ADELANTE LA FE

El Matrimonio en la historia del hombre

(Desde los orígenes hasta la época apostólica) (Estudio sobre los sacramentos 8.1)

El Matrimonio cristiano es aquel sacramento por el cual dos personas de distinto sexo, hábiles para casarse, se unen por mutuo consentimiento en indisoluble comunidad de vida con el fin de engendrar y educar a la prole, y reciben gracia para cumplir los deberes especiales de su estado.

En el presente capítulo, dedicado al sacramento del Matrimonio, intentaremos hacer una exposición clara y resumida de todo aquello que un cristiano bien formado debería saber al respecto. Hablaremos pues de:

  • El Matrimonio en la historia del hombre.
  • El Matrimonio civil y el Matrimonio como sacramento.
  • Materia, forma, ministro, sujeto y efectos del Matrimonio.
  • Propiedades del Matrimonio.
  • Los fines del Matrimonio: primario y secundario.
  • Condiciones para la validez y licitud del Matrimonio.
  • El Matrimonio rato y el Matrimonio consumado.
  • Matrimonios mixtos y disparidad de culto.
  • Divorcio y nulidad matrimonial.
  • ¿Es posible hablar de Matrimonio entre personas del mismo sexo?

Como pueden ver, el tema es amplísimo, por lo que intentaremos simplificar al máximo manteniendo en todo tiempo la claridad de los conceptos y de la exposición.


El Matrimonio en la historia del hombre

(desde los orígenes hasta la época apostólica)
(Sac. 8.1)

 

1.- “El hombre … se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne”

1.1 El mandato de Dios expresado en el Génesis

El Matrimonio fue instituido por Dios como último acto creador al formar a Eva de Adán. Una vez creado el hombre dijo Dios:

No es bueno que el hombre esté solo, voy a hacerle una ayuda semejante a élPresentó entonces Dios al hombre todos los ganados, las aves del cielo, y todos los animales del campo, a los que Adán impuso nombre; pero en ninguno encontró una ayuda adecuada para élY Dios hizo caer un profundo sueño sobre el hombre. Quitó una costilla llenando el vacío con carne, formó una mujer y la llevó ante el hombre, que exclamó: Ésta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne, será llamada varona pues del varón ha sido tomada. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y serán una sola carne (Gen 2: 18-24).

El Creador hizo al hombre y a la mujer el uno para el otro de tal manera que su unión fuera indisoluble. Serán una sola carne. Además el autor sagrado no se contenta solamente con elogiar la unión matrimonial, sino que también recalca la unidad monogámica frente a los muchos abusos. Dios bendijo a la pareja y les dio dominio sobre la creación:

Y creó Dios al hombre a imagen de Dios; los creó macho y hembra y los bendijo Dios y les dijo: Sed fecundos, multiplicaos, llenad la tierra y sometedla. Dominad en los peces del mar y en las aves del cielo y en todo animal que serpea sobre la tierra (Gen 1: 27-28).

El mandato de creced y multiplicaos se cumplirá inexorablemente; siendo desde ese momento la procreación, el fin primario del Matrimonio (Gen 3:20; 1:28). El pecado original ocasionó la pérdida del estado de inocencia inicial; en adelante, el sufrimiento, la concupiscencia, las tentaciones pasionales, tratarán de dominar al hombre (Gen 3:16)

1.2 Desde el Pecado Original hasta el Nacimiento de Cristo

En muchos pueblos dominó, durante siglos, la costumbre patriarcal de que los padres determinaran el contrayente sin preguntar a los hijos, jugando un papel decisivo los intereses económicos, dinásticos o políticos. Por lo demás, se daba por supuesto que la mutua y profunda inclinación entre los sexos conducía pronto a la simpatía y al afecto. No raramente se veían los novios por primera vez el día de la boda. Entonces se decía: “porque tú eres mi esposa, te quiero”; hoy, en cambio, se dice: “porque te quiero, serás tú mi esposa”

Naturalmente, el contrato matrimonial de la época patriarcal solamente podía considerarse moralmente correcto cuando los contrayentes daban su asentimiento a la decisión paterna, sin temor y sin coacción, y cuando podía darse por seguro que habría de despertarse el amor mutuo. La Iglesia ha considerado válidos los matrimonios celebrados según costumbre en tiempo del patriarcalismo, mientras ha declarado inválidos los matrimonios celebrados bajo coacción.

El Matrimonio aparece como un convenio o asunto privado entre las partes interesadas. El novio (o el padre del novio, o la madre o ambos) por un lado, y los padres de la esposa (o el padre, o la madre o ambos) por otro, convenían la boda. Dios era el testigo y el protector de este acuerdo (cfr. Tob 8:7; 10:15; Gen 1:28; 2:18; Mal 2:17).

Del fuerte acento puesto en el fin primario del Matrimonio, la procreación, derivan en Israel la justificación de la poligamia (1 Re 11:1 ss.), del levirato (Gen 38:6 ss.), y de otras costumbres, mientras que la falta de hijos era tenida por un castigo de Dios y una maldición (Gen 30:1; 1 Sam 1:6 ss.; Jer 18:21).

En la Antigüedad era frecuente tener dos esposas (concubina o esclava); y así el Código de Hammurabí autorizaba al esposo de mujer estéril tomar a su esclava. Algo parecido encontramos en los patriarcas: Sara, al sentirse estéril, ofreció su esclava Agar a Abraham (Gen 21:14). Jacob tomó por esposas a las dos hermanas hijas de Labán: Lía y Raquel (Gen 26:34 ss.; 28:65). Esaú se casa con tres mujeres (Gen 26:34; 28:65).

En tiempos de Salomón el interés político influyó en las bodas y el mismo monarca contrajo múltiples nupcias con mujeres extranjeras para afianzar alianzas (1 Re 11:1 ss.). Con alguna anticipación se convenía la boda con todos sus detalles, especialmente el precio; pero lejos de lo que se puede pensar, la adquisición de la esposa no era un contrato de compraventa, porque el marido no podía disponer de su mujer como de un objeto adquirido por compra o como se hacía con la esclava. El precio era más bien una especie de compensación por los daños y perjuicios hechos a su persona o a sus bienes. El Matrimonio se contraía a temprana edad, por lo general a los 18 años (Eccli 7:23; 2 Re 8:16 ss.). Una vez pagado el precio, la esposa pasaba a ser propiedad suya; era su poseedor y ella su pertenencia (Deut 22:22). Cuando entraba a su nuevo hogar bajo el poder conyugal del esposo, la mujer estaba casada (Gen 24:65; Ez 16:18). Se celebraba una fiesta que solía durar hasta siete días (Tob 11:21; Gen 29:27; Ruth 3:9). El hecho de pasar la mujer a poder del marido podía simbólicamente expresarse extendiendo la orla del vestido sobre ella.

Esa difusión de la poligamia no impide que la monogamia sea vista como ideal matrimonial y la Sagrada Escritura pone ejemplos encomiables como el de José, hijo de Jacob y Raquel (Gen 30:22), que por la envidia de sus hermanos fue vendido como esclavo a unos mercaderes ismaelitas en el desierto y llevado a Egipto (Gen 37: 25 ss.). Allí permaneció fiel a la ley del Señor, y por no querer consentir en adulterio con la esposa de su amo Putifar, mayordomo del faraón, mereció la cárcel (Gen 39:7). El Sumo Sacerdote no podía tener más que una sola esposa.

En el Salmo 127:3 la poligamia se da por desterrada: “Tu esposa será como una vid fecunda en el interior de tu casa” y en el libro de los Proverbios se recalca la exclusividad de amor matrimonial: “Sea tu fuente bendita, gózate en la mujer de tu mocedad, cierva amable, graciosa gacela. Tenga ella su conservación contigo. Su amor te apasione para siempre” (5:16 ss.). Y de modo todavía más claro se ve en el Cantar de los Cantares.

