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Monseñor Schneider explica por qué un cristiano no debe recibir jamás una vacuna procedente de tejidos abortados

En una entrevista con John-Henry Westen, Schneider habla de la inmoralidad de las vacunas en cuya preparación han  intervenido  células de fetos abortados, ya sea en la propia vacuna o en las etapas previas de prueba.

21 de diciembre de 2020

JHW: Bienvenido a esta edición especial de nuestro programa. Tenemos el honor de presentar a monseñor Athanasius Schneider, y lo consideramos una bendición. La mayoría de nuestros espectadores conocen la claridad con que defiende la fe católica en los recios tiempos que vivimos. Es el obispo auxiliar de Astaná, en el Kazajistán. Monseñor, la damos la bienvenida al programa.

Monseñor Schneider: Gracias. Dios lo bendiga.

JHW: Vamos a hablar de un tema importantísimo en los tiempos que corren: de las vacunas anticovid creadas utilizando líneas celulares tomadas de fetos abortados, como se hace en algunas de dichas vacunas. Vamos a hablar de todo eso. No se lo van a querer perder. Si no le importa, Excelencia, una oración preliminar.

Monseñor Schneider: En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, amén.

JHW: Amén, amén. Monseñor Schneider, el documento que hace poco dio a conocer sobre el tema de las vacunas no puede ser más oportuno, pero tengo que decir que, al mismo tiempo, es muy polémico. Nunca había visto semejante controversia entre personas de tan buen corazón. ¿Tendría la bondad de empezar por hablarnos un poco de ese documento? En qué consiste, cómo surgió la idea y tal vez el proceso de consultas que tuvo como consecuencia el mencionado documento.

Monseñor Schneider: Ese documento se redactó porque en los últimos meses y semanas varios obispos de diversas partes del mundo han hecho declaraciones públicas en las que justifican el uso de vacunas producidas mediante líneas celulares cultivadas a partir de fetos abortados. Digo simplemente que lo justificaban al parecer, según dicen, no habría otra alternativa, y se han publicado varias explicaciones incluso de teólogos y órdenes religiosas basadas en la teoría de la cooperación moral distante o remota y dos documentos, uno de la Santa Sede de 2005 y otro de la Pontificia Academia por la Vida de 2008. De la Congregación para la Doctrina de la Fe, donde se debatió este tema. En sustancia, ambos documentos permiten de modo excepcional el empleo de tales vacunas. Es importante recalcarlo, ya que esos documentos dicen que se puede hacer en base a principios morales y materiales y de cooperación remota, aunque sólo permiten de manera excepcional el uso de las mencionadas vacunas. Al mismo tiempo, quien se vacune tendrá que pedir o exigir una vacuna alternativa en cuya fabricación no hayan intervenido las células en cuestión.

Esto ha hecho que tanto yo como obispos y fieles de otros países sintamos preocupación, porque confunde y básicamente es moralmente destructivo. Se quiera o no, quita autoridad al Primer Mandamiento de Dios y a la absoluta e intransigente determinación de la Iglesia de oponerse a un mal como el aborto. Por consiguiente, consideramos una falta de responsabilidad quedarnos callados. Es una falta de responsabilidad ponerse del bando de los que dicen eso, incluso buenos teólogos y gente bien intencionada. No nos pareció responsable asentir a ello, por una cuestión de conciencia; tenemos que obedecer a nuestra conciencia, y la conciencia nos dice que no es posible. Es dañino, y lo explicamos después de exponer los motivos. Como ya dije, no es cuestión de cantidad sino de verdad,  de la cual como sacerdotes estamos convencidos, y lo hablamos muy detenidamente con todos los firmantes del documento y todos estuvimos teníamos el convencimiento de que debíamos pronunciarnos.

JHW: A ver, para que todo el mundo se dé cuenta de la gravedad… Yo sé que lo entiende, pero lo que está en juego es tremendo. La vacuna se ha aprobado. Ya lo han hecho en algunos países. Han empezado a administrarla en el Reino Unido y en Estados Unidos. Un obispo de ese país ha sido de los primeros en ponérsela. La conferencia episcopal británica ha dicho que los católicos tienen la obligación de vacunarse aunque las vacunas se hagan a base de abortos. Y en efecto, se apoyan en los mencionados documentos de 2005 y 2008. Pero no se ve que den mucha importancia a lo que estipulan esos documentos de que los católicos tienen el deber de exigir vacunas que no procedan de abortos. Ahora bien, la postura de Vuestra Excelencia va más allá de los documentos de 2005 y 2008 al afirmar que, en conciencia, un católico no puede recibir en ningún caso una vacuna en cuya producción hayan intervenido tejidos abortados. Luego entraremos en más detalles, pero para empezar quería señalar la gravedad del asunto, ahora que se ha pedido a los católicos, como al resto del mundo, que se pongan la vacuna, probablemente con carácter obligatorio. Dicen que va a ser así, que será forzoso. Que si uno quiere viajar o quiere ir al cine, o incluso nada más para a ir al supermercado, habrá que estar vacunado. ¿Le importaría hablarnos un poco de la gravedad de lo que enfrentamos y decirnos cómo lo veía cuando redactó el documento?

