Al examinar la terrible lista de herejes y despiadados enemigos y perseguidores de Cristo, invitados especialmente por el Papa a participar en el Sínodo del mes próximo, empiezo a comprender que la Iglesia está sufriendo una especie de neurosis generalizada que tiene la misma causa que el comportamiento neurótico en las personas: décadas de maltrato psicológico y espiritual. ¿Cómo se ha llegado a esta situación en que millones de católicos, ante el pontificado catastrófico de un papa modernista decidido a pulverizar las estructuras vigentes del catolicismo, siguen aferrándose como si les fuera la vida en ello a su convicción de que el Papa siempre tiene razón? ¿Por qué, aun con la advertencia del prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe sobre el peligro de un cisma, los optimistas continúan silbando en la oscuridad? ¿Será una forma de síndrome de Estocolmo que se manifiesta en las víctimas de maltrato?

Cuando era adolescente, mis padres y yo nos mudamos a un territorio canadiense del Ártico, y pasamos algunos inviernos criando y adiestrando perros de trineo. Esta actividad me enseñó una regla fundamental para el adiestramiento de un perro: la coherencia. Si un día se le corrige por un comportamiento no deseado y al otro se le permite, lo único que se conseguirá será confundirlo. Mi padrastro decía que no hay razas violentas ni perros violentos por naturaleza. Un perro se vuelve violento con los malos tratos.

No tengo hijos, pero he observado que en la crianza de los niños se aplica una regla parecida. Cuando a un niño se lo corrige de manera errática, aleatoria o desproporcionada, o cuando se castiga a un hermano por un comportamiento que se le permite a otro, no aprenden ni a obedecer ni a portarse bien, sino que no hay reglas, no hay un sistema confiable, y se cierran en sí mismos.

Los psicólogos coinciden en que ese comportamiento incoherente, imprevisible e injusto por parte de los adultos genera una personalidad infeliz, enfadada, temerosa e ingobernable. El niño deja de creer que hay cosas que están moralmente bien y cree que el mundo es peligroso e indigno de confianza. Los niños criados de esa manera se vuelven observadores obsesivos y temerosos, y adquieren unas formas calculadas de comportamiento para poner orden en su caótico ambiente. Según los psicólogos, esto produce neurosis incurables y trastornos de la personalidad incurables cuando crecen y salen al mundo sin haber aprendido las reglas normales de la vida.

Podría decirse que esta regla se aplica muy bien a la Iglesia. Se ha visto durante el largo intervalo conservador de Juan Pablo II que Roma sólo aplicaba la disciplina de manera arbitraria. En muchos casos la retiraba después de amenazas que nunca se materializaban, y los infractores raramente eran depuestos. Al principio, el católico de la calle se quedaba perplejo y frustrado, y terminaba enojado, escéptico y amargado con la Iglesia. Miles, quizá millones, abandonaron por completo la práctica del catolicismo.

Y esta tendencia continúa hoy, quizás más claramente que nunca, no sólo en el extraño, caótico y dañino pontificado de Francisco sino también gracias a su apoyo que está dando a los subordinados que ha elegido para dirigir el Sínodo de los Obispos. Leyendo el libro de Edward Pentin The Rigging of a Vatican Synod? (¿Se está manipulando un sínodo en el Vaticano?) sobre el escandaloso comportamiento del cardenal Baldisseri y sus colaboradores en la Secretaría del Sínodo, no puedo menos que recordar a los matones del colegio, envalentonados e incentivados por la descuidada e incluso cómplice dirección del centro docente. Peor aún, me hace pensar en una familia enormemente disfuncional en la que al padre no le preocupa que sus hijos sean objeto de malos tratos por parte de hermanos mayores o tíos. Y en la que, en última instancia, el padre es reconocido por todos como responsable, pero nadie se atreve a admitirlo.

Todo católico creyente, tradicionalista o no, sabe que el maltrato a los fieles comenzó inmediatamente después de terminado el Concilio. En algunos lugares, la destrucción de la liturgia y la manía iconoclasta fue algo que sucedió en cuestión de semanas. Luego, hasta el final del reinado de Pablo VI y el largo intervalo de Juan Pablo II y Benedicto XVI, los católicos aprendieron de a poco a desconfiar de las respuestas contradictorias, aleatorias y descuidadas de Roma.

Después de años de escándalos contra la fe, un indignante obispo modernista era amenazado con sanciones que no llegaban a aplicarse –como en el caso de Raymond Hunthausen de Seattle– mientras que a otro famoso transgresor de una diócesis vecina –un Remi de Roo en Victoria, un Roger Mahoney en Los Angeles o un Rembert Weakland en Milwaukee– se lo dejaba tranquilo durante décadas, reduciendo alegremente a la nada la vida de la fe en su diócesis, y dejando tras sí una estela de naufragios humanos.

Los abusos litúrgicos se corregían puntualmente por aquí y por allá, y al final se aprobaban de manera oficial como en los tristemente célebres casos de la comunión en la mano y las monaguillas. Si una orden religiosa participaba activamente en organizaciones proabortistas o de izquierdas o en liturgias neopaganas, se le daba un golpe en la cara con L’Osservatore Romano enrollado, mientras que el vecino, habiendo hecho lo mismo o algo peor, seguía haciéndolo impunemente.

