ROMA, 7 de abril de 2018 (LifeSiteNews) — El Papa no es dueño absoluto de la verdad, sino siervo y vicario de ella, ha declarado hoy en Roma monseñoa Athanasius Schneider. En los últimos tiempos, los pontífices siempre han insistido en su deber de defender la verdad y proteger a la Iglesia de errores y herejías.

En su ponencia pronunciada en el simposio Iglesia Católica, ¿dónde vas?, Scheneider evocó las palabras dirigidas por S.S. León XIII recordando a los participantes que la misión fundamental del Papa consiste en «profesar abierta y constantemente la doctrina católica, y  propagarla con todas nuestras fuerzas».

A lo largo de su ponencia, Schneider echó mano de una abundante colección de textos del obispo mártir del siglo III San Cipriano de Cartago, de la constitución dogmática Pastor Aeternus del Concilio Vaticano I y textos de Juan XXIII a fin de recalcar la importancia del oficio petrino como cátedra de la verdad.

«El carisma de la verdad se lo confió primeramente Dios a San Pedro y a sus sucesores los romanos pontífices, cuya solio se ha llamado por consiguiente la cátedra de la verdad por excelencia», afirmó Schneider.

Así pues, durante más de un milenio los pontífices, al momento de asumir el cargo, juraban no cambiar en nada la tradición recibida y excomulgarse a sí mismos si vulneraban dicha verdad.

Schneider acrecentó que en nuestro tiempo urge restablecer ese juramento.

Sin embargo, con el inexcrutable permiso de la Divina Providencia, a lo largo de la historia Satanás ha dirigido ataques contra la cátedra de la verdad, llegando a veces a provocar «un eclipse temporal y limitado del magisterio pontificio», cuando se han dado casos de papas que hicieron «afirmaciones doctrinales ambiguas».

A continuación, el texto final de la conferencia pronunciada hoy en Roma por monseñor Schneider:

La Sede Apostólica como cátedra de verdad

monseñor Athanasius Schneider

Roma, 7 de abril de 2018

El IV Concilio Ecuménico de Constantinopla enseñó: «En la Sede Apostólica se conservó siempre inmaculada la religión católica […] en la que está la íntegra, verdadera y perfecta solidez de la religión cristiana» (tomado de la fórmula del papa S. Hormisdas, respaldada por los padres del IV Concilio de Constantinopla). Y el Concilio Vaticano I, por su parte, enseñó: «Esta Sede de San Pedro siempre permanece libre de error alguno, según la divina promesa de nuestro Señor y Salvador al príncipe de sus discípulos: «Yo he rogado por ti para que tu fe no falle; y cuando hayas regresado fortalece a tus hermanos». Este carisma de una verdadera y nunca deficiente fe fue por lo tanto divinamente conferida a Pedro y sus sucesores en esta cátedra, de manera que puedan desplegar su elevado oficio para la salvación de todos, y de manera que todo el rebaño de Cristo pueda ser alejado por ellos del venenoso alimento del error y pueda ser alimentado con el sustento de la doctrina celestial. Así, quitada la tendencia al cisma, toda la Iglesia es preservada en unidad y, descansando en su fundamento, se mantiene firme contra las puertas del infierno.» (Pastor Aeternus, cap.4).

Desde mediados del siglo III, San Cipriano empleó el término cátedra para referirse a la autoridad de la Iglesia Romana, en virtud de la Silla de S. Pedro, de la cual afirma que emana la unidad de la jerarquía (cf. Ep. 59, 16). San Jerónimo, a su vez, escribió: «Decidí consultar con la Cátedra de San Pedro, donde radica aquella fe exaltada por la boca del Apóstol. Ahora acudo para nutrir mi alma allí donde una vez se me impuso la vestidura de Cristo. No sigo otro primado que el de Cristo. Por esta razón, me pongo en comunión con Vuestra Santidad, es decir, con la Cátedra de San Pedro. Sé que sobre esa Roca está edificada la Iglesia» (Cartas I, 15, 1-2).

