Desde que el hombre decidió que no necesitaba a Dios para nada, y que muy bien podía erigirse a sí mismo en Dios (con lo que se constituía como único señor y responsable de sus actos), perdió de vista para siempre el concepto de lo Absoluto (pues es Dios la única Entidad Absoluta que existe en el universo, y aun fuera de él). Pero Dios se identifica también con el Amor (1 Jn 4:8), con lo que el hombre se quedó también sin el amor, que era precisamente lo que daba sentido a toda su existencia.

Sucede, sin embargo, que el hombre no puede existir sin el amor, al fin y al cabo inserto en su misma naturaleza por Aquél que la creó. Por lo que tuvo que recurrir a los sucedáneos. Y a este respecto, es increíble la cantidad de cosas a las que el hombre ha atribuido desde entonces el concepto de amor. Desde las más ingenuas y poco consistentes (amor platónico, amor juglaresco y provenzal, etc.) hasta las más aberrantes, consideradas de menos a más (amor fornicario, amor solitario (masturbación), amor adúltero, sodomía y bestialidad)(1). Con respecto a estas últimas, y según las normas inflexibles que, quieras que no, siempre sigue la naturaleza humana y a las que ya hemos aludido en la nota, bueno es advertir que fueron tomadas al principio con temor y vergüenza; pero para acabar siendo proclamadas como legítimas y como un logro efectivo de la Humanidad; y todo ello con trompetas y al modo triunfal. La verdad es que, desde la Caída en el Paraíso Terrenal, ningún nuevo ser humano que venga a este mundo deberá asombrarse de lo que hagan sus semejantes.

La negación del concepto de lo Absoluto ya fue hecha notar por Romano Amerio en una obra magistral (2), como una explicación a la aparición del fenómeno del divorcio. Según Amerio, la degradación del valor de la libertad dio lugar a que fuera considerada incapaz de vincularse de un modo absoluto a nada absoluto, y muy capaz, por el contrario, de deshacerse de cualquier atadura. También el divorcio se fundamenta —sigue diciendo nuestro autor— en la imposibilidad de la libertad humana para vincularse a sí misma incondicionalmente: es decir, que se basa en la negación de lo absoluto.

Pero la aparición de todas las falsas formas de matrimonio, o pretendidas uniones conyugales, van más allá de la negación del concepto de lo Absoluto por parte del hombre(3).

Como hemos dicho al principio, la desaparición del concepto de lo Absoluto es consecuencia de un ciclo lógico inexorable: desprecio de Dios, desaparición de lo Absoluto, desaparición del Amor.

Pues visto que el Amor se identifica con Dios (1 Jn 4:8), el amor en el hombre no es otra cosa que una participación en el Amor divino (1 Jn 2:5; 4:7; 4:16; 4:17; Ro 5:5). Pero Dios, que quiso amar al hombre con un amor verdadero(4), quiso ser respondido de igual forma por su criatura humana, aunque de forma tal que aquí la infinitud en el grado se convertía en totalidad.

Así llegamos a entender mejor la relación de lo Absoluto con el amor, como forma de explicarnos la aparición de sus formas caricaturescas y aberrantes y, lo que parece más extraordinario e increíble, que la Iglesia parezca dispuesta a aceptarlas (aunque algunas, como el divorcio disfrazado, ya lo han sido). El concepto de totalidad, tan ligado al de Absoluto, es uno de los principales que forman parte de la esencia del amor(5).

Que Dios amó al hombre con un amor verdadero, que quiere decir total, y que esperaba ser correspondido de igual modo por su criatura, es algo acerca de lo cual abunda toda la Sagrada Escritura y especialmente el Nuevo Testamento. Aquí no podemos hacer sino limitarnos a citar algunos textos:

Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito (Jn 3:16).

Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente (Mt 22:37).

Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas (Mc 12:30).

El día antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin (Jn 13:1) (6).

El amor es una relación —relación amorosa— entre personas. En la cual cada una de ellas se entrega a la otra en totalidad, sin reserva alguna ni condición alguna. No cabe, por lo tanto, que una de ellas haga tal cosa sin que se de una respuesta de la otra en el mismo sentido. Y si bien es verdad que el amor supone una entrega total sin esperar contraprestación; pero dado que no hay entrega sin recepción, la relación se consuma en forma recíproca y bilateral por ambas partes.

