Louis Bouyer y el ministerio femenino

Cada vez que encuentro alguna reedición de Louis Bouyer ubicada en un medio supuestamente conservador, ya sé que alguna ideota modernista va a ser camuflada, avejentada artificialmente, para que pase por la tragadera de un público al que le gusta, en asuntos religiosos,  el estilo de la teología “vintage”. Bouyer es capaz de tomar la más loca novedad y, poniéndose unas largas piernas a lo Peter Schlemhil, saltar dos mil años de magisterio para rescatar una “intuición” de algún Padre de la Iglesia o la cabalística imprecisión de algún oscuro Rabino, que parecen justificar que si traición y tradición tienen la misma raíz etimológica, significan lo mismo. Dice el prologuista: “Los desarrollos propiamente teológicos se refieren clásicamente a las Escrituras (comprendido el Antiguo Testamento y sus interpretaciones rabínicas) , las intuiciones de los Padres de la Iglesia, pensadores medievales y modernos, también de otras religiones”. En suma, salvo el Magisterio de la Iglesia al que considera simple opinión y hasta deleznable, un montón de fuentes imprecisas e incomprobables.

Igual que aquel personaje de Von Chamiso, Bouyer vendió su sombra al maligno Bugnini para pasar a la historia como un glorioso reformador de la liturgia católica (hasta cambió de religión para ello), y visto luego que el muy mandinga lo engañó y pervirtió su erudito arqueologismo judaizante por una chapuza infamante de masónica factura, declaró su odio eterno al “progresismo” traidor, ramplón, de mal gusto, dedicándose a cultivar en el retiro, la falsificación de antigüedades, entre las que quiere colar nada menos que al feminismo.  Dice el autor del prefacio “…se puede ver, (y para algunos, hasta saludar) un feminismo tan radical, inesperado en un hombre de Iglesia que vomita al progresismo (pero no menos ni más que al inmovilismo conservador y misógino”) (pag 10).  

En este caso se trataba de la reedición francesa de “Mystére et ministéres de la femme” (Ed Ad Solem.2019). “Misterio y ministerios de la mujer” fue producida en el año 2019 quedando un tanto oculta por efecto de la pandemia. Hace unos meses la publicitaba la tradicionalista editorial Chiré, por aquello tan borgeano, y tan improcedente, de que “no nos une el amor, sino el espanto”. El administrador y prologuista (executeur literaire) de la obra del mistificador sin sombra, Jean Duchesne, entendió oportuno reeditar el ensayo que justifica y promueve la ordenación de Diaconisas (dejando la puerta abierta para algo más…) toda vez que el inefable Francisco había creado en 2016 una comisión encargada de examinar la hipótesis de las diaconisas. Para quienes no son argentinos, les cuento que Perón decía que cuando quieres que una cosa no salga, hay que mandarla a comisión. El asunto es que con esto del Sínodo la cosa vuelve al tapete con mejor pronóstico, toda vez que salga lo que saliere, aunque mal le pese a “San” Juan Pablo, pedirá el aguamanil (aunque no se conserva el original de Pilatos, han oxidado una pelela del Tucho Fernandez, que ha quedado bien vintage) y,  lavaditas las manos,  el asunto producirá conservadores suspiros de alivio frente a las colgajosas posibilidades que plantean los Obispos alemanes.

Duchesne, con buen tino y viendo que la gesta se podría ver empañada con la proverbial guaranguería argentina, les arrima este librejo que puede darle un barniz erudito, poético y tradicional, al burdo asunto del feminismo (más propio de revistas de peluqueras), calmando a los reaccionarios al verlo coquetamente fundado en muy, muy, lejanas tradiciones, como un Evragio del Ponto, o ejemplificado con alguna de las heroínas católicas modernas, delgada, híbrida entre monja y laica, entre católica y marxista, como Madelaine Delbrél (pag. 144), evitando el disgusto de ser fundado en doctrina por algún Obispo prontuariado por pederasta y encarnado en alguna teutona obesa, bigotuda y lesbiana.

