Aquella alma recibía una especialísima gracia de Dios cada vez que tomaba la Sagrada Comunión. Cuando Nuestro Señor le daba su Bendito Cuerpo, a través de las manos consagradas del sacerdote, notaba como su lengua permanecía inmóvil, y la Sagrada Hostia permanecía dentro de su boca “flotando”, sin contacto alguno con el velo del paladar; y así permanecía en espera de la Preciosísima Sangre. Y entonces Cuerpo y Sangre unidos se fundían en el Cristo único. Esta alma experimentaba, entonces, que su boca era un verdadero sagrario que custodiaba el Bendito Cuerpo de Nuestro Señor. Esa boca que poco antes había pronunciado su fe en la presencia real del Cuerpo de Cristo, ahora lo custodiaba como un verdadero sagrario.

Ese sagrario es la antesala del gran sagrario que es el alma y el cuerpo, que quedan santificados y glorificados cuando es recibido el Señor en estado de gracia. Nuestra boca debe ser purificada de la maledicencia, de la mentira, de la murmuración. El alma ha de quedar santificada para mirar con pureza y no con deseo, para desear con desprendimiento y no con aprovechamiento propio, para compartir y no para acumular. El cuerpo ha de quedar como “transfigurado”, despreciando la vanidad, la presunción, valorando y apreciando la modestia y el recato, la discreción y sencillez en el porte exterior.

Qué sublime momento aquel en que la Santísima Virgen Dolorosa tuvo entre sus benditos brazos el Santísimo Cuerpo de su Hijo, descendido del madero de la cruz. Qué sublime mirada de amor y dolor la de la Madre hacia el Hijo. Ella lo recibió entre sus brazos cuando vino al mundo y lo despide de igual forma. Siempre acogiendo. Siempre abrazando y cuidando. Siempre modelo de amor hacia su Hijo.

La Santísima Virgen María es el modelo perfectísimo de cómo hemos de recibir a su divino Hijo en la Sagrada Comunión. Ella Sagrario viviente. De igual forma, nosotros recibimos el Cuerpo de Cristo como sagrarios vivos. Que mejor que nuestra boca, como sagrario vivo, para recibir el Cuerpo que nuestra Madre recibió al pie de la Cruz. Aquellos santos brazos que con amor y reverencia abrazaban a su Divino Hijo son ahora nuestra boca que debe recibirlo con todo el amor y reverencia a imagen de nuestra Madre.

¿Con qué reverencia y amor recibimos al Señor en la Sagrada Comunión? ¿Con qué santidad, y deseos de ella, la recibimos? Siempre nuestra Madre es ejemplo y modelo para amar a su Hijo.

Ya no son José de Arimatea y Nicodemo quienes descienden del madero el Cuerpo del Señor, ya no es la Santísima Virgen quien lo acoge en su regazo, ahora, en la Sagrada Comunión es Él mismo quien se nos da para ser recibido con el amor, reverencia y devoción con que su Bendita Madre lo recibió.

Querido amigo, piensa en aquellos santos momentos del descendimiento cuando vayas a comulgar y piensa: Mi boca, mi sagrario.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa

P. Juan Manuel Rodríguez de la Rosa.