Las horas previas a la primera Misa de las jornadas de retiro espiritual para los diáconos que iban a ordenarse en los próximos días fueron de máxima tensión para el diácono Juan Pedro. Pero no por la emoción de la próxima ordenación sacerdotal, sino porque el diácono se iba a encontrar en un dilema no presentado hasta el momento: tendría que ir a comulgar puesto en la fila como lo hacían los fieles en su parroquia cuando él les daba la Sagrada Comunión.

¿Y qué suponía esto? Pues que quería recibir al Señor, al Rey de Reyes, con toda la reverencia interna y externa, es decir de rodillas y en la boca, y él sabía que todos sus compañeros comulgarían de pie y la mayoría en la mano; y además quien daba los ejercicios era el Sr. Obispo, partidario de la Comunión de pie y en la mano.

¿Qué debía hacer Juan Pedro? ¿No distinguirse de los demás? ¿Dar gusto a su Obispo? ¿Iba a escandalizar si se diferenciaba de todos? Pero el diácono no podía ni pensar en comulgar de pie, aunque fuera en la boca. ¿Qué hacer, dar gusto a los demás, incluido el Sr. Obispo, o dar gloria a Dios aun a costa de murmuraciones o críticas posteriores?

Cuando llegó el momento de la Sagrada Comunión, se colocó al final de la fila y durante los segundos que tardó hasta estar frente al Sr. Obispo no hizo más que pedir al Señor y a su Santísima Madre que no le faltara el valor de arrodillarse. En el momento que el Sr. Obispo levanto la Sagrada Forma y dijo: El Cuerpo de Cristo, el diácono cayó desplomado al suelo con ambas rodillas con una fuerza y determinación tal que sorprendieron al Obispo que le acercó la Sagrada Comunión antes de que se arrodillara.

Desde aquel día Juan Pedro siguió comulgando de rodillas todos los días que duró el retiro espiritual. Absolutamente nadie le hizo el más leve comentario. Sí observó, por el contrario, que le trataban sus compañeros con un respeto desconocido hasta ese momento por él.

No tardó mucho el Sr. Obispo en llamar al nuevo sacerdote a su presencia, recriminándole que no se comportara como los demás sacerdotes, llevando sotana y no vistiendo como los demás, oficiando la Santa Misa usando el latín y no totalmente en español como los demás, etc.

El P. Juan Pedro nunca fue párroco. Toda su vida pastoral la pasó entre Residencias de ancianos y Hospitales. Hoy goza de una merecida jubilación en un pueblecito de la provincia de Tarragona, primorosamente cuidado por sus familiares.

El Señor premió su valentía fortaleciéndole en su interior de forma tal que no conoció el temor al “qué dirán”, nunca se dejó llevar por “la masa silenciosa”, no compartió nunca la falsa máxima de “haz lo que hacen los demás”. Nunca le importó distinguirse si lo que hacía era para la gloria de Dios. Jamás sintió el temor en su interior ni se dobló ante las amenazas.

El diácono Juan Pedro sabía que si se acobardaba y no hacía lo que de verdad sentía que debía hacer, la sombra de su cobardía le acompañaría el resto de su vida sacerdotal.

El Padre fue vocación tardía, se ordenó en pleno tiempo “duro” del postconcilio. Cuando le visito una vez al año, durante el verano, me cuenta siempre su historia personal y me da el mismo consejo: P. Juan Manuel la cizaña ha entrado en la Iglesia, ya no podemos ni fiarnos de nuestros pastores, y hemos de discernir si lo que dicen está de acuerdo con la fe de la Iglesia. Muchos gobiernan con criterios mundanos y no divinos. Sea fiel a la fe recibida y nunca deje de dar gloria a Dios a pesar del qué dirán, y por favor, Padre, nunca haga caso de esa maligna consigna de “hacer lo que todos hacen”.

Después de esta experiencia personal, me dirijo a ti, querida amiga, me gustaría decirte que si te gusta llevar el velo, o quieres arrodillarte, y por temor a las murmuraciones o a crear escándalo -¡crear escándalo! ¡Por Dios!- no haces ni una cosa no otra; y, también, me dirijo a ti, querido amigo, si quisieras comulgar de rodillas pero no lo haces por el mismo motivo, ¿sabéis que de igual forma cuando tengáis que defender la fe no lo haréis por no molestar o escandalizar? ¿No os dais cuenta que os convertís en católicos tibios? La tibieza es retroceder en la fe. ¿Qué espera el Señor de vosotros? Haceros esta pregunta.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa