Navidad es la salida de Dios de su trono de los Cielos. Y Navidad es la llegada de Dios a la tierra a buscarnos.

I. La primera y más bella página

«Dignaos Señor, -dice San Efrén-, permitirnos celebrar hoy el día propio de tu natalicio, que la fiesta de hoy nos trae a la memoria. Este día es semejante a Ti; es amigo de los hombres. Vuelve anualmente a través de los siglos; envejece con los viejos y se rejuvenece con el niño que acaba de nacer. Todos los años nos visita y pasa, para volver con nuevos atractivos. Sabe que la naturaleza humana no podría prescindir de él; lo mismo que Tú, trata de ayudar a nuestra raza en peligro. Todo el mundo, Señor, ansía el día de tu nacimiento; este feliz día lleva en sí todos los siglos venideros; es uno y se multiplica. Sea, pues, semejante a Ti también este año, y tráiganos la paz entre el cielo y la tierra. Si todos los días son testigos de tu magnanimidad, ¿cuánto más deberá serlo éste?

Los demás días del año toman de él su belleza. y las fiestas que van a seguir le deben la dignidad y el esplendor con que brillan. El día de tu nacimiento es un tesoro, Señor, un tesoro destinado a pagar la deuda común. Bendito sea el día que nos ha hecho ver el sol a los que andábamos errantes en la noche oscura; que nos ha traído la mies divina con la que nadaremos en la abundancia; que nos ha dado la rama de la viña, abundante en el líquido de salvación que nos comunicará a su debido tiempo. En medio del invierno que priva a los árboles de sus frutos, la viña se ha revestido de una exuberante vegetación; en la estación del hielo, el tallo ha brotado de la raíz de Jesé. En diciembre, en este mes que guarda todavía en sus entrañas la semilla que se le confió, es cuando la espiga de nuestra salvación se yergue del seno de la Virgen, a donde había bajado en los días de la primavera, cuando los corderuelos triscan por las praderas».[1]

No es, pues, de extrañar que este día haya sido privilegiado en la economía del tiempo, y hasta vemos con satisfacción que las mismas naciones paganas presienten en sus calendarios la gloria que le estaba reservada en el curso de los siglos. Hemos visto también que no fueron los gentiles los únicos en prever misteriosamente las relaciones del divino Sol de justicia con el astro caduco que ilumina y da calor al mundo; los santos Doctores y la Liturgia entera hablan continuamente de esta inefable armonía.[2]

Maravilloso poema el que Dios según los profetas debería realizar a favor del hombre hundido por sus pecados, y este maravilloso poema pensado en el Cielo en el seno de la Santísima Trinidad, comienza en Belén, en la Navidad, lo que anunciaron los profetas, la venida del Pastor, del Mesías, del Salvador, del Sabio, que había de enseñarnos el camino de la salvación, todo ello ya ha comenzado desde el momento en que aparece en Navidad el Niño que había de ser el anunciado por los profetas.

Como nos dijo el profeta Ezequiel: Yo mismo apacentaré a mis ovejas y las llevaré a reposar. Buscaré las perdidas, traeré las descarriadas, vendaré las perniquebradas y fortaleceré las enfermas; más a las gordas y fuertes las destruiré. Las apacentaré con justicia.[3]

Jesús explicará esta profecía de Ezequiel, aclarando que Él mismo es el Pastor y las ovejas son todas las personas nacidas en el mundo.

Dios prometió la salvación eterna, la bienaventuranza y la compañía de los ángeles sin fin, la herencia imperecedera, la gloria eterna, y como la consecuencia de la Resurrección, la ausencia total del miedo a la muerte.

Prometió la divinidad a los hombres, la inmortalidad a los mortales, la justificación a los pecadores, la glorificación a criaturas despreciables, sin embargo, como a los hombres les parecía increíble la promesa de Dios, de sacarlos de su condición mortal de corrupción, bajeza y debilidad, polvo y ceniza, para asemejarlos a los ángeles, no sólo firmó una alianza con los hombres para incitarlos a creer, sino que también estableció un mediador como garante de su fidelidad, y no estableció como mediador a cualquier príncipe o a un ángel, sino a su Único Hijo.

Pero no bastó a Dios indicarnos el camino. Por medio de su Hijo quiso que Él mismo fuera el camino, para que bajo su dirección tú caminaras por él, por tanto el Hijo de Dios tenía que venir a los hombres, tenía que hacerse hombre, y en su condición de hombre tenía que morir, resucitar, subir al Cielo, sentarse a la derecha del Padre, y cumplir todas las promesas en favor de las naciones.

Parece un niño cualquiera porque oculta los destellos de su divinidad, ah, pero es el mismo Dios que creó cielos y tierra con su poder, el mismo que entre truenos y relámpagos dio su Ley a Moisés en el Monte Sinaí, el mismo Dios que castigó con las formidables plagas al faraón de Egipto y a su pueblo, el mismo Dios que partió en dos el Mar Rojo y luego lo unió para aplastar en sus aguas a los perseguidores de Israel.

