Queridos hermanos, página hermosa, delicada y tierna, la que el Padre Remigio Villariño Ugarte S.J. presenta en su Vida de Nuestro Señor Jesucristo, al hablar del Nacimiento del Redentor. Es digna de ser dada conocer, para regocijo de nuestra fe y hacimiento de gracias, por tal portentoso acontecimiento, a la Santísima Trinidad por Su Decreto de la Encarnación de su Segunda Persona. He aquí lo que dice:

El 25 de diciembre, cual el sol vuelve a levantarse del solsticio y a hacer los días más grandes, a media noche, cuando las sombras empiezan a decrecer, porque se acerca el día, la Virgen Purísima y su Esposo Castísimo, conociendo que se acercaba el día grande de la venida del Mesías, recogiéronse en oración profunda.

“Era la media noche -dice el piadosísimo Luis de Granada, con estilo dulcísimo que yo jamás podré imitar-, era la media noche muy más clara que el medio día, cuando todas las cosas se reparan del trabajo y gozan del silencio y quietud; y acabada la oración de la Virgen Santísima comenzaron los cielos a destilar miel y dulzura; y ella sin dolor, sin pesadumbre, sin corrupción y mengua de pureza virginal, vio delante de sí, salido de sus entrañas, más limpio y más resplandeciente que el mismo sol, al bien y remedio del mundo, tiritando de frío, y que ya con sus lágrimas comenzaba a hacer oficio de Redentor. No se puede con palabras explicar, ni con el entendimiento humano comprender el gozo que la purísima Virgen tuvo en aquel punto, y la admiración y estupor que le causó ver al que sabía que era verdadero Dios, tan abatido y humillado y postrándose delante de  Él con profundísima reverencia, dicen que dijo: Bene veneris, Deus meus, Dominus meus, et Filius meus: Bien seáis venido, mi Dios y mi Señor y mi Hijo: y así le adoró, y le besó los pies como a Dios, la mano como a su Señor y el rostro como a su Hijo; y abrazándole y aplicándole a virginales pechos, le envolvió en aquellos pañales que traía aparejados. Sonrióse, como niño, a la Madre del Santo Infante: halágala con el rostro, y vuelve sus dulces y alegres ojos a mirarla, y como dice San Cipriano (Orat. de Nativ.) el niño, mamando en los brazos de la Madre, gozaba de aquella leche proveída del cielo, y la fuente del sagrado pecho infundía en la boca del Niño purísimo licor. El Hijo daba a la Madre lo que la Madre daba al Hijo: él henchía los pechos de la Madre, y ella sustentaba al Hijo con la divina leche que él mismo la había proveído. Más como el Niño tierno temblase de frío e hiciese pucheritos, púsole la Virgen así empañado en el pesebre, para que con alguna paja o heno que allí había, y con el huelgo del buey y del jumento que allí estaban, se abrigase algún tanto y se mitigase la fuerza de aquel frío y rigor. ¡Oh bienaventurado pesebre! ¡Oh establo más glorioso que todos los palacios de Reyes, donde Dios asentó cátedra de filosofía del cielo, donde la palabra de Dios enmudecida tanto más claramente habla cuanto más calladamente nos avisa! ¡Oh Señor! Dios nuestro (dice San Cipriano), ¡cuán admirable es vuestro nombre en toda la tierra! Verdaderamente Vos sois Dios obrador de maravillas. Ya no me maravillo de la figura del mundo ni de la firmeza de la tierra, estando cerca de un cielo tan movible; no de la sucesión de los días ni de la mudanza de los tiempos, en los cuales unas cosas se secan, otras reverdecen, unas mueren y otras viven: de nada de esto me maravillo, sino de ver a Dios en el vientre de una doncella; maravíllome de ver al Todopoderoso en la cuna; maravíllome de ver cómo a la palabra de Dios se pudo pegar carne; y cómo, siendo Dios sustancia espiritual, recibió vestidura corporal; nmaravíllome de tantas expensas y de tan largo proceso y de tan largos espacios, como se gastaron en esta obra. Esto es de San Cipriano”.

Hasta aquí este bellísimo texto, queridos hermanos, para nuestra alegría y pasmo por  tan grande momento, como humilde y sencillo, como santo y puro, como misterioso y divino. Escena más divina que terrenal, más rica por más pobre, más hermosa por más simple. ¡Oh Purísima Virgen María! ¡Oh castísimo San José! ¡Oh Divino Niño! Quién pudiera asistir a aquel momento de la noche más cálida y resplandeciente de la historia, y con la Madre de Dios, besar el pie, la mano y el rostro del Redentor. Más, o misterio de los misterios, el Santo Sacrificio del Altar, donde Nuestro Señor nos ha dejado, por su infinita misericordia y justicia, esta posibilidad. Y no una sino infinitas veces hasta el fin del  mundo.

Ave María Purísima.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa.

N.B. Este artículo lo he escrito en reparación por el “belén” blasfemo del Vaticano, por los pecados de ofensa tan graves cometidos por todos los responsables de él, y por los pecados de omisión de todos aquellos que estando en desacuerdo, han callado por respetos humanos.