Es indudable que a partir del Exilio (s. VI a. C), la monogamia renace en el Pueblo de Dios. El libro de Tobías es un claro ejemplo de la alta concepción del Matrimonio en el pueblo hebreo:

“Tú hiciste a Adán y le diste por ayuda y auxilio a Eva, su mujer; de ellos nació todo el linaje humano, Tú dijiste: No es bueno que el hombre esté solo; hagámosle una ayuda semejante a él. Ahora, pues, Señor, no llevado de la pasión sexual, sino del amor de tu ley, recibo a esta semejante a mí por mujer. Ten misericordia de mí y de ella y concédenos larga vida” (8, 5-8)

El Matrimonio por levirato existió siempre en Oriente y se funda en un principio de derecho hereditario, que establece que la viuda debe pasar siempre a la familia del marido. Según el Antiguo Testamento la viuda de un hombre que moría sin hijos debía casarse con su cuñado a fin de conseguir descendencia para el difunto (cfr. Gen 38:8; Deut 25: 5-10). La costumbre del Matrimonio por levirato existía todavía en tiempos de Jesucristo (Mt 22:24).

En los textos del Génesis el Matrimonio aparece claramente descrito como uno e indisoluble. La legislación mosaica no instituyó el divorcio, sino que lo toleró. El divorcio no es una ley, sino una excepción tolerada. Así el Deuteronomio autoriza al marido que descubre “algo escandaloso” en su esposa a escribir una carta de repudio, que entrega a la mujer, enviándola a casa de sus padres (Deut 24: 1-5). Según la mayor parte de los autores, ese texto jurídico no es una concesión de divorcio, sino más bien una limitación: es decir, opinan que en épocas anteriores, los esposos repudiaban sin más a sus esposas; el Deuteronomio limita ese derecho exigiendo que exista una causa. Aunque en principio el divorcio podía darse sólo por iniciativa del marido, posteriormente, en tiempos del exilio babilónico, se admitió también por parte de la mujer

1.3 La restauración del Matrimonio original realizada por Jesucristo

Hay que mencionar en primer lugar aquellos textos en los que Cristo restituye el Matrimonio a su primitiva perfección poniendo de relieve que la tolerancia del repudio fue por motivo de la dureza del corazón del pueblo judío y, por tanto, ajena al espíritu de la ley (cfr. Mt 5:32; 19:4 ss.; Mc 10: 2-12; Lc 16:18).

Recordemos también que Jesús participa en un banquete de bodas como invitado especial y allí realiza su primer milagro (Jn 2:1 ss.) convirtiendo el agua en vino. La tradición ha visto en ese hecho una consagración por parte de Cristo del valor de las nupcias, y por tanto una como proclamación de su carácter sacramental en el cristiano

Con el anuncio evangélico aparece un nuevo ideal: habrá hombres y mujeres que por razón al Reino de los Cielos renunciarán voluntariamente al Matrimonio (Mt 19:11); son la virginidad cristiana y el celibato. Pero eso no supone un desprecio del Matrimonio. En la nueva economía, el cristiano puede seguir dos caminos hasta la Segunda venida del Hijo de Dios: el estado matrimonial y el celibato. En la vida futura el Matrimonio será abolido pues “ni los hombres tomarán mujeres ni las mujeres tomarán marido, sino que serán como los ángeles en el cielo” (Mt 22:29).

El Nuevo Testamento elevó el estado matrimonial; ya no es solamente un pacto o acuerdo entre los contrayentes, donde el esposo debe pagar un precio; el Matrimonio, proclama San Pablo, es un sacramento (Ef 5: 22-23).

San Pablo resuelve también las polémicas suscitadas entre los nuevos cristianos de las comunidades griegas de Corinto. El desconocimiento de la doctrina inclinaba a los nuevos fieles a doctrinas aberrantes: “todo me es lícito”, decían unos (1 Cor 6:9 ss.) desconociendo la santidad del cuerpo y la resurrección, legitimando así la anarquía sexual; “es bueno no tocar mujer”, decían otros, suspendiendo el orden creacional. La doctrina del Apóstol aclara las cuestiones planteadas: puede y debe contraer Matrimonio aquél a quien Dios da ese don, pero de modo absoluto es mejor la virginidad. El que se casa no peca, aunque para dedicarse a las cosas del Señor es mejor estar célibe, pues el que se casa tiene que estar preocupado por las cosas del mundo y cómo agradar a su mujer; en cambio el que se mantiene célibe puede dedicarse con libertad a las cosas del Señor (cfr. 1 Cor 7: 1-11; 1 Tim 4:3 y 5: 8-15).

