ONE PETER FIVE

Monseñor Schneider habla de la castidad en una sociedad cada día más cruel

La siguiente entrevista la realizó Julian Kwasniewski a fines del pasado mes de junio durante la conferencia sobre sagrada liturgia que se celebró en Salem (Oregón). Reproducimos la transcripción del texto con la autorización de Su Excelencia.

Julian Kwasniewski:Muchas gracias, Excelencia, por concedernos esta entrevista. En un verdadero honor asistir a esta conferencia y platicar con usted. Como el tema concreto de este encuentro es eucarístico, me ha parecido oportuno preguntarle para empezar sobre la Sagrada Eucaristía.

San Pedro Julián Eymard dijo en una ocasión: «No olvidemos jamás que la prosperidad y la decadencia de una época dependen proporcionalmente de su devoción a la Sagrada Eucaristía. Esa es la vara para medir su vida espiritual y su fe, su caridad y sus virtudes». ¿Cómo diría Vuestra Excelencia que se ha cumplido esta afirmación a lo largo de la historia de la Iglesia, y más en concreto, en los tiempos de crisis que vivimos actualmente?

Monseñor Athanasius Schneider: Efectivamente, esta cita de San Pedro Julián Eymard es muy cierta y oportuna, con la devoción a la Sagrada Eucaristía de un modo más profundo, explícito y público que se desarrolló en la Iglesia a lo largo del segundo milenio, como sabemos, y una vez más, ciertamente con la guía del Espíritu Santo en la Iglesia, se llegó a un conocimiento más profundo de las verdades relativas a la Sagrada Eucaristía, que constituye el corazón de toda la vida de la Iglesia.

Como sabemos, la teología encontró su culminación en Santo Tomás de Aquino. Tanto él como algunos contemporáneos suyos nos han proporcionado las más profundas reflexiones teológicas y espirituales sobre la Sagrada Eucaristía. También en aquella época, Dios instó a Santa Juliana de Lieja a pedir la institución de una fiesta especial de la Sagrada Eucaristía, el Corpus Christi. Esto hizo la Iglesia en el siglo XIII, introduciendo además la veneración y adoración de este misterio central en, por ejemplo, exposiciones y procesiones. Esto no se hacía todavía en el primer milenio, sino que comenzó en los siglos XII y XIII, y luego se extendió y desarrolló. Podemos observar que la práctica del culto público trajo consigo una adoración más profunda de la Sagrada Eucaristía, que verdaderamente ha producido numerosos frutos en la vida cristiana de toda la sociedad.

La crisis protestante atacó la Eucaristía. Una vez más, en el siglo XVI, la Iglesia reafirmó la doctrina de la Eucaristía en el Concilio de Trento. Y todos los santos a los que Dios llamó en ese siglo a defender y salvaguardar la belleza e integridad de la Fe católica contra los innovadores protestantes fueron santos eucarísticos. Se puede ver que hubo todos esos santos a partir del siglo XVI. La celebración de la Santa Misa se volvió asimismo más fervorosa y profunda aún en la época de Trento. Varios santos empezaron a difundir la devoción de las Cuarenta Horas.

En mi opinión, una especie de culminación de esta vida eucarística más profunda en el seno de la Iglesia la encontramos en el siglo XIX en San Pedro Julián Eymard y en otros santos de su tiempo que promovieron el culto y la adoración de la Eucaristía. Vemos así que en esa época que se inicia en el Concilio de Trento se manifiesta con más hondura la teología, el culto y la liturgia eucarística. Podemos observar que fue una de las épocas más fértiles espiritualmente de la historia de la Iglesia: la Era Eucarística, desde Trento hasta su culminación en el siglo XIX, despertó más fervor misionero. En el siglo XIX tuvo lugar una de las mayores manifestaciones de la obra misionera de la Iglesia con la evangelización por todo el mundo de pueblos no cristianos y paganos. Y todo ello tuvo que ver con la Sagrada Eucaristía y con las manifestaciones públicas de culto a Ella.

Dios bendecía al pueblo que lo veneraba. En el himno del Corpus Christi de Santo Tomás de Aquino hay una frase que dice: «Sic nos Tu visita, sicut te collimus». Es del himno Sacris solemniis, en el oficio divino del Corpus Christi. Yo lo traduciría con estas palabras: «Visítanos, Señor, con tu gracia en la medida en que te adoramos en la Eucaristía». Así como te adoramos, visítanos con tu gracia. ¡Y es cierto!

Desgraciadamente, después del Concilio [Vaticano II] ha disminuido mucho la veneración de la Eucaristía, el culto público en la liturgia eucarística, tanto en los ritos, como en las ceremonias y en cuanto a pureza e integridad de la doctrina. Asociada a ello, ha venido una disminución o debilitamiento del fervor misionero y del fruto de la vida espiritual en las parroquias.

Pero al mismo tiempo, el Espíritu Santo ha suscitado, en medio de la crisis postconciliar, lo que yo llamaría un nuevo movimiento eucarístico. Es el movimiento de la Adoración Perpetua, el cual, gracias a Dios, va creciendo en la Iglesia desde hace varias décadas. Por ejemplo, con adoración perpetua en capillas y parroquias, cosa que no era frecuente antes del Concilio. A mí me parece que se está extendiendo más en las parroquias. Para mí, es una señal de que, lentamente, se está renovando la vida de la Iglesia. Este movimiento de las capillas de adoración perpetua debería influir también en la manera de celebrar la Santa Misa: la culminación de la Eucaristía, el Santo Sacrificio en sí, y de ahí influir en la vida espiritual. Es una señal del Espíritu Santo de que poco a poco se renueva la Iglesia.

 

¿Cómo diría que el Rosario y la Misa se complementan mutuamente en el acto espiritual de abrirse a la Palabra de Dios? La Virgen María fue tan receptiva a la Palabra de Dios que Él eligió vivir en su seno, y la Misa también tiene que traer a nuestro corazón la Palabra de Dios, el Verbo de Dios, tanto escriturística como eucarísticamente. ¿En qué modo operan conjuntamente el Rosario y la Misa?

El Rosario: Es ni más ni menos que una síntesis del Evangelio. El Rosario reúne en una hermosa síntesis todo el misterio de la Encarnación, la Redención y la obra de la salvación. Y la Santa Misa es un compendio de la obra salvífica. ¿Por qué se encarnó Cristo? Para ofrecerse como Cordero de Dios e inmolarse en la Cruz por la salvación de la humanidad y glorificar al Padre. Eso es lo que significa. Cuando rezamos el Rosario, que podemos rezar incluso durante la Misa, participamos de forma muy activa en los misterios gozosos, que se centran en la Encarnación, y la Santa Misa es una continuación de la venida de Cristo en la Encarnación, bajo el velo de las sagradas especies del pan y el vino. Por su parte, los misterios dolorosos son la meditación concreta de la Santa Misa: nos ayudan a contemplar la presencia real del Gólgota bajo el velo del Sacramento. Por último, los misterios gloriosos: Cristo presente en la Sagrada Hostia, resucitado, glorificado, con sus luminosas llagas.

Así pues, en el Rosario tenemos una síntesis muy hermosa de toda la Misa. Por eso antiguamente los que no sabían leer, como los campesinos, participaban en la Misa con el Rosario. Después del Concilio, muchos curas se burlan de esas personas y las humillan por rezar el Rosario. Pero eso está mal, es injusto. Rezando el Rosario participan más profundamente, porque meditan en lo que sucede en el altar, es la oración del Evangelio, ya que las palabras que recitan están tomadas del Evangelio. Por eso, naturalmente, no quiero decir que sólo debamos rezar el Rosario durante la Misa, pero es una manera en que se puede participar. No la única, quizás ni siquiera la principal, pero es legítimo. Lo digo más bien por quienes tengan una afinidad especial hacia ello.

 

En nuestros tiempos, cada vez más religiosos y laicos descubren el Rito Romano en sus formas más antiguas, por ejemplo en las ceremonias de Semana Santa y Pentecostés del Misal de 1948. En ese sentido, ¿considera Vuestra Excelencia que hay motivos de peso para reevaluar la reforma del Breviario que llevó a cabo Pío X?

Sí, porque como usted dijo, el Rito Antiguo de la Semana Santa, el anterior a 1955. Sustancialmente esa reforma fue una revolución sin precedentes en la historia de la Iglesia. Yo diría que nunca había habido una reforma tan en sustancia y tan revolucionaria. Los papas siempre observaron con mucho esmero la tradición litúrgica. Sólo cambiaban algo cuando veían un evidente abuso o si con el tiempo se había introducido algo que no fuera sano en sí. Pero jamás se había producido una modificación sustancial del propio rito. A veces podía hacerse una abreviación razonable, pero no modificación; o bien añadirse algo que tuviera sentido. Eso sí, un añadido pequeño; no se entendía como una revolución o una alteración sustancial.

Desgraciadamente, la reforma del 55, en sus elementos y en sus estructura, manifiesta alteraciones revolucionarias que no tienen comparación con los hermosos ritos precedentes de la Semana Santa. Las modificaciones que se hicieron no eran necesarias. Quizás podían haberse abreviado unos pocos elementos, pero sin cambiar el rito en sí. Se sustituyó por algo inventado. Fue un ejercicio previo de la reforma revolucionaria postconciliar del rito de la Misa y de todas las liturgias y sacramentos. De toda la liturgia, el Breviario incluido.

Con ello, y respondiendo a su pregunta, le digo que la reforma del Breviario efectuada por Pío X en 1911 por desgracia fue también una reforma revolucionaria. No puedo entender cómo el papa Pío X pudo hacer algo así, porque alteró totalmente la estructura de la distribución de los Salmos, que la Iglesia de Roma había mantenido casi intacta desde los tiempos -o incluso antes- del papa Gregorio I. O sea, que ya desde el siglo VI, o tal vez antes, sustancialmente, la Iglesia romana había mantenido intacto durante al menos 1300 años el orden de los salmos en el Breviario durante la semana. El orden de los salmos se llamaba cursus romanus; cursus significa orden o secuencia: los salmos se leían a lo largo de la semana, del domingo al sábado. Si se observa, se verá que era un orden muy armonioso, muy lógico. Y Pío X alteró radicalmente la distribución de todo el Salterio. Nunca se había hecho algo así en la Iglesia de Roma. Para mí es inexplicable. ¿Cómo se les ocurrió hacer tal revolución?

Naturalmente, había algunos motivos pastorales; quería aliviar la carga de los sacerdotes seculares. Pero podía haberlo hecho de una manera en que no tocara de forma sustancial el orden de los salmos que había observado siempre la Iglesia. El problema estaba en maitines, porque el oficio semanal tenía 12 salmos, y eran demasiados para algunos sacerdotes diocesanos. El Papa podría haber evitado tocar el cursus romanum psalmorum y permitido que los sacerdotes diocesanos rezaran, por ejemplo. la mitad de ellos, digamos seis. Maitines habría quedado abreviado. Y los religiosos y las monjas, cuyo deber principal es rezar, lo rezarían en su totalidad. Desafortunadamente, el Papa lo cambió todo, hasta para las monjas y religiosos, con la única excepción quizá de los benedictinos, a quienes se les permitió mantener la recitación tradicional. Lo reitero: habría bastado con aliviar en concreto la carga de los sacerdotes que realizan una labor pastoral exigiéndoles leer menos salmos sin alterar sustancialmente el orden o estructura de la milenaria liturgia romana del Oficio Divino.

Espero que algún día la Iglesia vuelva en sustancia  a la Semana Santa tradicional, de antes del 55, tal vez con algunas ligeras modificaciones que no alteren la sustancia. Y lo mismo digo del Breviario. Que vuelva al de antes de S. Pío X, que yo llamo el breviario de siempre, tal vez con alguna modificación razonable. Pero insisto: sin tocarlo en la sustancia. Y vuelvo a insistir: la Iglesia tiene que hacer todo eso con mucho cuidado; antes siempre lo había hecho con prudencia. Los papas tienen que ser conscientes de que no son los amos de la liturgia y los ritos, sino guardianes de ellos. Cuando algunos obispos le pidieron a Pío IX que introdujera el nombre de San José en el Canon de la Misa, se negó, no quiso hacerlo; y eso que ya era muy devoto de San José. Respondió a los prelados: «No puedo hacerlo, no soy más que el Papa». Esa debería ser la actitud de la Iglesia hacia lo que es más sagrado para nosotros, la sagrada liturgia. No me opongo a un desarrollo sensato de la liturgia, pero tiene que hacerse con sumo cuidado y a lo largo de un tiempo dilatado, sin introducir contenido ni sustancia revolucionarios.

 

Excelencia, me llama la atención su lema episcopal, porque se sale bastante de lo habitual. Al contrario que la mayoría, es muy breve, y está además en griego. ¿Podría explicar el significado particular que tiene para Vuestra Excelencia?

