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No con ejércitos sino con instrumentos. Dios realiza cosas grandes por medios humildes

Tal como se muestra en su actual configuración terrena, la Iglesia Católica carece de credibilidad ante el mundo. Su aspecto, su manera de hablar y su comportamiento coinciden con los del mundo. El mundo la aclama para adaptarla a sus deseos y hacer lo que quiera con ella. Mejor dicho: quienes hablan y actúan en nombre de la Iglesia la han entregado al mundo, creyendo convencerlo así de la benevolencia y el deseo que ella tiene de mejorar la condición del hombre. Pero el mundo no ha hecho otra cosa que aprovecharse de ella y devastarla, y la han dejado hecha un flojo remedo del mundo. Como se ha llegado a decir, la han convertido en el capellán de las Naciones Unidas. Tal es la Iglesia que celebra actos como la Economía de Francisco.

La Iglesia fue traicionada por los progresistas del Concilio, del mismo que Cristo lo fue por Judas. Y del mismo modo que San Pedro negó a Cristo para protegerse, los asalariados de la Iglesia han abandonado la verdad hasta que el mundo ha dejado de molestarlos; de hecho, hasta que éste ha aparentado estar de acuerdo con ellos. Así, la Iglesia se ha convertido en la mascota del mundo, en el perro faldero de Soros y sus amigos.

Resulta dolorosísimo ver cómo pasa todo esto mientras parece que, humanamente, no hay nada que podamos hacer. Es como observar desde un lugar elevado dos trenes corren uno hacia el otro por la misma vía sabiendo que van a chocar. Podemos gritar. Podemos cerrar los ojos. Podemos rezar una oración o soltar una fea exclamación. En cualquier caso, los trenes colisionarán.

Como vemos en los Evangelios, Jesucristo se mantuvo firme y en ningún momento alteró su inflexible mensaje mesiánico divino. Por eso lo persiguieron y lo mataron. Del mismo modo, aquellos que dentro de la Iglesia no se preocupan por su propia vida sino por la de Cristo en la Iglesia también son perseguidos y los matan, por así decirlo, generalmente por medio de la marginación y el silencio.

Semejante ostracismo no es ni tiene por qué ser el final, como tampoco lo fue el sepulcro para la vida de Cristo. Ni Judas, ni los escribas y fariseos, ni Pilatos ni los soldados romanos, ninguno de ellos, pudo evitar que resucitara al tercer día, exactamente cuando Él dispuso. No pudieron evitar que sus apóstoles, castigados como correspondía, evangelizaran el mundo. No pudieron evitar que el Reino de Dios arraigara en la Tierra encaminando a la almas al Cielo. Pase lo que pase, la Iglesia no será erradicada, aunque la despojen de sus frutos y le poden ramas.

A los católicos tradicionalistas suelen preguntarnos: «Pero, ¿acaso los tradicionalistas no están en franca minoría? ¿Cómo creen que pueden influir en el conjunto?»

A ver. ¿En qué medida tienen importancia para Dios los números? De hecho, si tenemos en cuenta las Escrituras y la historia de la Iglesia, da la impresión de que Él prefiere hacer cosas grandes por medio de las pequeñas. Cuánto más importante sea la obra, menores serán los medios. «Mis pensamientos no son vuestros pensamientos, y vuestros caminos no son mis caminos…» (Is.55,8) «Dios ha escogido lo insensato del mundo para confundir a los sabios; y lo débil del mundo ha elegido Dios para confundir a los fuertes » (1ª a Cor.1,27).

Creó la especie humana a partir de un solo hombre y una pareja original, Adán y Eva. Cuando   fastidiaron  su vida y la nuestra, el Señor prometió redimirnos a través de la Mujer y de su estirpe, es decir, por otras dos personas.

Se puede decir que creó de nuevo el género humano con Noé y su inmediata familia.

Fundó Israel con Abraham y Sara, siendo él un bígamo negociador y ella una incrédula que se reía. Su hijo Isaac engendró tantos descendientes como las estrellas del cielo y las arenas del mar.

Fundó el Nuevo Israel con doce hombres. Los cuatro primeros eran pescadores. La mayoría no eran nada del otro mundo desde el punto de vista terreno. Uno de ellos lo traicionó, y todos menos uno huyeron. De estos orígenes que tan poco auguraban nació un imperio espiritual que se extendió por todo el mundo.

Rechazó a 71.000 soldados de Gedeón y prefirió derrotar a los ejércitos de Madián con trescientos hombres escogidos. Su intención era dejar claro que era Él quien tenía que jactarse de la victoria, no Israel.

El profeta Elías dirigió la resistencia contra el culto a Baal, que contaba con el poder político y era numéricamente superior.

San Benito de Nursia fundó el movimiento monástico más grande que ha conocido la historia. Según la Catholic Encyclopedia, «se calcula que a principios del siglo XIV la orden contaba con la ingente cantidad de 37 000 monasterios. Hasta entonces había dado a la Iglesia no menos de 24 pontífices, 200 cardenales, 7000 arzobispos, 15 000 obispos y más de 1500 santos canonizados».