Monseñor Schneider: Sí, nos dábamos cuenta. Y lo vamos a ver con esa vacuna fabricada a partir de líneas celulares de niños abortados. Las potencias mundiales, las anticristianas, y los que promueven la cultura de la muerte impondrán a toda la población del mundo una colaboración implícita, aunque sea remota y pasiva, con el aborto. Esto es también un mal y una perversión de las grandes potencias, y tenemos que reconocerlo, hay que resistirlo. Esforzarse por resistir, por no colaborar en modo alguno con dichas vacunas. Ni más ni menos. Porque en este caso es recibir en nuestro cuerpo el fruto, el supuesto fruto en forma del mayor de los males, uno de los más grandes que afligen a la humanidad, el cruel genocidio de los nasciturus. Nos van a marcar. Nos pondrán una señal en el cuerpo que demostrará que estamos relacionados con ese que es uno de los más grandes males. No de forma directa, claro, vuelvo a decirlo, pero en todo caso lo estaríamos, porque se trata de niños que han sido cruelmente asesinados, niños inocentes. En caso contrario no tendríamos esas vacunas. Hay que darse cuenta de la lógica que entraña, y de las circunstancias de su promoción deliberada, porque desde luego… No somos tan ingenuos  para no darnos cuenta de que la razón de ser de esas vacunas es algo más que proteger la salud; se trata también de promover cada vez más el aborto. ¡De ninguna manera! Hay quienes aducen, por ejemplo, que aunque no se reciban esas vacunas seguirá habiendo abortos. Lógicamente, si no nos ponemos la vacuna no disminuirá la cantidad de abortos. Pero la cuestión no es esa. Se trata de la debilidad moral, del respaldo moral. Y luego los abortistas dirán que toda la Iglesia Católica, que la jerarquía en cierto modo, lo acepta, aunque sea de mala gana. Y eso es peligrosísimo. Es muy importante que caigamos en la cuenta de los verdaderos peligros, que seamos conscientes de las consecuencias y las circunstancias.

JHW: ¿No podrían haberlo dicho ya hace tiempo, desde 2005 y 2008? Porque hace ya décadas que existen vacunas, vacunas hechas a partir de tejidos abortados, y ahora se las ponen los católicos aconsejados por la Jerarquía, por el propio Vaticano. Y parece que hay muy poca oposición, por no decir ninguna. Sé que ha habido alguna, pero poquísima. O sea, que está situación ya venía desde hacía décadas. ¿Ha pasado algo que haya motivado a V.E. a formular la declaración?


Monseñor Schneider: Hace quince años, o doce años, no estaba tan extendido, era quizás más limitado, pero actualmente, con la difusión de las vacunas anticovid, resulta muy oportuno; se está extendiendo por todo el mundo. Y como son cada vez más los obispos que están a favor de aceptar las vacunas, la situación ha cambiado como es natural. Por lo tanto, tenemos que hablar del tema más a fondo y no quedarnos en la superficie con alguna forma de positivismo jurídico o una teoría de cooperación. Para mí eso supone una actitud superficial. Hay que ahondar más, ir a la raíz del asunto, y repito, tener en cuenta la proporcionalidad. Es una cuestión francamente terrible, y no es de aplicación; es desproporcionado teniendo en cuenta que hablamos de un crimen como el aborto.

JHW: Veamos, en 2005 la Pontificia Academia por la Vida estudió la cuestión, con una comisión integrada por buenos científicos, médicos, teólogos, moralistas y filósofos dirigida por monseñor Sgreccia, que era un obispo bastante bueno y fiel. Se aprobó. Sé que hubo algo de disenso, pero el caso es que se aprobó. Más tarde, en 2008, dio la impresión de que el documento que promulgó la Congregación para la Doctrina de la Fe respaldaba la aprobación original de 2005, que era una especie de imprimátur o, en esencia, una aprobación por parte del Vaticano. ¿Qué clase de consultas y otras labores ha hecho V.E.? ¿En qué puntos ha encontrado errados los documentos de marras? Y tal vez podría también comentar la cuestión de la cooperación remota en el que basaron sus determinaciones.


Monseñor Schneider: En primer lugar, hay que decir que esos dos documentos no son decisiones infalibles del Magisterio. Que pueden errar, y ha habido afirmaciones del Magisterio reciente que más tarde se tuvieron que corregir. Así pues, es una declaración inicial. Y luego, como dije, el error fundamental no está en la teoría de la cooperación material pasiva o remota, que es un principio teológico válido en teología moral.

