Se entiende, de la colecta tradicional para el Jueves Santo (Missale Romanum 1962), claramente y más allá de cualquier duda, que la centenaria lex orandi de la Iglesia enseña que Judas está perdido, condenado eternamente a las llamas del infierno: 

Dios y Señor, de quien Judas recibió el castigo de su culpa y el ladrón la recompensa de su confesión, otórganos el fruto de tu misericordia; así como en medio de la Pasión Nuestro Señor Jesucristo le dio a cada uno de ellos según su mérito, y habiéndonos librado de la misma manera de nuestra antigua culpa nos concede ahora la gracia de su resurrección: Quien contigo vive y reina…

Esta era una conclusión que se daba por sentada unánimemente, ¿por qué hay tantos en nuestros días que «no están seguros» de cual fue el destino final de Judas? Para demostrar que no estoy exagerando tomemos al que hasta hace poco fue el padre Thomas Williams, de los Legionarios de Cristo, que en una entrevista en ZENIT afirma:

Históricamente, muchos son los que creen que Judas probablemente se encuentra en el infierno debido a la severa acusación de Jesús en su contra: «¡Más le valdría a ese hombre no haber nacido!», dice en Mateo 26, 24. Sin embargo, estas palabras no son una prueba contundente en cuanto a su destino. En su libro de 1994,Cruzando el umbral de la esperanza, el Papa Juan Pablo II afirma que esas palabras de Jesús no aluden con certeza a la condena eterna.

El testimonio de las Sagradas Escrituras

Mas, ¿tiene sentido esta postura? Examinémosla, primeramente, como la evidencian los Evangelios. Nuestro Señor dice: «El hijo del hombre se va, como está escrito de él, pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre es entregado! ¡Más le valdría no haber nacido!» (Mt. 26, 24). Ahora bien, para un hombre que cae en pecado mortal pero se arrepiente —como Pedro, que también traicionó a Cristo, o Saúl, que persiguió a Jesús cazando cristianos— es imposible decir «¡Más le valdría a ese hombre no haber nacido!», o sea, «como si jamás hubiera existido». Son solo aquellos que están condenados a sufrir eternamente el indescriptible suplicio del infierno de quien verdaderamente podemos decir que hubiera sido mejor para ellos jamás haber existido. Por el contrario, un pecador mortal arrepentido causa jubilo entre los ángeles (Lc. 15, 10) y hereda el reino de los cielos, no es objeto de un «¡ay de aquel…!»; es algo sumamente bueno que tal hombre haya nacido porque podrá así asumir un puesto como el de Papa, o el de Apostol a los Gentiles, y después de su muerte podrá disfrutar de la visión beatífica eternamente. Las palabras de Jesús pueden ser ciertas solo sí Judas se pierde debido al pecado mortal irredento.

Y todo esto encuadra, por supuesto, con la narrativa acerca de la muerte de Judas: «Él tiró las monedas en el Santuario; después se retiró y fue y se ahorcó» (Mt. 27, 5) —o sea, tras un gesto de desesperación se suicidó, lo cual es un pecado mortal. Fue ese un justo colofón para el único discípulo allegado a Jesús caracterizado en los Evangelios como entregado a Satanás: «Entonces Satanás entro en judas, llamado Iscariote, que era del número de los Doce» (Lc. 22, 3); «Y entonces, tras el bocado, entró en él Satanás» (Jn. 13, 27).

San Pedro testifica acerca de esta interpretación de la muerte y condena de Judas en el primer capítulo de los Hechos de los Apóstoles:

Hermanos, era preciso que se cumpliera la Escritura en la que el Espíritu Santo, por boca de David, había anunciado ya acerca de Judas, que fue guía de los que prendieron a Jesús. Porque era uno de los nuestros y obtuvo un puesto en este ministerio. Este, pues, con la paga de su crimen compró un campo y cayendo de cabeza, reventó por medio y todas sus entrañas se esparcieron…. Pues está escrito en el libro de los Salmos:Quede su morada desierta y no haya quien habite en ella. Que otro ocupe su cargo. (Hch. 1,16-20)

En seguida, dos candidatos son postulados, José y Matías, y la narración continua:

Entonces oraron así: «Tú, Señor, que conoces el corazón de todos, muéstranos a cuál de estos dos has elegido,para ocupar en el ministerio del apostolado el puesto del que Judas desertó para irse a su propio puesto (Hch. 1, 24-25).

spirituality-science-moral-being-judasEl primer Papa argumenta que Judas, por su falta, se separó del apostolado para siempre. Nótese que Judas fue el único apostol cuya plaza tuvo que ser llenada después de su muerte. Cuando Herodes mató a Santiago (Hch. 12, 2) Pedro y los demás no propusieron substitutos para ese apostol. Hubo sucesores de los apóstoles (¡y muchos más de doce!), pero ninguna otra substitución. Finalmente todos los once originales junto con Matías, a su muerte, dejaron este mundo para convertirse en los cimientos eternos de la Jerusalén celestial: «La muralla de la ciudad se asienta sobre doce piedras, que llevan los nombres de los doce apóstoles del Cordero» (Ap. 21,14). Sencillamente, un apostol que muere en estado de gracia es un apostol eterno, irreemplazable, en camino a su recompensa como una piedra fundacional de la Iglesia. Esto quiere decir que Judas, que tuvo que ser remplazado, murió en pecado y perdió su ministerio apostólico para siempre; se fue «a su propio puesto», o sea, al lugar que le correspondía: el infierno.

