ADELANTE LA FE

Monjas de cinco estrellas

Bendito sea Dios, que nunca abandona a su rebaño y lo cuida con desvelos de amor eterno.

En este año de la vida consagrada, donde aparecen estadísticas y se ponen los termómetros a las congregaciones, vemos como el mundo  ha calado en el corazón de tantos consagrados y consagradas,  destruyendo  o  anestesiando con el progresismo  y la tibieza,  a  carismas que han dado santos a la Iglesia. Solo hay que ver como muchísimas congragaciones languidecen en la vejez de la mayoría de sus monjas o religiosas, conventos que se cierran por decenas… Un panorama penoso, fruto por una parte de una sociedad enferma espiritualmente hablando y por otra parte, como ya he dicho antes, por la pérdida de la observancia en los carismas.

Pero el Señor, rico en Misericordia, que premia la fidelidad de los corazones que buscan su Gloria y la Salvación de las almas ha dado luz a hombres y mujeres escogidos para que en estos momentos tan difíciles sean un verdadero ejército de santidad en medio del mundo. Uno de estos casos es al que me refiero hoy. Quiero compartir con vosotros la bendición que Dios ha derramado sobre un centenar de mujeres que han renunciado a todo para vivir muy unidas al Sagrado Corazón de Jesús.

Os hablo de una nueva congregación, no tiene muchos años, pero son ya decenas y decenas las chicas que abrazan esta dura vida para Gloria de Dios y la Salvación de las almas.

Se trata de la Fraternidad Reparadora Apostólica en el Corazón de Cristo Sacerdote fundada por el buen jesuita, el padre Luís María Mendizábal. Esta es una de esas congregaciones que yo llamo de cinco estrellas. Y sólo hay que ver como Dios está bendiciendo esta congregación con decenas de mujeres para vivir una vida a semejanza del Evangelio que Nuestro Señor Jesucristo nos dejó.

1Viven tan pobremente que por atuendo solo tienen un hábito austerísimo  que visten para decirle al mundo que son de Dios y el velo que cubre sus cabezas. Sus casas son las más pobres de todas las casas de los pueblos en los que se encuentran. No tienen ni sillas, ni mesas, ni frigorífico, ni camas… Viven de la providencia y de la caridad. Y el señor San José que bien las provee, que muchos milagros han palpado mis ojos.  Y que felices son tan alejadas de lo material y del dinero que tienen por costumbre no tocar. Su único Bien es Jesucristo, para el viven, a Él quieren agradar y por Él renuncian a todo. Que libres son… El mundo no las puede chantajear, porque lo único que tienen para dar es a Jesucristo, nada más encuentra uno en ellas.

Sus vidas son un continuo estar a los pies del Señor, bien en la Eucaristía o bien en los hermanos, pero siempre a sus pies.

Ellas solo están en pueblos pequeños, rurales, de montaña, periferias… Donde nadie quiere ir. Van siempre de dos en dos, como el Señor mandó. Durante la mañana tras tocar las campanas de la parroquia, abren las puertas de la Iglesia y permanecen adorando al Señor en la custodia hasta ya pasado el medio día. Que bendición para todos esos pueblecitos a los que llegan, donde la Iglesia permanece abierta con el Señor reinando día tras día.

A partir de las tres de la tarde, estas mujeres que son verdaderos apóstoles comienzan a visitar casa por casa a cada familia, a cada enfermo, a los jóvenes, catequesis… Son un vendaval que va distribuyendo la gracia de Dios por todo el pueblo. Cuantas almas llegan al confesonario, a las catequesis gracias a ellas… o mejor dicho, gracias a Nuestro Señor a través de tan santos instrumentos.

De sus bocas solo salen bendiciones y alabanzas a Dios, caridad y perdón. En muchos años nunca escuché una crítica, una queja… nunca. Y cuantas casas abren a los sacerdotes para poder llegar a los enfermos, a los matrimonios, a bendecir los hogares… Ojalá todos los sacerdotes tuvieran dos monjitas de las Fraternidad Reparadora.

Cuando uno entra en la Iglesia, en la Sacristía… Uno sabe que han estado ellas. Que limpieza, que detalles, cuanto amor en todo lo que tiene que ver con el Señor. Y si vas a ver a los enfermos y los pobres… Con cuanto amor los ayudan, les limpian las casas, los hacen sentirse queridos…

Por las mañanas las encuentras recogidas en oración frente al Señor Sacramentado, por las tardes andariegas por las calles del pueblo rescatando almas, y cuando llega el toque de Misa de rodillas frente a la Santísima Virgen para prepararse al encuentro con su Señor en el Santo Sacrificio del Altar. Cuanto aman la Santa Misa. Cuanta solemnidad quieren para su Señor. Por si fuera poco son organistas muchas de ellas. Que hasta algún obispo cuando vino a la parroquia dijo: me parece estar en una pequeña catedral, y por el fervor que vio en las almas ante el Señor Sacramentado quedó profundamente admirado.

Los Jueves al terminar la Misa se recogen en sus conventitos y pasan toda la noche en adoración, en el Getsemaní con Nuestro Señor. Si supiera el pueblo que hay dos centinelas durante toda la noche velando por todos.¡ Que grandeza de congregación! Y el Viernes todo parece seguir el ordinario de cada día. Pero los que la tratamos desde hace años, sabemos que el Viernes ayunan todo el día. Pero se las ve tan alegres y contentas como siempre, que nadie diría que esas santas mujeres llevan todo el día en ayunas y tras pasar una noche en vela. Verdaderamente el Señor las sostiene, y los frutos de su entrega se palpan por todos los rincones del pueblo. ¡Cuántas almas despiertan del letargo en el que el demonio nos mete!

Y cuanto bien hacen a los sacerdotes que vivimos cerquita de ellas. Yo digo que es un seminario lo que estoy viviendo en estos años, porque nunca imaginé tener tan buenos modelos de cómo ser fieles al ministerio.

Pidamos al Señor que envíe muchas vocaciones a esta congregación para que lleguen a todas las parroquias del mundo, porque allí donde llegan aparecen los frutos del reino.

Padre Francisco Javier Domínguez

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