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Mensaje de S. E. monseñor Carlo Maria Viganò convocando una cruzada mundial del Rosario

6 de enero de 2022

Memorare, piissima Virgo Maria,

a sæculo non esse auditum

quemquam ad tua currentem præsidia,

tua implorantem auxilia,

tua petentem suffragia

esse derelictum.

San Bernardo

Al cabo de dos años de mentiras y engaños, la humanidad sometida por la oligarquía mundialista asiste a los últimos coletazos del leviatán. Y mientras en muchos lugares va aflorando la verdad, revelando el fraude y la traición de muchos, da la impresión de que éstos quieren desencadenarlos más cada vez imponiendo leyes cada vez más absurdas para someter a esclavitud en nombre de una emergencia sanitaria que tiene por objeto legitimar las restricciones a las libertades fundamentales, la segregación de quien no cede al chantaje y la criminalización de los disidentes.

Nos hemos dado cuenta de la dimensión espiritual de estaba batalla, en la que un virus creado en laboratorio haría posible la instauración del Gran Reinicio que el Nuevo Orden Mundial tenía proyectado desde hace tiempo hasta en sus más mínimos detalles con miras a borrar todo rastro de nuestra identidad cristiana, y junto con ella todo lo que queda de la civilización y de la cultura que la religión ha inspirado en la sociedad.

Hemos entendido también que en la pérfida dejación de funciones por parte de las autoridades no sólo participan quienes rigen el destino de las naciones, sino también la jerarquía católica, con vistas a transformar a la Iglesia de Cristo en sierva de la ideología mundialista. Hemos presenciado consternados como el estado profundo y la iglesia profunda se alían contra Dios y contra el hombre a fin de instaurar en la Tierra el reinado del Anticristo.

Así como la Virgen quiso mostrarles a los pastorcillos de Fátima las penas del Infierno y las almas condenadas, también a nosotros se nos ha mostrado el modelo de sociedad infernal que la élite mundialista quiere instaurar en el mundo: una sociedad sin Dios, sin verdad, sin Bien, en la que reinan la muerte, el odio, la impiedad, el vicio y el pecado, y en la que la criatura se rebela contra el Creador.

Para librar una batalla espiritual hacen falta armas espirituales. Lo han entendido bien millares de católicos, hombres sobre todo, que en varios lugares del mundo han empezado a rezar públicamente el Rosario por la liberación de su patria. Tan loable y valerosa iniciativa es el comienzo de un contraataque cristiano y un resurgir de la Fe, además de un acto solemne de veneración a la Madre de Dios.

Las fuerzas humanas son incapaces por sí solas de hacer frente al peligro que nos acecha. Por eso, es preciso que entendamos lo importante e insustituible que es recurrir a la oración y la ayuda de Dios con el arma invencible que nos ha dado la bienaventurada Virgen María para combatir al enemigo del género humano.

Convoco una cruzada mundial del Rosario a fin de obtener mediante la poderosa intercesión de la Virgen Santísima la intervención y el triunfo de Dios sobre las fuerzas del mal desencadenadas. Uno la mía a la súplica de todos vosotros en el rezo de los tres tercios del Rosario.

Álcese confiado y firme en todas las naciones y ciudades del mundo el clamor de nuestra plegaria. Como hijos atribulados, nos arrojamos a los pies de nuestra Madre invocándola con la certeza de que nos dará oídos. Hagamos nuestras las palabras de San Bernardo: «Acordaos, oh piadosísima Virgen María, que jamás se ha oído decir que ninguno de los que han acudido a tu protección, implorando tu asistencia y reclamando tu socorro haya sido abandonado de ti».

Postrémonos de rodillas a rezar en nuestra casa, en los templos, en las calles y plazas de nuestras ciudades. Reconociendo que todos necesitamos la ayuda de la Virgen y del Santo Rosario, honremos el orden divino ante el caos infernal cifrando nuestra esperanza en Aquella que nos fue dada como Madre al pie de la Cruz, y que como Madre nos ama y socorre, como ha hecho siempre a lo largo de la historia.

Que en esta cruzada nos acompañen hasta los más pequeños, cuya inocencia conmueve al Cielo. Y que se nos unan espiritualmente los ancianos y los enfermos, ofreciendo sus padecimientos asociados a la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo. El Demonio siente pavor ante la oración de los niños y la penitencia de los que sufren, porque en la pureza y el sacrificio ve la imagen de Cristo, que lo ha derrotado.

Resuene en todo lugar nuestra sentida oración. Imploremos a la Mediadora de todas las gracias que ponga fin a esta destrucción de nuestro mundo, nuestra libertad, nuestra identidad y nuestros afectos. Pidámosle que nos abra los ojos para que no nos dejemos arrastrar al abismo de la desesperación, el odio y los conflictos sociales por quienes siembran división para atacar los cuerpos y las almas. Supliquemos a nuestra Madre que ilumine la mente vacilante de los padres, ignorantes del suero genético que inoculan a sus retoños; que motive a los médicos a sanar a sus pacientes en vez de seguir cínicos procedimientos ineficaces; que estimule a los gobernantes, los jueces y las fuerzas del orden a trabajar en pro del bien común y no obedecer a dictadores inmorales. Roguémosle que convierta a los pastores a los que el Señor ha confiado su grey y a los que pedirá cuentas de toda alma. Para que todo esto sea posible, imploremos el perdón de nuestros pecados y de los pecados públicos de las naciones, porque sólo con el arrepentimiento y el propósito de enmienda para no ofender más a su divino Hijo podemos contar con que nos escuche.

Animado con esta confianza, a ti también acudo, oh Madre, Virgen de las vírgenes, y aunque gimiendo bajo el peso de mis pecados, me atrevo a comparecer ante tu presencia soberana. No deseches mis humildes súplicas, oh Madre del Verbo divino, antes bien, escúchalas y acógelas benignamente. [1]

+Carlo Maria Viganò, arzobispo

6 de enero de 2022

In Epiphania Domini

***

[1] Memorare, o piissima Virgo Maria, a saeculo non esse auditum quemquam ad tua currentem praesidia, tua implorantem auxilia, tua petentem suffragia esse derelictum. Ego, tali animatus confidentia, ad te, Virgo virginum, Mater, curro; ad te venio, coram te, gemens peccator, adsisto. Noli, Mater Verbi, verba mea despicere, sed audi propitia, et exaudi. Amen.

Animado con esta confianza, a ti también acudo, oh Madre, Virgen de las vírgenes, y aunque gimiendo bajo el peso de mis pecados, me atrevo a comparecer ante tu presencia soberana. No deseches mis humildes súplicas, oh Madre del Verbo divino, antes bien, escúchalas y acógelas benignamente. 

(Traducido por Bruno de la Inmaculada)

Mons. Carlo Maria Viganò
Monseñor Carlo Maria Viganò nació en Varese (Italia) el 16 de enero de 1941. Se ordenó sacerdote el 24 de marzo de 1968 en la diócesis de Pavía. Es doctor utroque iure. Desempeñó servicios en el Cuerpo Diplomático de la Santa Sede como agregado en Irak y Kwait en 1973. Después fue destinado a la Nunciatura Apostólica en el Reino Unido. Entre 1978 y 1989 trabajó en la Secretaría de Estado, y fue nombrado enviado especial con funciones de observador permanente ante el Consejo de Europa en Estrasburgo. Consagrado obispo titular de Ulpiana por Juan Pablo II el de abril de 1992, fue nombrado pro nuncio apostólico en Nigeria, y en 1998 delegado para la representación pontificia en la Secretaría de Estado. De 2009 a 2011 ejerció como secretario general del Gobernador del  Estado de la Ciudad del Vaticano, hasta que en 2011 Benedicto XVI lo nombró nuncio apostólico para los Estados Unidos de América. Se jubiló en mayo de 2016 al haber alcanzado el límite de edad.

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