Sí. Cuando me nombraron obispo, tuve que escoger un lema… y de buenas a primeras se me ocurrió: Kyrie eléison. En primer lugar, me gusta mucho esa oración, el Kyrie eléison, Señor, ten piedad. No sólo manifiesta arrepentimiento, cuando nos confesamos, sino que también debemos tener una actitud de arrepentimiento en el corazón. Cor semper penitens. Para acordarnos de que somos pecadores. Ése fue el primer motivo.

Pero Kyrie eléison no sólo es expresión de un corazón arrepentido, sino también de confianza. Jesús, en Ti confío. Kyrie:  «¡Es el Señor!» Me encanta la palabra Kyrie: ¡Señor! Expresa toda mi fe en Él como mi Señor y mi Dios, y toda mi confianza en Él. Señor: es también una expresión, a mi juicio, de amor. Y para este corazón contrito, es confianza, y además profesión de que Él es Dios y Rey. El único Rey es Jesús. Entonces, cuando proclamo la palabra Kyrie, proclamo su realeza y majestad.

Y luego eléison: ten piedad. Lo que necesitamos todos en este mundo es la misericordia de Dios. Eso necesitamos. Ten piedad de nosotros. Es una oración de súplica, de confianza, y más. Ten piedad: eléison. Es una breve jaculatoria, y una oración litúrgica. Está en griego, ¡y aún así se reza en la Misa en latín! No se tradujo al latín. En latín debería decirse Dómine, miserere. Pero celebramos la Misa en latín con la sola excepción de esas palabras griegas. La Misa latina ha mantenido esas palabras del griego para que se vea que está vinculada con los comienzos de la Iglesia de Roma, cuando, en los primeros siglos, la liturgia se rezaba en griego. Y también para que se vea la relación con las Sagradas Escrituras en el Nuevo Testamento, que se escribió en griego. El primer anuncio oficial del Evangelio se hizo en griego, y luego, claro, más tarde se hizo en otros idiomas. Demuestra además la relación entre la Iglesia latina y la Iglesia griega, que la Iglesia es Oriente y Occidente, una sola Iglesia. La Iglesia respira con dos pulmones, el oriental y el occidental, el latino y el griego. Esas fueron, pues, mis reflexiones e intenciones cuando elegí por lema Kyrie eléison.

 

Vuestra Excelencia ha hablado sin pelos en la lengua sobre muchas situaciones que afectan la Iglesia actual. Ahora bien, hay quienes dicen que los obispos no deben meterse en los asuntos de los prelados de otras diócesis. ¿Cuál es, en su opinión, el deber de un obispo particular para con la Iglesia universal?

En primer lugar, tengo que decir que en mis intervenciones jamás me he inmiscuido en asuntos concretos de ninguna diócesis ni de ningún obispo. Nunca ha sido ésa mi intención, ni debe serlo, porque no me dedico a eso; esa tarea le corresponde al Papa. En mis intervenciones me limito a declarar y defender las verdades generales de la Iglesia y hablar de crisis general que afecta a casi toda la Iglesia, así como de los principales síntomas de la crisis en toda la Iglesia, que se pueden observar en la liturgia, la Eucaristía, el matrimonio y la familia. Como ve, no son asuntos concretos de diócesis particulares…

Pero todo obispo está consagrado, y como lo ha nombrado el Papa, es miembro también del cuerpo episcopal. El Concilio Vaticano II declara que todo obispo debe ser consciente del estado de la Fe en toda la Iglesia y preocuparse por él. No puede decir: «Como mi jurisdicción es ésta, me da igual lo que pase en toda la Iglesia. Mejor me callo y no digo nada». No me parece correcta esa actitud. En unos tiempos en que la crisis afecta a la mayor parte de la Iglesia, los obispos tienen que alzar la voz en defensa de toda la Iglesia. Así ayudan al Papa. Lógicamente, el pastor supremo, el que tiene la mayor responsabilidad en todo el rebaño de Cristo, la Iglesia, es el Papa, y tiene que defender la Fe y fortalecer a los prelados y sacerdotes. Pero los obispos también tienen que ayudarle en esta labor, proclamando todos las verdades perennes de la Iglesia y expresando el deseo de efectuar reformas saludables.

Somos una familia, la Iglesia. No somos una empresa, sino una familia. De los obispos depende la salud de toda la Iglesia, y más en tiempos de crisis. Y ahora estamos en crisis. Hay que estar ciego –espiritualmente ciego– para negar que la Iglesia atraviesa actualmente una honda confusión doctrinal, litúrgica y moral. Por tanto, cuando los obispos alcen la voz para defender la verdad, harán en mi opinión una buena obra y ayudarán en cierta medida al Papa y a sus hermanos del episcopado.

