Hace unos días, me comentaba una persona su gran preocupación por tantas enfermedades que nos atacan y que angustiada por ello, había acudido inmediatamente al médico, para realizarse un chequeo, una valoración de su organismo. Sin duda, cuidar nuestro cuerpo, es una obligación que tenemos, pero, no nos causa el mismo desasosiego las enfermedades del alma. Buscamos la medicina de la inmortalidad, que no existe y rechazamos el tratamiento que nos permite estar en Gracia de Dios, los Sacramentos y la vida de Piedad. Hoy en día, aunque parece una paradoja, vivimos preocupados por vivir.

Una gripe, nos llena de angustia. Un pecado, nos da igual. Un poco de tos, nos hace tomar inmediatamente un antibiótico, acumular faltas, lo consideramos tema para beatos. Nos asusta la muerte, pero no la condenación. Curioso… ¿Nuestra esperanza está fundada en la vida terrenal, o en la Vida eterna?

Nos vamos a operar y nos entran unos miedos absurdos a morir, como si el superar una operación, nos garantizara la inmortalidad. Sin embargo, no vamos a confesarnos y a Comulgar antes de entrar al quirófano y si alguien nos lo sugiere, respondemos con mala disposición.

Cuando hay un enfermo en una casa o en un hospital, se llama al médico, ante cualquier pequeña variación en la temperatura corporal, pero, al Sacerdote, sólo se le llama, cuando ya no está consciente o incluso, cuando ya ha fallecido, ¿Qué Sacramento puede recibir uno, después de muerto? Ninguno.

Es una falta de fe lo que quita el valor de avisar a los enfermos de que la muerte está cerca, y es gran perjuicio engañarles e impedir así que se preparen. Óptima cosa es ponerse de acuerdo con un amigo para advertírselo mutuamente”

(Garrigou Lagrane- La vida eterna y la profundidad del alma)

Nuestras conversaciones están llenas de angustias absurdas. Todo el mundo enferma y todo el mundo muere y lo que hay que hacer es preocuparse de como será ese final, si superaremos ese ultimo chequeo de nuestra alma. Nuestros miedos, sólo revelan una falta de Fe absoluta. Recomendamos restaurantes, libros, películas y no hacemos lo mismo con los Sacramentos. Los Católicos deberíamos de cuidar nuestra alma, tal y como hacemos con nuestro cuerpo. ¿Acaso no es importante el beneficio que nos supone vivir en Gracia de Dios? Si el médico nos recomienda ir a un gimnasio, no sólo vamos aunque no nos apetezca, sino que animamos a otros a que nos acompañen, ¿Por qué no hacemos lo mismo cuando acudimos a la Santa Misa? ¿Por qué no invitamos a otras personas a venir con nosotros, en vez de citarnos al terminar? Muchas veces se acude a la Eucaristía Dominical, como un mero cumplimiento, deseando que el Sacerdote no se alargue ni un minuto más de lo estipulado, ponemos impedimentos a que las vitaminas de la Gracia, penetren en nuestro interior. ¿Y a diario? La Misa del día, ni muchísimo menos, es una meta para nadie. El que trabaja, argumenta que sus obligaciones le impiden perder 20 minutos… ¡Como resplandecería nuestra alma, si se frecuentara todos los días la Santa Misa! En términos de medicina, el doctor, nos diría que la analítica, está perfecta. Pero, por lo visto, esto, nos preocupa poco, por no decir, que nos da exactamente igual.

¿A cuántas personas acercamos diariamente al Sacramento de la Confesión? ¿Y mensualmente? La respuesta es la misma. La gente no se confiesa y mucho menos, lógicamente, invita a otros a hacerlo. Ni siquiera el Clero, a veces, anima a ello. Los Confesionarios sin luz y sin cura, sólo indican una cosa, que el médico del alma, está “cerrado por vacaciones”.

¿Qué resultado obtendríamos si pudiéramos ver nuestro chequeo mensual sobre nuestra vida espiritual? Posiblemente, muy flojo. No frecuentamos los Sacramentos y cuando lo hacemos, es de cualquier manera, el mejor ejemplo es, que llegamos a Misa, tarde, mal y arrastro, como el que toma una medicina a deshora y pretende que le haga efecto.

Nos sentamos a ver la televisión, acudimos a un espectáculo, vamos al cine, al gimnasio…pero no dedicamos ni media hora al día a una lectura espiritual. Trabajamos, comemos, dormimos y dejamos de lado lo más importante, nuestra relación con Dios. Los Sagrarios abandonados y las cafeterías llenas. Es cierto que hay crisis, pero de Fe.

Nuestra agenda está llena de obligaciones que no hablan de Dios. Las Parroquias están repletas de actividades, que en muchas ocasiones son mas propias de un centro municipal que de una Iglesia. Ocupaciones que no llevan asociado ningún crecimiento espiritual: teatro, con representaciones que nada aportan a la vida de un Católico, coros donde se ensayan canciones más propias de una velada musical que de una Iglesia, yoga, meditación budista y un largo etc

¿Dónde están los retiros, meditaciones, rezo del Ángelus, Exposición del Santísimo, Hora Santa, Formación de adultos…?

Descuidamos el preparar nuestra alma para el Juicio final y es ahí donde de verdad deberá preocuparnos que el “reconocimiento médico” sea perfecto, ya que sino hemos tomado la medicina a tiempo, después ya no habrá remedio.

La vida interior del cristiano supone el estado de gracia, que es lo contrario del estado de pecado mortal. Y en el plan actual de la Providencia, toda alma o está en estado de gracia o en estado de pecado mortal; con otras palabras, o está de cara a Dios, último fin sobrenatural, o está de espaldas a Él”

(Garrigou Lagrane-Las tres edades de la vida interior”

Sonia Vázquez