Era brillante, tenía la palabra fácil, la poesía, mejor aún, la métrica fácil, un tanto decadente, el poeta latino Publio Ovidio Nasón, comúnmente conocido como Ovidio. De su verso fácil él mismo era consciente, de modo que dijo en su última obra, los Tristia: “Quod temptabam scribere, versus erat” (= lo que intentaba escribir, era ya un verso”).

Había nacido en Sulmona, en los Abruzos, el 43 a. C., de noble familia equestre, y había sido dirigido a la carrera de la elocuencia… y se había convertido – escribe Augusto Rostagni, en su Letteratura latina (Mondadori, Milano, 1967, pp. 188-192) – en “un poeta de vena fácil y abundante, casi inclinado a la improvisación; no muy dotado de sólidos motivos interiores, sino de riquísimas disposiciones formales; dotado de todos los recursos de una imaginación versátil y brillante, capaz de colorear y variar de mil maneras los acontecimientos más comunes”.

No nos detenemos a hablar de su vida y de su obra, que nunca nos ha entusiasmado, antes bien, nos hemos mantenido lejos de ella por la inmoralidad de sus escritos. Citamos sólo las Metamorphoseon, el Ars Amatoria, los Remedia Amoris, y finalmente los Tristia y las Epistulae ex Ponto. Escribió en la segunda mitad del reinado de cuarenta años de Augusto, el emperador que quería moralizar Roma y el imperio, pero que o conseguía moralizar a su hija Julia la Mayor y a su nieta Julia la Menor, que eran la fábula de la Urbe y del Orbe.

Conseguirá, en cambio, moralizar Roma, la familia, el trabajo y la sociedad un pequeño “súbdito” de Augusto, un cierto Jesús, nacido en Belén, cuando a Augusto le quedaban unos quince años de vida. Jesús lo conseguirá con la fuerza divina, haciendo que se enamoren de Él incluso los arrogantes jóvenes de la vida imperial romana. Pero de esto hablaremos después.

El lujurioso Ovidio, el 8 d. C., mientras escribía los Fasti, una obra celebrativa de Roma, llegado al V volumen, dedicado al mes de mayo (“Maius”), por una culpa grave cometida, parece que fue condenado a muerte, pena conmutada inmediatamente por el exilio de por vida, a la lejana Tomis, en el mar Negro, actual Rumanía. No se supo, o al menos no llegó hasta nosotros la noticia, por qué culpa fue condenado, ciertamente una culpa muy grave.

No tenemos explicación cierta, sólo sabemos lo que el mismo Ovidio confesó, de manera un poco vaga, en los Tristia, II, 207-208: “Perdiderunt cum me duo crimina, carmen et error; / alterius facti culpa silenda mihi” (me perdieron conmigo dos delitos, una poesía y un error; de otro hecho debo callar la culpa). ¡En resumen, una poesía convicta, un error inconfesable, una culpa “silenda”, que se debe callar!

Pero lo que es secreto azuza la curiosidad de cotillas y de historiadores, de negociantes y de literatos. Desde entonces se supuso que Ovidio se hubiera divertido con la prole de Augusto, o que hubiese revelado algún acto vicioso, o peor, que hubiera descubierto alguna aventura de Augusto, el cual, aun siendo moralista y moralizador, ¡no era ciertamente un San Luis Gonzaga de santa y castísima memoria!

¿Pero qué había hecho para merecer el exilio perpetuo? Pruebas de aquella culpa innombrable no existen, por lo tanto, en las cercanías del segundo milenio de su muerte (18 d. C. – 2018), el 14 de diciembre de 2017, el Ayuntamiento de Roma aprobó por unanimidad la moción n. 85 de los concejales de la izquierda populista para rehabilitar al poeta y “revocar la sentencia de condena al exilio, que fue emitida contra él por Augusto”. En resumen, absuelto y rehabilitado por “insuficiencia de pruebas”. ¿Digo bien? ¡Así sea!

Después de tantas habladurías y cotilleos, dos estudiosos piensan haber descubierto cuál fue el delito de Ovidio: dicho descubrimiento trae consigo otro todavía más serio, porque se refiere precisamente a la ciudad de Roma, la cual tenía otro nombre misterioso. En la revista Appunti romani di Filologia (XIX, 2017), Felice Vinci y Arduino Maiuri exponen su tesis realmente fascinante.

En este punto dejamos la pluma a Antonio Socci, que en Libero (9 de abril de 2018), en su artículo Giustizia all’italiana, Ovidio assolto dopo duemila anni (p. 15), escribe: “En el momento de la condena, Ovidio estaba trabajando en la redacción de los Fasti, un grandioso poema sobre los 12 meses. La condena llega cuando Ovidio está se encuentra en la mitad de la obra (es decir, en el mes de junio) y los dos estudiosos consideran que el crimen que lo arruinó esté contenido precisamente en los últimos versos de los Fasti, los relativos al mes de mayo. El poeta pasa revista a las etimologías relativas a ese mes y se detiene en los antecedentes de la fundación de Roma, llamando en causa a la constelación de las Pléyades”.