El problema está en que ese principio no se puede aplicar excepcionalmente a unos crímenes tan horrendos como el aborto. Por eso, por la gravedad del aborto, al carácter excepcional del aborto, que es un mal inigualable, y a la situación actual, con una cada vez más pujante industria de asesinar a niños por nacer. No se puede comparar ese principio con, por ejemplo, con cosas como el pago de impuestos o la adquisición de productos manufacturados con mano de obra esclavizada. La esclavitud no se puede comparar con el asesinato de inocentes, con matar de forma cruel a un niño. También es un mal, pero no perdamos el sentido de la proporcionalidad. Ese es, por tanto, un error de entrada en ambos documentos aplicar el principio de cooperación material al caso concreto del aborto y la vacuna en cuya preparación se han utilizado células de niños abortados. Lo de la cooperación material se aplica cuando en contra de su propia voluntad uno se encuentra vinculado a un mal. Como cuando, por ejemplo, uno paga impuestos al Gobierno y luego el Gobierno, sin consultarle, va y emplea ese dinero en una mala acción. En ese caso puede darse una colaboración remota, pero es contra la voluntad del contribuyente. Es que, yo mismo ni siquiera aplicaría ese principio al pago de impuestos, porque en ese caso el dinero es del sistema, del Estado, que fue a quien dijo Nuestro Señor Jesucristo que pertenecía la moneda: al César. Hay que dar al César lo que le corresponde. Si el Gobierno me preguntara: «¿Podemos hacer esto o aquello con el dinero que usted ha pagado en impuestos?», yo diría que no. No daría mi consentimiento. Y si a pesar de todo lo hicieran, sería una especie de robo, como si me hubieran robado el dinero. Repito que la proporcionalidad es excesiva en extremo, es grave, en esto de las vacunas aborteras, y no se puede aplicar el principio de la cooperación moral. Ese es el error fundamental, y con ello ya se ha abierto una pequeña grieta en la represa con la que la Iglesia Católica contiene el aborto.

¿Cómo vamos a poder afirmar con plena determinación que nos oponemos al aborto y al mismo tiempo aceptar esas vacunas? De partida, hablamos del asesinato de niños. Repito que lo exigen la lógica y el sentido común. Esas vacunas no se habrían fabricado si no se hubieran asesinado esos niños, aunque fuera uno solo. Está claro, es de lógica y sentido común. Quien tiene dos dedos de frente, cualquiera que tenga sentido común, se da cuenta. Y muchas veces, en momentos difíciles en los que reina la confusión, Dios…  Cuando todos van por ese camino, hoy en día incluso desgraciadamente los buenos, nadie dice: «¡Alto! Esto no es bueno. Es peligroso». Por eso cinco obispos hemos tenido la convicción para hacerlo, para decir que no lo hagan. De decir yo no, no soy culpable de sangre de este niño. No lo seré.

Sea como sea, tenemos que obrar con una actitud muy correcta y amonestar al mundo entero para que no acepte esas vacunas, dar testimonio. Un testimonio firme. No lo aceptamos. Lógicamente, consultamos con científicos, con médicos de diversos países. Y su reacción casi instintiva ante los argumentos que les planteé fue rechazarlo. Está, además, el sentido común de la gente, el sensus fidelium, y resulta interesante que la mayoría de los consultados fueron mujeres, almas femeninas. Las almas femeninas sienten mucho más vivamente el horror que supone matar a un niño inocente. Es el instinto maternal. No es igual en una mujer que en  un hombre. Encuentro también interesante que quienes redactaron esos documentos y defienden el uso de esas vacunas sean en su mayoría varones. No conocen a los niños. Yo les preguntaría seria y francamente si pasando por una máquina del tiempo estuviesen presentes cuando se asesina cruelmente a un niño por nacer desmembrando su cuerpo, y vieran cómo se les extraen las células; si vieran eso, si vieran cómo ponen esas células in vitro y todo lo demás hasta el fin del proceso. Aunque haya cientos o miles de procesos intermedios, que estuvieran presentes en un solo aborto y viesen las células que se sacaban de ese niño. No puedo imaginar que un caso así aceptaran que les pusieran la vacuna, si hubieran presenciado directamente tan terrible escena, el desmembramiento de un niño, en beneficio de la propia salud. Debemos ser francos.

JHW: Hay que establecer una distinción entre las vacunas actualmente disponibles. Las que están hechas a partir de líneas celulares procedentes de fetos y contienen por tanto esas células. Y luego hay otras que no están hechas a partir de abortos. Ahora bien, a la hora de probarlas aprovechan las líneas de células abortadas. ¿Puede esa distinción hacerlas aceptables?

Monseñor Schneider: Sí, claro, ahí ya se hace una distinción, y desde luego, objetivamente es menos grave que con las células que se emplean directamente. Es mucho más grave que si sólo es en la prueba, pero también aunque sea en las pruebas, no podemos cooperar en lo más mínimo, ni lo más remotamente, con crímenes tan terribles. Ni siquiera utilizar células de niños abortados en las pruebas, ya de por sí es inmoral. Es terrible. Así se acumulan unos crímenes terribles. Empezando por el crimen horroroso de matar a un niño, y cultivar luego esas células también es terrible es otro crimen. No podemos colaborar de ninguna manera con esa acumulación de crímenes.

