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Meditación pascual

                SI INIQUITATES OBSERVAVERIS, DOMINE: DOMINE, QUIS SUSTINEBIT? Sal. 129, 3

Mors et vita duello

conflixere mirando.

El año pasado, mediante una decisión tan incomprensible como desafortunada, y por primera vez en la era cristiana, la jerarquía católica limitó la celebración pascual ateniéndose al discurso dominante de la pandemia. Muchos fieles, obligados a someterse a un confinamiento que demostró ser inútil y contraproducente, pudieron participar espiritualmente en el Santo Sacrificio asistiendo a las ceremonias litúrgicas en línea. Ha pasado un año y todo sigue igual que entonces, y ahora nos repiten constantemente que debemos prepararnos para más confinamiento para que la población se pueda someter a un suero génico experimental impuesto por el lobby farmacéutico, y ello a pesar de que se desconocen los efectos secundarios a largo plazo. En numerosos países comienza a prohibirse su utilización en vista de fallecimientos a consecuencia de la vacunación. Pero a pesar de la machacante campaña de terror por parte de los medios, los tratamientos están demostrando ser eficaces y capaces de reducir drásticamente las hospitalizaciones y, en consecuencia, el número de defunciones.

Los católicos estamos llamados a entender la medida en que, desde hace más de un año, la humanidad entera ha sido obligada a sufrir en nombre de una emergencia que, con los datos oficiales a la vista, ha causado un número de bajas similar al de años anteriores. Estamos llamados a comprender antes que a creer; porque si el Señor nos ha dotado de inteligencia, lo ha hecho para que hagamos uso de ella a fin de reconocer y juzgar la realidad que nos rodea. En el acto de fe el bautizado no renuncia a su racionalidad en un fideísmo acrítico, sino que acepta lo que le revela el Señor inclinándose ante la autoridad de Dios, que no nos engaña y es la Verdad misma.

Nuestra capacidad para penetrar (intus legere) lo que sucede nos protege, a la luz de la Gracia, para que no caigamos en esa especie de irracionalidad imprudente que manifiestan quienes hasta ayer ensalzaban la ciencia como necesario antídoto a la superstición religiosa y hoy enaltecen a los autoproclamados expertos como nuevos sacerdotes de la pandemia, renegando de los más elementales principios de la medicina. Y si para el cristiano una epidemia es una saludable llamada a la conversión y a la penitencia por los pecados de las personas y de las naciones, para los seguidores de la religión sanitaria un síndrome gripal que tiene cura es el grito de la Madre Tierra violada por la humanidad; madrastra naturaleza a la que muchos recurren con las palabras de Leopardi: «¿Por qué no das lo que prometiste? ¿Hasta ese punto engañas a tus hijos?» Observamos que la crueldad tribal, aquella primitiva fuerza que como un virus planetario pretende exterminarnos, no reside en la naturaleza, de la cual el Creador es admirable artífice, sino en una élite sometida a la ideología mundialista, que por un lado quiere imponer la tiranía del Nuevo Orden Mundial, y por otro, con miras a mantenerse en el poder, remunera generosamente a cuantos se ponen a su servicio. Los rebeldes, los que resisten, son por el contrario desprovistos en sus posesiones, privados de libertad y obligados a someterse a pruebas de dudosa credibilidad e ineficaces vacunas en nombre de un bien superior que deben aceptar sin la menor posibilidad de disentimiento o crítica.

Hace unos días una señora, creyendo dar la impresión de tener sentido común, afirmó que era necesario someterse a normas como el uso de mascarilla y el distanciamiento social, no sólo por su eficacia, sino también para apoyar a las autoridades para que suavicen las medidas hasta ahora adoptadas: «Si nos ponemos el tapabocas y nos vacunamos, tal vez nos dejen volver a vivir», comentaba. Un anciano repuso a esta afirmación que en la Alemania de los años treinta algún judío podría haber pensado que si se cosía en la chaqueta una estrella de David aplacaría los delirios de Hitler, evitando así mayores abusos y librándose de la deportación. La señora quedó impactada por esta serena observación al darse cuenta de la inquietante semejanza entre la dictadura nazi y la locura de la pandemia que estamos viviendo; entre la forma en que tanto entonces como ahora se ha podido imponer una tiranía a millones de ciudadanos coaccionándolos con el miedo. Los alemanes se dejaron convencer, obedecieron y no reaccionaron a la vulneración de los derechos de súbditos alemanes cuyo único delito era ser judíos, y ellos mismos delataban a las autoridades civiles a quienes cometían aquel supuesto delito. Me pregunto: ¿qué diferencia hay entre denunciar a un vecino que esconde a una familia judía, y delatar entusiásticamente a las autoridades civiles a quienes incumplen las normas y recibe a unos amigos en casa incumpliendo una disposición inconstitucional que coarta las libertades de los ciudadanos? ¿Acaso en ambos casos los delatores no cumplen la ley y observan las normas, en tanto que esas normas conculcan los derechos de una parte de la población, criminalizándola, ayer por motivos raciales y hoy por motivos de salud? ¿Es que no hemos aprendido nada de los horrores del pasado?