Este Dios sublime de majestad increíble es el mismo Niño de Belén, y en Navidad comienza su aventura de buscarme por los caminos del mal por los que me he extraviado hasta hallarme, cargarme sobre sus hombros y llevarme al seguro redilo aprisco del Reino de los Cielos, por eso la Navidad es la primera y más bella página de mi historia particular en el camino de la salvación.

II. Príncipe de la paz

El pueblo que andaba en tinieblas vio una gran luz; sobre los habitantes de la tierra de sombras de muerte resplandeció una luz.[4]

De este modo ha querido Dios hacer brillar a los ojos de los hombres la gloria del real Niño que ha nacido hoy; así ha dispuesto de cuando en cuando, a través de los siglos, esos ilustres aniversarios de la Natividad que da gloria a Dios y paz a los hombres. Los siglos venideros podrán decir cómo se reserva aún el Altísimo el derecho de glorificar en este día su nombre y el de su Emmanuel.

Porque un Niño nos ha nacido, un Hijo nos ha sido dado, que lleva el imperio sobre sus hombros. Se llamará Maravilloso, Consejero, Dios poderoso, Padre de la eternidad, Príncipe de la paz. [5]

Nombres magníficos, que designan al Mesías a la par que encierran la más alta Teología. Él es la irradiación de su gloria y la impronta de su substancia, y quien sostiene todas las cosas con la palabra de su poder. Dios poderoso: Cf. el nombre de Cristo en el Apocalipsis: Rey de los reyes y Señor de los señores.[6] Príncipe de la paz, puesto que Cristo ha establecido una nueva Alianza entre Dios y los hombres.[7] El profeta Miqueas (5, 5), contemporáneo de Isaías, dice del Mesías: «Éste será la paz», es decir, la paz encarnada y personificada, no solamente un príncipe pacifico que se abstiene de la guerra. Paz es sinónimo de seguridad y tranquilidad, y por decirlo así, el conjunto de todo lo que la humanidad caída necesita para librarse de los males. Para los profetas la paz es la característica del Reinado de Cristo.[8]

Sin embargo, Aquel que vino a establecer la paz entre Dios y la humanidad caída, dijo más tarde: No creáis que he venido a traer la paz sobre la tierra. No he venido a traer paz, sino espada.[9]

Al venir Jesucristo sobre la tierra y confiarle Dios su misión, la finalidad era la salvación de los Pueblos de todos los siglos. El Divino Maestro lo dijo: Yo estaré con vosotros hasta la consumación de los siglos. ¿Qué era el mundo al momento de nacer Jesucristo? Todas las naciones y pueblos, salvo el pueblo judío, eran víctimas del error, la impiedad y la inmoralidad del paganismo. En una palabra: el género humano era víctima del pecado y por él se hallaba perdido. El hombre, que debía a Dios adoración, amor, reparación, reconocimiento, acción de gracias y petición, ya no podía esperar de la justicia divina sino el golpe de la justicia. ¿Qué hace Jesucristo? Quiere hacer al hombre capaz de dar dignamente a Dios sus deberes. Esta capacidad y este poder, único entre las creaturas, Jesús-Hombre lo posee en sí mismo. Toma en sí mismo la totalidad del pecado del género humano y lo repara; y le da al hombre la capacidad de adorar dignamente, de reparar dignamente, de dar gracias y pedir dignamente. Dios castiga a Jesús. La justicia queda satisfecha y el mundo salvo. Los pueblos se prosternan ante el Crucifijo. Con Constantino, la Cruz sube al Trono, y Jesucristo, Rey de los Pueblos, preside los destinos de las Naciones. Por su Inmolación y Sacrificio, Jesucristo ha salvado al Mundo.[10]

Ergo, «dos mil años después del Nacimiento de Cristo, parecemos haber vuelto al punto inicial. La adoración del dinero, la divinización de las masas, la exasperación del gusto de los placeres más vanos, el dominio despótico de la fuerza bruta, las supersticiones, el sincretismo religioso, el escepticismo, en fin, el neo-paganismo en todos sus aspectos invadieron nuevamente la tierra. Y de la gran luz sobrenatural que comenzó a resplandecer en Belén muy pocos rayos brillan aún sobre las leyes, las costumbres, las instituciones y la cultura. Mientras tanto crece sorprendentemente el número de los que se rehúsan con obstinación a oír la palabra de Dios, de los que por las ideas que profesan, por las costumbres que practican, están precisamente en el polo opuesto a la Iglesia».[11]

En el Supremo Discurso de Nuestro Señor Jesucristo, la noche del Jueves Santo, Él les dijo a sus apóstoles: Os dejo la paz, os doy la paz mía; no os doy Yo como da el mundo. No se turbe vuestro corazón, ni se amedrente.[12]

La verdad es como una espada. No puede transigir con las conveniencias del mundo. Por eso los verdaderos discípulos de Jesucristo serán siempre perseguidos. El Señor no envía a sus elegidos para las glorias del mundo sino para las persecuciones, tal como Él mismo ha sido enviado por su Padre.