El testimonio de los Padres y Doctores

Esta conclusión, tan bien evidenciada en las Escrituras, se puede encontrar a través de los escritos de los Padres y Doctores de la Iglesia. De los muchos testimonios unos cuantos serán suficientes. El Papa San Leo Magno enseña que Judas jamás se arrepintió de su grave pecado y que su desesperación lo llevo al suicidó, agregando así culpa sobre culpa.

Judas, el traidor, no alcanzó aquella gracia, ya que este hijo de la perdición (Jn. 17,12), a cuya diestra se puso el demonio (Ps. 108, 6), murió a manos de su desesperación; aún mientras Cristo consumaba el misterio de la redención universal. Hasta él, quizá, hubiera obtenido el perdón de no haberse precipitado a llegar al palo de la horca, porque el Señor murió por todos los malhechores. Mas, ninguna exhortación a la misericordia del Salvador encontró cabida en este malvado corazón, en un tiempo entregado a pequeñas mezquindades y más tarde dedicado a traficar en este pavoroso parricidio. Este traidor impío, cerrando su mente a todas las manifestaciones de misericordia de Nuestro Señor, volviose contra sí mismo, mas no con el arrepentimiento como propósito, si no en la locura de su propia ruina: es así que este hombre que había vendido al Autor de la vida a los ejecutores de su muerte, en el mismo acto de morir pecó para mayor incremento de su eterna pena. (Sermón 62, De passione Domini XI [PL 54], en The Sunday Sermons of the Great Fathers, vol. 2, p. 183)

San Agustín tiene exactamente la misma opinión:

Si a ninguno de los hombres es licito matar a otro de propia autoridad, aunque verdaderamente sea culpado; porque ni la ley divina ni la humana nos da la facultad para quitarle la vida: sin duda el que se mata a si mismo también es homicida. …porque si justamente abominamos de la acción de Judas y la misma verdad condena su deliberación, pues con ahorcarse más acrecentó que satisfizo el crimen de su traición, ya que, desesperado ya de la divina misericordia y pesaroso de su pecado, no dio lugar a arrepentirse y hacer una saludable penitencia … porque Judas, cuando se dio muerte, la dio a un hombre malvado, y, con todo, acabo esta vida no solo culpado en la muerte del Redentor, sino en la suya propia, pues aunque se mató por un pecado suyo, en su muerte hizo otro pecado. (La ciudad de Dios, lib. I, cap. 17)

De la tradición oriental tenemos a San Efrén el sirio:

Judas fue el tesorero de su [Satanás] veneno,

Y si la forma de Satanás está oculta,

en Judas es evidente.

Sí, la historia de Satanás es larga,

pero está resumida en Iscariote.  (Hymns of Paradise [Himnos del paraiso] XV, p. 187)

Y San Efrén de nuevo:

¡Oh! de cuantas grandezas, de cuanta felicidad nos privamos, cuando nos falta caridad? Judas la desdeñó, y se retiró de la compañía de los apóstoles. Abandonando a la Luz Verdadera, su Maestro, y odiando a sus hermanos paso a paso se adentró en las tinieblas. Es debido a esto que Pedro, el Príncipe de los Apóstoles, dice, «…el puesto que Judas desertó para irse a su propio puesto» (Hch. 1, 25). Y así mismo, Juan el Divino: «Pero quien aborrece a su hermano está en las tinieblas, camina en las tinieblas, no sabe a dónde va, porque las tinieblas han cegado sus ojos» (1 Jn. 2,11).  (ed. Vossio, S. Eph., Tome 1, Sermo 5, on Matt. 11:29)

Santo Tomas Aquíno dice que salvar a Judas seria contrario a la precognición y disposición de Dios, es por esta que Él preparo para este la pena eterna ; no esta, entonces, en el orden de la justicia, en si, lo que imposibilita la salvación de Judas, sino en el orden de la precognición y disposición eternas (In IV Sent., dist. 46, qu. 1, art. 2, qa. 2, ad 3), y dice que, naturalmente:

Tal como el uso de la gracia está relacionada al efecto final de la predestinación, el abuso de la misma está relacionado con la consecuencia de la reprobación. Ahora, en el caso de Judas el abuso de la gracia fue la razón de su reprobación, ya que se convirtió en réprobo porque no murió en estado de gracia. Asimismo, el hecho de que murió fuera de la misericordia divina no se debió a que Dios no estuviera dispuesto a otorgarla, sino porque aquel se rehusó a aceptarla —tal como lo indican Anselmo y Dionisio. (De veritate, q. 6, art. 2, obj. 11: Santo Tomás sostiene como verdadera esta parte de la objeción.)

