ADELANTE LA FE

¿Muros que separan las religiones?

¿Una Iglesia cerrada al mundo?

Queridos amigos, se nos ha dicho que  el  Concilio Vaticano II vino a renovar una Iglesia cerrada al mundo, una Iglesia que había levantado barreras ante el mundo y ante las distintas religiones y demás creencias. Aquella Iglesia criticada era, sin embargo, la que, con la autoridad del Padre Eterno, condenaba la herejía, el cisma, los errores, los pecados de las personas y de las naciones; con la Sabiduría del Verbo Encarnado señalaba el camino de salvación, desenmascaraba el pecado, público y privado, instruía en la Verdad de Jesucristo, en la Verdad  de la Iglesia Católica, único camino de salvación; y con la Santidad del Espíritu Santo acogía a los pecadores arrepentidos, a los que habían vivido en el error, en la herejía, en el cisma, como Madre que acoge a los hijos descarriados que  vuelven al seno del verdadero hogar.

Por todo lo anterior, la Iglesia era la ciudad del Evangelio que situada en la cima del monte, toda llena de esplendor y luminosidad, alumbraba a quienes vivían en la oscuridad del error. Aquella Iglesia, como faro radiante iluminaba constantemente a quienes navegaban por las rutas del pecado. ¿Es acaso el faro una barrera para el navío que navega en la bruma de la noche? ¿Es acaso la luminosidad de la ciudad situada en el alto de la colina un obstáculo para el viajero perdido y desorientado que camina por el pie del monte? No. Claro que no.

¿Cuándo  se levantan  barreras? Desde el momento que el faro deja de iluminar; cuando la ciudad apaga sus luces; entonces el buque no sabe a dónde dirigirse, ni dónde está; al igual que el viajero que, perdido al pie de la colina, no sabe hacia dónde caminar porque no ve ninguna luz que le indique el camino.

Cuando tras el Concilio Vaticano II, la Iglesia deja de condenar el error, de señalarlo, deja de anunciar la Verdad de Jesucristo, único Dios, único Salvador y Redentor; deja de proclamar al mundo la verdad del verdadero Dios, Uno y Trino, entonces lo que está haciendo la Iglesia es levantar un sólido e inmenso muro que impide que los extraviados no puedan ver el camino de salvación; que  los pecadores no puedan reconocer su situación de pecado y, por tanto, de condenación eterna de sus almas; que los que se alejaron de la Iglesia, por herejía y cisma, no reconozcan el camino de regreso a casa. La Iglesia ha dejado de ser faro, de ser ciudad iluminada situada en la cima del monte.

¿Qué nos encontramos actualmente? Una Iglesia dialogante. Una Iglesia que habla con el error, el pecado, la herejía, el cisma, pero no para iluminarlos y conducirlos por el camino de salvación, sino para convivir con ellos. Algo así, como si el farero apagase su faro y empezara a tratar de entablar una conversación con el capitán del  buque, mientras éste que navega rumbo a los arrecifes para encallar.

El verdadero “muro”.

No hay mayor barrera, ni  muro más grande, que el que se alza para impedir el conocimiento del Verdadero  Dios, Uno y Trino, de sus Mandamientos, de la Verdad de la Iglesia como único camino de salvación. No puede haber muro más lastimoso que el que se levanta ante los pecadores para que no sepan que lo son. Es el muro que silencia su realidad pecaminosa, que calla su situación objetiva de pecado, que silencia la realidad de la oscuridad de su alma, que camina hacia la condenación; es el muro que ya no condena en beneficio del pecador, porque la condena ayuda al pecador a reflexionar y a arrepentirse. Estamos ante  el muro que se alía con el mundo enemigo de Cristo y de su Iglesia, que confraterniza con la concupiscencia de los sentidos.

Si la Iglesia católica  ya no predica la verdad de Jesucristo, Salvador y Redentor del género humano a todos los demás, está alzando un muro infranqueable que hace que  el verdadero Dios, Uno y Trino no sea conocido. Cuando no se predica la verdad del ser de Dios Trinitario, el único que es por sí mismo; el que es, el único que tiene el ser, el Dios Omnipotente  y Todopoderoso; el que tiene en sí mismo todas las perfecciones en forma infinita, entonces se está levantando una muralla infranqueable que hace que el Dios Trinitario, el único y verdadero Dios, sea desconocido. Trágico muro que impide la salvación de tantas almas, y por las que el Verbo Encarnado dio su vida para que no se perdieran eternamente.