JHW: ¿A qué se refiere? (interferencia)

Monseñor Schneider: Hay que atender a la voz de la conciencia. Se sabe que hay que hacerlo. Y Pablo VI… no quisiera hacer la comparación con el contenido, sino con el fenómeno.  Pablo VI reunió un comité para debatir sobre la píldora con vistas a la Humanae vitae. Antes de esa encíclica, la inmensa mayoría de los integrantes de la comisión, que eran filósofos, científicos, médicos y especialistas en teología moral, eran favorables a la anticoncepción y se basaban en argumentos morales, y sólo una minoría se oponía. Luego se acusó a la minoría, no tenían de su parte a tantos filósofos y científicos célebres como tenemos hoy. Por eso, vuelvo a decir que no es cuestión de números. Aunque no seamos muchos obispos, la verdad se impondrá. Después de esto, la historia de  la Iglesia dirá que hasta los buenos cedieron. No lo vieron claro. Se dejaron cegar hasta cierto punto por esas teorías de cooperación material. Es una teoría, repito, válida, pero aplicarla a las vacunas supone ceguera, porque su fabricación supone la acumulación de terribles crímenes. Por supuesto que no se es responsable directo de esos crímenes, no es eso lo que digo; pero aun la más mínima y remota colaboración es inaceptable para un católico, por el alcance tan tremendo de los crímenes, las consecuencias y el contexto histórico.

JHW: ¿Qué les diría a los católicos, a tantos millones de católicos que no se dan cuenta, porque para empezar nunca habían oído hablar de esto ni se les había pasado por la cabeza, y ahora les han dado autorización el Vaticano, sus propios obispos y sacerdotes. A nadie se le había ocurrido hasta ahora. Durante mucho tiempo, eso de que pudieran existir vacunas contaminadas por abortos sonaba a teoría conspiratoria. Ahora sabemos que existen. Creo que no se ha sabido hasta los últimos diez años, porque durante mucho tiempo, aunque en el mundillo científico se sabía, la mayoría de la gente no se creía que fuera verdad. ¿Qué les diría a los innumerables católicos que sin culpa alguna de su parte han recibido vacunas o se las han puesto a sus hijos, y tienen entre sus amistades a gente que durante mucho tiempo se opuso a las vacunas, y luego alguno de sus hijos contrajo una enfermedad y fue muy doloroso. Algunos hasta murieron, y entonces los padres vacunaron a sus otros hijos. ¿Qué les diría?

Monseñor Schneider: Que no tuvieron la culpa porque obedecieron las instrucciones del Vaticano. En últimas, la responsabilidad es de quienes les dieron esas instrucciones. En este caso, esos católicos lo creyeron; pero desde el momento en que se dé cuenta, a partir de ahí ya depende de la conciencia de cada uno, de la medida en que reconozca la inmoralidad de todo lo que guarde la más mínima y remota relación con el aborto. La persona que se da cuenta, en ese momento en que se da cuenta de que tiene que obrar en base a su conciencia, y la conciencia le dirá que no puede volverlo a hacer. Dará gracias a la Providencia por haberse dado cuenta. Tendrá la convicción personal de que no puede hacerlo, porque la salud no es un valor absoluto, no lo olvidemos. En la mentalidad del mundo en que vivimos, el materialismo se ha convertido en un dios, en un ídolo al que, como dijimos, hay que ofrecerle sacrificios. Es verdad. Tenemos que reconocerlo y confiar en la Divina Providencia. Además, es pastoralmente pésimo y muy contraproducente justificar esas vacunas hechas a partir de abortos. Es que de esa forma se colabora en cierta forma con otro mal. Se contribuye a propagar el mito de que no hay otra alternativa. Sí que la hay.  Las autoridades del mundo dicen que no la hay y nos ruegan que recibamos esas vacunas aborteras. Nos lo dicen, pero es imposible. Pero hay, debe de haber y hay otras vías. Como siempre ha hecho, Dios iluminará al hombre para encontrarlas. Los hombres tienen que confiar en Dios, y Él iluminará a los científicos para descubrir otros remedios que no utilicen células procedentes de abortos.