Y Santa Catalina de Siena, la virgen seráfica, dice en su estilo directo y sin rodeos:

Este es aquel pecado que no se perdona ni en esta ni en la otra vida, porque despreció mi misericordia, y este solo pecado es mayor que todos los otros que cometió. Y así la desesperación de Judas me desagradó más, y fue más enojosa a mi Hijo que la traición que le hizo. Asique son argüidos de este falso juicio, esto es, de haber tenido por mayor su pecado que mi misericordia; y por tanto son castigados con los demonios, y eternamente atormentados con ellos. (Diálogos. La comunidad del Convento de nuestra Señora la Real de Atocha, cap. XXXVII, p. 67)

Debe ya parecer obvio que Judas se perdió por dos razones: primero, las palabras de Jesús no tienen sentido de otra manera; segundo se le representa como dándose la muerte en medio de la desesperación, lo cual es un pecado mortal (la desesperación siendo uno de los peores) que lo lleva a otro pecado mortal (el suicidio). La iglesia en el pasado no permitía que los suicidas fueran sepultados en terrenos parroquiales ya que se suponía que cualquiera que odiara el don de la vida al grado de acabar con ella obviamente no guardaba el amor de Dios en su corazón. En nuestros días estamos más atentos a la confusión y la anarquía sicológica en la que mucha gente, especialmente en este mundo moderno, queda atrapada, pero esto no hace del suicido algo natural o inofensivo. Es, objetivamente, el más grave pecado en contra de la vida humana porque esta dirigido a la vida de la propia persona, a la que se le ha dado el amor más profundo («amaras a tu prójimo como a ti mismo»). La persona que se suicida en un acto de desesperación está rechazando el fundamento mismo del amor hacia cualquier otra persona, ya sea humana o divina.

La teología contemporánea

Volvamos la vista a la teología contemporánea. Si existe la posibilidad de que Judas está en el averno, no sería entonces justo preguntarnos sinceramente si verdaderamente hay alguien en el infierno. Esto nos trae, por supuesto, a la tristemente famosa pregunta de Hans Urs von Balthasar: «¿Podemos atrevernos a esperar que todo hombre se salve?

La respuesta afirmativa de Balthasar a esta pregunta es una burla al extenso y unánime comentario de la cristiandad sobre los evangelios, desde la era apostólica hasta nuestros días, y cuestiona algo que para cualquier persona que lee la Palabra en los Evangelios y las Epístolas seria indudable: que sí hay un infierno y que hay almas que caen en el —la de Judas al igual que un inmenso número de otras más, tal y como Nuestra Señora de Fátima le mostró a los tres pequeños.  

Considerando su propio juego de manos, ¿tenía Balthasar algo de que quejarse cuando sus contemporáneos se dedicaron a la deconstrucción de los Evangelios y la vida de Jesucristo? Él mismo tomó una doctrina que era perfectamente clara en su sentido —no amenazas vanas de castigo eterno, pero la existencia de algo real que se mencionaba como verdadero y absolutamente inevitable— y la convirtió en algo fluido, abierta a la interpretación y llena de interrogativas. Una vez que admitimos este tipo de maniobras y sofistería ¿que ocurre con el nacimiento virginal, o la Resurrección, o la divinidad de Jesucristo?

Lo que estamos observando aquí es un ejemplo más de como la Iglesia de hoy se ha dejado confundir totalmente por el pensamiento relativista moderno en vez de seguir los sacrosantos pasos de sus Padres y Doctores. Todos aquellos que tienen la bendición de asistir a la misa tradicional latina están formándose en una doctrina sólida y estable de la cual esta liturgia está infundida y de la cual es testigo fiel y perenne. La prédica asociada con la antigua misa contenía por lo general recordatorios benéficos acerca de que el temor a Dios es el principio de la sabiduría, de que no debemos temer al que destruye el cuerpo sino al que puede condenar el alma, y que nuestro destino eterno es la felicidad imperecedera o la miseria infinita.  

En el ámbito de la Misa de Todas las Épocas, el absurdo de negar que hay muchísimas almas en el infierno, y más ensanchando esas filas a diario, no tiene cabida. La liturgia no puede cambiar para adaptarla a los cambios de la teología, recortando y engomando, acotando y borrando. Es preferible recibir con gratitud y aceptar humildemente todo lo que se nos ha legado en la sagrada liturgia —todo, incluyendo la Colecta para el Jueves Santo. La tradición es nuestro suelo estable y un fiel interprete de los Evangelios de Nuestro Señor Jesucristo.

Peter Kwasniewski

[Traducido por Enrique Treviño. Artículo original]

Peter Kwasniewski
El Dr. Peter Kwasniewski es teólogo tomista, especialista en liturgia y compositor de música coral, titulado por el Thomas Aquinas College de California y por la Catholic University of America de Washington, D.C. Ha impartrido clases en el International Theological Institute de Austria, los cursos de la Universidad Franciscana de Steubenville en Austria y el Wyoming Catholic College, en cuya fundación participó en 2006. Escribe habitualmente para New Liturgical Movement, OnePeterFive, Rorate Caeli y LifeSite News, y ha publicado seis libros, el último de ellos, Noble Beauty, Transcendent Holiness: Why the Modern Age Needs the Mass of Ages (Angelico, 2017).