La tesis del librejo es que, siendo lo femenino un componente existencial y simbólico muy superior a lo viril (“la masculinidad del macho humano no es más que un pálido y falso reflejo de la paternidad del Padre”), siendo que la feminidad está “impregnada” – desde el vamos- por el Espíritu y se identifica con él (como la creación toda misma, que es femenina), creación que “procede del Padre y del Hijo”, siendo que el Espíritu “es quien los une”. En sus buceos nos hace saber que El Espíritu estuvo “primitivamente identificado por nombres femeninos”, como “La Sabiduría” (parece ser que después el Espíritu Santo ha sido masculinizado por la misoginia curial). En suma, la feminidad como el Espíritu, es la amalgama donde “la humanidad se encuentra”, “por la mujer y en la mujer”, siendo que en la masculinidad hay algo de desencuentro que sólo supera el Hijo de Dios por la gracia del Espíritu, es decir en complemento de lo masculino con lo femenino. En suma, evitando caer redondamente en un emanatismo, las diferencias sexuales son símbolos de realidades divinas y lo femenino ejerce la función de la Tercera Persona de la Trinidad. Así como el Espíritu es una función unitiva en la Divinidad, lo femenino lo es en la humanidad.

Lo femenino será un “componente” de lo humano, necesario para comprender la Divinidad en su simbolización de la Tercera Persona y será un componente ineludible en toda expresión “humana”. El varón es una paradoja, “incapaz de ser en sí mismo y por sí mismo”(pag 56), (este es Cristo). Sin embargo “la mujer por el contrario, no hace más que representar la creatura en su vocación más elevada, que la reúne con Dios mismo, en su creación y justamente en su paternidad” (pag 57). Es decir, que la “paternidad” es propiamente de la mujer y sólo, por asunción espiritual, del hombre. “Porque la maternidad es la asociación consumada de todo el ser creado, la más íntima y la más eficaz que se pueda concebir, a la que se puede llamar el alma misma de la divinidad fecundante del Espíritu” (pag57).

Una vez cantadas la glorias de la mujer y elevar el feminismo a la más sesuda teología profunda, explica que la mujer – “si acepta su vocación de mujer”-  por el sólo hecho natural de ser mujer, ejerce una función – ministerio-  sobrenatural (sin necesidad de que la ordenen), siendo que para ello el varón necesita un segundo estadio. El varón es naturalmente falluto (con lo que estamos de acuerdo), pero la mujer se sobrenaturaliza inmediatamente que acepta su “función – o ministerio–  femenina” y no exagera su costado masculino (por ejemplo, confundirse en los retretes públicos). Buen argumento para mantenerla un poquito a raya dentro de su ámbito, sin tener que recurrir al argumento de autoridad. Hasta ahora, más que igualdad, hay superioridad femenina.

Pero la cosa se pone más compleja, “… bien entendido, las almas masculinas son asociadas (a la misión paternal-maternal de Cristo-Iglesia), pero no en virtud de su masculinidad, sino en aquello que tienen de femenino. Porque, como ensaya decir, balbuciando, el mito del andrógino, y como la ciencia moderna lo ha verificado, masculinidad y feminidad, en todo individuo humano, son indisociables, siendo que la masculinidad o la feminidad propia a cada individuo es el resultado, no de una simple predominancia que no sería más que cuantitativa, sino de una polarización que hace gravitar alrededor de uno de los dos caracteres todo aquello que lo refiere al otro. Pero queda que es solamente en las mujeres que aparece en su pureza… ” (pag 60):  la androginia. La mujer lo es eminentemente por ser reproductora en y por sí misma (esto de en y por sí misma y sin necesidad de varón, viene de un juego del simbolismo Mariano que se me hace insoportable de tratar o repetir, y que a nadie recomiendo indagar).

Yo no sé ustedes, pero cada vez que alguien me habla del andrógino (fundado en el budismo, que trae el autor como “fundamento tradicional” de la androginia en la pag. 76, al mostrar como el Buda se transmuta en la femenina Kwanin), yo ciño mis pantalones, pues estos tipos, como las mulas, suelen ser peligrosos por las dos puntas. Muerden y patean. Otra inclinación al emanatismo que se le evidencia a pesar del cuidado que todos estos modernistas se toman para evitar una condena.        