Imagino, teórica o hipotéticamente, que si viviésemos en una sociedad como la que había hasta hará unos cincuenta años, cuando el aborto era un crimen en casi todos los países fuera de la Unión Soviética. Estaba prohibido. Sería una época ideal, en la que a toda la humanidad le estuviera vedado abortar bajo ninguna circunstancia. En ese caso no habría posibilidad de cultivar esas células fetales para hacer vacunas. Sería necesario recurrir a otros medios, y Dios nos los daría si observamos su ley, el Quinto Mandamiento, con más fidelidad y coherencia. Dios nos ayudaría y no se harían esas vacunas. Estoy convencido de que no soy profeta. ¡Dios nos va a castigar! No lo podemos hacer en modo alguno. No me entra en la cabeza cómo un buen católico pueda justificar una cooperación material tan diluida y remota recibiendo esas vacunas. Qué irresponsabilidad. Es una imprudencia. No se dan cuenta de las consecuencias. Tenemos que tomar decisiones más consecuentes y basadas en criterios sobrenaturales. Vuelvo a decir que hay que rechazar el mito de que no hay alternativa.

JHW: Me parece muy cierto, porque tanto en el terreno de las vacunas como en muchas de las especialidades médicas en que se prueban tratamientos a base de líneas celulares procedentes de abortos hay alternativas. Hay opciones válidas en lo que se refiere a vacunas. La entidad pro vida Children of God for Life lleva décadas indicando cuáles son las vacunas que no están contaminadas por abortos. Existen muchos medicamentos en cuya fabricación no se han empleado tejidos abortados, porque este problema no sólo se da con las vacunas, sino también en medicamentos y, aunque parezca mentira, en cosméticos y en toda clase de productos. El problema está en que en muchos casos no tenemos ni idea. ¿Cuántas personas, incluso hace ya una década o dos, sabían siquiera que existían vacunas en cuya fabricación se utilizaban tejidos abortados? Pues también se emplean en muchos otros productos, y no lo sabemos. Lo cual nos lleva a plantearnos lo importante que es que los católicos investiguen los productos que consumen, porque hay muchos. Pero desde luego existen otras opciones. Y por supuesto está en los documentos de la Santa Sede de 2005 y 2008, que recalcan que hay que exigir vacunas éticas que no procedan de abortos.

Monseñor Schneider: Sí, es cierto y es evidente. Por eso, vuelvo a decir que desde el punto de vista pastoral es pésimo y que es contraproducente que precisamente en este momento concreto de la historia haya católicos que justifiquen el uso de vacunas procedentes de abortos con la teoría de la cooperación material remota. No tiene nada de lógico; tenemos que reconocerlo en este momento histórico en que vivimos.

Mientras redactábamos el documento yo rezaba mucho por el alma de las criaturas asesinadas en el vientre de su madre. Están en Dios porque desde el primer momento de la concepción existe un alma humana. Y las almas de esos niños, como murieron siendo inocentes, están en el Reino de Dios. No voy a entrar en cuestiones teológicas sobre el limbo y todo eso, pero están en el Reino de Dios. Ciertamente no están en el reino del Diablo; están libres de su dominio porque en cierto modo son también mártires. Almas de mártires. Por eso, rogué en concreto a las almas de esos niños, no sabemos cuántas fueron tomadas de cuántos niños, porque seguramente fueron tomadas de muchos. Sabemos que en este momento en China siguen asesinando y sacando células de esos niños para otros fines. También en China. El caso es que estaba rezando por eso, porque Dios conoce a esas almas por su nombre. Claro. Y les pedí que nos iluminaran, que nos asistiesen. Les pedí asimismo oraciones de reparación, en expiación por tanto crimen de tecnología fetal y todos esos procesos científicos en que se utilizan líneas celulares. No se trata ya sólo del asesinato, del momento del aborto, sino también del proceso de emplear los tejidos incluso para pruebas y otros experimentos y elaboraciones; es un crimen horrendo. Es necesario hacer expiación, expiar por eso. No entiendo cómo puede haber gente buena y sacerdotes que justifiquen ahora el uso de esas vacunas procedentes de abortos con esa teoría de la cooperación material remota. No se entiende. Tienen que hacer reparación por cada uno de los crímenes de esa larga cadena. Aunque fuera durante el proceso de elaboración. Tenemos que reparar. Esto es lo que quería decir, es mi convencimiento personal.

JHW: Exactamente. Tengo una pregunta a este respecto, porque en cuanto al argumento del pago de impuestos podría ser igual con las vacunas. Por ejemplo, en Canadá, el Reino Unido, EE.,UU. y muchos otros países, quizá la mayoría del mundo en este momento, el tema del aborto sigue siendo el mismo. La cuestión de la gravedad de matar a niños nasciturus, crimen que, como dijo V.E. en la carta, clama al Cielo, y por eso el más grave. Entonces pasa lo mismo con la cuestión de los impuestos: pagamos tributos, y parte de ese dinero se destina a costear abortos, y las vacunas. Nos piden que la recibamos. ¿Cuál es la diferencia? Porque ahora pasa lo mismo con el aborto. ¿Qué diferencia hay entre algo legítimo como pagar los impuestos y ponerse la vacuna?

