El 17 de abril de 1711, en Blainvielle-sur-l’Eau, en Lorena (Francia), nació Charles Louis Richard, hijo de buena familia católica. Apenas adolescente, le mueve ya un gran amor a Jesús, de modo que a sus 16 años, en 1727, entra en el convento dominico de Nancy. Realiza el noviciado con la profesión de los santos votos y continúa los estudios teológicos en París, en el convento de S. Jacques, donde prepara su doctorado en teología en la Sorbona.

A sus 23 años, en 1734, es ordenado sacerdote. Desde 1740 es profesor en el esudiantado general de rue de St. Dominique, donde se preparan al Sacerdocio en la Orden de Santo Domingo candidatos de toda Francia. Inmediatamente, resulta ser un apreciado predicador, de modo que, a un siglo de distancia, Migne imprime, en su Colección integral y universal de los oradores sagrados, 64 sermones del padre Richard. Es también un profundo apologeta de la fe y valentísimo escritor.

Enciclopedista católico

En su siglo, el XVIII, se difunde el más furioso ataque contra la Iglesia católica, con la intención de herirla en su Historia, en su Doctrina y en su Ley por parte del Iluminismo: hombres que hacen de la razón la única regla, pretenden iluminar con la luz de la mente (“les lumières”) aquello que, según ellos, la Iglesia católica ha ocultado en el oscurantismo. Quieren revisar con la sola razón y representar todo sin y contra la Fe. Así, en Francia nace “la Enciclopedia”. ¿Nueva síntesis del saber? No, sino el desmoronamiento del saber, la conjura contra la Verdad.

Nadie debería decir que la Iglesia no rebatió, no refutó el error, porque fue hecho en cambio. El padre Richard, dominico ejemplar y doctísimo, lo rebate con el Diccionario universal y dogmático, canónico, geográfico y cronológico de las ciencias eclesiásticas (1760), en 5 volúmenes, al que siguió el sexto volumen en 1765. En total, más de cinco mil páginas, miles de artículos tratan de Sagrada Escritura, historia de la Iglesia, Dogma y Moral, Liturgia, Derecho canónico y cuestiones doctrinales controvertidas. La visión que el Autor transmite es la de la Tradición de la Iglesia, que no decae nunca, y que, en el pensamiento de S. Tomás de Aquino, encuentra su más segura formulación, todavía hoy insuperable. Tras la primera edición francesa, esta enciclopedia católica será traducida al latín e impresa en Alemania en 1765, y tendrá una segunda edición francesa a comienzos del siglo XIX en 29 volúmenes, más manejable.

En 1772/73, el padre Richard publicaba otra obra ambiciosa en 5 volúmenes, Análisis de los Concilios generales y particulares: una historia de los Concilios de la Iglesia con la explicación de sus orígenes y de sus motivos y la ilustración de sus cánones doctrinales y disciplinares. Francia y la Iglesia están admiradas por el trabajo realizado por este religioso humilde y riguroso. Al mismo tiempo, marcada por el iluminismo, cuyas “luces” son a menudo luciferinas, en Francia hay un ataque formidable a la vida religiosa consagrada. En 1767, es publicada una Historia de las órdenes mendicantes, con especial atención a los Dominicos y a los Franciscanos, en la que sus miembros son presentados como más deseosos de quitarse de encima el peso de los votos.

El padre Richard afronta inmediatamente la refutación con una obra doctrinal para “defender el estado religioso amenazado y golpeado, en primer lugar el valor altísimo de los santos votos que no han sido impuestos a nadie, sino que son decisión libre y voluntaria de quien los ha profesado por un mayor bien ofrecido a Dios, y una vida más cercana a Jesucristo, y, por tanto, buenos, útiles y meritorios y más perfectos en sí mismos”. El título de la obra es “Disertación sobre los votos en general y sobre los votos solemnes de los religiosos en particular”. En una palabra, como escribió Santo Tomás: “expediens est vovere”, es algo bueno y más perfecto consagrarse a Dios con los votos para quien es llamado por Dios.

La obra fortalece a muchos religiosos en su decisión de consagración a Dios, sin ningún complejo de inferioridad, con el orgullo y la alegría de pertenecer a Jesucristo en el estado de vida más perfecto, que Él mismo vivió e instituyó. Pero el padre Richard quiere preparar a las almas para responder a los ataques de los iluministas que siembran errores sin término, y preparan, apoyados por la masonería, la revolución en Francia y en Europa.

