La ocultación de sí mismo es, con la oración, uno de los pilares de la vía ascética cristiana por medio de la cual la persona intenta sentirse más próxima a Dios y, por tanto, más alejada del mundo, sin ostentación de ningún tipo, sino en el silencio en el que callan las voces y el estrépito de las muchedumbres. La misma cultura clásica conocía el valor de un vivir en la dimensión de una cierta soledad interior, si ya Epicuro podía afirmar: “Láthe biósas” – vive escondido – y si Ovidio, quejándose de haberse puesto en excesiva visibilidad hasta el punto de caer en desgracia ante el emperador, podía afirmar que “bene qui latuit bene vixit” (Tristia, 3, 4, 25) – vivió bien quien se quedó perfectamente a parte.

Pero la ocultación de Epicuro y de Ovidio se refiere sólo a un aspecto, digamos, laico, dado que lo que les interesa al filósofo y al poeta es principalmente no ser implicados en situaciones desagradables, cosa que, generalmente, sucede cuando nos exponemos con gestos y con palabras en medida exagerada. A semejante sabiduría le falta, sin embargo, lo que hace fructuoso el ocultamiento, le falta la virtud de la humildad, es decir, el reconocimiento de la propia precariedad, del propio ser nada que induce a la oración.

He aquí, entonces, que el vivir escondidos se ilumina de su verdadera luz y de su verdadero y auténtico significado, que sólo la palabra de Jesús puede conferir cuando manda: “Tú, cuando ores, entra en tu celda y, cerrada la puerta, ora a tu Padre en tu secreto y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará” (Mt 6, 6).

La celda de la que habla Jesús puede llamarse metáfora de aquella parte íntima de la propia autoconciencia en la que, aun en el ruido de una plaza, es posible entrar y vivir ‘escondidos’ en el ejercicio de la oración o de la meditación. Capacidad que se adquiere por medio del ejercicio constante de la voluntad, que forma una unidad con el recorrido ascético de la purificación.

El testigo de Jesús (Hch 1, 8) es el que se esconde no porque tenga miedo del mundo o se crea superior, sino porque no siente la necesidad de ser advertido, apreciado o exaltado, siendo su primera preocupación el anuncio y el testimonio del Evangelio, cosa que le será motivo de hostilidad, aversión, crítica y, en casos extremos, de muerte. Aquel que vive en su ocultamiento existencial, dirige sus pensamientos y sus sentimientos a la vida y al bien divino, confiando que su valor salvífico despliegue a la conciencia del hermano “la verdad que nos hará libres” (Jn 8, 32).

Resumiendo, podemos afirmar que en esta dimensión se evidencian los términos de una relación en la que el hombre, creatura finita, ocultándose y humillándose, reconoce y exalta la infinita grandeza y omnipotencia de su Creador de la manera en la que Juan Bautista entendió su misión diciendo: “Illum oportet crescere, me autem minui” (Jn 3, 30) – Él (Jesús) debe crecer y yo, en cambio, disminuir.

Pero el hombre, el hijo de aquel Adán que quiso hacerse como Dios (Gén 3, 5), ha intentado siempre subvertir los términos de esta relación poniéndose a sí mismo en el centro de la existencia y ocultando a Dios. Y que sea el ateo el que eclipse el rostro divino considerando al hombre un “unicum” ontológico, es algo claro si consideramos la etimología del mismo llamarse ‘ateo’; que sea el judío talmudista el que oculte el Crucifijo, detrás de un televisor – como sucedió durante un ‘encuentro’ interreligioso que tuvo lugar el 14 de enero de 2019 en la Curia de Piacenza – se comprende, como no se comprende, sin embargo, la inercia bellaca, sumisa y muda de los católicos presentes, preocupados sólo de no dañar el curso del “diálogo”. Pero que sean los hombres de la Iglesia los que inviertan los términos poniendo al Señor Dios en segundo plano, más aún, ocultando sus signos sagrados, es soberbia, traición y apostasía.

En el principio fue el Concilio Vaticano segundo el que, aun definido como ‘pastoral’, edificó el dogma del culto antropocéntrico, así como, con prosa ardiente y enfática y con convencido acento, lo declaró Pablo VI (Alocución del Santo Padre, Pablo VI – martes 7 de diciembre de 1965). No vamos a ofrecer la lista de las ‘reformas’ realizadas, paso a paso, por los Papas postconciliares, señaladas todas por el dato antropológico en detrimento de la centralidad de la Santísima Trinidad, porque otros mejor que nosotros han ofrecido sus lúcidos comentarios críticos.

Queremos hacer referencia a algunas circunstancias en las que el Papa actual, “Obispo de Roma”, caracterizó y caracteriza todavía ahora, su propensión a ocultar los signos divinos, circunstancias cuyo significado heterodoxo silenció la prensa así llamada “grande” – pero sólo por su poder financiero – con la intención, en cambio, con una hábil alteración dialéctica, de exaltar “sus magníficas y progresivas suertes” en el tripudio de un torrente de artículos, monografías, revistas ad personam, libros entrevistas, pasajes y rúbricas de tv, internet, redes sociales, que, de hecho, son por sí solas la prueba de cuán encendido está el ardor de visibilidad y de autocelebración que hierve en el programa pastoral del “Obispo de Roma”, el cual, de esa manera, poniéndose a sí mismo como centro de interés – político, financiero, ecológico, ecumenista, sindical, deportivo… – ofusca y oculta a Aquél de quien debería declararse “Vicario”.

