Heme aquí, ¡oh Padre celestial!, que renovando la muerte de tu Unigénito Hijo, nuestro Señor Jesucristo, te ofrezco esta hostia, que Él mismo te ofreció en otro tiempo por mi salvación y por la de todo el mundo. Ve que yo llevo al altar de tu Majestad la oblación viva, que Tú con grandísima misericordia llevaste a inmolar por nosotros al ara de la cruz. Por lo tanto, acuérdate de aquel sacrosanto sudor que, como gotas de sangre, caía hasta el suelo. Mira aquella carne virginal flagelada cruelmente con os azotes, herida con bofetadas, entumecida por los cardenales, afeada con esputos, enrojecida con sangre, traspasada con espinas, fijada con clavos, abierta con la lanza. Aquella piedad, pues, que atrajo y venció a tu Hijo, para que en la balanza de la cruz salvara los pecados del mundo, esa misma piedad te obligue, ¡oh Padre!, a compadecerte de nosotros mismos. Mira, te ruego, no a nuestros pecados, sino al rostros de tu Cristo, pues postrados presentamos nuestros ruegos ante tu acatamiento, no por méritos que halla en nosotros, sino por tus muchas misericordias. (San Buenaventura. Tratado de preparación para la Santa Misa. B.A.C Tomo II.  1968. Pág. 701-702).

Mi alma de sacerdote no se ve aún perturbada por la mirada de Dios, porque en mi falta de fe y amor no soy consciente de esa mirada cada vez que me encuentro ante el altar del Santo Sacrificio. Cada vez que situado ante el altar da comienzo la Santa Misa.

La mirada de Dios Padre es atentísima a todo lo que voy a decir o hacer. Cada gesto, cada movimiento, incluido el de mis pestañas, mis propios pensamientos, todo, absolutamente todo,  cae bajo la atenta mirada del Todopoderoso.

Es el Cordero Divino, su Santísimo Hijo, a quien voy a ofrecer en Santo Sacrificio; y por esta  razón sólo el Espíritu Santo puede dirigir todo mi ser para que todo en el altar sea santísimo, de tal forma que desapareciendo mi persona, sea el Sumo y Eterno Sacerdote quien ofrece el Santo Sacrificio de Sí mismo, Sacrificio expiatorio, propiciatorio, de alabanza y de acción de gracias al Padre Eterno.

Si fuera consciente de la atentísima mirada de Dios Padre y de toda la Corte Celestial en esos momentos, y de la Santísima Virgen María, avivaría mucho más mi santo temor de Dios, acrecentaría mucho más en mi la inmensa responsabilidad que recae sobre mi sacerdocio; suspiraría con mayor viveza por la pureza de mi vida e intenciones, por un desprendimiento y pobreza más efectivos; por una fidelidad a la tradición de la Iglesia y a sus enseñanzas con más radicalidad y fortaleza. En definitiva, más fe y amor.

Dios Padre Todopoderoso traspasa mi ser sacerdotal con su atenta mirada cada vez que me presento revestido con mis ornamentos sacerdotales para ofrecer mi Santa Misa, la Santa Misa de nuestro Señor Jesucristo, para hacer presente el Calvario.

He olvidado el Calvario, por eso no vivo crucificado con Cristo, por eso me olvido de la atentísima mirada del Padre Eterno. Porque Él me mira a través  de la Santa Cruz redentora de su Santísimo Hijo. Al olvidarme del Calvario en mi ministerio sacerdotal me olvido del Espíritu Santo no dejándole que actúe en mí y me transforme en un verdadero sacerdote de Dios.

No puedo olvidar que mis pasos hacia el altar son los pasos de nuestro Señor Jesucristo hacia el Calvario, cargando la pesada Cruz  con el peso de mis pecados. Al olvidarme, me olvido de la atenta mirada de Dios Padre. El Cielo entero pendiente de mis labios, de mis manos, de lo que voy a decir y hacer.

¿Qué sentirá el Padre Eterno cuando oiga que no digo lo que he decir, cuando vea que no hago lo que he de hacer? ¿Qué pensará el mismo Creador de Cielo y tierra que ve que su sacerdote toma el protagonismo del Santo Sacrificio, relegando a Su Santo Hijo? ¡Cuánto dolor para el Padre, para el Hijo y para el Espíritu Santo!

En mi ignorancia culpable no soy consciente de la atenta espera del Cielo a que se inicie el gran momento en que se van a aplicar los infinitos méritos de la Sagrada Pasión de Jesucristo. Cuántas gracias no son recibidas por quienes las necesitan porque no soy consciente de la atenta mirada de Dios Padre Todopoderoso.

Cada día la grandeza del misterio de la Santa Misa aumenta más, su profundidad se ahonda más, su incomprensibilidad se agudiza más, su belleza deslumbra más, sus beneficios de multiplican más, el Amor de la Santísima Trinidad se desborda más.

Gracias al Padre Eterno Creador, al Cordero Divino Redentor y al Santo Espíritu de entrambos que me permiten vivir, día a día, el inmenso don del sacerdocio en la Santa Misa tradicional, el Santo Sacrificio que no cesa, que está presente constantemente derramando gracias para toda la humanidad. Que me ha enseñado que la mirada del Cielo, de Dios Todopoderoso, escudriña atentamente todo mi ser y que tras cada Santa Misa se ha emitido un juicio del que tendré que responder en el Juicio Final. ¡Qué grandiosa verdad  y realidad que se me ha revelado en la Santa Misa tradicional!

Ave María.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa