia es un movimiento de caridad, en el que el pecado se vuelve desagradable al hombre y éste se arrepiente por su propio bien, no por miedo al castigo. A esta altura, al hombre le repugna la idea del pecado, y por eso vuelve a Dios arrepentido. Todavía no es la manera perfecta, porque aún no comprende totalmente el amor perfecto de Dios. Sin embargo, ha avanzado lo suficiente en la vida espiritual, confiesa sus pecados sabiendo que están mal, sin temor al castigo que puedan ocasionarle. Confiesa sus pecados porque sabe que ofenden a Dios, a quien ama profundamente, y que a su vez lo ama infinitamente.

El sexto y último principio enumerado por Aquino es el movimiento del temor filial con el cual el hombre, por voluntad propia, ofrece reparación a Dios por temor a Él. Observen que este principio no es como el tercero. Este hombre se mueve por “temor filial”, es decir, que ama a Dios y está arrepentido de haberlo ofendido.

Ofrece reparación a Dios; no es el receptor pasivo de la penitencia requerida. Este hombre ha entrado en el camino del experimentado y perfecto; todos estamos llamados a esta clase de perfecta contrición, pero no todos alcanzan este nivel. A esta altura, el hombre ve la deuda infinita que provocó su pecado y ya no se arrepiente por temor sino porque ama al Dios infinito que le ofreció la redención.

Estos principios pueden guiar y dar forma a nuestra penitencia durante esta Cuaresma. ¿Todavía tememos el castigo por el pecado o nos ofrecemos a Dios en penitencia, a quien nos ama infinitamente y murió por nosotros cuando aún éramos pecadores? Pidamos la gracia de acercarnos a Dios con un temor filial, totalmente por amor a Él.

Que seamos como San Pablo, que dijo “Porque el amor de Cristo nos apremia cuando pensamos que Él, único, sufrió la muerte por todos” (2 Cor 5:14). Pablo está convencido de que Cristo murió por él, y por esta razón soporta por Él muchas penas, sufrimientos y dolores (2 Cor 11:16-33).

Que el amor de Cristo nos impulse hacia adelante para acercarnos al sacramento de la confesión no con temor, sino con gran pesar por nuestros pecados, en preparación para el Triduo Sacro.

Por Veronica A. Arntz

Traducido por Marilina Manteiga. Fuente original: Rorate Caeli