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Papa Francisco: La pesadilla de Belarmino

Después de cuatro años de tumulto Bergogliano, es innegable que somos testigos de un Papa que es contrario a la sana doctrina y cuya enseñanza, si se puede llamar así, es generalmente poco fiable, si no positivamente contraria a la Fe. Los fieles miran con creciente alarma y disgusto mientras el Papa Bergoglio comete un error casi cada vez que abre la boca para hablar, ganando el aplauso del mundo por su despreocupado desprecio de la ortodoxia y las disciplinas tradicionales de origen apostólico. La Iglesia está sacudida por el horroroso impacto de sus documentos formales escritos. Evangelii Gaudium, Laudato si y Amoris Laetitia están llenos de falsas declaraciones de hecho, citas engañosas, opiniones dudosas sobre asuntos que van más allá de la competencia papal, proposiciones teológicas capciosas y descaradas partidas de la enseñanza previa sobre la fe y la moral –siempre entremezcladas, sin embargo, con fragmentos ortodoxos que permiten una defensa sofística de continuidad con el Magisterio.

En resumen, el Papa Bergoglio es, literalmente, una fuente de error cuya inmensa producción de heterodoxia y puro sin sentido llenaría un libro, como lo demuestra este catálogo en línea de Bergoglianismos mantenido por sacerdotes diocesanos anónimos y constantemente actualizado para reflejar la última adición al siempre creciente Canon de la locura Bergogliana.

El confundido católico podría preguntarse: ¿Cómo es posible tal Papa? ¿Qué hay de la promesa de Nuestro Señor acerca de la indefectibilidad de la Iglesia? La respuesta a estas preguntas es clara para cualquier católico que entienda la naturaleza del oficio petrino y su relación con la indefectibilidad eclesial. De hecho, la respuesta fue dada a la Iglesia, de manera providencial, por Benedicto XVI muy al comienzo de su pontificado misteriosamente terminado:

El poder que Cristo confirió a Pedro y a sus sucesores es, en un sentido absoluto, un mandato para servir. El poder de la enseñanza en la Iglesia implica un compromiso al servicio de la obediencia a la fe. El Papa no es un monarca absoluto cuyos pensamientos y deseos son ley. Por el contrario: El ministerio del Papa es una garantía de obediencia a Cristo y a su Palabra. No debe proclamar sus propias ideas, sino unir constantemente a sí mismo y a la Iglesia a la obediencia a la Palabra de Dios, ante cualquier intento de adaptarla o diluirla, y toda forma de oportunismo.

El Papa es un siervo. Pero no es un siervo del “pueblo de Dios” en el sentido demagógico Bergogliano, que es simplemente un disfraz para el abuso de poder de quien no es ningún siervo, sino que se comporta precisamente como “un monarca absoluto cuyos pensamientos y deseos son ley “. El Papa, más bien, es un siervo de la Verdad que se le ha transmitido para salvaguardar y transmitir intacta a sus sucesores como depósito de fe. El oficio petrino es, pues, esencialmente conservador, no creativo. Como es bien sabido decía el Primer Concilio Vaticano en el proceso mismo de definir los límites estrictos de la infalibilidad papal:

Porque el Espíritu Santo fue prometido a los sucesores de Pedro, no para que por su revelación pudieran dar a conocer alguna nueva doctrina, sino que con su ayuda pudieran religiosamente guardar y exponer fielmente la revelación o depósito de fe transmitida por los Apóstoles.

Es decir, la función conservadora del papado es custodial. El Papa tiene la custodia del depósito de la fe, y su deber primordial es proteger ese depósito contra “todo intento de adaptarlo o diluirlo, y contra toda forma de oportunismo”. Así, Juan Pablo II -cuya enseñanza tradicional sobre el matrimonio y la familia Bergoglio trabaja incesantemente para derrocar- declaró en la promulgación de su nuevo Catecismo que “Proteger el depósito de la fe es la misión que el Señor ha confiado a su Iglesia y que ella cumple en cada época”.