Pero los textos no son menos expresivos en el Antiguo Testamento. Como puede verse, por ejemplo, en El Cantar de los Cantares, 6:3:

Yo soy para mi amado y mi amado es para mí,

el que se recrea entre azucenas.

O también en 7:11:

Yo soy para mi amado

y a mí tienden todos sus anhelos.

Textos que resultan casi incomprensibles para el cristiano de hoy, incapacitado como está para ver más allá del carácter poético de un Libro Sagrado, inspirado por lo tanto y que explica de manera sublime algo de lo inexpresable de la relación amorosa divino–humana. En este caso, de la mutua y recíproca posesión de Dios y su criatura, prácticamente incluso en un plano de igualdad y tal como lo exige la auténtica relación de amor.

Aún más difícil de entender resulta el hecho de que Dios haya querido llevar la relación amorosa divino–humana hasta convertirla en un verdadero certamen, justa o torneo de amor, con posibilidad de victoria para cualquiera de ambos contendientes, en cuanto que el amor divino–humano no entiende sino de realidades y no meramente de metáforas(7). Como puede verse en Ca 2:4:

Me ha llevado a la sala del festín

y la bandera que ha alzado contra mí

es bandera de amor.

El problema reside, tal como venimos diciendo, en que la Cristiandad ha dejado de creer en el amor. Y menos aún en que Dios se haya enamorado de su criatura y haya querido llevar las cosas hasta ese extremo de intimidad amorosa(8). Aunque los textos no pueden ser más claros ni elocuentes:

El que come mi carne y bebe mi sangre está en mí [vive en mí] y yo en él (Jn 6:56).

Así como el Padre que me envió vive, y yo vivo por el Padre, el que me come también vive por mí (Jn 6:57).

La totalidad como condición del amor no entiende, por lo tanto, ni de condiciones, ni de plazos, ni de circunstancia alguna que pueda suponer impedimento a una entrega total. Dios ama a lo divino, y de la misma forma desea ser correspondido por el hombre.

Lo cual está íntimamente relacionado con la otra condición esencial del amor: la eternidad. El amor por plazos, o a prueba, es cosa absolutamente incompatible con una realidad como el amor, que es absolutamente para siempre y eterno. Pues eterno como Dios es el amor. Y siendo el amor una participación, por parte del hombre, en la misma vida divina, no tendría sentido alguno que Dios la otorgara sino con vistas a la Vida Eterna.

Sin embargo, siendo la eternidad una condición principalísima y esencial en el amor, no empieza a ser reconocida como tal hasta la aparición del Cristianismo. Como no podía ser de otra manera. Los clásicos antiguos que trataron del amor no llegaron a sospechar la presencia de esta cualidad porque tampoco pudieron hacerlo. Ni siquiera Platón, a pesar de sus maravillosas intuiciones sobre el amor (mezcladas con no menos tremendos errores), podía haberla conocido como para tratarla en profundidad. Y a decir verdad, ni siquiera la misma Cristiandad —más preocupada en insistir en la salvación del alma, sin más implicaciones—, concedió nunca demasiada importancia al gran misterio de la relación amorosa divino–humana. Por supuesto que la Cristiandad nunca puso en duda que Dios era el Fin último del hombre; aunque el amor como realidad única y suprema que, como participación en la misma vida divina, otorgaba al hombre todo el sentido de su existencia, no fue objeto en ella de especial atención. La consideración de que el hombre había sido creado para amar a Dios y salvarse, como su Fin definitivo y supremo, por más que absolutamente correcta, no permitió fijar demasiado la atención en el hecho de que la creatura humana había sido configurada por su Creador para amar y para ser amada. Ni siquiera Santo Tomás dedicó un tratado especial al amor en ninguna de sus obras (9), y así ha sido hasta nuestros días. Nuestros grandes Místicos españoles del Siglo de Oro anduvieron excesivamente preocupados con la necesidad de la purificación y la liberación de las cosas creadas como medios para lograr la unión del alma con Dios; y cuya suprema perfección en esta vida más parecía consistir en una contemplación pasiva de la divinidad que en una verdadera relación amorosa(10).

Ya en tiempos más recientes, tampoco el mismo Jean Baruzi, en su extensísima obra sobre la mística de San Juan de la Cruz tan aireada hacia la mitad del siglo pasado, logra dar ideas claras acerca del concepto del amor. Lo que tampoco es de extrañar si se considera que Baruzi era protestante(11).