“Ovidio da especial importancia a la estrella más ilustre de las Pléyades, es decir, Maya, en referencia al nacimiento de la ciudad. Así, el poeta parece haber tocado imprudentemente un tema tabú, el cual no habría sido lícito mencionar ni siquiera mínimamente. ¡Se narra que unos cien años antes Valerio Sorano habría sido condenado a muerte por haber revelado el nombre secreto de la ciudad!”

Antonio Socci profundiza en el tema: “Se entra aquí en la dimensión sagrada de la fundación sagrada de Roma. Todas las ciudades antiguas se ponían bajo la protección de un dios. Los sacerdotes paganos, antes de asediar una ciudad, invocaban a su dios tutelar, prometiendo que en Roma habría gozado de un culto igual, si no mayor, si asistía a los Romanos en el asedio. Por tanto, para evitar que los enemigos hicieran lo mismo, el nombre de la divinidad protectora debía ser cubierto por la más absoluta reserva”.

Venimos a saber por Ovidio que Roma tenía un nombre secreto, referido a una divinidad y que dicho nombre era incluso un secreto de Estado, un secreto militar. ¿Había revelado Ovidio este nombre, es decir, que Roma secretamente se llamaba Maya, en nombre de la estrella más bella de las Pléyades? ¡Parece ser que sí! Ese nombre y esa divinidad tenían que ver con la sacralidad de la fundación de Roma. Por eso, en los Fasti, los versos que en el mes de mayo se referían a las Pléyades y a la fundación de Roma, son, según los dos citados estudiosos, los más candentes y sospechosos.

Roma se llamaba también Maya, como la estrella más luminosa de las Pléyades, que era su diosa protectora. Pero esto no debía ser revelado – debía ser conocido sólo por los mandos de la precedente república y ahora por el emperador y por poquísimos privilegiados; de otro modo, los enemigos de Roma habrían orado a Maya en su favor y Roma podría haber sido destruida y saqueada. Y Ovidio, el charlatán, fue condenado al exilio perpetuo a Tomis, donde murió de nostalgia y de llanto.

Pero no bastó Maya para proteger Roma. Ni siquiera mantenerla en secreto de modo que sólo los vértices de la institución supieran el nombre secreto de Roma. Vendrán los bárbaros del norte y del este, y Roma, capital del mayor imperio entonces conocido, sucumbirá, deberá sucumbir. El 410 d. C. será invadida por Alarico y San Agustín, desde su Hipona en África, pensará ver el fin del mundo, al menos con ojos meramente humanos. Los pensadores paganos acusarán a los cristianos de haber conjurado con su Cristo para abatir las divinidades del imperio, de manera que la invasión de Roma podía considerarse el castigo de los dioses irritados.

El 476 d. C. Odoacro, rey de los Hérulos, llegó a Roma y depuso al último emperador, un joven de 17 años llamado Rómulo, como el fundador de Roma, y Augústulo, porque era pequeño y joven. Maya continuaba brillando luminosa y fría en el centro de su constelación… y le importó un bledo Roma, como a propósito de las cosas de este mundo. Las estrellas están mirando, mirando impasibles y frías al hombre que sufre, al hombre que muere.

Maya no bastó para salvar Roma, como no bastaron ni Júpiter atronador ni Juno fecunda. Desde toda la eternidad, Roma había sido querida por Dios en vista de otra Estrella, Estrella fulgidísima y sin ocaso, el Hijo de Dios hecho hombre, Jesucristo, nacido pequeño, indefenso, ignorado, desconocido súbdito de Augusto, sucesor de Augusto, condenado a morir en la cruz por Pilato, procónsul del emperador Tiberio, sucesor de Augusto. El mismo Jesús, que al tercer día de su muerte, sepultado y vigilado por los guardias, se presentó resucitado y vivo, el Viviente, a los mismos guardias.

El 35 d. C., dos años después de la ascensión de Jesús, ya quería Tiberio dar a Jesús un lugar entre los dioses del Panteón, pero la cosa no iba bien porque Jesús no es un dios entre los dioses, sino que es el Dios único y eterno. Jesús llegó a Roma por medio de sus apóstoles y se extendió, a través de un camino de lágrimas y de sangre durante los primeros tres siglos, marcados por sus mártires. “Las legiones de Roma – dirá Bossuet – habían marchado por Él”, para prepararle la unidad de los pueblos en una sola lengua, por los mejores caminos de la tierra.

Y Roma fue suya, Roma se convirtió en la ciudad donde Cristo es romano. Poco a poco, y después por una fulguración de Dios, Constantino, el 312 d. C. se dio cuenta de que la Estrella de Roma no era Maya, a causa de la cual el pobre Ovidio tuvo que exiliarse a Tomis, sino que es Jesucristo. Han pasado dos mil años, pero Jesús sólo ha cumplido la “profecía” de Rutilio Namanciano: “Roma, urbem fecisti, quod prius orbis erat”. Del mundo como era, has hecho una ciudad, la Urbe por excelencia. Los Césares, sin saberlo, han trabajado para esto, pero sólo Jesús lo ha cumplido en plenitud.

Maya es fría, como estrella lejana. No se ocupa de nosotros. Jesús es la Estrella que brilla y que salva. Roma, también hoy, sigue a Cristo, tu Estrella, nuestra Estrella. No hay otra.

Candidus

(Traducido por Marianus el eremita)

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