ADELANTE LA FE

¿Por qué nunca pensé en casarme?

Queridos hermanos, nunca pensé en casarme, sin lugar a dudas el Señor ya me había elegido para Él aun cuando un servidor no fuese consciente de tal afortunada elección. Sin saberlo, a lo largo de gran parte de mi vida, mi corazón era sacerdotal; a pesar de mis errores en decisiones de mi  vida y de mis pecados, nada me impidió, llegado el momento determinado por Dios, ser ordenado sacerdote.

El celibato es igual a sacerdote. El sacerdote católico es célibe. Me dirán que si los orientales están casados. Bien, la Iglesia como Madre los acoge a pesar de sus debilidades. Igual que a los anglicanos, que vuelven a la verdadera Iglesia de la que se pararon por el pecado de herejía, y la Iglesia como  Madre los acoge con sus debilidades. Pero el sacerdote católico es célibe, casto y puro. Ese es el sacerdote de Jesucristo, semejante a Él y a Él ha de tender a asemejarse.

Imagínense la situación de  la esposa dirigiéndose  a su marido sacerdote: Estás más dedicado a la Iglesia que a mí. Lo que te ha de importar  es tu familia y no tus feligreses. O bien, cuando llaman por teléfono al sacerdote y responde la mujer de éste: No puede ponerse, está bañando a los niños, llame más tarde. Cuántos ejemplos se podrían poner. ¡Ojo!, y qué decir del sacerdote separado, que se ha echado una querida. Bueno, es verdaderamente esperpéntico la variedad de situaciones que nos podemos encontrar en una Iglesia desnortada y a la deriva, que navega sin rumbo ni timonel, con sacerdotes casados, ya sí que podríamos decir aquello de: Apaga y vámonos.

Cómo podría por la mañana, muy temprano, ponerme mi sotana al tiempo que rezo la oración correspondiente, dirigirme a mi oratorio rezar mi Breviario, hacer mi oración mental, dirigirme a mi apostolado, regresar a casa, atender a personas que me consultan o me piden confesión… ¿Cómo podría tener mi tiempo dedicado al Señor por entero? Mi horario, aunque estricto, está a disposición de la voluntad de Dios, porque todo  mi ser es para el Señor, y Él dispone de  mi tiempo y de mi persona. No tengo más planes diarios que hacer la voluntad de Dios, no tengo más planes a corto y largo plazo que hacer la voluntad del Señor. No tengo más querer que el querer de Dios. No tengo más gusto que gustar sólo al Señor. No tengo más afán que santificarme en mi sacerdocio para la gloria de Dios, de su Iglesia y bien de las almas. No tengo más interés que la salvación de las almas y la administración de los santos sacramentos. No tengo más carga económica que mis necesidades personales, que sin más ambición busca vivir el día a día. No tengo ninguna preocupación en el vestir, porque  con la santa sotana tengo el problema resuelto del vestir. Tampoco tengo ninguna preocupación por salir a cenar, o ir a algún espectáculo, porque no tengo el más mínimo interés en ello;  ni ver la televisión, que no tengo, ni tan siquiera escucho música, porque no tengo equipo de música. ¡Cómo podría estar casado! ¿Qué sería de la santificación mi tiempo?¿Qué sería de mi disposición a la voluntad divina, a los fieles? Y sobre todo, y más importante, ¿qué sería de mi santa pureza y castidad para dirigirme al Altar del Sacrificio?

Queridos hermanos, no me puedo imaginar oficiar mi Santa Misa estando casado, me estremezco en pensarlo. Mi castidad y pureza es lo más valioso que le ofrezco al Señor, porque con ellas me apoyo para subir en mi santificación, sin ellas es imposible. Los sacerdotes orientales como los que provienen del anglicanismo han de vivir también la pureza en su matrimonio.

No tengo la más mínima duda, ni la tendré, respecto a que la posible ordenación de hombres casados –viri probati, les llaman- es una maniobra perfecta del maligno para destruir el celibato sacerdotal y dejar al sacerdocio católico como una caricatura de sí mismo. ¿Hacen falta sacerdotes? Entonces solucionen el problema de los seminarios, donde se prohíbe a los seminaristas comulgar de rodillas y en la boca, y se les obliga a comulgar de pie; donde se les amenaza con la expulsión si muestran afecto a la liturgia tradicional, donde no existe la ascesis y el sacrificio; donde en no pocos seminarios se forman a los seminaristas en materias teológicas heréticas. ¡Claro que faltan vocaciones! Las echan, las desmoralizan. Buenas vocaciones se frustran ante el patético y mundano panorama de muchos seminarios. Pero, ¡cuántas vocaciones hay en los seminarios de formación tradicional!

Qué decir, en la actualidad, con la defensa que muchos cardenales y  obispos hacen de las relaciones homosexuales, travestismo, transexualismo, etc. ¿Qué clase de seminarios tienen tales obispos? ¿Qué sacerdotes salen de ellos? ¿Puede haber vocaciones? No, no hay una preocupación por la falta de sacerdotes, lo que hay es un deseo de atentar contra el celibato sacerdotal. Ese es el verdadero interés.

Nunca pensé en casarme porque el Señor me había elegido únicamente para Él, sólo para Él, enteramente para Él, para nadie más. Todo mi ser para Él, toda mi voluntad para Él, todo mi pensamiento para Él, todo mi deseo para Él. Todo mi tiempo para Él. Todas mis aspiraciones para Él. Mis vacaciones también para Él, y mi tiempo libre. Y mi sueño y mi descanso para Él. Y mi  tiempo de esparcimiento para Él. Y cuando voy a la compra al supermercado, mi tiempo también para Él; no tengo que comprar para la mujer y los niños, ¡lo que me subiría la compra! ¡Válgame Dios!

La alegría del sacerdote es su celibato. El gozo de su santo sacrificio de la Misa es su celibato. La satisfacción de la administración de los sacramentos es su celibato. Su identificación como sacerdote católico es su celibato. Sin el celibato  el sacerdote católico es un errante que anda sin rumbo, pero…. ¿Será católico? ¿Se sentirá católico? Cómo hablar de la gloria del sacerdocio católico si ya no es célibe. No se podría hablar más que de la irrisión de un sacerdocio que es caricatura grotesca de lo que fue.

La Iglesia de Jesucristo es la Iglesia del sacerdote célibe. Esa es la Iglesia católica en la que creemos y a la que seguimos, porque el celibato es querido por el Señor y enseñado por la sana y auténtica tradición de la Iglesia católica. El Espíritu Santo inspiró el celibato, y la tradición lo ha confirmado.

Quiero ser otro Cristo, y sólo puedo serlo siendo célibe como mi modelo Jesucristo.

Ave María Purísima.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa

Padre J.M Rodríguez de la Rosa

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa. Nació en Palamós (Gerona) en 1956, y se ordenó sacerdote en 12 de octubre del 2007 en la catedral de Getafe. Es licenciado en Estudios Eclesiásticos y en Derecho Canónico. Preside una Asociación privada de fieles de vida de oración contemplativa. En la actualidad es capellán de una residencia de ancianos de Madrid. Es autor del vídeo “Mysterium Fidei” sobre la Misa tradicional.