El primer fruto de la presencia en el alma del Espíritu Santo es el amor (Ga 5:22). Seguido del gozo como un consecuente suyo necesario. Pues la Alegría acompaña siempre y necesariamente al amor como algo que se desprende de él y es su fruto más propio. Y efectivamente, porque no existe verdadero amor sin verdadero gozo. Y así como al amor acompañan siempre, como cualidades esenciales, la totalidad y la perennidad, así también la verdadera y Perfecta Alegría (que San Francisco de Asís hacía derivar, con perfecta razón, de la adhesión a la Cruz), solamente puede darse en totalidad y para siempre. Pues es bien evidente, caso de que pudiera admitirse, que si la Alegría tuviera determinada de antemano su terminación o caducidad, en modo alguno sería ya Perfecta Alegría.

Y también aquí los textos son suficientemente claros:

Os he hablado estas cosas para que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría sea completa (Jn 15:11).

Vosotros ahora os entristecéis, pero os volveré a ver y se os alegrará el corazón, y nadie os quitará vuestra alegría (Jn 16:22).

Acerca de esta última sentencia de Jesucristo, es curiosa la tendencia de los cristianos a considerarla sólo en referencia a esta Tierra, dándole así a la frase un sentido restrictivo que no es ciertamente el suyo; ¿por qué…?

Es enteramente cierto, por lo tanto, que el Amor como entrega total y sin condición alguna (tampoco de tiempo), elevadas sus cualidades esenciales, por concesión graciosa de Dios, incluso al estado de sobrenaturalidad (que es la absoluta plenitud) es algo que acompaña a la naturaleza del hombre. De ahí que bien pueda decirse, no solamente que el hombre ha sido creado para amar y para ser amado, sino que su existencia no tiene ya otro sentido. Por lo que bien podría decirse, en el caso de que no llegara a realizarse, que tal cosa supondría el más estrepitoso, irreversible e inimaginable fracaso de una vida humana.

Yo traté de expresar esta hermosa realidad que Dios ha querido otorgar al hombre en una de mis estrofas:

Si vivir es amar y ser amado,

sólo anhelo vivir enamorado;

si la muerte es de amor ardiente fuego

que abrasa el corazón, muera yo luego(12).

Conclusión

El desastre comienza a aparecer cuando el hombre decide que su libertad es incapaz de vincularse definitivamente a nada absoluto ni de modo incondicional. Y negado lo absoluto, quedan también negadas la totalidad de la entrega por parte de la voluntad; y más aún y sobre todo su capacidad para hacerlo incondicionalmente y mucho menos para siempre.

Pero negada la libertad es cuando aparecen las dictaduras, incluso en la Iglesia.

Además de eso, una vez negado lo Absoluto queda descartado el Amor. Así es como queda anulada cualquier idea que suponga, por parte del hombre, un compromiso total y para siempre. Con lo que se da paso, entre otras cosas, a cualesquiera formas de uniones maritales o conyugales que supongan:

En primer lugar, la posibilidad de romperse en el momento en que lo desee cualquiera de los integrantes de la pareja humana (entendida aquí la pareja en un sentido amplio).

Y en segundo lugar, todas aquellas formas de pretendidas uniones conyugales que abarcan desde la simple fornicación (uniones de hecho, relaciones prematrimoniales), hasta las más aberrantes y contrarias a la naturaleza humana.

Y así es como los acontecimientos se precipitan. Porque, una vez desaparecido el Amor y dado caso de que Dios se identifica con el Amor, ha llegado el momento en que el hombre se proclame como único dios de sí mismo. Ha aparecido, por fin, en la Historia de la Humanidad la Nueva Edad Antropocéntrica, que ha desplazado definitivamente a la Antigua o Teocéntrica. Desde ahora sólo existirá la religión del Hombre y un único Gobierno Universal. De tal manera que los hombres son incapaces de darse cuenta de que están dejándose colocar las argollas que los van a sumir para siempre en la tiranía y en la esclavitud: nada más merecido para quienes renunciaron a la verdadera libertad.

Y con todo, no hemos llegado aún al punto donde se consuma la Gran Tragedia.