Algo por el estilo de podría decir de Santo Domingo, San Francisco y San Ignacio de Loyola. Estas personas por sí solas, no las masas anónimas ni los pomposos cortesanos, han transformado más que nadie la faz de la Tierra. Dios elige a uno para bendecir a muchos. Lleva a muchos de vuelta a Él por medio de uno.

Tanto el lector como yo tenemos que dejar huella en el mundo. Nuestra misión, la única que Dios nos ha encomendado, es hacernos santos, y hacerlo teniendo efecto en un mundo que se ha vuelto loco por haber abandonado a Dios y en una Iglesia a la que han podrido sus miembros tibios. Lo lograremos ante todo con la oración, con el estudio de la Palabra de Dios, con estabilidad en nuestra vocación, dando intrépidamente testimonio donde y cuando haga falta. En el caso de algunos exigirá un apostolado más activo; en el de otros, por el contrario, supondrá retirarse al silencio y la penitencia.

Por otro lado, las Escrituras pintan con sobrecogedores tonos el rumbo que tiende a seguir la mayoría en cualquier momento dado: («ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición y muchos son los que entran por él», Mt.7,13). La mayoría de los israelitas; la mayoría de los cristianos de los primeros siglos que se apartaron con la persecución; la mayoría de los que se han vuelto mundanos en algún momento de la historia; la mayoría de los que hoy en día se consideran católicos pero su vida se diferencia poco o nada de la de sus incrédulos vecinos liberales, y la abrumadora mayoría del episcopado mundial. ¿No se puede nota que esto sigue una pauta? Lo sorprendente es observar en cualquier momento o cualquier lugar algo que se salga de este esquema.

Las Sagradas Escrituras nos cuentan también que el pecado es el oprobio de las naciones (Pr. 14,34) y que quien ama la iniquid daña su alma (Sal.10,6, Pr. 8, 36). La Iglesia tampoco puede escapar a esta ley, y es por su propio bien. Que los sacerdotes suspendan durante meses las misas públicas y la administración de los sacramentos, y  lo complementen con un aumento exponencial obligatorio de las profanaciones eucarísticas –me refiero a las diversas normativas que exigen la comunión en la mano y prohíben hacerlo en la boca– es como si alguien ingiriese cianuro y luego, por si fuera poco, se pegara un tiro en la cabeza. Algo pasará: que se desencadene la ira de Dios, que barrerá con todas las excusas de la Iglesia mundana como también se llevó por delante al templo y la nación judíos en tiempos de los reyes impíos de Judá e Israel.

Debemos recordar como Elías que todavía hay siervos de Dios que no doblan la rodilla ante Baal. Hemos de perseverar en la oración y no tolerar la impiedad ajena mientras esperamos a que nos libre Dios, cuya omnisciente sabiduría, plazos cósmicos y métodos de intervención son diferentes a los nuestros.

No sabemos lo que sucederá. Es posible que suframos la privación de los sacramentos por largos periodos de tiempo. Puede ser que nos veamos obligados a estar en la clandestinidad y recurrir a los escasos sacerdotes –los hay en casi todas las diócesis– a los que todavía los motiva un temor reverencial del Señor y se desviven por el destino eterno de la grey. No será fácil, y habremos de estar dispuestos a superar el respeto humano y el consuelo psicológico que brinda cumplir las normas a rajatabla. El estado de emergencia no es una teórica posibilidad lejana, sino que cada vez más será el único ambiente en que nos desenvolvamos.

El mayor milagro de los tiempos modernos no fue la danza del sol en Fátima, a pesar de ser un suceso tan extraordinario, sino el de que la Iglesia haya sobrevivido a la mutilación y desnutrición postconciliar. Más exactamente, el milagro permanente es que el Señor haya guardado y protegido a una minoría de sacerdotes y fieles que se han mantenido fieles a la doctrina y la tradición católicas o están cayendo en la cuenta de la verdad de éstas, y que constituyen de hecho la Iglesia viva en cuanto a ortodoxia de la Fe, devoción y ejercitación en la virtud. Ahí está toda la Iglesia en miniatura, como una pujante semilla lista para desarrollarse una vez más hasta convertirse en un inmenso árbol, o como levadura en condiciones de levantar la masa.

(Traducido por Bruno de la Inmaculada. Artículo original)

Peter Kwasniewskihttps://www.peterkwasniewski.com
El Dr. Peter Kwasniewski es teólogo tomista, especialista en liturgia y compositor de música coral, titulado por el Thomas Aquinas College de California y por la Catholic University of America de Washington, D.C. Ha impartrido clases en el International Theological Institute de Austria, los cursos de la Universidad Franciscana de Steubenville en Austria y el Wyoming Catholic College, en cuya fundación participó en 2006. Escribe habitualmente para New Liturgical Movement, OnePeterFive, Rorate Caeli y LifeSite News, y ha publicado ocho libros, el último de ellos, John Henry Newman on Worship, Reverence, and Ritual (Os Justi, 2019).

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