La voz de la Iglesia invoca a  Su Divina Majestad diciéndole: «Flagella tuae iracundiae, quae pro peccatis nostris meremur» [aparta tu ira, que merecemos por nuestros pecados]. Estos flagelos divinos se han manifestado a lo largo de la historia en forma de guerras, epidemias y hambrunas; hoy en día se manifiestan mediante la tiranía del mundialismo, que es capaz de causar más víctimas que una contienda mundial y de destruir la economía de las naciones con más intensidad que un terremoto. Hay que entender que si el Señor permite que se salgan con la suya los creadores de la emergencia covidiana, ello redundará sin duda en mayor bien para nosotros. Porque lo poco que quedaba en la sociedad actual que hubiera sido inspirado por la civilización cristiana y hasta ayer se consideraba normal y se daba por sentado, actualmente está prohibido: hacer uso de nuestras libertades fundamentales, ir a la iglesia a rezar, salir con nuestras amistades, cenar con familiares, poder abrir una tienda o un restaurante para ganarse honradamente la vida, ir a clase o viajar.

Si esta pseudopandemia es un castigo divino, no es difícil entender por qué pecados nos castiga el Cielo: delitos, aborto, homicidios, divorcio, perversiones, vicio, robos, engaños, traiciones, profanaciones, crueldad. Los pecados de los enemigos Dios y los pecados de sus amigos. Pecados de laicos y pecados del clero, de los humildes y de los dirigentes, de los gobernados y de los gobernantes, de jóvenes y mayores, de hombres y mujeres.

Se equivocan los que creen que esta conculcación de nuestros derechos naturales carece de significado sobrenatural y que no tiene importancia la parte que nos toca de responsabilidad por hacernos cómplices de lo que pasa. Jesucristo es Señor de la Historia, y los que quieren desterrar al Príncipe de la Paz del mundo que Él creó y redimió con su preciosísima Sangre no quieren aceptar la derrota inevitable de Satanás, perdedor por la eternidad. Así pues, en un delirio que tiene todas las características de la soberbia, sus siervos actúan como si la victoria del mal fuera ya inevitable, cuando en realidad es inevitablemente efímera y momentánea. El justo castigo que aguarda nos hará recordar al pueblo de Israel después de atravesar el Mar Rojo, pues el Faraón no habría podido hacer nada si Dios no se lo hubiera permitido.

La Pascua cristiana, la verdadera Pascua de la que apenas fue una figura la del Antiguo Testamento, se cumplió en el Gólgota, en el bendito madero de la Cruz. Jesucristo es perfecto Altar, Sacerdote y Víctima de dicho sacrificio. El Cordero de Dios, señalado por el Precursor en las orillas del Jordán, asumió sobre Sí todos los pecados del mundo a fin de ofrecerse al Padre como víctima humana y divina, restableciendo con su Sangre el orden que había transgredido nuestro primer padre Adán. Allí, en el Calvario, fue donde tuvo lugar el Gran Reinicio, gracias al cual la deuda inextinguible de los hijos de Adán fue borrada por los infinitos méritos de la Pasión del Redentor, que nos rescató de la servidumbre del pecado y la muerte.