El carisma de la verdad fue confiado primeramente por Dios a San Pedro y a sus sucesores los romanos pontífices, cuya sede es llamada por tanto la cátedra de la verdad por excelencia. En vista de su ministerio de verdad, los romanos pontífices deben ser conscientes en todo momento de que no son dueños de la cátedra de la verdad, sino siervos y vicarios de ella. El rasgo distintivo del ministerio apostólico consiste en ser pastores vicarii, como les dice el Prefacio de los Apóstoles: «Quos operis Tui vicarios eidem contulisti praeesse pastores» (para que sea gobernada por los mismos a quienes como vicarios constituiste sus pastores). El ministerio petrino de la Iglesia es esencialmente un ministerio vicario. A San Gregorio Magno (†604) le gustaba llamar al obispo de Roma vicario de San Pedro (Registrum Epistolarum XII, 7). Y el papa San Gelasio I (†496) afirmó que el Romano Pontífice debe ante todo ser minister catholicae et apostolicae fidei (ministro de la fe católica y apostólica, Ep. 43).

Durante más de un milenio, los papas hicieron el siguiente juramento en el momento de iniciar su ministerio apostólico. Es verdaderamente impresionante y oportuno en extremo: «Prometo no cambiar nada de la Tradición recibida, y en nada de ella —tal como la he hallado guardada antes que yo por mis predecesores gratos a Dios— inmiscuirme, ni alterarla, ni permitirle innovación alguna. Juro, al contrario, con afecto ardiente, como su discípulo y sucesor fiel de verdad, salvaguardar reverentemente el bien transmitido, con todas mis fuerzas y máximo esfuerzo. Juro expurgar todo lo que esté en contradicción con el orden canónico, si apareciere tal, guardar los Sagrados Cánones y Decretos de nuestros Papas como si fueran la ordenanza divina del Cielo, porque estoy consciente de Ti, cuyo lugar tomo por la Gracia de Dios, cuyo Vicariato poseo con tu sostén, sujeto a severísima rendición de cuentas ante tu Divino Tribunal acerca de todo lo que confesare. Juro a Dios Todopoderoso y Jesucristo Salvador que mantendré todo lo que ha sido revelado por Cristo y sus sucesores y todo lo que los primeros concilios y mis predecesores han definido y declarado. Mantendré, sin sacrificio de la misma, la disciplina y el rito de la Iglesia.

Pondré fuera de la Iglesia a quienquiera que osare ir contra este juramento, ya sea algún otro, o yo. Si yo emprendiere actuar en cosa alguna de sentido contrario, o permitiere que así se ejecutare, no serás misericordioso conmigo en el terrible Día de la Justicia Divina. En consecuencia, sin exclusión, sometemos a severísima excomunión a quienquiera —ya sea Nos, u otro— que osare emprender novedad alguna en contradicción con la constituida Tradición evangélica y la pureza de la Fe Ortodoxa y Religión Cristiana, o procurare cambiar cosa alguna con esfuerzos opuestos, o conviniere con aquellos que emprendieren tal blasfema aventura(Liber Diurnus Romanorum Pontificum).

En los últimos tiempos, los romanos pontífices han insistido en el deber que tienen de defender la verdad y proteger a la Iglesia de errores y herejías: León XIII enseñó:

«En tan grande y universal extravío de opiniones, deber es de la Iglesia tomar el patrocinio de la verdad y extirpar de los ánimos el error; deber que está obligada a cumplir siempre e inviolablemente, porque a su tutela ha sido confiado el honor de Dios y la salvación de las almas. Pero cuando la necesidad apremia no sólo deben guardar incólume la fe los que mandan, sino que “cada uno esté obligado a propagar la fe delante de los otros, ya para instruir y confirmar a los demás fieles, ya para reprimir la audacia de los infieles” (S. Tomás, Summa theologiae, II-II, quaest. 3, art. 2, ad 2).). Ceder el puesto al enemigo, o callar cuando de todas partes se levanta incesante clamoreo para oprimir a la verdad, propio es, o de hombre cobarde o de quien duda estar en posesión de las verdades que profesa. […] la cobardía de los buenos fomenta la audacia de los malos. Y tanto más se ha de vituperar la desidia de los cristianos cuanto que se puede desvanecer las falsas acusaciones y refutar las opiniones erróneas, ordinariamente con poco trabajo; y, con alguno mayor, siempre. Finalmente, a todos es dado oponer y mostrar aquella fortaleza que es propia de los cristianos, y con la cual no raras veces se quebrantan los bríos de los adversarios y se desbaratan sus planes. Fuera de que el cristiano ha nacido para la lucha, y cuanto ésta es más encarnizada, tanto con el auxilio de Dios es más segura la victoria. “Confiad: yo he vencido al mundo” (Jn.16,33). […] Lo primero que ese deber nos impone es profesar abierta y constantemente la doctrina católica y propagarla, cada uno según sus fuerzas» (Encyclical Sapientiae Christianae, January 10, 1890).