Monseñor Schneider: Sí, hay una diferencia; es cuestión de proporción. Porque no me piden mi consentimiento. Se limitan a imponer tributos en general, o bien un seguro general de salud sin preguntarnos. Se puede decir que no es lo mismo. Pero si me veo ante la vacuna, en ese momento estoy cara a cara con ese mal. Veo el frasco de la vacuna. Es una confrontación directa, y soy libre para decir que no. Si me obligan, iré a la cárcel. Pero el pago de impuestos es una recaudación de dinero, aun sabiendo que pueden ordenar que el dinero que pago se destine a costear abortos u otras fechorías, como en concreto el aborto. Digo que me están robando el dinero, porque en ese caso me opongo. Querré que me devuelvan el dinero. Que me den al menos la parte de mi dinero que destinan al aborto, pero no lo harán. Por eso puede decirse que me están robando.

JHW: Exactamente, así es.


Monseñor Schneider: Como digo, hay una diferencia. Y una diferencia lógica. Como dije, uno ve y tiene la vacuna por delante. A la hora de pagar los impuestos no la tiene por delante. En ese momento no te preguntan. No somos nosotros los que hacemos los presupuestos del Estado. Es el Estado el que se gasta nuestro dinero. No es lo mismo.

JHW: Supongo que se podría entender si te dijeran: «Paga tus impuestos, que con ellos vamos a costear abortos, y cuidado que si no pagas te embargamos la casa». Aunque te lo quiten todo, puedes negarte porque sabes que tiene que ver directamente con el aborto. Sería pedirle a uno que participara de una forma muy directa en el aborto.

Monseñor Schneider: Efectivamente. Me parece una comparación muy buena. Sería cooperación. En todo caso, si me dicen que el dinero se va a destinar a hacer abortos, tengo que negarme aunque me quiten la casa, de la misma manera. Pero no me lo dicen abiertamente. Como dije, los tributos se nos imponen de una manera en que los gobiernos nos quitan el dinero de nuestras manos. Lo hacen contra nuestra voluntad. Pero en el caso de la vacuna puedo expresar mi voluntad sin limitaciones.

JHW: Excelente.

Monseñor Schneider: Eso sí, vuelvo a decir que los católicos tenemos que buscar otros planes de salud. Buscarse un plan de salud que no costee abortos. Desgraciadamente, en algunos países no hay otra opción. Así es. Así es. Así era por ejemplo en la Unión Soviética, donde yo viví. Todo el mundo tenía que pagar el seguro de salud, que también hacía abortos. Lo hacíamos a la fuerza, nos robaban el dinero.

Lo que dije, tenemos que dar testimonio de que no colaboramos en lo más mínimo con el aborto en lo relativo a las vacunas. Porque efectivamente se asesina a niños. Por eso, tenemos que dar testimonio con nuestros actos, nuestras acciones. No debemos colaborar con esas malas acciones concretas. Tenemos que dar testimonio ante esta terrible cultura enemiga de la vida, esta cultura de muerte. Tenemos que resistir si queremos que nuestro testimonio sea convincente.

JHW: En el documento, V.E. dijo que esto tiene algo que ver con la Marca de la Bestia. Eso ya es algo muy serio que dice la Escritura; que, en esencia, quien acepta la Marca de la Bestia se condena. La alusión es muy seria. ¿Qué encuentra de parecido entre esto de la vacuna y la Marca de la Bestia? Supongo que no cree que sea la Marca de la Bestia definitiva, pero, ¿cuál es su opinión?

 Monseñor Schneider: Me parece que no se expresó exactamente de esa manera. Creo que lo que se dijo fue que podría ser una indicación. Se expresó como una posibilidad; podría ser. Porque es terrible aceptar en cierta medida el fruto del aborto, algo tan terrible como esas pruebas de laboratorio y la producción de líneas celulares es horroroso, y que luego la gente tenga esa señal en su cuerpo, una señal de muerte. Sin el primer acto mortal de asesinar a un niño no llevaría esa marca en el cuerpo con la vacuna. Hay, pues, una relación con la muerte. Y la Bestia es muerte. Podría ser; no lo afirmamos rotundamente, pero lo dijimos para que se pueda reflexionarse, para que lo piensen.

​JHW: ​Es una reflexión muy interesante, porque es necesario un acto de la voluntad, ya que las Escrituras describen la Marca de la Bestia como algo que por el solo acto de recibirlo ya se es culpable. Supongo que en circunstancias normales, cuando se sabe, según todas las circunstancias normales de lo que constituye pecado mortal, uno tiene que reconocer que es un grave mal moral; que no puede menos que serlo, y que exige libre consentimiento. En esas circunstancias, entiendo que lo sea. Pero en este caso también podría impedirnos comprar y vender. Dicen las Escrituras que nadie que rechace la Marca de la Bestia podrá comprar ni vender. Con esta vacuna, hasta ahora no había visto nada que pudiera tal vez exigir la presencia de un chip en la mano que fuera imprescindible para hacer transacciones comerciales. Ahora tenemos esa posibilidad, que ni siquiera se puede entrar a comprar en una tienda, o vender.