Los años se convirtieron en pesadas décadas durante las que cada institución eclesial se desmoronó por negligencia bajo el “gran” Juan Pablo II, mientras las cartas a los obispos o a Roma suscitaban más abusos o recibían la callada por respuesta. Y en todo ese tiempo, mientras incontables millones abandonaban la fe, aumentaba el fenómeno nacido de los creyentes que quedaban, de los sobrevivientes a los abusos, que insistían como locos en que el problema se daba a nivel diocesano y “el Vaticano” y el Papa seguían siendo bastiones y reductos de ortodoxia. Era ni más ni menos la misma forma de reaccionar que la de los niños maltratados o las esposas que defienden al que las maltrata.

Esa costumbre de mirar hacia Roma, acabaría por derivar en esa actitud tan palpable hoy en día de mirar con optimismo todo lo que haga y diga el Papa. Pero durante 26 años no hubo en la práctica una autoridad central que funcionara en la Iglesia, y la disciplina procedía aleatoriamente de miembros individuales de la curia, como Josef Ratzinger. Juan Pablo II, si bien escribió mucho, exhortó frecuentemente y habló con elocuencia en defensa de lo que enseña el Magisterio sobre la santidad de la vida y de la familia, mantuvo silencio e incluso se opuso con sus acciones a enseñanzas fundamentales de la eclesiología y la liturgia. Al final, sus exhortaciones resultaron inútiles por su total falta de voluntad para hacerlas cumplir.

En consecuencia, de esa negligencia paterna surgió la esquizofrénica situación actual en que las enseñanzas de la Iglesia siguen escritas en los libros y las mencionan públicamente los prelados mientras en la práctica ellos mismos las desechan y socavan. Y desde luego es esta esquizofrenia la que el cardenal Walter Kasper, cuyas escandalosas y públicas herejías se han dejado sin corregir durante más de 40 años, quiere (quizás con cierta lógica) convertir en la norma católica oficial.

El otro día me preguntaron por qué tengo tanta animosidad contra San Juan Pablo el Magno, y respondí que estoy cansada de los católicos que, como locos, ponen por las nubes a un hombre cuya espantosa dejación de funciones permitió que la Iglesia se deteriorara hasta terminar en el estado actual. A Juan Pablo II se le puede reconocer legítimamente que ayudó a terminar con la Unión Soviética, pero hay muchos que observan la devastación actual de la Iglesia Católica y afirman sin rodeos que no cumplió la misión para la cual había sido elegido. Bajo su supervisión, personajes que conocían las reglas del juego –hombres crueles que maltrataron y corrompieron a millones de fieles– se aprovecharon del ambiente caótico y anárquico que se había originado por culpa de un padre casi siempre ausente.

Esta incoherencia crónica en la aplicación de la disciplina –que incluía la nueva norma de que los obispos amonestaran a los fieles por ser fieles– ha alcanzado su punto más bajo en el pontificado de Francisco, que gobierna una Iglesia traumatizada, desconfiada y semiparalizada por unos temores y una confusión neuróticos. Además, con Francisco vemos un fenómeno enteramente nuevo: una nueva etapa en la evolución de la catástrofe católica.

Aunque como papa dejara mucho que desear, no cabe duda de que Juan Pablo II al menos era creyente. Lo conocíamos. Conocíamos su historial, sus preferencias, intereses y antecedentes. Dejaba claro cuáles eran sus creencias, sus posturas, su escala de prioridades. Era ciertamente histriónico, y aunque se haya criticado acerbamente su costumbre de generar adulación en las masas, sus críticos jamás lo habrían acusado de mentir ni de ser hipócrita.

En cambio, Francisco – mientras pronuncia discursos ambiguos y llenos de tópicos para disimular su personalidad – parece que ha sacado a flote los malos tratos y los ha llevado a un nuevo nivel: da rienda suelta a sus subordinados pero se hace el inocente con relación a sus actividades. Casi desde su primera semana de pontificado, el mundo católico, lo que queda de él, observó estupefacto el extraño y terrible castigo a los Franciscanos de la Inmaculada.

Por más que sus apologistas traten afanosamente de explicar su osada demagogia y sus chocantes comentarios heréticos ocasionales, está claro que Francisco es un hombre que asusta. Es indudable que su reputación en Argentina de experto manipulador político con una brutal veta vengativa y un historial de vapulear a sus opositores comienza a hacerse notar lentamente en los medios católicos de lengua inglesa, incluso al nivel de los blogs.

Pero los sacerdotes y los religiosos han aprendido sin duda la lección con lo sucedido a los Franciscanos de la Ia Inmaculada: una orden religiosa que creció, floreció y tuvo un fruto espiritual prodigioso precisamente por su decidida fidelidad a la doctrina y la disciplina de la Iglesia, fue azotada hasta la muerte en la plaza virtual del pueblo y sus restos colgados en la pared a modo de advertencia para todo el que tenga ideas parecidas.

Después de esto, ¿qué más pruebas necesitamos para sabernos en manos de una cruel tiranía de oligarcas? El mundo católico, la inmaculada Esposa de Cristo, está gobernado por el puño de acero de los Treinta Tiranos postmodernos y postcristianos.

Hilary White

[Traducción de Marilina Manteiga]