Veamos entonces:

1) 16 de marzo de 2013. Tres días después de su elección a la cátedra de San Pedro, Francisco Bergoglio, tiene su primera audiencia reservada no a los fieles sino – y el detalle dice mucho sobre su futuro estilo y sobre la impronta mediática de su pontificado – a seis mil periodistas reunidos de todo el mundo en la Sala Pablo VI. Habla, como será su costumbre, improvisando y, aplicando, en todo, la didáctica del diálogo y de los buenos modales, en el momento de acabar su intervención con la obvia bendición, explica: “Os había dicho que os daría de corazón mi bendición. Muchos de vosotros no pertenecen a la Iglesia católica, otros no son creyentes. De corazón imparto esta bendición, en silencio, a cada uno de vosotros, respetando la conciencia de cada uno, pero sabiendo que cada uno de vosotros es hijo de Dios”.

El protocolo papal habría, como mínimo, requerido la bendición “palam et non clam” – abiertamente y no oculta – en la habitual fórmula “Os bendiga Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo”. Pero por la vanidad de aparecer en su mísero “yo”, ocultó el rostro de la Santísima Trinidad y, además, cometiendo una metedura de pata dogmática, definiendo que “cada uno es hijo de Dios” cuando Jn 1, 12-13 explica claramente que como tal debe ser considerado: “A cuantos Lo han acogido, les ha dado el poder de convertirse en hijos de Dios; a aquellos que creen en su nombre, los cuales no por la sangre, ni por voluntad de carne, ni por voluntad de hombre, sino por Dios han sido engendrados”. Para el Papa, venido del fin del mundo, no está clara la diferencia entre ser creatura y ser hijo de Dios.

2) 26 de mayo de 2014. Al término de la visita a Tierra Santa, el Papa Francisco Bergoglio, se reúne, en la Gran Sinagoga, con el rabinato de Jerusalén. Para sorpresa general de los presentes, el Pontífice aparece con el Crucifijo pectoral “escondido”, oculto en el fajín que le ciñe la cintura. Parecería que, en semejante coyuntura, el Pontífice católico, al esconder el sagrado signo de su fe, no desee molestar a la fe israelita. Pero a la crítica elevada por ambientes antimodernistas se opone una explicación que no satisface del todo, es decir: la ocultación del Crucifijo ha sucedido “por casualidad”, así nos lo comunica el dr. Andrea Tornielli – nuevo dominus de la información vaticana – el cual, habiendo sido testigo en aquella circunstancia certifica su veracidad. A esta versión nosotros – en el intercambio de correos electrónicos establecido con el predicho Tornielli – hemos hecho ver que había tiempo más que suficiente para haber devuelto a la luz el Crucifijo – cosa que no sucedió – y que, siendo Francisco el Papa que ya desde el principio de su Oficio se había apresurado en ocultar el nombre del Señor con aquel extraño e impropio “Buona sera” [Buenas tardes, ndt] y con el negar la bendición a los periodistas, la sospecha de un Papa subalterno de los rabinos estaba totalmente fundada.

Sospecho que, cada domingo, esto es confirmado por ese casero “buena comida” con el que despide a la muchedumbre de los fieles reunidos en la plaza de San Pedro como si fueran turistas reunidos en la Piazza di Spagna o excursionistas acampados en los Pratoni del Vivaro.

3) Próximamente, el Papa Francisco Bergoglio irá en visita apostólica a Marruecos. Para este evento, la Santa Sede ha elegido un logo que demuestra cómo la Jerarquía católica postconciliar está nivelando progresivamente a la baja la dignidad de la Iglesia de Cristo. La señal que acompaña y describe el evento está constituida por una hoz de luna de amplia circularidad, de color rojo, dentro de la cual está contenida una cruz estilizada por dos pequeños trazos que, por la manera en que están diseñados, recuerdan dos segmentos de medias lunas, de color amarillo el vertical y verde el horizontal, los cuales, más que una cruz, parecen dos espadas cruzadas o una palmera estilizada. Pensando mal, como decía alguien, se peca, pero a veces se acierta, porque en este caso, la forma y la simbología que subyace al logo, nos recuerda bastante la bandera de Arabia Saudita, la patria y cuna del Islam. ¿Extraño, no es cierto? ¿Estamos entonces cerca de una fusión?

Por debajo de esta composición se lee: POPE FRANCIS – SERVANT OF HOPE – MOROCCO 2019. Como se ve, un perfecto disfraz, y traición, del signo cristiano por excelencia, que, en semejante figura, insertado como está en la gran media luna, parece suscitar la idea de algo colocado en un seno en el que toma vida, con la indicación del viaje escrita en lengua inglesa, para denotar la subordinación no sólo del Cristianismo al Islam invasivo y clandestino – que en esta imagen se convierte en madre del Cristianismo – sino también al idioma inglés, que, como es sabido, es la lengua de la Masonería universal.

Con semejante figura se ha conseguido la ocultación de Cristo, de la verdad histórica y de la cultura cristiana que tiene en la lengua latina su geneticidad.

Ejemplar la ley del contrapeso con la que Jesús amonesta severamente: “El que me niegue delante de los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre que está en los cielos” (Mt 10, 33).

¿Pensarán en ello los traidores?

L.P.

(Traducido por Marianus el eremita/Adelante la Fe)

SÍ SÍ NO NO
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