Juan XXIII, por su parte, enseñó: «La causa y raíz de todos los males que, por decirlo así, envenenan a los individuos, a los pueblos y a las naciones, y perturban las mentes de muchos, es la ignorancia de la, verdad. Y no sólo su ignorancia, sino a veces hasta el desprecio y la temeraria aversión a ella. […] Los que empero, de propósito y temerariamente, impugnan la verdad conocida, y con la palabra, la pluma o la obra usan las armas de la mentira para ganarse la aprobación del pueblo sencillo y modelar, según su doctrina, las mentes inexpertas y blandas de los adolescentes, esos tales cometen, sin duda, un abuso contra la ignorancia y la inocencia ajenas y llevan a cabo una obra absolutamente reprobable. […] Para neutralizar, por tanto, con todo empeño y diligencia este gran mal, que se difunde cada día más, es necesario oponer a estas armas nocivas las armas de la verdad y honestidad. […] Tampoco faltan los que, si bien no impugnan de propósito la verdad, adoptan, sin embargo, ante ella una actitud de negligencia y sumo descuido, como si Dios no les hubiera dado la razón para buscarla y encontrarla. Tan reprobable modo de actuar conduce, como por espontáneo proceso, a esta absurda afirmación: todas las religiones tienen igual valor, sin diferencia alguna entre lo verdadero y lo falso. «Este principio —para usar las palabras de nuestro mismo predecesor— lleva necesariamente a la ruina todas las religiones, particularmente la católica, la cual, siendo entre todas la única verdadera, no puede ser puesta al mismo nivel de las demás sin grande injuria» [9]. Por lo demás, negar la diferencia que existe entre cosas tan contradictorias entre sí, derechamente conduce a la nefasta conclusión de no admitir ni practicar religión alguna. ¿Cómo podría Dios, que es la verdad, aprobar o tolerar la indiferencia, el descuido, la ignorancia de quienes, tratándose de cuestiones de las cuales depende nuestra eterna salvación, no se preocupan lo más mínimo de buscar y encontrar las verdades necesarias ni de rendir a Dios el culto debido solamente a El? Hoy día se trabaja tanto y se cultiva con tanta diligencia la ciencia y el progreso humano, que bien puede gloriarse nuestra, época de sus admirables conquistas en este campo. ¿Por qué entonces no se ha de poner igual, y aún mayor entusiasmo, empeño y diligencia, para asegurar la conquista de aquella sabiduría, que pertenece no ya a esta vida terrena y mortal, sino a la celestial? […] De la consecución de esta verdad plena, íntegra y sincera, debe necesariamente brotar la unión de las inteligencias, de los espíritus y de las acciones. En efecto, todas las discordias, desacuerdos y disensiones brotan de aquí, como de su primera fuente, a saber, de que la verdad o no se la conoce, o —lo que todavía es peor—, por muy examinada y averiguada que sea, se la impugna ya por las ventajas y provechos que con frecuencia se espera lograr de falsas opiniones, ya por la reprobable ceguedad, que impulsa a los hombres a excusar con facilidad e indulgencia excesiva sus vicios e injustas acciones». (Encíclica Ad Petri Cathedram, 29 de junio de 1959, 1-2).

A lo largo de la historia, Satanás, padre de la mentira, no ha dejado de atacar a la Iglesia, y en particular a la cátedra de la verdad, que es la Silla de San Pedro. Por inescrutable permiso de la Divina Providencia, en casos excepcionales los ataques de Satanás contra la Cátedra de Roma han tenido el efecto de un eclipse temporal y limitado del Magisterio papal, cuando algunos romanos pontífices hicieron declaraciones doctrinales ambiguas, creando con ello una situación transitoria de confusión doctrinal en la vida de la Iglesia.