La cual consiste, nada más y nada menos, en que la Iglesia —o los hombres de Iglesia—, con la inmensa mayor parte de su Jerarquía a la cabeza, participan igualmente de estas mismas doctrinas. No vamos a aludir aquí al hecho de la legitimación (velada, pero no tanto) del divorcio, como un hecho al fin y al cabo mínimo entre los menos importantes. Es lo cierto que desde que el Papa Juan XXIII proclamó —en el discurso de apertura del Concilio— la apertura al mundo por parte de la Iglesia, su admisión de la deificación del hombre, a través de un período que va desde hace cincuenta años hasta hoy, es cada vez más abierta y menos disimulada. Sin que obste para nada que la inmensa multitud de los creyentes no quieran verlo, y a pesar de la multitud de discursos, declaraciones y documentos prodigados por las más prominentes figuras de una Jerarquía que cada vez muestra más clara sus intenciones.

El hecho de la mera celebración del llamado Sínodo de la Familia —que algunos han dado en llamar Concilio Vaticano III— es suficientemente ilustrativo. Sus conclusiones, pese a lo que piensen los ingenuos, son lo que menos importa, ante la confusión y multitud de errores generados y dejados circular entre el Pueblo cristiano (que después de cincuenta años de ser martilleado por falsas doctrinas, ya no necesitaba demasiado). Los Padres asistentes llamados Sinodales o Conciliares, entre los que se cuenta la Resistencia representada por algunos pocos —muy pocos— conservadores, firmaron todos un Documento amparándose en la idea de que, al fin y al cabo, allí no se decidía nada comprometedor; en el cual –así se ha dicho—, entre una verborrea de palabras ambiguas y tópicos manidos, después de todo nada se daba como seguro o definitivo. Sin embargo, ¿habrá mejor manera de decir multitud de cosas que cuando no se dice nada…, y se tenían que haber dicho otras muchas? ¿Y será posible una incongruencia mayor, por parte de los Pastores, que firmar un Documento que ha sumido a la multitud de los católicos en la mayor de las confusiones? ¿Dónde está el mandato de Cristo a Pedro de confirma a tus hermanos? Lo mismo mueren las ovejas cuando se les proporcionan pastos venenosos que cuando dejan de ser alimentadas con buenos pastos.

Difícil es negar que estamos asistiendo a la tan anunciada y general Apostasía, pero encabezada por prácticamente toda la Jerarquía eclesiástica.

Y sin embargo, si reunimos todos los antecedentes y motivos de reflexión, todo parece indicar que el Sínodo de la Familia, por más que pretenda ostentar un carácter meramente preparatorio y provisional, no es en realidad más que un pretexto.

Porque el verdadero golpe mortal que se prepara contra la Iglesia —una vez eliminados ya los conceptos de naturaleza humana y de Ley Natural— es la eliminación definitiva de toda idea de Dios. Una estrategia que, como todas las buenas estrategias, procede por pasos, como queda bien claro para los que quieran ver…, y como el tiempo dejará más claro todavía para los que no quisieron ver. Aunque siempre permanecerán las palabras de Aquél que dijo que las suyas no pasarían jamás:

Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Infierno no prevalecerán contra ella (Mt 16:18).

Padre Alfonso Gálvez

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1 La bestialidad, o cópula carnal con un animal, que no tardará en ser legitimada (según las leyes inexorables del comportamiento humano), representa el último grado de degradación de la naturaleza humana. Todas las formas de falso amor son en realidad la más clamorosa expresión del anti–amor, y poseen un sello diabólico con el que Satanás intenta desesperadamente proclamar su odio al verdadero Amor.

2 Romano Amerio, Iota Unum, Trad, esp. Criterio Libros, Madrid, 1995, p. 138.

3 Romano Amerio no pretendía profundizar más en un punto que hubiera transcendido el objeto de su libro. Como todo el mundo sabe, el conocimiento de las últimas causas corresponde a la Filosofía por lo que hace a las posibilidades naturales del entendimiento humano. Para ir más allá, hasta llegar al conocimiento de las verdaderas últimas causas, que por ser de índole sobrenatural exceden las posibilidades del conocimiento humano, hay que echar mano de la Teología.

4 De modo infinito, según la Naturaleza Divina, pero limitado ad modum recipientis, o según las posibilidades de la finitud de la naturaleza del hombre.