Apologeta de la Fe

En 1761, J. B. Robinet, colaborador de la Enciclopedia, había escrito un texto, “Sobre la naturaleza”, con una visión totalmente materialista y evolucionista del mundo. El padre Richard conoce la obra solamente en 1772. Decide inmediatamente refutarla haciendo ver las absurdidades repugnantes a la razón y al sentido común que hay contenidas en ella. Publica así, en 1773, la respuesta en su volumen “La naturaleza, ¿en contraste entre religión y razón?”. Así, cuando, en 1774, el periodista iluminista A. P. Damiens de Gomicourt difunde su colección de los Pensamientos de d’Alembert, inmediatamente el padre Richard le responde con un breve texto de 76 páginas titulado “Modestas observaciones sobre los pensamientos de d’Alembert”. Título humilde, pero que tumba la “teoría del contrato social”, para la que todo dependería del hombre y no de Dios, como fuente única de la autoridad. Teniendo presente el pensamiento político iluminista, 20 años antes de que sucediese, el padre Richard entrevé el regicido del soberano Luis XVI y la anulación de toda autoridad, porque el hombre, abandonado a sí mismo, o no funda nada o funda la dictadura del más fuerte.

La historia, pronto le dará la razón al padre Richard: durante los siglos XIX y XX y el incipiente siglo XXI, el hombre de nuestro tiempo, “sin Cristo”, será todavía “el de la piedra y la honda”, como Caín, que mató a Abel, ¡con la organización del delito y del genocidio a nivel planetario! Todo, desgraciadamente, sigue siendo visible ante nuestros ojos.

Un año después, en 1775, en su “Defensa de la Religión, de la Moral, de la Política y de la Sociedad”, el padre Richard responde a dos obras del barón D’Holbach, “Los Principios naturales de la moral” y “Los discursos sobre los principios del gobierno”, demostrando, a la luz de la recta razón y de la fe, cómo no se sostienen ni una moral laica sin Dios, ni un gobierno que no reconozca como base a Dios y a su Ley divina. De hecho, el docto dominico no deja error del iluminismo sin rebatir con argumentos formidables, como cuando al mismo D’Holbach, que escribió: “El sentido común, es decir, ideas naturales opuestas a las ideas sobrenaturales”, rebate con “El anti sentido común de D’Holbach”, para decir que “sin Cristo como verdadero garante suyo, ¡no existe ni siquiera el sentido común!”.

Armado de estudio y fortalecido por las oraciones y por el Santo Sacrificio de la Misa, el padre Richard no teme ni siquiera a Voltaire, el más cáustico de los iluministas. Vivo todavía Voltaire, en 1775, el padre Richard imagina su estancia en el reino de los muertos, en la obra “Voltaire en las sombras”, en la que pone en escena a Voltaire, que, queriendo llevar las luces de la razón a los grandes espíritus de Francia, debe padecer por parte de ellos – de los grandes espíritus del pasado – la refutación de sus escritos. En 15 entretenimientos, grandes espíritus católicos, como Pascal y Bossuet, juzgan y condenan las insensatas afirmaciones de Voltaire sobre la naturaleza, sobre la religión, sobre el hombre, la historia y la moral. El padre Richard concluye la obra definiendo en 13 fórmulas lapidarias los errores de Voltaire como “Falsa filosofía”, “Abuso y fanatismo de la razón”, “Política injusta”, “Flagelo de la sociedad”, “Indiferencia criminal sobre la religión y sobre el culto” y similares.

En este punto se da cuenta de haberse dirigido sobre todo a los hombres de cultura. Y al pueblo ¿quién lo salva? Entonces el padre Richard pone en manos de toda persona un arma victoriosa contra los ataques de la soberbia y artificiosa filosofía del siglo, escribiendo la “Exposición de la doctrina de los filósofos modernos” (1785). Presenta breves síntesis del pensamiento de “filósofos” como Voltaire, D’Alembert, Helvetius, Rousseau… en ocho artículos: “Sobre la existencia de Dios”, “Sobre el alma humana”, “Sobre la Religión”, “Sobre los deberes del hombre”. Sobre cada tema, ofrece breves y significativas citas de los “filósofos”, sin ni siquiera refutarlos, porque sus posiciones son tan insensatas que toda mente normal, conociéndolas, las habría rechazado sin adherirse a ellas jamás.