No hay muro más lamentable y  trágico que el que se levanta cuando la Iglesia no predica la salvación del alma a aquellos que no inclinan sus rodillas ante la Cruz salvadora y redentora de Cristo. Cuando la Iglesia no predica la existencia del único Dios, Uno y Trino y no da a conocer al mundo entero las maravillas de tal Dios, su inmensidad inabarcable, su infinitud sin principio ni fin, su poder absoluto sobre todo lo que Él mismo ha creado, su amor que todo  lo llena, y todo lo creado da muestra de él, y de forma especialísima e inaudita, el amor manifestado en la Santa Cruz, entonces mantiene en la más absoluta  oscuridad a tantas almas, que viven erradas en sus creencias siguiendo a divinidades falsas.

No se puede contemplar el amor de Dios en el Calvario y no predicarlo al mundo entero. No se puede mínimamente entender tal amor y no hacerlo querer a los que lo desconocen. No se pueden conocer las infinitas perfecciones de Dios y no hacer ver al mundo entero que no hay más Dios que el Creador de Cielos y tierra, que el Redentor que murió y resucitó, que el Santificador que guía  a las almas por el camino de la gracia. Este es el Dios Trinidad, el  único Dios verdadero, el único Dios que salva, el único Dios al que hay que invocar para no perder eternamente el alma.

El verdadero “puente”.

Sólo hay un camino de salvación, la Iglesia fundada por Jesucristo, la Iglesia católica, la Iglesia a la que el Señor ha dado todos los medios de salvación del alma. Es la Iglesia que tiene toda la verdad de Dios, su Palabra, sus enseñanzas, sus mandatos. Es la Iglesia que allana los muros de la ignorancia para llevar  a todos la Palabra de vida y de salvación. La Iglesia, al predicar la verdad de Dios, Uno y Trino, a todo el mundo sin excepción, derriba los muros del error en los que viven, esos muros que les mantienen en tal ignorancia que les impide conocer la Verdad.

Los muros de las falsas creencias, de los falsos dioses, de las falsas prácticas religiosas, de las creencias paganas, sincretistas, todos esos muros los ha ido derribando la Evangelización de la Iglesia, que a los largos de generaciones no ha cesado de predicar al verdadero Dios. Si la denominada Nueva Evangelización supone no predicar al Dios de Jesucristo, su Verdad, su Palabra, como el único Dios y la única Verdad que salva, entonces no es verdadera evangelización, entonces levanta muros.

Queridos hermanos, los muros de los que nos hablan que existen entre religiones, son las barreras que la propia Iglesia alza al no predicar al verdadero Dios, Uno y Trino. Es decir, cuando la Iglesia no proclama:

Vosotros que creéis en vuestro dios, estáis equivocados. Yo la Iglesia católica vengo a hablaros del verdadero Dios. Del Dios de la Misericordia que no conocéis. Vengo a hablaros del Dios crucificado para que  os arrodilléis ante Él y le deis toda la gloria que nosotros le damos. Vengo a hablaros del misterio amor infinito que es nuestro Dios Trinitario, el único y verdadero. Vengo a hablaros de la criatura más hermosa que  jamás haya pisado sobre la faz de la tierra: la Madre de Dios. Vengo a deciros que fuera de la Iglesia católica no hay salvación.

Si la Verdad de Dios, Uno y Trino, no prevalece entonces se alza el muro del error que mantiene en la ignorancia a las almas, alejadas de su salvación, en la oscuridad de su triste situación, sin poder conocer el resplandor de la Santa Cruz gloriosa, que se ha alzado para atraer a TODOS hacia ella.

Ave María Purísima.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa

Padre J.M Rodríguez de la Rosa

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa. Nació en Palamós (Gerona) en 1956, y se ordenó sacerdote en 12 de octubre del 2007 en la catedral de Getafe. Es licenciado en Estudios Eclesiásticos y en Derecho Canónico. Preside una Asociación privada de fieles de vida de oración contemplativa. En la actualidad es capellán de una residencia de ancianos de Madrid. Es autor del vídeo “Mysterium Fidei” sobre la Misa tradicional.