Dejemos asuntos tan espinosos para sorprendernos de que en esta profusión de interpretados simbolismos, Bouyer nunca encuentra el de una naturaleza y una sobrenaturaleza que expresa a gritos su orden jerárquico. Este liberal nunca ve la autoridad, ni en las escrituras ni en el orden natural, creo que sería muy maurrasiano para su tendencia feminista. Porque de verdad, el hombrecito nos dice que “…el verdadero sentido de la palabra, generalmente mal comprendida de San Pablo, de que  “el hombre es el jefe de la mujer, como Cristo es el jefe de la humanidad” (ef 5,23) no significa sumisión de la mujer ante el hombre” (pag64). Partamos de que el único que no la ha comprendido es él, por eso le parece tan “general” la incomprensión de los otros, y siguiendo,  que la cita, como es su estilo, está falsificada; esta dice “porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la Iglesia – no humanidad- , la cual es su cuerpo y él es su Salvador”)¿El verdadero sentido de todo esto según Bouyer?: “Así como Cristo no encuentra su corporeidad completa más que dentro de la humanidad total, por la expansión católica de la Iglesia, el hombre – varón – no toma verdaderamente un cuerpo totalmente humano, que por y dentro de la mujer” “El mundo no es jamás real, para el varón, que por una simbiosis con la mujer” (pag 65). La mujer “tiene una dimensión cósmica” que el varón no tiene ¡Ufff! Calculo que por carácter recíproco, Cristo no es real sino por una simbiosis con la humanidad. Supera a Tehillard de Chardín.

Para Bouyer la discusión de si el fin primero del matrimonio es la procreación o la asistencia mutua de los esposos, es vana. Plantearse la prioridad “es desconocer el sentido cristiano y humano del matrimonio”, pues es en la “culminación” del encuentro, físico y espiritual, que debe darse la procreación, de lo contrario, “es una generación física, totalmente deshumanizada” (pag 66). (¿Se podrá abortar, pregunto?).

Hasta acá todo cháchara para no ser abrupto en la conclusión novadora. Como somos andróginos y nunca hay nada completo en lo viril (siendo que en la mujer es más posible porque es mucho más ¿o mejor? andrógina), la mujer completa todas las actividades del hombre y sin su presencia en todos los ámbitos sociales, científicos y políticos, nada se puede hacer completo. No hay ninguna función exclusivamente viril, aunque sí las hay exclusivamente femeninas. Buen punto para el feminismo. Es por ello que la “Iglesia Anciana” (¿Cuál? ¿Quién?) reconoce que junto al sacerdote, debe estar “la viuda, más o menos confundida con la diaconisa” (pag 89) pero, para que no creamos que el que confunde es él, ahora sí trae una cita de autoridad… ¿de quién? De Wilhelm Löwe, “fundador de las diaconisas luteranas”. Parece broma. Siempre tuve la impresión de que nunca abandonó el luteranismo, después de todo, ya en su época no hacía mucha falta.

Pero finalmente se pone más práctico y va al hueso. Un Diácono no es nada extraordinario, es un laico, hace las mismas cosas que puede hacer un laico en condiciones especiales, por tanto puede ser hombre o mujer (de última, somos andróginos, o travestis). Por supuesto que no hay citas para fundar semejante capricho, pues el Diaconado está prescripto y descripto nada menos que en los Hechos de los Apóstoles (Cap 6) y es conteste toda la Tradición en tenerlo como parte del Orden Sagrado, específicamente destinado a los varones y haciendo una buena distinción – ninguna confusión-  con el caso de las viudas: “ Por aquellos días, como el número de los discípulos iba en aumento, hubo quejas de los llamados helenistas contra los llamados hebreos, porque según ellos sus viudas eran tratadas con negligencia en la atención de cada día.  Los Doce reunieron la asamblea de los discípulos y les dijeron: «No es correcto que nosotros descuidemos la Palabra de Dios por hacernos cargo de las mesas. Por lo tanto, hermanos, elijan entre ustedes a siete varones de buena fama, llenos del Espíritu y de sabiduría; les confiaremos esta tarea mientras que nosotros nos dedicaremos de lleno a la oración y al ministerio de la Palabra.» Toda la asamblea estuvo de acuerdo y eligieron a Esteban, hombre lleno de fe y Espíritu Santo, a Felipe, Prócoro, Nicanor, Timón, Pármenas y Nicolás, que era un prosélito de Antioquía”.

Pero en fin, hagamos como si no hemos leído nada, y “En esas condiciones, no parece que pueda haber lugar a alguna distinción entre el diaconado femenino y el masculino”, en esto “nos limitamos a desenvolver las grandes líneas de la tradición más constante y más anciana de la Iglesia” ¡¡¿?!! … “no es sólo una renovación del diaconado femenino, tal como el masculino, y mucho más todavía, debe ser hoy más que una simple restauración (¿RESTAURACIÓN DE QUÉ?): un desenvolvimiento creador hacia múltiples prolongamientos”. “…Nos damos perfectamente cuenta que – estas afirmaciones- riesgan a desconcertar a todos aquellos cristianos que se dicen tradicionalistas, como a los que se creen progresistas… ya que los primeros no hacen otra cosa que mantener rígidas costumbres muy recientes (¡están en los Hechos de los Apóstoles!) y aberrantes, siendo que los segundos vuelven a viejos errores precristianos y prebíblicos” (pag 102). (¿Cuáles serán los prebíblicos?). Falsificación de tradiciones inexistentes y escamoteo de la letra revelada.         