 

¿Cree, pues, que las conferencias episcopales han contribuido al testimonio de los obispos en la Fe católica, o lo han debilitado?

Varía de una región a otra. Generalmente, en los países occidentales la mayoría de las declaraciones de las conferencias episcopales debilitan la responsabilidad y deberes de cada obispo. Se ha convertido en una estructura burocrática, y por tanto contraria a la estructura divina de la Iglesia. Las conferencias episcopales no son estructuras divinas, sino humanas. Se trata de juntas de gobierno, de administración, entidades burocráticas que en cierto modo silencian, debilitan y paralizan la voz y la actividad de los diversos obispos, que tienen que enseñar y hablar por institución divina, como pastores de su grey, y tienen unos deberes y responsabilidades. Está claro, pues, es indudable que ha sido un efecto negativo de las conferencias episcopales en los últimos cincuenta años.

Claro que también ha habido algunas conferencias episcopales que han hecho buenos aportes para afianzar la fe de los fieles, haciendo declaraciones enérgicas sobre diversas cuestiones. Pero en general se ha producido un debilitamiento en mayor o menor grado de la misión encomendada por Dios a los obispos de enseñar, gobernar y santificar. En lo futuro habrá que reevaluar los estatutos que rigen la obra y metodología de dichas conferencias.

 

Para terminar, Excelencia, ¿cuál diría que es el elemento más importante de la Tradición del que deben echar mano los jóvenes en este momento?

Lo más importante para la juventud católica es profundizar en la fe, en el conocimiento de la Fe católica y los argumentos apologéticos que conocen. El joven tiene que decir como San Pablo: «Sé a Quien he creído». Tiene que ampliar su conocimiento de la Fe, y disponer de medios apologéticos, saber defender su fe, porque vivimos en una sociedad neopagana, en el mundo entero, que ataca constantemente nuestra Fe católica y se burla de ella. Hay que educar a los jóvenes para que sean testigos valerosos y fomentar en ellos la espiritualidad de ser auténticos soldados Cristo, enorgullecerse sólo de una cosa: de ser católicos. Otros orgullos son malos; sólo hay un orgullo bueno. Eso es, en mi opinión, lo más importante para los fieles.

También, no aceptar la forma de vida de este mundo neopagano. Eso quiere decir observar y cultivar la virtud de la castidad. Los jóvenes de hoy tienen que guardar en concreto la castidad, la pureza. Será eso lo que nos identifique como verdaderos cristianos entre la sociedad y la juventud degradada y sexualizada que nos rodean. Jóvenes castos y puros de ambos sexos; no será necesario en ese caso que digan mucho. Su vida irradiará una energía espiritual que otros percibirán instintivamente. Con la gracia de Dios y con la ayuda de buenos sacerdotes y una buena formación los jóvenes tienen que cultivar y observar una vida casta. En concreto, eso significa evitar formas de degradación tan frecuentes como la pornografía y otras cosas impropias de un discípulo de Cristo.

Recordemos que cuando en los primeros siglos los paganos perseguían a los cristianos se quedaban maravillados de su actitud. Decían: «¡Mirad cómo se aman!» Para los paganos era algo muy infrecuente. Ellos odiaban, eran crueles. La sociedad en que vivimos se está volviendo cada vez más cruel y llena de odio. Por eso, tenemos que ensalzar el verdadero amor, la caridad. Pero hoy en día, los paganos también dicen: «Mirad lo puros que son». Y al igual que antiguamente el amor que se tenían entre sí los cristianos condujo a muchos paganos a Cristo, yo diría que actualmente la vida casta de muchos jóvenes católicos atraerá a otros jóvenes a Cristo.

Por último, todo esto que acabo de decir tiene que acompañarse de oración. Los jóvenes tienen que ejercitarse en la oración personal. Éstas son las armas. Y siempre tienen que portar el arma en el bolsillo. Me refiero al Rosario. Ésa es el arma de los jóvenes.

Julian Kwasniewski

(Traducido por Bruno de la Inmaculada/Adelante la Fe. Artículo original)

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Edición en español de la web norteamericana One Peter Five (onepeterfive.com) bajo la dirección de Steve Skojec
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