La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo (Jn. 14, 27).

La paz de Cristo.

Nada mejor para entender qué es la paz que nos da Nuestro Señor que atender a sus propias palabras: No penséis que he venido a traer la paz a la tierra. No he venido a traer la paz sino la espada – non veni pacem míttere sed gladium – (Mt. 10, 34).

La paz de Cristo es la “puerta estrecha”: quien ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y quien ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. Quien no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí (Mt. 10. 37-38). Las palabras del Señor indican el orden que ha de guardarse en el cumplimiento serio de los mandamientos. El cumplimiento cuesta, por esta razón añade: quien no toma su cruz… El camino de la santidad no es un camino cómodo, pero no por las exigencias de Jesús, sino por las limitaciones humanas, por el desorden de los afectos humanos.

La paz de Cristo es la “puerta estrecha” del mandato, del mandamiento, de lo prohibido y de lo permitido, del camino de la cruz, de la oración, sacrificio y penitencia. La paz de Cristo se manifiesta  de la Iglesia que enseña, amonesta, corrige, permite o prohíbe a sus hijos para enseñarles el verdadero camino de la salvación del alma.

La paz de Cristo es la Iglesia abierta al mundo para transformarlo según la ley de Dios Creador, pues el mundo no fue creado tal como lo conocemos. Es la Iglesia que señala lo pecaminoso para corregirlo, para sanarlo; es la Iglesia que preocupada por la salvación de las almas, advierte al mundo que ha de cambiar para orientar su vida hacia la Cruz salvadora, la Cruz de donde viene la salvación al mundo.

Cristo es nuestra paz (Ef. 2, 14).

La paz del mundo.

En la perspectiva de la realidad  actual nada mejor para entender  la paz del mundo como el sometimiento de la Ley de Dios a la autoridad humana. La paz se entiende como el consenso  donde todo puede permitirse a excepción de  la Ley de Dios.

La paz del mundo es sin lugar a dudas la “puerta ancha” donde sin ningún tipo de limitaciones, ni prohibiciones, el hombre da rienda libre a sus propios deseos, pues la paz del mundo se sustenta  en la libertad entendida como  libertad de la carne.

La exaltación del homosexualismo y lesbianismo, el fácil acceso al sexo, el aborto prácticamente libre, los medios anticonceptivos, etc., se entienden como avances en la libertad del hombre y por consiguiente un afianzamiento de la paz en la sociedad. “Prohibido prohibir” podría considerarse el lema característico del mundo actual, de esta falsa paz del mundo. Nada más contrario a esta libertad que la exaltación de la castidad, el pudor, la virginidad.

La Iglesia que camina hacia el Sínodo.

Qué ha ocurrido para que se esté planteando modificar la clara doctrina en temas de moral sexual y del sacramento del matrimonio. Para que, de forma continua y constante, se profane el Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor en la Sagrada Comunión sin que se alcen voces para acabar con esta profanación. Para que sea ya irreconocible el Santo Sacrificio en su forma ordinaria, negando abiertamente el carácter sacrificial de la Santa Misa, negando la presencia real del Cuerpo de Cristo, sin que haya autoridad alguna que alce la voz. Sólo encontramos una respuesta: la Iglesia ha optado por la “paz del mundo”,  por la “puerta ancha”.

Nos encontramos ante un Iglesia que como Madre dice: “hijos ya sois mayores, entrad en mi seno con todo lo que tenéis. El mundo es bueno, no pienso cambiarlo, entrad con él. Nadie os prohibirá nada. También yo asumo vuestro lema: prohibido prohibir”.

La Iglesia misericordiosa acoge al hombre y a su pecado, al hombre con su realidad, ya no le exige que renuncie al pecado; pues “exigir” es contrario a los presupuestos del mundo que la Iglesia hace suyos.

Hay que acoger al homosexual y a la sodomía, al adultero y al adulterio, al promiscuo sexual y la libertad sexual.

¿Hacia dónde vamos?

¿Qué queda de la paz de Cristo? ¿Dónde está la cruz que hemos de cargar para ser dignos de Él? ¿Dónde están los mandamientos, lo permitido y lo prohibido? ¿Qué hemos hecho de la puerta estrecha?

Ni siquiera la misma liturgia está sometida a normas. Si bien teóricamente existen, de hecho las normas no están acordes con la “puerta ancha” que exalta la creatividad del hombre por encima de aquellas.

Al tiempo que se profana el Santísimo Cuerpo de Cristo, al mismo tiempo se exalta la concupiscencia de la carne.

¡Dios mío y Señor mío”!

 La realidad es que la “puerta ancha” ha distorsionado, ofuscado, desviado y falseado la verdad de la fe católica, en vías de ser totalmente irreconocible.

¿Hacia dónde vamos? No por el camino salvador y redentor de la Cruz de Cristo. No hacia la “puerta estrecha” de la salvación del alma, no ha transformar el mundo según la Ley de Dios. No en la dirección correcta de la salvación de las almas.

El Señor ha hablado. Su Palabra es eterna. No cambia. La Tradición nos lo confirma. El depósito de la fe es la fidelidad a la Palabra de Dios.

Ave María.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa