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México, tierra de Mártires: San Pedro de Jesús Maldonado, Mártir de la Eucaristía

El P. Pedro de Jesús Maldonado Lucero, Mártir con la Eucaristía

El P. Pedro de Jesús Maldonado Lucero muere como consecuencia de las torturas y de los golpes sufridos el 11 de febrero de 1937 a los 44 años de edad y 19 de sacerdocio. Había entrado en el seminario a los 17 años, pero tras la clausura gubernamental de los seminarios tuvo que regresar a su casa. Estudiaba clandestinamente y atendía a los heridos y moribundos de la guerra civil mexicana. Tuvo que ir a El Paso (Texas) para recibir la ordenación sacerdotal y volvió a su tierra para ejercer clandestinamente el ministerio bajo la persecución.

En 1929 el Episcopado Mexicano llegó a un arreglo transitorio con el sucesor del encarnecido perseguidor Calles, el presidente Portes Gil, pero en 1931 estalló de nuevo una nueva racha de persecución, que en algunos estados mexicanos, entre ellos el norteño de Chihuahua, fue incluso más dura que la etapa anterior. El pretexto fue cumplir la Constitución y las ordenanzas del nuevo presidente socialista Abelardo Rodríguez. De nuevo se persiguió y desterró a los sacerdotes, se cerraron las iglesias abiertas, se obligó a los maestros a firmar declaraciones y adhesiones impías, se prohibieron todas las manifestaciones religiosas o en defensa de la libertad religiosa.

El P. Pedro se dedicó durante este periodo a cimentar la fe en los fieles, el amor al Papa y la obediencia a los obispos. Lo detuvieron por ello el 14 de marzo de 1932. Lo pasearon por descampados durante la noche, torturándole y simulando varias veces que lo iban a fusilar. “Háganlo cuando quieran, que estoy preparado”, repetía el sacerdote, como relatará un testigo de su proceso. Luego lo llevaron a la frontera con los Estados Unidos obligándole a pasarla. Pero el pastor no podía estar lejos de su rebaño en peligro. Su obispo, también en el exilio, le permitió volver a su parroquia. Vivía clandestinamente en los ranchos visitando las familias y celebrando los sacramentos, corriendo mil peligros y aventuras, como cuando el Viernes Santo de 1936 lo llamaron para dar los sacramentos a unos enfermos en un rancho lejano. Al volver al rancho donde se escondía, le tendieron una emboscada, recibiéndolo a balazos, pero salió ileso.

Lo detuvieron el miércoles de ceniza, 10 de febrero de 1937, mientras estaba confesando en un rancho donde había establecido su residencia y se preparaba para celebrar la Eucaristía. Aunque había logrado esconderse, se entregó a los soldados porque estos amenazaron quemar la casa con sus habitantes. Logró recoger la Eucaristía que conservaba en un cuarto convertido en capilla. Lo ataron y lo obligaron a caminar descalzo por delante de los caballos de los soldados. Los cristianos que se habían concentrado en aquel rancho para asistir a la misa lo seguían detrás. El sacerdote rezaba el rosario en voz alta y los cristianos le respondían a pesar de las mofas de los soldados. Parecía una versión moderna del Viernes Santo camino del Calvario. En el camino una mujer, llena de compasión le ofreció algo de comer.

Lo llevaron a la casa de la presidencia municipal, al piso superior, donde lo apalearon. El jefe de los políticos de la región, un cierto Andrés Rivera, le golpeó la cabeza con la culata de su pistola quebrándole el cráneo y haciéndole saltar el ojo izquierdo. Entonces el sacerdote cayó al suelo y de su pecho saltó la caja con las Formas consagradas que allí había escondido. El alcalde, que era uno de los verdugos, recogió las Sagradas Formas y se las metió en la boca gritándole: “¡Cómete eso!” Aquella comunión-viático era la gracia que el P. Pedro había pedido tantas veces a su Señor Eucarístico de poder recibir el Santo Viático en la hora de su muerte. ¡Dios se sirvió de su mismo verdugo para ello! De la Eucaristía había sacado siempre la fuerza para vivir por Cristo y ahora la sacaba para morir por Él.

Los esbirros siguieron golpeando al sacerdote a puntapiés y con las culatas de los fusiles. Le arrastraron por la escalera hasta la planta baja y lo dejaron allí tendido en estado de coma, bañado en su sangre. Unas piadosas mujeres consiguieron una orden del gobernador del estado para que fuese trasladado en un coche de la policía a la capital del estado. Fue llevado al Hospital Central. “Lo encontré en un estado lastimoso e incognoscible a causa de las heridas y golpes que tenía”, cuenta un sacerdote enviado por el obispo al hospital al enterarse de lo sucedido. “Estaba inconsciente y casi agónico. Tenía el cráneo materialmente levantado, la cara golpeada, los dientes quebrados, las manos arañadas, una pierna quebrada…”

El obispo, Mons. Antonio Guízar y Valencia, se llenó de fuerza y fue a verlo. “¿Me conoces, Pedro?”, le dijo al verlo. El sacerdote le apretó la mano, dando a entender que aún lo conocía. En la otra mano todavía llevaba apretada la caja vacía de las Formas consagradas. No la soltó hasta que expiró pocos momentos después en los brazos de su obispo. “Tenemos un nuevo Mártir”, exclamó el prelado, y ordenó que se recogiesen las sábanas y ropas empapadas con la sangre del Mártir. Eran las seis de la mañana del 11 de febrero, fiesta de la Virgen de Lourdes y aniversario de su primera misa. Su cuerpo fue llevado a casa del obispo, donde centenares de cristianos pasaron ante el cadáver del Mártir. El obispo, sacerdotes y fieles, sin miedo ya a nadie, lo llevaron en triunfo hasta su sepultura.

Nació en Chihuahua el 15 de junio de 1892; educado en el seminario de aquella diócesis, tuvo que abandonarlo cuando la Revolución lo clausuró en 1914. Fue ordenado sacerdote en el Paso (Texas, E. U. A.) en 1918 y toda su vida estuvo dedicada al trabajo pastoral en varias parroquias, siempre bajo los peligros de la persecución.

Extracto del Libro “México, tierra de Mártires”, del P. Fidel González F.




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