Se puede apreciar esta posibilidad en las siguientes palabras tomadas del exorcismo contra Satanás y los ángeles rebeldes redactado por León XIII en 1884: «He aquí que el antiguo enemigo y homicida se ha erguido con vehemencia. Disfrazado de “ángel de luz”, con la escolta de todos los espíritus malignos rodea e invade la tierra entera, y se instala en todo lugar, con el designio de borrar allí el nombre de Dios y de su Cristo, de arrebatar las almas destinadas a la corona de la gloria eterna, de destruirlas y perderlas para siempre. Como el más inmundo torrente, el maligno dragón derramó sobre los hombres de mente depravada y corrompido corazón, el veneno de su maldad: el espíritu de la mentira, de la impiedad y de la blasfemia; el letal soplo de la lujuria, de todos los vicios e iniquidades. Los más taimados enemigos han llenado de amargura a la Iglesia, esposa del Cordero Inmaculado, le han dado a beber ajenjo, han puesto sus manos impías sobre todo lo que para Ella es más querido. Donde fueron establecidas la Sede de San Pedro y la Cátedra de la Verdad como luz para las naciones, ellos han erigido el trono de la abominación de la impiedad, de suerte que, golpeado el Pastor, pueda dispersarse la grey.»

En la mañana del 13 de octubre de 1884 –exactamente trece años antes de la última aparición mariana de Fátima y del extraordinario milagro del sol– el papa León XIII, mientras celebraba Misa en acción de gracias por la que acababa de celebrar, tuvo una visión que ha cobrado bastante notoriedad: Satanás se presentó ante Dios y le pidió permiso para ocuparse impunemente durante cien años en la destrucción de la Iglesia, permiso que le fue otorgado. Entonces el Pontífice vio un tropel innumerable de demonios dejándose caer sobre la Basílica de San Pedro para invadir la cátedra petrina. Inmediatamente después de la visión, este papa compuso la oración a San Miguel Arcángel que ordenó fuera recitada al final de cada Misa rezada, así como el famoso exorcismo del que acabamos de citar un fragmento. La dramática frase «en la Sede del bienaventurado Pedro» fue borrada más tarde por Pío XI a fin de impedir un escándalo para la fe, pero lo mínimo que se puede decir hoy en día es que fue profética.

Concluyamos con la siguiente oración de Dom Próspero Gueranger: «¡Santo Apóstol! Calma la recia tempestad para que no se escandalicen los débiles. Implora a Nuestro Señor que no permita que la morada de tu sucesor sea vulnerada en la Santa Ciudad que ha sido escogida para el alto honor de acogerla. Y si lo es, porque sus habitantes merecieran castigo por sus culpas, líbralos por el bien de sus hermanos del resto del mundo. Ruega también porque su fe vuelva a ser la que era cuando San Pablo los elogió con estas palabras: “Vuestra fe es celebrada en todo el mundo” (Rom.1:8)».

(Traducido por Bruno de la Inmaculada para Adelante la Fe)

Mons. Athanasius Schneider
Anton Schneider nació en Tokmok, (Kirghiz, Antigua Unión Soviética). En 1973, poco después de recibir su primera comunión de la mano del Beato Oleksa Zaryckyj, presbítero y mártir, marchó con su familia a Alemania. Cuando se unió a los Canónigos Regulares de la Santa Cruz de Coimbra, una orden religiosa católica, adoptó el nombre de Athanasius (Atanasio). Fue ordenado sacerdote el 25 de marzo de 1990. A partir de 1999, enseñó Patrología en el seminario María, Madre de la Iglesia en Karaganda. El 2 de junio de 2006 fue consagrado obispo en el Altar de la Cátedra de San Pedro en el Vaticano por el Cardenal Angelo Sodano. En 2011 fue destinado como obispo auxiliar de la Archidiócesis de María Santísima en Astana (Kazajistán), que cuenta con cerca de cien mil católicos de una población total de cuatro millones de habitantes. Mons. Athanasius Schneider es el actual Secretario General de la Conferencia Episcopal de Kazajistán.