Mencionemos finalmente otros textos neotestamentarios en los que se hace referencia a cuestiones prácticas o a los deberes matrimoniales y familiares: Heb 13:4; Ef 6: 1-9; Col 3: 18-22; 1 Tes 5: 8-15; 6: 1-2; Tit 2: 1-10; 1 Pe 3: 1-7.

2.- Teología bíblica sobre unidad e indisolubilidad el Matrimonio

Sería equivocada una presentación de la doctrina bíblica del Matrimonio que no tuviera en cuenta el dinamismo de la historia de la salvación y la profundización progresiva del pueblo de Israel en la verdad revelada.

2.1 Los relatos del Génesis

Hay dos relatos en el Génesis sobre la creación del hombre y mujer y sobre la formación de la pareja humana. El ver su contenido y diferencias es fundamental para la debida comprensión de la doctrina y moral del Matrimonio

El relato de Gen 2: 18-25 es el más antiguo de los dos; su contenido fundamental se puede expresar en las siguientes afirmaciones:

  1. soledad del primer hombre: “no es bueno que el hombre esté solo“. A este respecto ya sabemos que en la Iglesia hay dos formas de salir de esa soledad: el Matrimonio y la virginidad;
  2. igualdad fundamental de hombre y mujer: se refiere a la igual dignidad personal de ambos en cuanto a su naturaleza y destino sobrenatural (Gen 2: 22-23);
  3. poderoso y misterioso atractivo entre hombre y mujer: esta reflexión del Gen 2: 21-24 tiene un interés extraordinario para la doctrina matrimonial, sobre todo en la perspectiva de su unidad e indisolubilidad, tal como las interpreta Cristo mismo: “¿no habéis leído que el Creador desde el principio los hizo varón y mujer (en singular) y que les dijo: por esto el hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne?” (Mt 19: 4-5);
  4. unión total e íntima: se trata, en efecto, de una unión más íntima y prevalente que la de padres e hijos, una unión de características fundamentalmente distintas, ya que se trata de una unión que también es de orden físico, corporal, conyugal; sin descuidar la espiritual, psicológica, cultural, moral, personal. Todo esto y más está comprendido, o al menos sugerido, en el término hebreo dabaq: aglutinar, adherirse, unirse íntimamente hombre y mujer. La expresión bíblica una carne, expresión clara y misteriosa al mismo tiempo, parece sugerir en un primer plano la unión conyugal mediante el acto carnal; pero tiene también, como hemos dicho, un sentido más pleno y total: desde el físico hasta el espiritual, y viceversa. La Biblia se mueve en la perspectiva integral, humana y salvífica;
  5. exclusión de la poligamia y del divorcio: es la consecuencia que se desprende obviamente de la afirmación anterior, en la que el texto bíblico ha expuesto el plan divino primitivo: si son una misma carne, estará claro que es ilícito dividir y separar al hombre y su mujer: “lo que Dios unió, el hombre no lo separe” dirá Cristo (Mt 19:6). El Concilio Vaticano II afirma que “esta íntima unión de los esposos, exige plena fidelidad de los esposos entre sí y urge la indisolubilidad del Matrimonio”[1].

El pecado original producirá en un principio una brecha en esta unidad e indisolubilidad, tal como vemos en el capítulo 3 del Génesis; brecha que acabará en ruptura en el siguiente capítulo.

La segunda narración del plan de Dios acerca de hombre y mujer la encontramos en Gen 1: 26-28 y nos presenta las características de la institución matrimonial establecidas por Dios:

  1. hombre y mujer son imagen de Dios (1:26);
  2. el sexo es bueno por ser creación de Dios (1:27);
  3. la fecundidad es fruto de la bendición de Dios (1:28).

Presentando ahora sintéticamente el resultado unitario de los elementos matrimoniales de ambas narraciones bíblicas, diremos que el Matrimonio según el plan de Dios aparece como:

  1. una comunidad de amor entre hombre y mujer (Gen 2);
  2. una institución (Gen 1) que proviene de Dios, con las leyes fundamentales de unidad e indisolubilidad;
  3. orientada hacia la procreación y educación de los hijos.