Verdaderamente encomiable, leída, difundida, discutida toda su obra. Y es evidente que el Autor debe esperarse solo odio y burla de aquellos a quienes ha desenmascarado en sus monumentales errores. Fue verdaderamente, hasta el fondo, siguiendo las huellas de Santo Domingo y de Santo Tomás de Aquino, un eximio y luminoso doctor y defensor de la Verdad.

Martirio, respuesta suprema

En 1778, el padre Richard deja el convento de Saint Germain en París y se establece primero en Bruselas y después en Lille, donde se interesa en historia religiosa local. En 1783 publica el “Manual del alma piadosa”, en el que, en 55 capítulos, indica el sendero para un camino de santidad al que todos están llamados. Páginas bellísimas dedicadas a los medios de santificación, hasta la cima de la perfección evangélica, sobre la elección del propio estado de vida y sobre la santificación del domingo, día del Señor. La segunda parte del libro es una “Vida de Jesús”, presentado como Salvador y Modelo absoluto para toda alma.

El mismo año, dirigiéndose más a los fieles que a los teólogos, publica las “Conferencias sobre los mandamientos de Dios y de la Iglesia y sobre los Sacramentos”: 3 volúmenes densos de luz que hacen ver no solo al maestro, sino al buen padre de las almas que es. Quien lo conoció, pudo escribir de él: “Como religioso era modelo de vida regular y santa. Su deseo de santidad lo llevaba a preferir la casa del noviciado de París, donde podía vivir con la fidelidad y la sencillez de un niño. Allí deseaba acabar sus días”. Pero no será así, porque para su perfección debía todavía saborear la cruz, como el divino Maestro Jesús.

Al propagarse la Revolución en el verano de 1789, se desencadena inmediatamente la persecución contra la Iglesia católica. La asamblea nacional, el 12 de julio de 1790, decreta la “constitución civil del Clero”, obligado así a separarse de la Iglesia católica; el 27 de noviembre de 1790, impone al Clero el juramento de fidelidad a la Revolución. En 1791, el padre Richard, que, como la mayor parte de los sacerdotes y de los religiosos de Francia, ha rechazado el juramento, se refugia en el convento de Tournai en Bélgica, donde, sin embargo, sus hermanos tienen miedo de hospedarlo, como personaje demasiado conocido, por su obra de apologeta de la Fe católica.

El Obispo de Tournai lo acoge en su seminario, mientras, a finales de octubre de 1792, las tropas francesas invaden Bélgica. El padre Richard pasa a Lieja, después a Maastricht, y finalmente se encuentra acogido por los dominicos en Mons. Estamos en 1793 y el padre, de más de 80 años, exiliado y perseguido, tiene aún el valor de escribir su “Mensaje de felicitación a las armadas del rey aliadas para restablecer el orden y la Religión en la Francia alterada por la Revolución” (1793) y, finalmente, el “Paralelo entre los judíos que crucificaron a Jesús y los franceses que han llevado al suplicio a su rey Luis XVI”.

De este modo ha tocado verdaderamente la cima de su formidable alegato contra los iluministas, los masones y los revolucionarios: la última obra será la causa de su arresto. El 10 de agosto de 1794, fiesta del mártir S. Lorenzo, el padre Richard, de 83 años, es arrestado y el 15 de agosto de 1794, solemnidad de la Asunción de María Santísima, es condenado a muerte en odio a la Fe católica. El día siguiente, 16 de agosto, después de haberse confesado y haber recibido por última vez a Jesús Eucarístico, va al suplicio, cantando a toda voz el Te Deum por la gracia inestimable del martirio por Jesús.

Llegado al parapeto de arena elevado a propósito para él, cae bajo el plomo de los sin-Dios. La bala que le golpea, de sus manos unidas en oración, le arranca dos dedos, que caen en medio de los espectadores. En el Cielo, lo acogía María Santísima Asunta, madre de los sacerdotes y reina de los mártires. Vivió y murió para dar testimonio de que “las luces de la razón” sin Dios eran a menudo solo destellos de infierno, y que solo Jesucristo es la Luz.

Insurgens

(Traducido por Marianus el eremita)

SÍ SÍ NO NO
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