Solicita el autor en un lenguaje muy up to day, que la legislación de la Iglesia debe corregir “todo lo que es opresión o disminución de posibilidades de acción verdaderamente femeninas” (pag 106). Debe hacerse una reforma urgente, y “de esta reforma debe surgir un ministerio fundamental de la mujer en la Iglesia, no menos importante a su manera, que el ministerio sacerdotal, y que debe ser su necesario complemento” (pag 108) (Recuerden que nada puede hacer el varón sólo, por tanto Cristo sólo – sin el Espíritu que es mujer- argumento que se llevaba para concluir en que el Sacerdocio debe ser compartido con la mujer de alguna renovada manera que exprese a través de ella, la presencia del Espíritu). Parece que algo le faltaba al sacerdocio, el que jamás ha estado completo, cosa que no alcanzamos a apreciar en los últimos dos mil años hasta que llegó Luisito. “No tengamos miedo de decirlo: el (ministerio de la mujer) es tan esencial para la Iglesia y el mundo, como el ministerio sacerdotal”(pag 113).

Pero sigue más audaz: para evitar el riesgo de volver a una etapa “infantil, sado-anal” (¡qué quiso decir! no me pidan interpretarlo), lo más sano que puede hacer la Iglesia es “este ministerio de la mujer, que es el primero y más elevado que le pertenece”… a la Iglesia. Y le pertenece por ser Ella misma mujer. Y también el Espíritu Santo es mujer, pero cuidado, porque las mujeres son andróginos más propiamente padres que los padres varones, y no tanto le pertenece la paternidad a los varones, que son andróginos pero no tan padres. Sólo en algunos mexicanos he escuchado esto de que una mujer esté muy padre.

Para terminar, acerca además algunos consejos útiles: que las direcciones espirituales de estas mujerucas las hagan otras compañeras y no curas, “¡ni los mejor intencionados!” (pag 112), y para las casadas un consejito para nada pauliano: ya que “ ocupan un lugar donde las más ordinarias de la mujeres, y por supuesto las extraordinarias, pueden dar toda su medida, de aquello que sólo ellas pueden dar … en la familia… (aunque claro, muy a su pesar) con la cooperación del esposo …  ¡de acuerdo! Pero una cooperación que no es más que episódica y, en el mejor de los casos, siempre más o menos amateurística…” (pag 118). (Debo reconocer en mí el amateurismo, pues es por amor que lo hago, ¡pero el episodio lleva cuarenta años!).

No quiero hacer conclusiones psicoanáliticas fáciles, sin embargo reconozcan que el hombre las deja picando. El desagrado por lo viril es digno de horas en un diván hablando de Edipo y otras perversiones. Reconozco que lo que aquí se hace evidente se me sugería en su “La Descomposición del Catolicismo”, donde ya se mostraba el horror por toda reacción viril del Integrismo Católico frente a la revolución modernista,  su tono de rabieta femenina y su humor amargo de andrógino (lo dice él, no yo).

No debe engañar a los lectores la pátina “vintage” de sus fintas pseudoeruditas, propias del falsificador anticuario, y mucho menos se engañen de su resentimiento contra los progresistas (todo moderno es antimoderno por definición, como todo humanista termina, asqueado del hombre, siendo transhumanista). Resentimiento que, como dijimos, fue producto de la frustración de sus ínfulas reformadoras, mal pagadas por el ostracismo que se le propinó a todo el equipo de la Reforma Litúrgica cuando se hizo notoria la afiliación masónica de su líder y hubo que sacarlos a todos por bambalinas.

Dardo Juan Calderón
Dardo Juan Calderón
DARDO JUAN CALDERÓN, es abogado en ejercicio del foro en la Provincia de Mendoza, Argentina, donde nació en el año 1958. Titulado de la Universidad de Mendoza y padre de numerosa familia, alterna el ejercicio de la profesión con una profusa producción de artículos en medios gráficos y electrónicos de aquel país, de estilo polémico y crítico, adhiriendo al pensamiento Tradicional Católico.

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