Sin arrepentimiento de los pecados, sin propósito de enmienda y de conformarnos a la voluntad de Dios, no podemos esperar que desaparezcan las consecuencias de nuestros pecados, que ofenden a la Divina Majestad y sólo pueden ser aplacados por la penitencia. Nuestro Señor nos enseñó el  camino real  de la Cruz: «Cristo padeció por vosotros dejándoos ejemplo para que sigáis sus pasos» (1 Pe. 2,21). Tomemos cada uno nuestra cruz, negándonos a nosotros mismos y siguiendo al Divino Maestro. Acerquémonos a la Santa Pascua conscientes de que en todo momento estamos bajo la mirada del Señor: «Erais como ovejas descarriadas; mas ahora os habéis vuelto al Pastor y Obispo de vuestras almas» (1 Pe. 2,25). Recordemos asimismo que en el Día de la Ira todos lo tendremos ciertamente como juez, pero gracias al Bautismo hemos adquirido el derecho de reconocerlo como hermano y amigo.

Pedimos al Juez Supremo, con palabras tomadas de las Escrituras: «Discerne causam meam de gente non sancta, ab homine iniquo et doloso erue me» [defiende mi causa contra la gente malvada; del hombre perverso y engañoso líbrame]. Al Padre misericordioso que por su divino Hijo nos ha hecho herederos de gloria eterna dirigimos humildemente las palabras de David: «Amplius lava me ab iniquitate mea, et a

peccato meo munda me» [lávame cada vez más de mi iniquidad y límpiame de mi pecado]. Y al Espíritu Paráclito, rogamos: «Da virtutis meritum, da salutis exitum, da perenne gaudium» [recompensa la virtud, concédenos la libertad de la salvación y danos dicha eterna].

Si de verdad queremos que esta supuesta pandemia se venga abajo como un castillo de naipes –como ha sucedido siempre con plagas mucho mayores–, no nos olvidemos de reconocer a Dios y nada más que a Dios, cuya señoría universal usurpamos cada vez que pecamos, cuando nos negamos a obedecer su Santa Ley haciéndonos con ello esclavos de Satanás. Si deseamos la paz de Cristo, es Cristo quien debe reinar y es a su Reino al que debemos aspirar, empezando por nosotros mismos, nuestra familia, nuestras amistades y conocidos y de nuestra parroquia. Advenita regnum tuum. Y si por el contrario permitimos que se implanten la odiosa tiranía del pecado y la rebelión contra Cristo, la locura del covid no será sino el comienzo de la llegada del infierno a la Tierra.

Preparémonos, pues, para la Confesión y la Comunión pascual con espíritu de reparación y expiación por nuestros pecados, por los de nuestros hermanos, por los del clero y por los de quienes nos gobiernan. El verdadero renacimiento al que todos debemos aspirar debe ser la vida de la Gracia, de la amistad con Dios y la perseverancia en el trato con su santísima Madre y con los santos. Eso de que nada volverá a ser como antes habrá de ser lo que digamos al salir del confesonario resueltos a no pecar más, ofreciendo nuestro corazón al Rey de la Eucaristía como un trono en el que le plazca habitar, y consagrándole toda obra, pensamiento y hasta cada bocanada de aire que respiremos.

Sean éstos nuestros deseos para la inminente Pascua de Resurrección, bajo la amable mirada de Nuestra Reina y Señora, Corredentora y Mediadora de todas las gracias.

+Arzobispo Carlo Maria Viganò

(Traducido por Bruno de la Inmaculada)

Mons. Carlo Maria Viganò
Monseñor Carlo Maria Viganò nació en Varese (Italia) el 16 de enero de 1941. Se ordenó sacerdote el 24 de marzo de 1968 en la diócesis de Pavía. Es doctor utroque iure. Desempeñó servicios en el Cuerpo Diplomático de la Santa Sede como agregado en Irak y Kwait en 1973. Después fue destinado a la Nunciatura Apostólica en el Reino Unido. Entre 1978 y 1989 trabajó en la Secretaría de Estado, y fue nombrado enviado especial con funciones de observador permanente ante el Consejo de Europa en Estrasburgo. Consagrado obispo titular de Ulpiana por Juan Pablo II el de abril de 1992, fue nombrado pro nuncio apostólico en Nigeria, y en 1998 delegado para la representación pontificia en la Secretaría de Estado. De 2009 a 2011 ejerció como secretario general del Gobernador del  Estado de la Ciudad del Vaticano, hasta que en 2011 Benedicto XVI lo nombró nuncio apostólico para los Estados Unidos de América. Se jubiló en mayo de 2016 al haber alcanzado el límite de edad.

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