[Panorama Católico Internacional] Algunos viejos conocidos me acusan de “neocon”.

Hace años que nuestro ambiente se engalana con un término para definir a una nueva clase de enemigos: los “neocones”. No pretendo, no puedo ni quiero dar pelea sobre lo que esto significa en sus formas más sutiles de interpretación, que suelen ser el pan de la pedantería intelectual de hoy y hambre eterna de conceptos sólidos. Esta y muchas otras palabrejas de moda. Me da lo mismo que si me acusaran de “nerd”.

Bonita forma de perder el tiempo.

Pero no consiento que ningún católico, por acreditado que tenga tal título, niegue a quien sea el derecho de denunciar que el sínodo (contra) la Familia es monstruoso. Y se lo niegue por el mero hecho de que no hayan dicho antes (lo hayan creído o no) que el problema viene del Concilio y se viralizó por la misa,  para poner un hito histórico que nos acote la discusión.

Todo esto es verdad. El problema viene del Concilio (y antes), se viralizó con la misa nueva, que es corrosiva para la Fe. Y espantarse de que haya un sínodo contra la Familia en 2015 es olvidarse de que espanto comenzó por los ’60. De aquellos polvos estos lodos. Esto vale para la claridad conceptual, para tener el rumbo bien orientado. Pero no vale para ese ejercicio indispensable que se llama apostolado, según el cual debemos defender la Fe y atraer a todos a la verdad de Cristo. Y desear que todos se sientan atraídos por ella.

Quien rechace la verdad de Cristo será argüido por el Espíritu Santo: de pecado, porque no ha creído en él; argüido de justicia, porque aunque no tenemos a Cristo  con nosotros en persona, tenemos a la Iglesia que da testimonio de la santidad de Cristo y de sus mandamientos; argüido de juicio, porque si Cristo ha derrotado al Mundo y a su Príncipe, nadie tiene derecho a andar haciendo arreglos con ellos. (Jn. 16, 8 y ss). Dice Straubinger que Jesús se refiere aquí solo al pecado de incredulidad, porque pone a prueba la rectitud del corazón.

Pero será el Espíritu Santo quien arguya.

Si el negrísimo Card. Sarah, en sus valientes y por cierto algo confusas declaraciones, al menos a los oídos píos del tradicionalismo rancio, o el Card. Burke, con su admirable mansedumbre y su admiración por el Ratzinger teólogo, o el Card. Kordes, que se echa encima toda la jauría alemana, no han comprendido antes, o ahora mismo, que el problema viene del Concilio, Dios proveerá. Pero han comprendido, parece,  que hasta aquí llegaron y no pueden otra cosa sino resistir el nefasto sínodo.

Y si eso es neoconservadurismo, neoconismo o lo que sea, me deja sin cuidado. Un miembro jerárquico de la Iglesia, en un momento crítico, decisivo, de vida o muerte -permítaseme decir un poco figurativamente- alza la bandera de la recta moral. Tiene valor en sí mismo y debe ser motivo de alegría.

¿Cuánta luz les dará Dios en el futuro (o ellos aceptarán recibir), cuánto juegan (o se juegan), de qué manera su participación frenará lo que viene o dará origen a una restauración de la Fe? No lo puedo saber. Dios puede  hacer de las piedras hijos de Abraham, según se ha dicho ya en algún lado.

Señores, si somos de la primera hora (y lo soy) Dios nos pagará un denario igual que al más neocon de los neocones que en la hora última se sume a los jornaleros para el bien de la Viña. Si nos correspondiera algo más, no será por mera antigüedad. En todo caso, las leyes laborales no rigen en el cielo. A muchos se les da todo de una vez. Y algunos hasta se lo roban.

Ejemplos: Dimas, se ganó la gloria en pocos minutos. El hijo pródigo fue recibido con un gran festejo, mientras que su hermano no tenía ni para un asadito con los amigos.  Los crotos y linyeras del los caminos fueron los invitados de honor de las bodas del Rey.

Claro que a uno lo echaron por no tener vestido nupcial. ¿El nuestro ya ha ido a la tintorería? ¿Vamos a arriesgar que nos arrojen donde hay llanto y rechinar de dientes por no cuidar la limpieza del vestido, por babear desprecios hacia aquellos a los que siempre les hemos pedido que hagan lo que –algunos- al menos comienzan a hacer?

Para terminar, otro concepto neocon que, como ya varios habrán asumido, adopto en mi ideario: Aunque hayamos laborado desde la hora prima, sin misericordia no tenemos ni un lugarcito en el cielo. Misericordia de Dios para con nosotros, de nosotros para con los hermanos que están, que llegan, o van llegando. Porque nos va a costar llegar al cielo si no deseamos que lleguen otros, y lo deseamos activamente, siquiera oteando desde la lomita donde Dios nos puso algún día, por algún misterioso –y misericordioso- motivo.

Marcelo González