A la tarde de ese mismo día, el primero de la semana, y estando, por miedo a los judíos, cerradas las puertas (de) donde se encontraban los discípulos, vino Jesús y, de pie en medio de ellos, les dijo: ¡Paz a vosotros!

La liturgia tradicional de la Iglesia está llena de referencias a la paz. En el Rito Romano tradicional, justo antes del Agnus Dei, el celebrante dice, mientras cruza tres veces el cáliz con la Hostia (quebrantada), «Que la paz + del Señor + esté siempre + contigo». Luego, deja caer un pequeño pedazo de la Hostia en el Cáliz, que une las dos especies, como en una especie de resurrección mística, ora por la paz en el Agnus Dei (Cordero de Dios … concédenos la paz), ofreciendo inmediatamente esta oración como una de las tres oraciones preparatorias de la Santa Comunión:

Señor Jesucristo, que dijiste a los apóstoles «Mi paz os dejo, mi paz os doy no mires nuestros pecados sino la fe de tu Iglesia y conforme a tu Palabra concédenos paz y la unidad Tú, que vives y reinas por los siglos de los siglos, amén».

Ese Niño, que adoramos reverentes y causa la admiración misteriosa a los que no lo conocen sino de nombre, es, sí, el Príncipe de la Paz , que trajo a la tierra, en la suavidad de su persona, todo el bien, todo el amor capaz de tornar felices al universo entero y a mil mundos, si acaso existiesen. Pero esa Paz está condicionada a una sola cosa: los hombres y las naciones deben someterse a su Ley y a su Evangelio. He ahí la Paz que el Señor Niño vino a traer a la Tierra. Paz para cuya implantación deben colaborar todos ‒ naciones e individuos‒ con su docilidad a la Ley Divina. Sólo estos –los hombres de real buena voluntad– gozarán de la Paz que la Navidad trajo a los hombres en la Tierra. Fuera de esto, toda admiración por el Niño Dios, no pasa de ser una impiedad, más o menos consciente, más o menos inconsciente. Y para los impíos no existe la paz. Ojalá que las desgracias que los años acumulan sobre pueblos y naciones los conviertan al Dios único y verdadero y la unidad de la Fe torne perenne realidad las alegrías de la Santa Navidad.[13]

¿Quién podrá pues salvar al mundo de los males actuales? Solamente Jesucristo, por la aplicación de los méritos de su Pasión y Muerte tanto a las naciones como a los individuos.[14]

Sólo cuando se haya quitado la causa de todo mal que es el pecado, podremos vivir la paz estable, perfecta y duradera: paz en la familia que es la primera célula de la sociedad: paz en la patria, entre las naciones, en el mundo entero: paz en la sociedad civil y paz en la Iglesia para que los dos poderes, el civil y el religioso, conduzcan a los hombres a la prosperidad temporal y a la felicidad eterna.

Que la Reina de la Paz, a quien invocamos en las letanías lauretanas, inspire pensamientos de paz a los que gobiernan, y haga que la justicia y la caridad florezcan en las almas, en las familias y en la sociedad, según la alabanza al Niño de la multitud del ejército del Cielo: Gloria Dios en las alturas, y en la tierra paz entre hombres de la buena voluntad.[15]

_____

[1] SAN EFREN, sermón de Navidad.

[2] Cf.: Dom PRÓSPERO GUERANGUER, El Año Litúrgico, pág. 219.

[3] EZEQUIEL, 34, 16.

[4] ISAÍAS, 9, 2.

[5] ISAÍAS, 9, 6.

[6] APOCALIPSIS, 19, 26.

[7] Cf. COLOSENSES, 2, 13 s.

[8] Cf. STRAUBINGER, Mons. JUAN, comentarios Sagrada Biblia.

[9] SAN MATEO, 10, 34.

[10] PHILIPPE CSs.R., Padre A., Catecismo de la Realeza Social de Jesucristo.

[11] CORREA DE OLIVEIRA, Prof. PLINIO, Et vocabitur Princeps Pacis, cujus regni non erit finis, Catolicismo, Diciembre 1952.

[12] SAN JUAN, 14, 27.

[13] CORREA DE OLIVEIRA, Prof. PLINIO, Catolicismo, Diciembre de 1978.

[14] PHILIPPE CSs.R., Padre A., Catecismo de la Realeza Social de Jesucristo.

[15] SAN LUCAS, 2, 14.

Germán Mazuelo-Leytón
Es conocido por su defensa enérgica de los valores católicos e incansable actividad de servicio. Ha sido desde los 9 años miembro de la Legión de María, movimiento que en 1981 lo nombró «Extensionista» en Bolivia, y posteriormente «Enviado» a Chile. Ha sido también catequista de Comunión y Confirmación y profesor de Religión y Moral. Desde 1994 es Pionero de Abstinencia Total, Director Nacional en Bolivia de esa asociación eclesial, actualmente delegado de Central y Sud América ante el Consejo Central Pionero. Difunde la consagración a Jesús por las manos de María de Montfort, y otros apostolados afines