2.2 Le época de los profetas

La restauración del Matrimonio en la historia de la salvación tendrá en la pedagogía divina dos grandes coordenadas: los hijos y el amor; que son los dos valores fundamentales del Matrimonio.

Siendo el pecado la corrupción del amor verdadero, los profetas querrán poner remedio a este mal fundamental haciendo una verdadera teología del amor. Ellos exaltan y dignifican el amor matrimonial valiéndose del símbolo del amor de Dios a su pueblo elegido. Oseas es el primero en utilizar este simbolismo (Os 1-3). La literatura profética presenta indudablemente las páginas más bellas, luminosas y profundas del Antiguo Testamento, sea por la concepción pura del monoteísmo como por la forma conmovedora de la descripción del amor de Dios a los hombres. En el primer plano de no pocos textos proféticos (Jer 2:2; 3:1-13; Is 54: 4-8; 62:4 y ss.; Ez caps. 16 y 23) aparece la Alianza de Dios con su pueblo, recurriendo siempre como riqueza de imagen al símbolo matrimonial. Esos profetas hablan en primer lugar del amor gratuito de Dios a su pueblo, y de los adulterios con que éste responde al amor de Dios. En los profetas se encuentran enseñanzas espléndidas para la vida y santificación de los esposos. Esta lectura profética obtuvo efectos beneficiosos en el orden doctrinal del Matrimonio, haciéndolo progresar hacia formas más puras y más en conformidad con el plan de Dios.

2.3 Periodo postexílico (desde 538 a.C.)

El periodo postexílico señala una recuperación moral y espiritual muy grandes, siendo muy clara la tendencia a la monogamia, al menos como ideal del Matrimonio El adulterio era severamente castigado con la pena de muerte para ambos cónyuges en la legislación mosaica (Lev 20:10). En cuanto al repudio unilateral a la mujer por parte del varón (practicado por todos los pueblos en torno a Israel) tenía una cláusula limitadamente permisiva en el libro del Deuteronomio (24:1). Las familias judías representadas en el libro de Tobías eran monogámicas (Tob 1: 6,8). Y los libros sapienciales exhortan a los hombres a buscar la alegría matrimonial en la mujer única de la juventud sin pretender otras (Prov 5,18). El Profeta Malaquías se levantó con un mensaje claro contra el libelo de repudio diciendo por parte de Dios: “Yo detesto el libelo de repudio, dice Yahwéh, Dios de Israel” (Mal 2: 14-16).

Al decir que la pedagogía divina del Matrimonio en el Antiguo Testamento fue de una educación progresiva, todavía no hemos dicho lo principal. Jesús dirá que Moisés había permitido el divorcio por la dureza de corazón (Mt 19,8). San Pablo dirá que la antigua economía obedecía a cierta permisión de la paciencia divina (Rom 1-3), como si se tratara de menor edad espiritual de la humanidad hasta llegar a la madurez y plenitud de gracia en Cristo.

2.4 En la época neotestamentaria

Los Evangelios transfieren a Cristo el título de Esposo atribuido por los profetas a Yahwéh en el Antiguo Testamento. La doctrina del Reino de Dios, núcleo de los Evangelios sinópticos, se articula sobre el tema de la alegoría matrimonial: “El Reino de los cielos es semejante,  a un banquete de bodas que el Rey preparó para su Hijo” (Mt 22: 1-14).

Uno de los puntos más significativos del mensaje de Jesucristo es su enseñanza relativa a la indisolubilidad del Matrimonio (Mc 10: 2-12; Lc 16:18; Mt 19; 1 Cor 7). Tanto el Evangelio de San Lucas como el de San Marcos, en los textos citados anteriormente, nos trasmiten la doctrina por la que Cristo define como adulterio el repudio de la mujer y su posterior unión con otra: “quien repudia a su mujer y se casa con otra, comete adulterio; y quien se casa con la repudiada comete también adulterio”.