Monseñor Schneider: Sí, podría ser; por eso el Apocalipsis de San Juan también se escribió para nosotros. Vendrá un tiempo en que se cumpla lo profetizado en el Apocalipsis. No sabemos cuándo vendrá el Señor. Es posible que ya esté cerca la Parusía. No lo sabemos. A lo mejor ya se están dando algunas señales apocalípticas, pero desde luego es difícil afirmarlo. Por tanto, expresamos la posibilidad de que sea una indicación, no decimos directamente que vivamos en un ambiente apocalíptico. Ya vemos con nuestros propios ojos esas señales apocalípticas que pueden durar por un tiempo hasta la venida del Señor. Ignoramos cuánto tiempo. Por otro lado, tenemos esperanza en que Dios es más poderoso que todas esas fuerzas apocalípticas, incluso hoy en día. Y Nuestra Señor prometió en Fátima que su Inmaculado Corazón triunfaría, ganaría. Podemos creer también que Dios concederá el triunfo al Inmaculado Corazón en nuestro tiempo antes de la venida de Cristo. Podemos creer que dará a su Iglesia un tiempo en que florezca de modo extraordinario la santidad. Toda la Iglesia puede tener esperanza y confianza en ello.

JHW: Sin lugar a dudas, la nuestra ha sido la época de mayor confusión. Personas a las que quiero y respeto, que para mí son verdaderos santos de nuestro tiempo, están divididas en cuanto a esta cuestión, y me resulta desgarrador. Todo esto es muy confuso, y creo que tendremos que implorar al Cielo que nos ayude, porque son unos tiempos verdaderamente increíbles. Ni siquiera me refiero a que, bueno, es más que la Iglesia. Impera la confusión sobre muchas cosas, y en realidad no debería haber confusión. Me refiero a las verdades de Fe, el matrimonio y todo eso. Pero en realidad hablo de personas que son de lo mejorcito, gente que siempre se ha entregado de lleno a la causa de la vida y la familia, que ha participado en todas las guerras sobre la liturgia, la familia, la vida, todas esas cuestiones concretas. Incluso entre esas personas, esta cuestión está causando mucha división. No digo animosidad, pero sí división de pareceres. Es tremendo.

Monseñor Schneider: Sí, lo entiendo, y a mí también me resulta muy doloroso ver la reacción de algunas personas que me son queridas. Como dijo, en mi opinión es que están ciegas a la realidad. Les falta profundidad de visión. Para mí es un misterio, es ilógico, no es de sentido común. Las personas sencillas lo rechazan de forma automática, instintivamente. Pregunte a las personas sencillas y verá cómo lo rechazan. Es el sensus fidelium. Eso es para mí una prueba, una demostración. Hay que guiarse por la Verdad; aunque pierda a todos mis mejores amigos, yo seguiré mi conciencia. Aunque me quede solo. Obedeceré a mi conciencia, como Santo Tomás Moro y San Juan Fisher. Ellos obedecieron a su conciencia. Gracias a Dios, no estoy solo. También hay otros obispos que no firmaron pero comparten la misma opinión, así como sacerdotes y, repito, gente más sencilla. Para mí es una prueba. Y como dijo usted, señor Westen, me parece que también es una señal de los últimos tiempos, en que los buenos estarán confundidos en algún punto, y ya dijo el Señor que algunos elegidos serían engañados. Algo tan grave y tan concreto, y no lo ven claro. Debemos a Dios el servicio de purificar nuestra alma, de tener más convicción, de guiarnos por la conciencia para averiguar la verdad, de obedecer a la conciencia. Y para un caso así, hay que haber formado la conciencia rezando, estudiando y consultando al Señor. Entiendo que ese cardenal y esos obispos tienen la conciencia formada. Y también gente sencilla. Yo creo que un día a esas personas que están defendiendo la licitud moral de las vacunas fabricadas a partir de abortos Dios les hará ver las consecuencias. No me cabe duda de que se les abrirán los ojos; es cuestión de tiempo, porque la verdad es muy poderosa. Y la verdad, cuando la buscamos, es puro corazón. Dios nos la revela y enseña. Tenemos que vivir por la verdad y por la eternidad.