¿Qué, pues, del Papa Bergoglio, que claramente tiene poco o ningún interés en limitarse a guardar el fidei depositum? Por el contrario, hablando de su falso Sínodo sobre la Familia, que no era más que un vehículo para el desastre preconcebido que es Amoris Laetitia (AL), Bergoglio rechazó explícitamente el concepto del Papa como fiel guardián de la Tradición, declarando que el Sínodo fue “una expresión eclesial” por “la Iglesia que se cuestiona a sí misma en cuanto a su fidelidad al depósito de la fe, que no representa para la Iglesia un museo para ver, ni sólo algo para salvaguardar, sino una fuente viva de la cual la iglesia bebe, para satisfacer la sed, e iluminar el depósito de vida [énfasis en original] “.

Al introducir la idea de una “Iglesia que se cuestiona con respecto a su fidelidad al depósito de la fe” -como si la Iglesia como Iglesia pudiera jamás ser infiel al fidei depositum– y al sofísticamente  marcar el depósito de la fe como un meramente retórico “depósito de la vida”, Bergoglio somete audazmente toda la doctrina católica y la disciplina relacionada a sus preguntas, que son meramente las reflexiones de su propia mentalidad jesuita liberal. Y por “fuente viva de la cual la Iglesia bebe” Bergoglio se refiere, por supuesto, a sus propias ideas, que ha promovido implacablemente desde el momento de su elección. La farsa sinodal fue simplemente el medio por el cual sus ideas fueron asignadas a lo que él esperaba ridículamente que los fieles creyeran que era “un espacio para la acción del Espíritu Santo”, en el cual los obispos podían “ponerse el valor apostólico” significando “coraje para vivir la vida y no para hacer un museo de los recuerdos de nuestra vida cristiana”. Una vez más, la sofisticación de la doctrina contra la “vida”.

Sin embargo, cuando los obispos fracasaron en “ponerse el coraje apostólico”, pero insistieron en defender el “museo de los recuerdos de nuestra vida cristiana”, rechazando su intento de poner la Sagrada Comunión para los adúlteros públicos en sus gargantas, Bergoglio de todos modos simplemente promulgó sus propias ideas a través de AL, mientras continuaba pretendiendo que sus novedades errantes en la teología moral eran una inspiración del Espíritu Santo trabajando a través de los Padres sinodales. Como si alguien pudiera creer seriamente una mentira tan flagrante.

El Papa Bergoglio, pues, es un Papa que simplemente se niega a “atarse a sí mismo y a la Iglesia a la obediencia a la Palabra de Dios, frente a todos los intentos de adaptarla o diluirla y toda forma de oportunismo”. Pero como el Papa, no menos que cualquier otro ser humano, posee libre albedrío, tal negativa es posible. El carisma de la infalibilidad papal se limita a la inmunidad de error cuando el Papa enseña lo que la Iglesia ha enseñado constantemente o define formalmente una cuestión de fe y moral que ya se le ha transmitido en el depósito de fe transmitido por el Magisterio ordinario. Pero ni siquiera cuando define infaliblemente un dogma un Papa hace algo más o menos que “guardar religiosamente y exponer fielmente la revelación o depósito de fe transmitida por los apóstoles”.

Sin embargo, el Espíritu Santo no obligará a un Papa a desempeñar su propia función conservadora si se niega a hacerlo. Si el rechazo del Papa Bergoglio a conformarse a la función propia del oficio petrino lo convierte en un hereje formal, no es una cuestión que tenemos la competencia o el conocimiento para decidir, pues sólo Dios puede conocer el estado subjetivo del alma que determina la diferencia entre la herejía material y la herejía formal y no hay un foro en el que los fieles puedan obligar a un Papa obstinado a que revele sus intenciones subjetivas.

Esto, sin embargo, es cierto: si un Papa insiste en avanzar las novedades de su propio pensamiento, no podemos asegurar que su enseñanza sea confiable. Muy por el contrario, bien puede ser que prácticamente todo lo que dice y hace de acuerdo con sus propias luces está mal. Tal Papa es Jorge Mario Bergoglio.

¿Qué, pues, de la indefectibilidad de la Iglesia? ¿No declaró nuestro Señor por Su autoridad divina: “Tú eres Pedro (Kefá), y sobre esta roca (kepha) edificaré mi iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella” (Mateo 16:18)? ¿No es el oficio petrino el cimiento de la Iglesia indefectible? Sí, por supuesto que lo es, pero ese cimiento descansa a su vez en Cristo mismo y, para recordar las palabras del Papa Benedicto, “obediencia a Cristo y a su Palabra”.

Una vez más, la cuestión se reduce al libre albedrío de un Papa respecto a la obediencia a Cristo y Su Palabra. El propio Magisterio nunca ha declarado que un Papa sea incapaz de tal desobediencia. Hay cuando mucho una presunción piadosa de que un Papa nunca se convertiría en un enemigo de la ortodoxia. Pero nada menos que San Roberto Belarmino, doctor de la Iglesia, escribió de manera objetiva sobre el derecho a resistir a un Papa que “invade las almas… y mucho más si se esfuerza por destruir a la Iglesia“. [De Controversiis sobre El Romano Pontífice, trad. Ryan Grant (Mediatrix Press: 2015), Libro II, Capítulo 29, p. 303].

Que un Papa en particular actúe consistentemente de manera contraria a su papel fundacional como el conservador y defensor de la ortodoxia no significa que el papado como tal haya fracasado en esa función, en contra de las promesas de Cristo. Significa sólo que un Papa en particular ha desertado de su deber, aunque el Espíritu Santo le impida definir formalmente el error teológico e imponerlo a la Iglesia. Y es la definición dogmática formal de una doctrina siempre sostenida por la Iglesia, por medio del Magisterio extraordinario, o la repetición de esa doctrina sin una definición dogmática, a través del Magisterio ordinario, que constituyen el objeto limitado de la infalibilidad papal. (No me refiero a la opinión teológica común de que el objeto de la infalibilidad incluye mandatos disciplinarios universales, versus simples permisos).

Cuando un Papa no actúa dentro de ese ámbito limitado, ninguna enseñanza del Magisterio niega que todo lo que pueda salir mal, saldrá mal con un determinado pontificado. Literalmente todo lo que puede salir mal con un pontificado ha salido mal de una vez con el Papa Bergoglio. Su pontificado es así una demostración histórica de todas las formas en que es posible que un Papa falle en su deber de “confirmar a los hermanos”. Su gobierno de la Iglesia representa lo que tendría que ser la última intensificación de la búsqueda de la novedad que más o menos marca todos los papados post-Vaticano II. A diferencia de sus predecesores inmediatos, su programa es de pura novedad, todo él operando fuera del carisma de la infalibilidad.

Como Sandro Magister acaba de decir: “Con Francisco, la Iglesia se ha convertido en un sitio de construcción abierto. Todo está en movimiento. Todo es fluido. Ya no hay dogma que se mantenga. Uno puede reexaminar todo y actuar en consecuencia. “Somos testigos de la realidad que Bellarmino sólo consideraba en teoría: Un Papa que “se esforzaría por destruir a la Iglesia”. No es para nosotros saber hasta qué punto Dios permitirá a Bergoglio proceder con su locura arrogante, que, sin embargo, inevitablemente será deshecha. Por nuestra parte, la resistencia es el remedio, cada uno de acuerdo a su situación.

Por otra parte, nos convendría considerar el resultado de una próxima conferencia académica sin precedentes en París, evidentemente convocada para abordar este papado sin precedentes: “Deponer al Papa: premisas teológicas, modelos canónicos, desafío constitucional“. También es digna de consideración en este sentido la opinión del renombrado canonista Ed Peters, que escribe (en línea con la opinión de Belarmino) que “en la visión de los canonistas modernos desde Wernz hasta Wrenn, por remota que sea la posibilidad de un papa en realidad cayendo en herejía y por muy difícil que sea determinar si un papa ha caído en ella, tal catástrofe, Deus vetet [que Dios no lo quiera], resultaría en la pérdida del oficio papal”.

Aquí, sin embargo, sólo podemos ver y esperar mientras la historia se desarrolla.

Christopher A. Ferrara

[Traducido por Rocío Salas. Artículo original.]




Christopher A. Ferrara
Christopher A. Ferrarahttp://remnantnewspaper.com/
Presidente y consejero principal de American Catholic Lawyers Inc. El señor Ferrara ha estado al frente de la defensa legal de personas pro-vida durante casi un cuarto de siglo. Colaboró con el equipo legal en defensa de víctimas famosas de la cultura de la muerte tales como Terri Schiavo, y se ha distinguido como abogado de derechos civiles católicos. El señor Ferrara ha sido un columnista principal en The Remnant desde el año 2000 y ha escrito varios libros publicados por The Remnant Press, que incluyen el bestseller The Great Façade. Junto con su mujer Wendy, vive en Richmond, Virginia.

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