¿Cuál es el contenido de Mc 10: 2-12, que es la perícopa más importante?:

  • que el libelo de repudio obedecía a una concesión precaria por la dureza de corazón;
  • “que al principio no fue así, sino que varón y mujer los hizo Dios”;
  • que constituyen entre sí una unión más íntima e inseparable que la que se tiene con el padre y la madre: “por eso dejará a su padre y a su madre y serán los dos una sola carne”;
  • Cristo insiste en esta misma unión íntima como argumento de indisolubilidad: “así, pues, ya no son dos sino una sola carne”;
  • que esa unión la realiza el mismo Dios: “lo que Dios unió, el hombre no lo separe”;
  • que el hombre no tiene potestad para separar lo que Dios unió;
  • el versículo 10 nos habla de la sorpresa de los discípulos que una vez en casa, interrogan a Cristo; lo cual demuestra haber comprendido el alcance y la novedad de este mensaje;
  • pero Jesús insiste: “quien repudie a su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra aquélla”;
  • “y si ella repudia a su marido y se casa con otro, comete también adulterio”.

¿Cómo explicar entonces el inciso que aparece en los relatos de San Mateo (19:9 y 5:32) que parecen una excepción a la indisolubilidad del Matrimonio?

 Pero yo os digo que quien repudia a su mujer — excepto el caso de fornicación — la expone al adulterio, y el que se casa con la repudiada, comete adulterio (Mt 5:32).

Y yo digo que quien repudia a su mujer (salvo caso de fornicación) y se casa con otra, adultera” (Mt 19:9).

Sin entrar en el detalle de las mismas, hagamos algunas consideraciones generales: La primera tomada del contexto del propio San Mateo, que es claramente en favor de la indisolubilidad:

“¿No habéis leído que el Creador, desde el principio, los hizo varón y mujer y que dijo: por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y serán los dos una sola carne? De manera que ya no son dos sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios unió, no lo separe el hombre. Dícenle: entonces ¿por qué Moisés permitió dar acta de divorcio y repudiarla? Respondióles Jesús: por vuestra dureza de corazón os permitió repudiar a vuestras mujeres, pero al principio no fue así” (Mt 19:4-8).

Como se ve, este contexto y esta enseñanza de San Mateo no es distinta de la de los otros sinópticos, sino favorable a la indisolubilidad y contraria al divorcio.

A esta primera consideración se añade que los versículos 19:9 y 5:32, que podrían parecer insinuar que hay lugar a excepciones en el tema de indisolubilidad, serían, según exégetas bien conocidos como Bonsirven, Spadafora, Vaccari y Spicq, una interpretación incorrecta del original.[2] Realmente el texto original no diría nisi ob fornicationem (excepto en caso de adulterio),  sino excepto en el caso de concubinato. La palabra griega porneia, que aparece en este versículo, y que corresponde al rabínico zenut (Matrimonio inválido, no verdadero, concubinato) indicaría el caso de la unión en la que no existió vínculo matrimonial.[3]

Expuestas estas enseñanzas del Evangelio sobre el Matrimonio, todavía hemos de recoger dos aspectos más, tomados de San Pablo: el primero se refiere a la consideración del Matrimonio como don y carisma de Dios (cfr. 1 Cor 7: 1-17). Por otro lado, el mismo San Pablo sitúa todo el tema del Matrimonio cristiano en la perspectiva del misterio de la salvación: Gran misterio (sacramento) es éste, pero yo lo digo en relación a Cristo y a la Iglesia” (cfr. Ef 5: 22-32).

Padre Lucas Prados


[1] Vaticano II, Constitución Gaudium et spes, 48.

[2] Cristo afirma la indisolubilidad del matrimonio. El inciso aparentemente exceptivo del versículo 32, que sólo consigna San Mateo, de lo que se deduce que responde a la situación peculiar de la Iglesia mateana, compuesta de cristianos venidos del judaísmo y de la gentilidad, se refiere a matrimonios nulos por haber sido contraídos en grados de parentesco prohibidos por la ley (cfr Lev 18) y que los judíos habían permitido a sus prosélitos. Es el significado de porneia en la literatura rabínica. Cf también Mt 19:9.

[3] Cfr J. Bonsirven, Le divorce dans le Nouveau Testament, París, 1948, 422 ss.

Padre Lucas Prados

Nacido en 1956. Ordenado sacerdote en 1984. Misionero durante bastantes años en las américas. Y ahora de vuelta en mi madre patria donde resido hasta que Dios y mi obispo quieran. Pueden escribirme a lucasprados@adelantelafe.com

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