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Muerte en el Estado de Virginia

La noticia es de la semana pasada. Virginia es el primer Estado del sur de los Estados Unidos (y el 23º de la Unión) en abolir la pena de muerte. El Senado local aprobó la medida con una mayoría de 21 a 17 votos, mientras que la Cámara la aprobó con una mayoría de 57 a 41. El gobernador demócrata Ralph Northam anunció de inmediato que firmará el proyecto de ley correspondiente. Una vez aprobada, la ley tendrá el efecto de que no habrá más ejecuciones a partir de julio, mientras que las penas de muerte ya dictadas se conmutarán por cadenas perpetuas.

Al mismo tiempo, con mayorías similares, la Cámara y el Senado de Virginia han legalizado el uso de la marihuana con fines recreativos, y este también es un récord que la Virginia se adjudica entre los Estados del sur. Esta simultaneidad debería hacernos reflexionar sobre una cierta confusión moral del legislador virginiano (en lugar de legalizar la marihuana, ¿no habría sido mejor cuestionar la posible conexión entre las drogas y los crímenes atroces sancionados con la pena de muerte?). Pero el punto más doloroso es otro.

En la breve declaración que comenta el pasaje del proyecto de ley de abolición de la pena de muerte en el Senado, el gobernador dijo que «esta práctica es fundamentalmente injusta. Es deshumana. Es ineficaz. Y sabemos que, en algunos casos, hubo personas condenadas a la pena capital, de las que después se probó la inocencia».

¿Pero no es este el mismo Gobernador Northam quien, hace dos años, había suscitado gritos de horror por su comentario sobre la relajación de las restricciones a los abortos en el tercer trimestre? En una entrevista radial, el gobernador (de quien, siendo neurólogo pediatra de profesión, se presume que sabe lo que dice, al menos sobre estos temas) declaró: «Los abortos en el tercer trimestre se realizan cuando pueden existir deformaciones graves … Cuando una madre está en trabajo de parto, puedo decirle exactamente lo que sucede … El bebé es dado a luz y se mantiene en un estado confortable.. Luego, el bebé es resucitado si este es el deseo de la madre y su familia. Y después la madre y los médicos mantienen una conversación».

Ahora bien, como suele suceder, los llamados sites que pretenden restablecer los hechos discutiendo las declaraciones de los políticos, en realidad terminan ofuscando estos mismos hechos con fines políticos. El “fact-checking” -la verificación de los hechos- de la declaración del gobernador Northam es un ejemplo claro (ver, por ejemplo, de cómo, en defensa del gobernador, se trepa a los espejos).:Sin embargo, sea como sea, las palabras del gobernador (y de los Demócratas en general) no dejan lugar a dudas: una vez dado a luz (por lo tanto, ya ni siquiera es un aborto), la suerte del niño, es decir, si se le permite vivir o se le deja morir, es decidida en una afable charla entre la madre y los médicos, mientras que el bebé (¡nunca!) es mantenido en un estado confortable.

En pocas palabras, si se comparan las dos declaraciones del Gobernador Northam, por un lado están la inequidad y la inhumanidad de la pena capital, mientras que la posibilidad de no atender a un bebé nacido obviamente no sería ni injusta ni inhumana; y por otro, el horror de la ejecución de un condenado, presuntamente culpable, pero después juzgado inocente, mientras que el niño sin duda inocente puede ser dejado morir sin suscitar ningún horror.

Por otro lado, incluso si solo se verifican los números, alrededor de 1.300 personas han sido ejecutadas en Virginia en más de cuatro siglos a partir de 1608 y 111 a partir de 1976. Los datos relacionados con el aborto, en Virginia, son de una magnitud decididamente diferente: solo en el 2018, los abortos (al menos los registrados) superaron los 16 mil. Y si se tiene la paciencia de consolidar los datos (paciencia que hay que encontrar, dada la enormidad del crimen), se puede hacer una comparación entre el número de condenas a muerte (111) desde 1976 y el número de abortos en el mismo período (aproximadamente 4 millones), por lo tanto, 40 mil abortos por cada ejecución.

¿La moraleja de todo esto? Independientemente de lo que se piense de la pena de muerte y de su abolición, sería quizás conveniente tener el sentido de las proporciones. Si se guarda silencio sobre los abominables crímenes del aborto y del infanticidio (ante los cuales, por gravedad y número, todos los demás palidecen), cualquier alarde sobre la abolición de la pena de muerte tiene un sabor de hipocresía que sólo una parte de los Estados Unidos, la Demócrata de Biden y Northam, no advierte. Y sería oportuno que los legisladores abolicionistas de la pena de muerte pusieran al día sus conocimientos (o echaran un vistazo por primera vez) sobre la obra de Beccaria, quien, aunque portaestandarte de la crítica a la pena de muerte, no vacilaba en expresar el «justo horror» que merecen delitos como el infanticidio (Dei delitti e delle pene (De los delitos y de las penas, cap. 31), y presumiblemente el aborto (en la nota 7 del capítulo 31, los editores de una de las ediciones en inglés escriben que «aquí Beccaria probablemente se refiere a ambos delitos, el de infanticidio y el del aborto«: Cesare Beccaria, On Crimes and Punishments (5ta. edición Newman y Marongiu, 2009), pág.141).

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