ADELANTE LA FE

María, Madre y Maestra del Sacerdote IV

Porque ha hecho en mí maravillas el Poderoso, cuyo nombre es santo. Lc. 1, 49.

Queridos hermanos, este es el tercer título que la Santísima Virgen alega para glorificar a Dios. Tuvo presente las maravillas que Dios había obrado en Ella, y los grandes beneficios que le había hecho desde el instante de su Concepción hasta entonces, especialmente el inconmensurable milagro de ser Virgen y Madre, y Madre de Dios. La Virgen, admirada de tantas grandezas obradas en Ella por Dios, lo alabó por ellas.

¿Cómo el sacerdote, a ejemplo de su divina Madre, no va a reconocer las maravillas que el mismo Dios ha obrado en él? Fue elegido desde el principio del principio; el  mismo Dios fijó su mirada en él para que fuera futuro sacerdote de Jesucristo. Lo eligió, quiso que precisamente él, y no otro, fuese su sacerdote, Suyo, para Él; para que pudiera cantar las grandezas que Dios hizo en su alma, y así contagiar a otros, los alejados, los duros de corazón, los soberbios. Porque las grandezas de  Dios en el sacerdote son, en particular,  para atraer a las almas alejadas de su divina misericordia.

La Santísima Virgen alabó la omnipotencia de Dios, por las maravillas que hizo en Ella, y la santidad de su Nombre, porque con su omnipotencia las hizo y con su santidad quiso hacerlas, para que su nombre fuese santificado y glorificado por los siglos de los siglos.

Todo en el sacerdote ha de glorificar el nombre de Dios, por ello la santidad sacerdotal ha de relucir primorosamente en el sacerdote; todo en él ha de recordar la santidad del nombre de Jesús, ante el cual “toda rodilla se doble, en la tierra, en el cielo y en el infierno”. Así como Dios hizo cosas grandes en Ella, es decir, santidad y obras celestiales, así en el sacerdote, también, realiza obras grandes: de santidad y celestiales; pero de una forma distinta totalmente, claro está, pero, santas y celestiales. En el caso del sacerdote, Dios, va a pedir su colaboración, pues le ha dado todo lo necesario para que dé muestras de santidad y obre cosas extraordinarias; y si no se dan tales aspectos en el sacerdote, será por negligencia suya, no de Dios, que quiere obrar “maravillas” a través de su sacerdote.

Si el sacerdote no obra tales “maravillas” es culpas suya, Dios lo ha adornado con grandes dones y poder, para realizar en Su Nombre lo que el hombre no puede hacer. Cuánto puede consolar el sacerdote a las almas, cuánto sufrimiento puede aliviar, y enfermedades curar; cuántas almas turbadas encuentran en él la paz y el sosiego, cuántas dudas encuentran respuesta, e indecisiones, la firmeza. El indolente encuentra la fuerza para actuar y el impulsivo, la serenidad en el actuar. Y por encima de todo, la maravilla de las maravillas: las manos del sacerdote en el altar.

Si lo meditamos bien, nuestra vida sacerdotal debiera ser una constante alabanza al Dios por la grandeza que ha obrado en nosotros. Es verdad, la fragilidad del sacerdote enturbia esa alegría de  alabanza, pero sólo momentáneamente. De su fragilidad, sale el sacerdote más reforzado para seguir cantando las alabanzas a Dios por las “maravillas” que ha obrado en él.

No va en contra de la humildad reconocer en uno mismo los dones de Dios. La Virgen María no actuó en contra de la humildad, Ella la humilde entre las humildes; reconoció toda la grandeza que Dios le había dado, y sólo a Él la atribuyó. Nada se guardó como propio merecimiento, o valía personal, sino solamente alabó  la potencia y santidad de Dios.

El sacerdote ha de alzar su voz al unísono con la Santísima Virgen, y unidos a los “cuatro vivientes”, cantar: Santo, Santo, Santo es el Señor Dios todopoderoso, el que era, el que es y el que viene (Ap. 4, 8). Nos dice el Apocalipsis, que los vivientes daban gloria siempre y acción de gracias al que “está sentado en el trono, que vive por los siglos de los siglos”. Esta es la alabanza que sin cesar entona la Madre de Dios y Reina de Cielos y tierra. Esta debe ser la alabanza que debe entonar a lo largo de toda su vida el sacerdote de Dios, como uno de los “vivientes, como la mismísima Madre de Dios.

Ave María Purísima.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa

Padre J.M Rodríguez de la Rosa

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa. Nació en Palamós (Gerona) en 1956, y se ordenó sacerdote en 12 de octubre del 2007 en la catedral de Getafe. Es licenciado en Estudios Eclesiásticos y en Derecho Canónico. Preside una Asociación privada de fieles de vida de oración contemplativa. En la actualidad es capellán de una residencia de ancianos de Madrid. Es autor del vídeo "Mysterium Fidei" sobre la Misa tradicional.
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