5 No es el único, como después veremos cuando estudiemos la nota de eternidad, también constitutiva de la esencia del amor. El tema ha sido abundantemente desarrollado por mí en casi todos mis libros. Pueden verse, por ejemplo, Comentarios al Cantar de los Cantares, Shoreless Lake Press, (N.J., U.S.A,) vol. I, 1994; vol. II, 2000 (a lo largo de toda la obra); El Amigo Inoportuno, Shoreless Lake Press, (N.J., U.S.A.), 1995. Esperando a Don Quijote, Shoreless Lake Press, (N.J., U.S.A), 2007, pag. 385 y ss., etc.

6 Es claro que el texto se refiere al amor de Jesús a los suyos a través de su Corazón Humano. La expresión hasta el fin significa hasta el límite de la posibilidad de la finitud de un corazón humano (un paso más allá y la infinitud). No olvidemos que Jesucristo es verdadero Dios y verdadero Hombre. Y que ama, por lo tanto, con amor divino y con amor humano, a saber: con amor divino y con amor humano–divino, en un acto único de amor consumado en su Persona Divina (el amor se realiza entre las personas, y no entre las naturalezas). Para una mayor comprensión de este tema y la interpretación del texto 13:1 de San Juan, véase mi libro El Misterio de la Oración, Shoreless Lake Press, (N.J., U.S.A.), 2014.

7 El tema, tan delicado y sublime como verdadero, ha sido ampliamente explicado por mí en mi libro El Misterio de la Oración, pags. 157 y ss.

8 La diferencia entre amar y estar enamorado, que supone un amor en perfección y en totalidad, la explico en mi libro Comentarios al Cantar de los Cantares, I, 4.

9 La Quaestio de Caritate, estudiada entre sus Q. Disputatae, considera la caridad más bien como virtud sobrenatural.

10 San Juan de la Cruz llega incluso a defender la necesidad de liberarse de la misma idea de la Humanidad de Jesucristo para conseguir la unión perfecta con el Dios Transcendente sobre todas las cosas. El problema, sin embargo, radica en quedarse a mitad del camino. Por supuesto que la purificación del alma, la penitencia y el firme arrepentimiento de los pecados, junto a la absoluta necesidad de las buenas obras realizadas en Cristo, son condiciones necesarias para la unión con Dios. Y lo menos en lo que podría pensar la doctrina de la relación amorosa divino–humana, recíproca y bilateral, en absoluta y total entrega de Dios a su criatura y viceversa, es en eliminarlas. Pero jamás la Doctrina clásica profundizó lo suficiente en una de las razones de conveniencia de la Encarnación del Verbo: la de hacer posible a la criatura humana amar a Dios al modo humano, o según su naturaleza. Un modo humano elevado, sobrenaturalizado y divinizado por la gracia; pero humano al fin, que tampoco hubiera sido posible sin el Cristo Hombre.

11 Jean Baruzi, Saint Jean de la Croix et le Problème de l’Expérience Mystique, Paris, Librairie Félix Alcan, 1931. La obra, bastante extensa y farragosa, da vueltas y vueltas acerca de la mística sanjuanista pero sin aclararse nunca ni terminar de dar en el clavo. O al menos eso me pareció a mí; y lo mismo digo acerca de su tratamiento del amor, como ya he indicado. Modernamente apareció una traducción de la obra de Baruzi al español, realizada bajo los auspicios de una de las Autonomías españolas, que aún me convenció menos, por su poca fidelidad a la traducción y a la extensión de la obra original.

12 Los Cantos Perdidos, Shoreless Lake Press (N.J.,USA), Tercera Edición, 2013, n. 103, pag. CLXI.

Padre Alfonso Gálvez
Nació en 1932. Licenciado en Derecho. Se ordenó de sacerdote en Murcia en 1956. Entre otros destinos ha estado en Cuenca (Ecuador), Barquisimeto (Venezuela) y Murcia. Es Fundador de la Sociedad de Jesucristo Sacerdote, aprobada en 1980. Desde 1982 reside en El Pedregal (Mazarrón-Murcia). A lo largo de su vida ha alternado las labores pastorales con un importante trabajo redaccional. Ha publicado Comentarios al Cantar de los Cantares (dos volúmenes), La Fiesta del hombre y la Fiesta de Dios, La oración, El Amigo Inoportuno, Apuntes sobre la espiritualidad de la Sociedad de Jesucristo Sacerdote, Esperando a Don Quijote, Homilías, Siete Cartas a Siete Obispos, El Invierno Eclesial, Los Cantos Perdidos y El Misterio de la Oración. Para información adicional visite su web http://www.alfonsogalvez.com