ADELANTE LA FE

Nuestra Señora de los Dolores

Queridos hermanos, en dos distintos lugares de las Sagradas Escrituras se hace mención a las grandes penas que afligieron al puro e inocente corazón de la Santísima Virgen. El primero en el capítulo segundo de San Lucas, y el segundo en el capítulo diecinueve de San Juan. El primero contiene la profecía del anciano Simeón, en el que le decía que su alma había de ser traspasada con una espada –Y una espada atravesará tu alma para que descubran los pensamientos de muchos corazones (Lc. 2, 35) – , y en este instante la Santísima Virgen vio de un golpe los terribles tormentos que había de padecer su Hijo, y las acerbas penas que habían de resonar en su corazón. En aquel momento vio la descripción terrible que hace el profeta Isaías de Jesucristo paciente. No hay en él parecer, no hay hermosura que atraiga las miradas, no hay en él belleza que agrade. Despreciado, desecho de los hombres, varón de dolores, conocedor de todos los quebrantos, ante quien se vuelve el rostro, menospreciado, estimado en nada (Is. 53, 2-3).  Pero la tribulación que padeció en aquel momento, fue inferior al dolor que padeció después en la Pasión sangrienta de su Hijo, cuando va de la imaginación a la verdad.

Los dolores de María asistiendo a la cruz de su Hijo, tienen el  aspecto más terrible que puedan tener, y así lo presentó San Juan, que siendo muy preciso en referir detalles de la Pasión del Señor, se contenta con decir que María estaba al pie de la cruz. Estaban al pie de la cruz su Madre…. Mujer he ahí a tu hijo… He ahí a tu Madre (Jn. 19, 25-27). Pero en esto mismo se contiene tanta materia para considerar los dolores de la Santísima Virgen, que apenas habría escritor piadoso que haya podido apurar en sus escritos todo el amargo cáliz que bebió entonces la Madre de Dios. Sin lugar a dudas sus dolores en esta ocasión exceden la comprensión del entendimiento humano, y solamente se puede llegar a percibir con algunas consideraciones piadosas. No rehuirá ningún dolor a su inmaculado corazón,  antes bien, padece con su Hijo todas las penas y sufrimientos para la redención del género humano.

Ve con sus ojos las manos atrevidas que despojan las ropas teñidas de sangre de su inocente Hijo; ve que con rabiosa furia le quitan la túnica inconsútil, que ella misma confeccionó, y que renovando las llagas de su sagrado cuerpo y cabeza, comienza a correr de nuevo chorros de sangre por su divino rostro. Aparece Jesucristo desnudo, sin más auxilio que la decencia que tiene el hombre por sí mismo. Y la Madre de honestidad y de pureza, cuyos ojos castísimos infunden decencia, aquella que entre todas las mujeres fue la primera que dio a la virginidad un precio inestimable y casi infinito, ¡cómo tendría el corazón, viendo a su Hijo, virgen de los vírgenes, en una desnudez tan afrentosa, y a la vista de tanta multitud!  ¿Cuánto sentimiento causaría en el espíritu de la Santísima Virgen ver a su Hijo desnudo, y que este oprobio era celebrado con risas y carcajadas, con improperios y blasfemias? Bien podemos ver sus ojos fijos en el endurecido  Cielo, suspenso su espíritu y admirando los inescrutables consejos y adorables fines  de la justicia del Padre Eterno.

Oye el ruido de los martillos, y percibe que están clavando a su Hijo en el madero de la cruz. Suenan en sus oídos  los chasquidos con que crujen los huesos del cuerpo al tiempo que entre inefables dolores se descoyuntan. Ve que mientras se alza un griterío entre el pueblo presente, levantan en alto la cruz para dejarla fija en el suelo. ¡Qué dolor tan agudo el de la benditísima Virgen en este momento! ¡Qué tormento dolor  el suyo cuando vio que clavado Jesús en el madero, y moviéndose en la cruz, se desgarra más y más las sangrientas heridas! ¡Qué sentimiento ver caer la sangre divina sobre las piedras del Calvario, y aun sobre los mismo que lo crucificaban, cuyos pecados estaba lavando! ¡Qué angustia, en fin, la de aquel inocente y puro corazón que ya vio a Jesús cubierto de oprobios, y hecho varón de dolores, como había profetizado Isaías! Su corazón quedó traspasado de dolor: la espada de su Hijo le atravesó el alma en lo exterior, y dentro de su espíritu estaba la imagen de  la misma muerte.

Nada hay en la naturaleza que pueda consolarla, Si se fija en la tierra, ve los copiosos arroyos de sangre que manan de las heridas del Crucificado; si los levanta al Cielo, se encuentran con su divino Hijo en la cruz; si mira a la multitud, sus risas y sus blasfemias atormentan sus ojos y sus oídos; y si se para a contemplarlo, se le presentan uno por uno los miembros dislocados de Jesús, en el que no ve más que saliva asquerosa, palidez, cardenales, heridas, sangre, horror y muerte.

Si los dolores eran ya grandes en este momento, se redoblaron cuando advirtió que el rostro de Jesús se cubría de palidez y sombra de muerte, y que decayendo poco a poco el aliento, iba a dar el último suspiro, y ve que transformado del todo, clama con gran voz a su Eterno Padre, exhalando su santísima alma, consumando la Obra de Redención del mundo.  Aquí fue el último desconsuelo de María; aquí se acabó de poner de luto su purísimo corazón.

Aquí la Madre de Dios fue más que mártir.

Ave María Purísima.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa

Padre J.M Rodríguez de la Rosa

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa. Nació en Palamós (Gerona) en 1956, y se ordenó sacerdote en 12 de octubre del 2007 en la catedral de Getafe. Es licenciado en Estudios Eclesiásticos y en Derecho Canónico. Preside una Asociación privada de fieles de vida de oración contemplativa. En la actualidad es capellán de una residencia de ancianos de Madrid. Es autor del vídeo “Mysterium Fidei” sobre la Misa tradicional.