Ayer, domingo, ha sido beatificado Pablo VI, un Papa al que personalmente considero un auténtico mártir. Estos días se ha hablado mucho de su decisiva intervención moderadora en el Concilio Vaticano II y de su valentía a la hora de publicar la encíclica “Humanae vitae”. Se ha hablado menos de una denuncia que hizo en un momento muy especial para él.

Era la solemnidad de San Pedro y San Pablo de 1972. Pablo VI llevaba ya nueve años gobernando la Iglesia y habían transcurrido siete desde la clausura del Concilio. Aún le faltaban otros seis para entregar su alma a Dios, el 6 de agosto de 1978, aunque eso, lógicamente, él no lo sabía. Estaba, pues, a la mitad de su pontificado. Había tenido ocasión de impulsar las principales reformas emanadas de los decretos conciliares y también de darse cuenta de la deriva en que se estaba introduciendo la Iglesia al estar siendo aplicado el Concilio con una “hermenéutica de ruptura” -usando un término acuñado por Benedicto XVI- en lugar de utilizar una “hermenéutica de continuidad”.

En ese momento y ene se contexto, Pablo VI sorprendió a todos con este discurso:

Ciertas corrientes sociológicas de hoy tienden a estudiar a la humanidad, mientras que prescinden de ese contacto con Dios. Por el contrario, la sociología de San Pedro y la sociología de la Iglesia estudian a los hombres señalando precisamente este aspecto sagrado de la conversación con lo inefable – con Dios, con el mundo divino. Se diría que a través de alguna grieta ha entrado, el humo de Satanás en el templo de Dios. Hay dudas, incertidumbre, problemática, inquietud, insatisfacción, confrontación. Ya no se confía en la Iglesia, se confía más en el primer profeta profano —que nos viene a hablar desde algún periódico o desde algún movimiento social— para seguirle y preguntarle si tiene la fórmula de la verdadera vida; y, por el contrario, no nos damos cuenta de que nosotros ya somos dueños y maestros de ella. Ha entrado la duda en nuestras conciencias y ha entrado a través de ventanas que debían estar abiertas a la luz: la ciencia.

También en nosotros, los de la Iglesia, reina este estado de incertidumbre. Se creía que después del Concilio vendría un día de sol para la historia de la Iglesia. Por el contrario, ha venido un día de nubes, de tempestad, de oscuridad, de búsqueda, de incertidumbre y se siente fatiga en dar la alegría de la fe. Predicamos el ecumenismo y nos alejamos cada vez más de los otros. Procuramos excavar abismos en vez de colmarlos.

¿Cómo ha ocurrido todo esto? Nos, os confiaremos nuestro pensamiento: ha habido un poder, un poder adverso. Digamos su nombre: él Demonio. Este misterioso ser que está en la propia carta de San Pedro —que estamos comentando— y al que se hace alusión tantas y cuantas veces en el Evangelio —en los labios de Cristo— vuelve la mención de este enemigo del hombre. Creemos en algo preternatural venido al mundo precisamente para perturbar, para sofocar los frutos del Concilio ecuménico y para impedir que la Iglesia prorrumpiera en el himno de júbilo por tener de nuevo plena conciencia de sí misma”.

Me gustaría destacar estas frases: “Hay dudas, incertidumbre, problemática, inquietud, insatisfacción, confrontación. Ya no se confía en la Iglesia”. “También en nosotros, los de la Iglesia, reina este estado de incertidumbre”. “Se diría que a través de alguna grieta ha entrado el humo de Satanás en el templo de Dios”.

Y ahora, ¿qué está pasando? ¿No ha vuelto la incertidumbre, la duda, la confrontación? Incluso entre los pastores de más alto nivel hay discrepancias sobre temas esenciales, como la necesidad del estado de gracia para poder comulgar. ¿Beneficia esto a los fieles? ¿No estamos llenando sus ojos de humo para que no puedan ver? ¿No es esto la entrada triunfal del relativismo en el seno de la propia Iglesia? ¿Y no es esta confusión la consecuencia del humo de Satanás?

Estoy muy preocupado. Mucho. Sólo logro recuperar la paz ante el Sagrario y recordando la promesa del Señor de que el Espíritu Santo nunca dejaría de asistir a su Iglesia. Por eso, una y otra vez, rezo con Santa Teresa: “Nada te turbe, nada te espante…”. Es la hora de la oración y de la palabra calmada y clara. Antes de que el humo de Satanás nos vuelva ciegos a todos

Padre Santiago Martín