JHW: Lo dice porque entiende las consecuencias de lo que estamos comentando. Porque la postura que expresó el Vaticano en 2005 y 2008, y promovida por muchísimos prelados, conduce a una conclusión contraria. La plena consecuencia, que se acepte la vacuna como una cooperación material remota, combinada con la creencia de que el coronavirus es tan grave que hay que prevenirlo con una vacuna, tiene como resultado cosas como lo que han hecho los obispos del Reino Unido. Imponen a los católicos la obligación moral de aceptar la vacuna. Y la postura de V.E…. Creo que lo mismo que expresó Abby Johnson. Ella vino a decir más o menos lo mismo que V.E. Si los obispos se opusieran resueltamente, existiría otra solución ética desde hace mucho. Pero es interesante, porque la postura de V.E. y la del cardenal Pujats, el obispo Strickland y los demás obispos y arzobispos que también firmaron el documento arriban a una conclusión contraria. Por un lado está la postura expresada por la Pontificia Academia por la Vida y la Congregación para la Doctrina de la Fe en 2005 y 2008, entendida en sentido extremo, lleva a los católicos a sentirse obligados a ponerse la vacuna fabricada a partir de abortos. Por otra parte, la postura de V.E. llevaría, en el extremo opuesto, a los católicos a resistirse hasta el punto de que les impongan restricciones a su libertad y hasta les cueste la vida. ¿Podría hablar de esa última posibilidad, qué pasaría si se impusiera obligatoriamente de modo que resisti​rla ​costase la vida? ¿Qué les diría a quienes puedan verse en esa situación?

Monseñor Schneider: Es una decisión que cada uno debe tomar ante su propia conciencia. Y si la conciencia me dice que no puedo aceptar una vacuna en cuya fabricación se han empleado tejidos abortados, ni siquiera en el modo más remoto… porque repito, participaría aunque de una forma remotísima, no es lo mismo que pagar los impuestos, claro; no se puede comparar. La conciencia me dice que no puedo aceptarlo. Tengo que decidir lo mismo que Santo Tomás Moro y el cardenal Juan Fisher, que fueron los únicos que se negaron a hacer el juramento de sucesión que les había exigido Enrique VIII. No les pidió que negaran a Cristo. Enrique VIII se limitó a exigirles que hicieran el juramento de la sucesión, en el que estaba implícito el reconocimiento del divorcio. Porque el rey les pidió que reconocieran a los descendientes de Ana Bolena como legítimos y soberanos, que reconocieran que sus descendientes eran hijos legítimos. Que dijeran que aquel era un matrimonio legítimo, reconociendo con ello implícitamente el divorcio. Y prefirieron morir antes que hacerlo. Por eso, creo que, como dijo hace unas semanas en un video que prefería ir a la cárcel que ponerse una vacuna procedente de abortos. Y yo pienso igual. Mi arzobispo también me dijo lo mismo: que prefería ir a la cárcel, y  aunque nos quedáramos solos, no lo estaríamos. Estoy convencido de que habrá muchos, tal vez no sea una gran cantidad, pero habrá una cantidad considerable de personas sencillas que pensarán igual. No tantos sacerdotes e intelectuales, sino gente sencilla. Madres, abuelas y jóvenes buenos irán a la cárcel. Creo que no aceptarán la vacuna. Y si no los matan, no sé, decretarán pena de muerte. Dios nos iluminará para que confesemos su verdad y nos dará fuerzas. ¿Qué es esta breve vida comparada con la eternidad, con la verdad? ¡Con este testimonio de los profetas! Testimonio inflexible. Con el espíritu de los profetas del Antiguo Testamento, de San Juan Bautista, de los profetas, los santos, los mártires, todos ellos. Tenemos que imitarlos aunque perdamos nuestra breve vida temporal.

JHW: Amén. Tremendo. La suya es una declaración muy contundente y llena de convicción. Me gustaría concluir aquí y, si tiene la bondad, Excelencia, pedirle su bendición para todos nosotros.

Monseñor Schneider: Dominus vobiscum.

JHW: Et cum spiritu tuo.

Monseñor Schneider: Et benedictio Dei omnipotentis Patris et Filii et Spiritus Sancti descendat super vos et maneat semper.

JHW: Amén. Muchísimas gracias, monseñor Schneider, por acompañarnos en esta edición del programa de John-Henry Westen. Dios lo bendiga.

Monseñor Schneider: Y a usted también lo bendiga.

JHW: Dios bendiga también a nuestros espectadores. Hasta la próxima.

(Traducido por Bruno de la Inmaculada. Artículo original)

Mons. Athanasius Schneider
Mons. Athanasius Schneider
Anton Schneider nació en Tokmok, (Kirghiz, Antigua Unión Soviética). En 1973, poco después de recibir su primera comunión de la mano del Beato Oleksa Zaryckyj, presbítero y mártir, marchó con su familia a Alemania. Cuando se unió a los Canónigos Regulares de la Santa Cruz de Coimbra, una orden religiosa católica, adoptó el nombre de Athanasius (Atanasio). Fue ordenado sacerdote el 25 de marzo de 1990. A partir de 1999, enseñó Patrología en el seminario María, Madre de la Iglesia en Karaganda. El 2 de junio de 2006 fue consagrado obispo en el Altar de la Cátedra de San Pedro en el Vaticano por el Cardenal Angelo Sodano. En 2011 fue destinado como obispo auxiliar de la Archidiócesis de María Santísima en Astana (Kazajistán), que cuenta con cerca de cien mil católicos de una población total de cuatro millones de habitantes. Mons. Athanasius Schneider es el actual Secretario General de la Conferencia Episcopal de Kazajistán.

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